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LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)
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Recuerdos en mi memoria, de "lo bien" que vivíamos con Franco.

Hoy existe un amplio porcentaje de jóvenes que sostiene que con Franco se vivía mejor. Según el CIS, cerca del 20 %. Esa idea, alimentada por la desinformación en redes sociales y por el discurso reaccionario de la extrema derecha, choca frontalmente con la realidad que recuerdan los historiadores y quienes vivimos aquella época: una España sin libertades, marcada por la pobreza, el miedo y la represión.

Con estas pequeñas intrahistorias no pretendo hacer un discurso político, sino dejar constancia de algunos recuerdos de mi infancia que, por sí solos, desmontan ese espejismo nostálgico construido por quienes nunca conocieron aquellos años.

Años cincuenta siglo pasado: de izquierda a derecha: mi hermano Juan, mi padre Jose Maria y el que esto escribe.

Hace pocos dias encontré una fotografía de finales de los años cincuenta. En ella aparecemos mi padre, José María, mi hermano Juan y yo, tomada en el entorno de la pequeña estación de ferrocarril de Proserpina, lugar donde transcurrió mi infancia hasta nuestro traslado a Mérida. Proserpina —nombre de diosa y de un pantano cercano— era entonces poco más que un apeadero perdido en la línea Mérida-Cáceres. Hoy permanece silenciosa, cerrada al paso del tiempo y de los trenes.

Cuando miro aquella imagen reconozco al niño enfermizo que fui, con varios resfriados cada invierno. Hasta pasado los diez años apenas tuve unos zapatos de verdad. Crecí entre alpargatas gastadas y sandalias de goma, con los pies siempre expuestos al frío, al barro y al agua. Cuando por fin llegaron unos zapatos “buenos”, eran heredados: unos Gorilas de Segarra de mi hermano, varios números más grandes, como si el futuro tuviera demasiada prisa por alcanzarme.

Eran los años cincuenta del siglo pasado, en plena dictadura franquista; esos años que algunos evocan hoy con nostalgia sin haberlos conocido. Años en los que la principal preocupación de la inmensa mayoría de las familias era, sencillamente, poder comer al día siguiente.

Mi padre , como Mozo de Agujas de RENFE, apenas ganaba para sobrevivir y la vida exigía imaginación constante. Criábamos pollos, teníamos una cabra para la leche y cada año engordábamos dos cerdos: uno se vendía y el otro se reservaba para la matanza, de la que dependía buena parte de la alimentación familiar durante meses.

Nunca olvidaré los pucheros de garbanzos de mi madre, “la abuelaCatalina”, que daban para las veinticuatro horas del día: los garbanzos al mediodía, la sopa por la noche y, para el desayuno del día siguiente, algún trozo de tocino, morcilla o chorizo, cuando los había. Visto desde hoy podría parecer abundancia; entonces era apenas lo imprescindible para resistir.

De la cabra guardo una anécdota que todavía me hace sonreír. Mi padre se lamentaba de que cada día daba menos leche y pensaba venderla. Al final, mi hermano y yo tuvimos que confesar la verdad: por las noches íbamos al corral y bebíamos directamente de sus ubres. La pobre cabra no tenía culpa de nuestra hambre.

También recuerdo algunos días que íbamos como ojeadores en cacerías organizadas por el señorito de una finca cercana. Nosotros espantábamos conejos y perdices para que sus invitados dispararan cómodamente desde sus puestos. Ellos sí vivían bien. Volvíamos agotados, pero felices si, además, conseguíamos traer alguna pieza, “extraviada” entre los matorrales, para casa. Entonces sí había fiesta familiar.

Años después, al leer y ver la película de Los santos inocentes de Miguel Delibes, comprendí con tristeza muchas cosas de aquella España desigual y resignada.

Estación de ferrocarril de Proserpina. Fotografia de 2015.

Proserpina estaba aislada en medio del campo y las compras se hacían una vez al mes, viajando en tren a Mérida o en un asno prestado hasta Esparragalejo. Con el asno cada comienzo de año íbamos a comprar los lechones para la siguiente matanza. A la ida, mi padre y yo montábamos juntos en el burro; a la vuelta, los cerdos ocupaban un lado del serón y yo hacía de contrapeso en el otro. Más de una vez terminábamos todos en el suelo.

Nuestros mejores juguetes eran latas vacías de sardinas atadas unas a otras para improvisar un tren. Y los Reyes Magos solían traer una simple caja de lápices de marca Alpino que debía durar todo el año escolar.

Para la merienda o la cena, mi hermano y yo salíamos algunas tardes con un alambre —“el pincho”, lo llamábamos— y un tirachinas a cazar lo que se terciara: lagartos, conejos o pájaros. Muchas veces regresábamos con las manos vacías; otras, con alguna pieza que limpiábamos en un arroyo cercano. Aquellos días, cualquier pequeña captura se convertía en motivo de celebración.

Así transcurría la vida: entre estrecheces, ingenio y una lucha constante por salir adelante. Por eso me cuesta escuchar con tristeza, con mucha tristeza, que “con Franco se vivía mejor”. Quizá algunos vivieran bien; la inmensa mayoría no. Y muchos lo pasaron muchísimo peor que nosotros, porque al menos mi padre tenía un trabajo fijo en el ferrocarril.

La memoria no solo conserva lo que fuimos, sino también aquello que tuvimos que resistir. Conviene recordarlo para no transformar la miseria, el miedo y la ausencia de libertad, en una falsa nostalgia construida desde la ignorancia o el olvido.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

EL ABUELO PEPE (MI PADRE) FUE FERROVIARIO

Mi padre, Jose Maria Naranjo, en los años 70 del siglo pasado, ejerciendo de Guardagujas en la estacion de Mérida (Extremadura).

El abuelo Pepe, es decir mi padre, nació un caluroso día del mes de julio de 1913 en un bonito, pequeño y blanco pueblo de Extremadura (Esparragalejo) y murió con 84 años, un frío día de diciembre de 1997 en Mérida, capital de la autonomía extremeña y en tiempo de los romanos, cuando aun se llamaba Emérita Augusta, capital de la antigua Lusitania.

El abuelo Pepe, nos contaba -cuando estábamos alrededor del calor de  la lumbre o en la mesa camilla calentados con el brasero de picón- que en su juventud fue labrador del campo extremeño, en concreto se enorgullecía de haber sido segador con jornada interminable, desde que salía hasta que se ponía el sol. Pero como se le daba  bien cocinar, aprovechaba de esa cualidad para escaquearse y hacer la comida para el conjunto de la cuadrilla de segadores. Prácticamente siempre hacia la misma comida: gazpacho y garbanzos cocidos, con su tocinito y su morcilla.

Pero de lo que más disfrutaba era contando historias de la mili y de su reincorporación a la guerra incivil. Recordad que por aquella época a la que me refiero,  años 50, no teníamos ni TV ni radio. Anécdotas y muchas intrahistorias, que darían para un libro... Así que sólo contare alguna de ellas.

Recuerdo cuando nos contó, y aunque estábamos solos en voz muy baja, que cuando comenzó la guerra en julio de 1936,  las autoridades republicanas de su pueblo pusieron en marcha varios frentes para impedir la entrada del ilegal ejercito franquista que había propiciado el golpe de estado contra un gobierno republicano elegido democráticamente en las urnas.

Conjuntamente con un grupo de jóvenes muy bien pertrechados de armas y víveres se fueron a unos kilómetros del pueblo a defenderse de los golpistas en unas zanjas que hicieron ellos mismos. Varias semanas después cuando ya escaseaban las viandas llego mi abuelo Diego para advertirles que no siguieran allí, que el pueblo hacia días que había sido tomado por las tropas insurrectas que habían entrado en el pueblo por otro lado. Así que volvieron al pueblo y se entregaron al ejército golpista. Los encerraron en una especie de cárcel y al mes los perdonaron si se hacían de los suyos. El cien por cien de los jóvenes lo hizo.  Y así fue como mi padre entro en guerra, primero con los republicanos y después en el ejército mal llamado “NACIONAL”.

En la guerra estuvo en el frente de Navalcarnero, (Madrid),  eso sí, de nuevo sus dotes de buen cocinero le hizo aquí también se escaqueara de coger armas, llevando una guerra especialmente tranquila. Años después, cuando ví la película de Berlanga, “La Vaquilla”, recordé mucho a mi padre.

Mi padre una vez finalizada la guerra volvió a su anterior trabajo, jornalero del campo extremeño. En 1941 ingreso en el ferrocarril, de auxiliar de obrero de vías y obras, con un salario de 7 pesetas diarias. Para hacernos una idea de lo que significada ese sueldo, comentaros que en esas fechas solo un litro de aceite de oliva valía cerca de 7 pesetas. Después de pasar por Mozo de Agujas en la estación de Proserpina termino su vida laboral de Guardagujas en Mérida.

En aquellos años cincuenta, recuerdo cosas tales como que durante muchos días, prácticamente la mitad de cada mes, con la comida de medio día: cocido de garbanzos, teníamos para el almuerzo, la cena y el desayuno. Es decir garbanzos en el almuerzo, sopas de garbanzos por la noche y el tocino para las tostadas del desayuno.

Con mi padre Jose Maria y con mi hermano Juan, en los años 50 del siglo pasado, en la estación de Proserpina.

Por mi parte recuerdo que he vivido muchas historias con mi padre y mi familia en general. Al igual que con sus anécdotas, a mi me pasa igual, tengo tantas que no se cuales contar. A ver si os gustan algunas de es

Como el sueldo era poco teníamos animales: cerdos, una cabra y media docena de gallinas. Con esos animales teníamos huevos, leche y la matanza del cerdo (sacrificábamos  uno y vendíamos el otro para comprar otros dos para el año siguiente).

Con la cabra teníamos leche todos los días. Mi padre la ordeñaba a primera hora de la mañana y sacaba cerca de un litro de leche. Pero de golpe la cabra empezó a dejar de dar leche un día si y otro también y mi padre empezaba a blasfemar de lo lindo, con la ”puta” cabra que no daba leche y ya estaba pensando en matarla para hacer chorizos o lo que sea con ella o venderla pues la cabra venga comer y poco producir.

Y entonces tuvimos que intervenir mi hermano Juan y yo para salvar a la cabra, pues realmente lo que pasaba era que nosotros por la noche, antes de acostarnos nos íbamos al corral de la cabra y directamente desde sus ubres a nuestra boca, la ordeñábamos bien ordeñada y bien que dormíamos hartos de leche calentita y claro por la mañana la pobre cabra no tenia leche. Nuestra confesión salvo a la cabra de una muerte segura. 

Como vivíamos en una estación pequeña, Proserpina, en pleno campo,  bastante alejada de cualquier pueblo, íbamos a la compra cada mes en tren a Mérida o en asno prestado a Esparragalejo.

Sobre el asno, recuerdo que al comienzo del año comprábamos un par de cerditos que a lo largo del  año los  cebábamos para la matanza. Vendíamos uno y el otro nos servia para tener embutidos hasta la siguiente temporada. Cuando íbamos a comprarlos mi padre y yo nos montábamos en el burro los dos pero a la vuelta metía mi padre a los dos cerditos en una parte de las alforjas o el serón que llevamos y a mí en la otra parte para hacer contrapeso y él andando tirando del animal. Era raro el año que yo y los cerditos no salíamos rodando o tenía que gritar cuando estaba a punto de caerme del serón. Las alforjas eran algo más seguras.

Años después, tenia yo entonces 12 años, nos vinimos a vivir a Mérida, con motivo de un ascenso de mi padre, de Mozo de agujas a Guardagujas y recuerdo también muchas anécdotas e historias.

Esta es una que no se me olvidara en la vida: trabajaba mi padre en el turno de mañana en la estación de RENFE. Salía a las dos de la tarde y por tanto debería de estar en casa, mas menos, sobre las dos y media o las tres como mucho. Pues bien eran las tres y media y aun no había llegado, así que ha requerimiento de mi madre nos fuimos mi hermano y yo en busca de mi padre para ver si le había pasado algo.

Hacia un calor de órdago e íbamos mirando por todos los lugares por donde acostumbraba pasar, pues casi siempre se venia andando. A la mitad del camino vimos lo que le había pasado. Su culo se encontraba incrustado en una especie de pozo de cemento del que era incapaz de salir. Entre mi hermano y yo lo sacamos de allí y nos fuimos para casa agarrados del brazo, pues ese día la estabilidad física de mi padre era bastante insegura.

El abuelo Pepe, es decir mi padre, era de los que se bebía una cerveza o un vino pero nada más. Aquel día se había pasado un rato. Esa situación  a ojos de un niño como yo, no habría cumplido los 13 años, me impacto. Seguramente algunas veces habría bebido dos copas o mas, pero nunca se lo note, pero que apenas se pudiera tener en pie fue muy fuerte para mi. Desde entonces cuando veo un borracho, ni me rió ni me enfado, solo me da una enorme lastima y mucha pena.

En fin, en estas fechas que va a cumplirse 102 años de su nacimiento y a 18 de su muerte, me gusta recordar a mi padre con esas ganas de aprender y de que sus hijos fueran algo en la vida, aunque para ello tuviera que trabajar de sol a sol y llevar la cesta de mimbre de ferroviario, casi vacía cuando iba al trabajo y casi siempre llena cuando volvía.

Gracias papa y mama, por lo que nos enseñasteis y los valores que nos transmitisteis. Abuelo Pepe para tus nueras, nietos, nietas  y tus biznietos. Se que estarás por ahí observándonos  y seguro orgulloso de tu familia. Un abrazo  y descansa en paz que siempre estarás con nosotros. Hasta siempre abuelo Pepe. Te queremos!!

Francisco Naranjo Llanos, director Fundacion Abogados de Atocha y sindicalista de CCOO.

P.D.- Este articulo tambien esta publicado en el diario digital Madridiario.es en el apartado de OPINION