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| Puerta del Sol, lunes 5 de octubre de 2026 |
Hoy he estado en Madrid por asuntos médicos. La edad
no perdona. Y ya que estaba en la capital, he aprovechado para acercarme a la
Puerta del Sol y conocer de primera mano la acampada reivindicativa por una
vivienda digna. Quería ver con mis propios ojos lo que allí estaba ocurriendo
y, sobre todo, trasladar mi apoyo y solidaridad a las personas acampadas.
Al llegar, inevitablemente, me vinieron a la memoria
otros tiempos: las grandes concentraciones y manifestaciones sindicales, las
huelgas generales, los Primeros de Mayo y tantas movilizaciones en las que
miles de trabajadores salíamos a la calle para reivindicar derechos que hoy
consideramos irrenunciables.
Porque los jóvenes de ayer, de hoy y de mañana tienen,
como es lógico, sus propias prioridades. Y entre ellas hay una que considero
fundamental: no se trata únicamente de vivir para trabajar, sino de que el
empleo y los salarios permitan construir un proyecto de vida.
Y para construir ese proyecto de vida hace falta algo
tan elemental como poder acceder a una vivienda digna y asequible, ya sea en
propiedad o en alquiler. No parece razonable que trabajar, tener un salario y
cumplir con las obligaciones no sea suficiente para poder independizarse,
formar una familia o, simplemente, vivir con un mínimo de estabilidad.
Por eso considero importante la acampada
reivindicativa de la Puerta del Sol. Porque las sociedades democráticas
necesitan ciudadanos que se movilicen, que protesten, que reivindiquen y que
hagan visibles sus problemas. Las pancartas, las concentraciones, las
manifestaciones y las huelgas forman parte de esa democracia que hemos
construido entre todos.
Pero también creo que la movilización social y la
participación política no deberían caminar por separado.
La calle expresa el malestar y formula las
reivindicaciones. Las instituciones tienen la responsabilidad de convertir esas
demandas en leyes, presupuestos y políticas públicas. Y las urnas son una de
las herramientas que tiene la ciudadanía para decidir qué propuestas y qué
políticas quiere respaldar.
De ahí el título de este artículo: cada pancarta
exige, cada voto transforma.
El próximo 29 de noviembre tendremos una nueva
oportunidad para comprobar hasta qué punto somos capaces de unir ambas cosas:
la movilización social y la participación electoral. La reivindicación de una
vivienda digna necesita presencia en las calles, pero también necesita que
quienes tienen responsabilidades institucionales sean conscientes de la
dimensión del problema y actúen en consecuencia.
En este sentido, la huelga general por una vivienda y un salario digno y por la moderación
de precios, convocada por CCOO y UGT,
se sitúa también dentro de ese proceso de movilización social. Más allá de las
legítimas diferencias que pueda haber sobre las formas, las estrategias o las
medidas concretas, lo importante es que el problema de la vivienda ha dejado de
ser una preocupación individual para convertirse en una cuestión social y
política de primer orden.
Porque podemos llenar las plazas de pancartas, las
calles de manifestantes y las redes sociales de mensajes. Y debemos hacerlo
cuando existan razones para reivindicar. Pero si después la ciudadanía se
desentiende de las decisiones que se toman en las instituciones, corremos el
riesgo de que toda esa energía social no consiga traducirse en cambios
concretos.
Por eso tampoco comparto la idea de quedarse en casa
el 29N, o votar en blanco, porque ningún candidato o candidata nos parezca
suficientemente cercano, porque no responda exactamente a nuestras expectativas
o porque consideremos que unos son más "puros" que otros. En
democracia, las discrepancias son legítimas y nadie debería renunciar a su
capacidad crítica. Pero también conviene recordar que las decisiones políticas
tienen consecuencias muy concretas sobre nuestras vidas: sobre el precio de la
vivienda, los alquileres, los salarios, los servicios públicos o las
condiciones laborales.
La política no se hace solamente en los parlamentos.
También se hace en las calles, en los centros de trabajo, en las asociaciones
vecinales, en los sindicatos y, por supuesto, en las urnas.
Yo, que he vivido muchos años de movilización sindical
y he participado en más de una negociación colectiva, sé que las
reivindicaciones rara vez se consiguen al cien por cien. Siempre existe una
correlación de fuerzas y siempre hay que avanzar desde la realidad concreta.
Por eso las conquistas sociales no suelen llegar de golpe: son el resultado de
muchas luchas, muchas negociaciones y también muchas decisiones políticas.
La vivienda digna, es hoy por hoy, una de esas grandes
batallas sociales.
Por eso, cuando veo una acampada en la Puerta del Sol,
no veo solamente unas tiendas y unas pancartas. Veo a personas que están
diciendo que quieren poder vivir, trabajar, emanciparse y construir su futuro
sin que el acceso a una vivienda se convierta en una carrera de obstáculos.
Y recuerdo también que muchos de los derechos que hoy
consideramos normales fueron, en su día, reivindicaciones que parecían
difíciles de alcanzar. La movilización es necesaria. La protesta es necesaria.
La organización social es necesaria. Y la participación democrática, votando
libremente, también.
Ahora que sabemos quién ha
votado a favor la regulación al decreto de los alquileres y quien lo ha hecho
negativamente, tenemos más motivos para acudir a las urnas. Porque cada
pancarta exige. Pero cada voto, cuando se ejerce libremente y de manera
consciente, también puede transformar.
Yo como siempre, desde las
primeras elecciones democráticas en España, -hace ya casi 50 años-, votare con
quien vaya Izquierda Unida, sin siquiera mirar los nombres de la lista. Cada
uno es libre de elegir el voto que considere, pero por favor reflexionemos y no votemos
a quienes una y otra vez, en el Congreso, en las Comunidades Autónomas y en los
Ayuntamientos, se sitúan contra los intereses de la clase trabajadora.
Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados
de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.
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