LEMA DE ESTE BLOG...

LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

61 ANIVERSARIO ENTRE VÍAS, TRENES Y CONVIVENCIA

Estación militar de Cuatro Vientos (Madrid), en los años 60 del siglo pasado 
Por circunstancias de la vida, siempre —o casi siempre— he estado ligado al ferrocarril. Incluso, según me contaban mis padres, nací debajo de una traviesa negra de madera, de esas que sostienen los carriles de la vía, en una pequeña estación de Extremadura. Se llamaba Proserpina, aunque hace ya muchos años que cerró sus puertas.

Años después supe que aquello del nacimiento bajo una traviesa no era cierto. Como todos los nacidos en los años cincuenta del siglo pasado, yo había venido de París, colgado del pico de una cigüeña.

Mucho más tarde, con 18 años recién cumplidos, ingresé en la compañía ferroviaria RENFE como militar en prácticas de ferrocarriles. Hoy se cumplen exactamente 61 años. Ha llovido mucho desde entonces, pero aquí seguimos: contemplando cómo cae la lluvia, viendo salir el sol y, a veces, incluso el arco iris.

Era jueves, 1 de abril de 1965. La primavera comenzaba a despuntar cuando algo más de tres centenares de jóvenes, que acabábamos de alcanzar la mayoría de edad, ingresábamos como militares en prácticas en el cuartel de ingenieros de Cuatro Vientos, en Madrid, dispuestos a comernos el mundo.

Hoy, superados ya los tres cuartos de siglo de vida —el que menos tiene 80 años—, comer, lo que se dice comer, comemos menos; pero la memoria permanece intacta, y con ella fluyen los recuerdos y las historias de aquellos años. Algunos compañeros alcanzaron lo que entonces consideraban sus sueños: ascensos, familia, desarrollo personal, compromiso político o sindical… Otros se quedaron en el camino, pero todos permanecen en nuestra memoria. Para ellos, nuestro recuerdo emocionado, nuestro respeto y nuestro deseo que descansen en paz.

Lo cierto es que la mayoría, con más o menos fortuna, nunca dejamos de luchar por abrirnos paso en una sociedad que nunca ha sido fácil, ni lo será. Basta con mirar algunas fotografías de entonces para que los recuerdos broten a borbotones. Recuerdos que empujan la pluma para que escriba sin esfuerzo.

Granada 1968, lugar donde realice el cursillo de Circulación
¡Cuántas historias podríamos contar del tren, de las máquinas, de las estaciones y de las vías! Cada uno de nosotros guarda muchos años de vivencias entre raíles, locomotoras, andenes y también convivencias, dentro y fuera del ámbito ferroviario.

Escribo hoy, 1 de abril de 2026, en este 61º aniversario, recordando muchos años celebrando encuentros en distintas ciudades de España: Las ultimas en Segovia, La Coruña, Sevilla, Mérida, Aranjuez, Alcalá de Henares… Lugares que hemos visitado con espíritu turístico, sí, pero también para reencontrarnos, compartir, reír, abrazarnos y recordar aquel camino que decidimos emprender juntos en aquel lejano abril de 1965.

“La alegría es una forma de resistencia”, decía el poeta Luis García Montero. Nosotros hemos hecho de estos aniversarios una celebración de la alegría: resistiendo al paso del tiempo y caminando con la frente alta. Somos, al fin y al cabo, una pequeña línea dentro del trazado de este país llamado España —“mi querida España”, que decía la cantante Cecilia—, un país en el que nos ha tocado vivir, trabajar y aportar nuestro esfuerzo con la esperanza de dejar un futuro mejor a quienes vienen detrás.

Revisando mi hemeroteca personal, encontré unos párrafos escritos a mano de mi intervención en el 25 aniversario, celebrado en Ávila en 1990. Decía entonces: “Dentro de 25 años, unos más gordos, otros más calvos, todos estaremos dispuestos a conmemorar el 50 aniversario, con nuestros achaques, pero allí estaremos”.

Y así fue… y más aún: hemos superado el 50 aniversario y hoy debíamos estar celebrando el 61. Aquí seguimos: unos más felices, otros más nostálgicos, todos quizá algo más pesados, pero con la misma ilusión de vivir y disfrutar. Rozando los 80 años y recordando aquel primer encuentro de hace 61 años en un lugar de Madrid cuyo nombre, por supuesto, sí quiero recordar: Cuatro Vientos.

No quiero terminar esta breve crónica —escrita desde el corazón y también desde el corazón de Extremadura, (Mérida)— sin recordar unas palabras de Joan Manuel Serrat: “Esto es una despedida, pero, sobre todo, es una fiesta”. Y añadía: “Dejemos aparte las melancolías y nostalgias, porque solo nos queda el futuro”.

Parafraseándolo, me atrevo a decir que este aniversario de 2026 —aunque por diversas circunstancias no hayamos podido celebrarlo juntos— debe ser, ante todo, una fiesta. Aparquemos la nostalgia y vivamos lo mejor posible, porque nosotros, los de la 25 promoción, sabemos bien que pasado tenemos… y mucho, así que, sencillamente, nos queda el futuro. Así que sin más:

¡Viva la 25 promoción de ffcc! Y que sean muchos años más.

Y termino con una recomendación: escuchad el poema Compuerta” de Luis Chamizo, uno de los grandes poetas de mi tierra extremeña. Apenas cinco minutos de poesía castúa, en nuestra habla extremeña, donde también aparece ese tren convertido en “bicho negro” que tanto formo y forma parte de nuestras vidas.


Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO. 

Miguel Hernández, la voz que perdura 84 años después

 

Hoy hace 84 años que murió el poeta del pueblo en la cárcel de Alicante. Cada 28 de marzo, con motivo del aniversario de la muerte de Miguel Hernández, la memoria nos invita a regresar a aquella voz  que ha dado sentido, profundidad y dignidad a la palabra, pues para mi y otros muchos, Miguel, destaca con especial fuerza, ya que es figura esencial de la literatura española del siglo XX.

Teniendo en cuenta las fechas en que estamos y sonando de nuevo tambores de guerra en el mundo, quiero comenzar esta breve crónica sobre Miguel con una de sus poesías, “Tristes Guerras”, quizás menos conocidas que otras, pero necesaria siempre:

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes. Tristes. 

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes. Tristes.

Tristes hombres

si no mueren de amores. 

Tristes. Tristes.

Miguel Hernández Gilabert, nació en Orihuela en 1910 y falleció en Alicante en 1942, a los 31 años, su trayectoria vital quedó trágicamente marcada por la Guerra Civil, la represión franquista y la enfermedad. Sin embargo, la brevedad de su vida contrasta con la intensidad y la permanencia de su obra, que ha sabido atravesar el tiempo hasta instalarse con firmeza en la conciencia colectiva.

Hoy, sus versos forman parte del patrimonio cultural compartido. Poemas como Nanas de la cebollaEl niño yuntero o Para la libertad han alcanzado una amplia difusión, en gran medida gracias a la música y a la recuperación de su figura en democracia. No obstante, conviene recordar que durante años su obra permaneció silenciada, relegada a ediciones extranjeras y a una circulación casi clandestina en el interior de España.

Fue precisamente a través de esas lecturas discretas como muchos descubrimos a Miguel Hernández. En mi caso, el encuentro se produjo en 1967, con Vientos del pueblo, un libro que no solo revelaba a un poeta de extraordinaria fuerza expresiva, sino también una mirada distinta sobre la realidad del país. Aquella lectura supuso una toma de conciencia: la intuición de que existía otra España, más profunda y sobre todo más silenciada.

Retrato de Miguel Hernández de Pepe Molleda, que el artista pinto y me regalo sabiendo mi devoción por Miguel. 

Miguel Hernández no fue únicamente un escritor de talento excepcional; fue, ante todo, una voz comprometida con su tiempo, con el sufrimiento y con la dignidad de los más humildes. Esa condición explica, en gran medida, la vigencia de su obra. Su poesía no pertenece únicamente al pasado, sino que continúa interpelando al presente y proyectándose hacia el futuro.

Con el paso de los años, su figura no ha dejado de crecer. Cabe pensar que, cuando el tiempo haya borrado tantos nombres, el suyo seguirá ocupando un lugar central. Él mismo lo expresó con palabras que hoy conservan toda su fuerza: “Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros”.

En esas palabras perdura el sentido último de su obra. Y en ese viento, que aún nos alcanza, sigue viva la voz de Miguel Hernández.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

LAS COSTALERAS DE LA DEMOCRACIA

Con mi compañera Isabel y Josefina Samper, compañera de Marcelino Camacho

En estos días, vísperas de Semana Santa, en el rumor cotidiano de un gimnasio cualquiera, escuché hablar de costaleros. De hombros que cargan pasos, de esfuerzos compartidos, de fe y de silencio. Y, sin saber muy bien por qué, aquel comentario abrió una puerta en la memoria. Al otro lado me esperaba un texto escrito hace más de diez años, cuando conmemorábamos el 50 aniversario de CCOO en el ferrocarril.

Fue en Madrid, en un mes de febrero frío, allá por 2015. Cuando conmemoramos ese medio siglo de vida y a su vez presentábamos Vías de Libertad, del compañero ferroviario y poeta José Luis Esparcía. Y yo, al tomar la palabra, sentí la necesidad de nombrarlas. De rescatar del olvido a quienes casi nunca aparecen en los libros ni en los discursos: las mujeres que sostuvieron, en la sombra, el peso de aquella lucha obrera. 

Porque la historia suele escribirse en masculino, pero nunca se sostuvo en soledad.

La transición democrática no fue solo un acuerdo entre despachos ni una sucesión de leyes. Fue, sobre todo, una conquista arrancada a pulso por la clase obrera. Fue lucha, sangre, sudor, miedo y dignidad. Y en ese pulso, en esa resistencia callada, los militantes de las entonces clandestinas CCOO y el PCE no caminaron solos. A su lado —aunque muchas veces invisibles— estaban ellas. Siempre estuvieron ellas.

Se ha repetido mil veces que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Tal vez haya que corregir el dicho: no estaban detrás, sino al lado, sosteniendo, empujando, resistiendo.

Hoy quiero detenerme en dos nombres que se reflejan como en un espejo: dos Josefinas, dos vidas unidas a la historia desde la discreción.

Josefina Manresa, la compañera del poeta Miguel Hernández, no fue solo esposa ni madre. Fue refugio, memoria viva, guardiana de una voz que la cárcel y la muerte no pudieron apagar. En sus manos, el legado del poeta sobrevivió al frío de la derrota. En sus silencios también se escribió la historia.

Y Josefina Samper… de ella poco puede decirse sin quedarse corto. Quienes la conocimos sabemos que su entereza no era un gesto, sino una forma de estar en el mundo. Sostuvo a Marcelino Camacho, sí, pero también sostuvo una manera de entender la dignidad, la lucha y la justicia.

Pero no fueron solo ellas. Nosotros, los ferroviarios, también tuvimos nuestras Josefinas. Sin nombre en los archivos, sin retratos en las paredes, sin homenajes oficiales. Mujeres anónimas que aprendieron a convivir con el miedo, con la incertidumbre, con la amenaza constante. Mujeres que hicieron de la espera una forma de militancia.

No figuraban en las listas sindicales. Muchas ni siquiera podían trabajar fuera de casa: la ley se lo impedía, como ocurría en RENFE. Pero estaban. Siempre estaban.

Repartiendo octavillas en silencio. Pegando carteles de madrugada. Doblando papeles, cosiendo palabras, sosteniendo esperanzas. Y sosteniéndonos también a nosotros cuando el miedo apretaba más que nunca, o cuando éramos detenidos injustamente. Ellas cargaban sobre sus hombros los problemas de la familia, como los costaleros cargan los pasos de Semana Santa.

Cargaban sin aplausos, sin música, sin público.
Cargaban en silencio con la vida.

Hoy nombro a algunas compañeras de sindicalistas de CCOO en el ferrocarril, sabiendo que al hacerlo dejo fuera a muchas más. Pero nombrarlas es, al menos, abrir una rendija contra el olvido: África, Amparo, Mercedes, Cuqui, Palmira, Marisa, Emi, Antonia…compañeras de José Luis Martino, Domingo Bartolome, Benito Barrera, Manuel F. Aller, Leandro Esteban, Pedro Ovejero, Antonio Maestre y Paco González.                                                                    Y por supuesto, no puedo dejar de nombrar a mi compañera Isabel, madre de mis hijos y compañera de vida, raíz y refugio.

Pero no quiero quedarme solo en el sector ferroviario. Fueron muchos los ámbitos de la producción y de los servicios los que lucharon por la libertad y la democracia en esta querida España —“esta España mía, esta España nuestra”, que cantaba Cecilia en 1975—. Y muchas las mujeres que estuvieron apoyando a sus compañeros y a su vez realizando tareas antifranquistas para acabar con la cruel dictadura y que sus nombres no deben quedar en el olvido.

Quiero recordar, como ejemplo, también, junto a Josefina Samper a Luz María, Carmelita y Mari —compañeras de Paco Acosta, Eduardo Saborido y Fernando Soto— y a tantas otras cuyos nombres no recuerdo, pero cuya presencia fue constante. Ellas, además de sufrir la injusta detención de sus maridos, lideraron la lucha por la libertad, visibilizaron la represión y soportaron la persecución y el estigma, porque no hay que olvidar, que en sonoros casos de la dictadura franquista, la libertad de los presos políticos tuvo nombre de mujer (Ver video). 

Mujeres de CCOO en la manifestación del 1º de Mayo de 1979

Ellas son solo un fragmento de un todo inmenso. Por eso hoy, desde la memoria y desde la justicia, me atrevo a proponer darles el nombre que les pertenece: Costaleras de la Democracia, o como me ha comentado una compañera que vivió aquellas oscuras épocas en primera persona: Mujeres que rompieron la oscuridad con su empuje por la libertad y contra la dictadura.

Porque mientras otros levantaban la voz, ellas sostenían el peso.
Porque mientras la historia miraba hacia otro lado, ellas mantenían el equilibrio. Porque sin su fuerza callada, sin su coraje invisible, nada de aquello habría sido posible.

Y porque ya es hora de que dejemos de ver solo el paso…
y empecemos a reconocer a quienes lo llevaron.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013–2024) y sindicalista de CCOO