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LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

Los olvidos del Plan de Transporte Ferroviario

 

Este artículo de opinión fue publicado en el diario El País el 26 de agosto de 1987. Aunque aparece firmado por mí, en aquel tiempo responsable de Comunicación del Sindicato Ferroviario de CCOO, reflejaba la posición de Comisiones Obreras respecto a RENFE y al futuro del ferrocarril en nuestro país.

Por la sorprendente actualidad de algunas de sus reflexiones, especialmente en lo relativo a determinadas regiones españolas que continúan arrastrando viejos déficits ferroviarios, he querido rescatarlo y compartirlo en este blog. Espero que su lectura resulte interesante; y si no fuera así, al menos quedará como testimonio de una época y para la memoria histórica reciente.

Lo reproduzco a continuación tal y como fue publicado hace ya la friolera de casi cuarenta años…

"Desde hace unos meses asistimos a una intensa campaña publicitaria sobre el ferrocarril, en la que se nos repite una y otra vez que el recientemente aprobado Plan de Transporte Ferroviario (PTF), aprobado por el Consejo de Ministros, nos situará “a la altura de Europa” en materia ferroviaria.

Afirmar que España mejorará sustancialmente su red ferroviaria y que en el año 2000 se circulará a 200 kilómetros por hora en el triángulo Madrid-Barcelona-Valencia, además de construir tres nuevas variantes (Despeñaperros, Orduña y Guadarrama), supone desconocer lo que realmente está sucediendo en Europa o, lo que sería aún más grave, intentar engañar a los ciudadanos.

En países europeos como Francia o Alemania ya se había superado la barrera de los 200 kilómetros por hora en buena parte de sus redes ferroviarias desde los años setenta. Las previsiones apuntaban a que para el año 2000 se circularía a velocidades entre 300 y 350 kilómetros por hora, siguiendo el desarrollo de las redes europeas de alta velocidad. De ser así, España seguiría siendo la cenicienta ferroviaria de Europa.

Hablar a bombo y platillo de una inversión de 2,1 billones de pesetas durante quince años para mejorar el ferrocarril es un ejercicio de demagogia si no se aclara que gran parte de esos recursos se destinarían a mantener y renovar infraestructuras ya existentes, así como el material móvil y motor. La inversión destinada a nuevos trazados y variantes apenas alcanzaba la quinta parte de esa cifra.

La inversión real prevista rondaría los 140.000 millones de pesetas anuales. Y conviene recordar que antes de que el Gobierno del PSOE decidiera, a comienzos de 1983, paralizar las inversiones ferroviarias, ya se destinaban alrededor de 100.000 millones de pesetas al año.

Pese a todo lo anteriormente expuesto, reconocíamos que este plan supone avances positivos para determinadas regiones españolas. Sin embargo, no deja de ser un proyecto profundamente discriminatorio, centrado exclusivamente en grandes corredores y perjudicial para las regiones más deprimidas y marginadas del país.

Se renuncia así a una visión global del ferrocarril que, en un país de distancias medias como España, podría desarrollar plenamente su eficacia como servicio público, tal y como se estaba haciendo en la mayoría de países europeos.

A nuestro juicio, el PTF debería haber incorporado actuaciones que ni siquiera se contemplaban:

  • Reapertura de líneas cerradas por el propio Gobierno del PSOE a comienzos de 1985, especialmente el enlace entre Andalucía, Murcia y Valencia (línea Almendricos–Guadix), el ferrocarril Santander-Mediterráneo y la reapertura del Canfranc (Zaragoza-Canfranc-Francia).

  • Construcción de la variante de Pajares. En 1982 las excavadoras estaban preparadas para iniciar las obras del nuevo túnel, proyecto posteriormente cancelado por el Gobierno.

  • Una verdadera conexión ferroviaria Lisboa-Madrid. El PTF únicamente contempla mejoras sobre la línea existente Madrid-Badajoz-Lisboa.

  • La relación Port Bou-Barcelona-Madrid mediante un ferrocarril de alta velocidad con ancho europeo.

  • La variante del Chorro, en la línea Madrid-Málaga.

  • La revitalización de la Ruta de la Plata para viajeros, limitada al transporte de mercancías, permitiendo asi una comunicación Norte-Sur sin necesidad de pasar por Madrid y conectando Galicia, Asturias, Castilla y León, Extremadura y Andalucía.

  • Potenciación de la cornisa cantábrica mediante ancho europeo, uniendo Galicia, Asturias, Santander, Euskadi y Hendaya.

  • Una futura conexión ferroviaria con África, que facilitaría enormemente las relaciones comerciales con el norte africano y permitiría ingresos adicionales mediante el uso compartido de la infraestructura ferroviaria.

Transporte y ecología

Sin estas actuaciones, que considerábamos prioritarias, el Plan de Transporte Ferroviario presenta demasiados olvidos y desaprovecha las enormes posibilidades de un medio de transporte capaz de afrontar importantes retos ecológicos, energéticos y territoriales que padece nuestro país.

Una verdadera política económica de futuro debe tener en cuenta el deterioro medioambiental y el progresivo agotamiento de los recursos naturales. En ese contexto, el ferrocarril representa el sistema de transporte con menor impacto sobre el entorno y los ecosistemas, además de una eficiencia energética muy superior a la carretera.

Un Estado moderno, comprometido con el progreso y el bienestar, debería incorporar estos factores a la hora de diseñar una política de transportes basada en la complementariedad y armonía entre los distintos medios. Ignorar esta realidad supondría perpetuar indefinidamente las carencias existentes.

Y todo ello sin entrar a fondo en las estadísticas y comparaciones sobre seguridad vial y su incidencia directa en la pérdida de vidas humanas.

Un solo dato: en toda Europa, incluida España, y a igualdad de personas transportadas, por cada fallecido en accidente ferroviario, mueren más de 2.000 personas en la carretera.

Francisco Naranjo Llanos, secretario de Información y Prensa del Sindicato Ferroviario de Comisiones Obreras"

Madrid, agosto de 1987,

P.D.- Si se quiere leer el original publicado en El Pais, pichar aquí.

En recuerdo de Juan Genoves, en el sexto aniversario de su fallecimiento.

 


Juan Genoves, posando con su cuadro El Abrazo, tambien llamado Amnistia.

Tal día como hoy, 15 de mayo de 2026, se cumplen seis años del fallecimiento en Madrid, a los 89 años de edad, de Juan Genovés, artista universal y autor de la emblemática obra El Abrazo, también conocida como Amnistía.

En 2017, el Patronato de la Fundación Abogados de Atocha le concedió su premio por su compromiso con la paz, la libertad y la concordia. El galardón se entregó el 24 de enero, coincidiendo con el 40 aniversario del asesinato de los Abogados de Atocha.

Juan Genovés fue mucho más que el autor de un cuadro histórico, como El Abrazo. Fue uno de los artistas españoles con mayor proyección internacional, con miles de obras expuestas en museos y galerías de los cinco continentes, desde Nueva York a Tokio, de Ciudad del Cabo a Sídney.

Pero si una obra marcó su vida y la memoria colectiva de nuestro país fue El Abrazo, realizado en 1975 y convertido en símbolo de la Transición española. Reproducido bajo el nombre de Amnistía, se editaron cientos de miles de carteles para reclamar la libertad de los presos políticos y apoyar la lucha por las libertades democráticas.

Uno de aquellos carteles colgaba precisamente en el despacho de abogados laboralistas de Atocha 55, donde el 24 de enero de 1977 fueron asesinados cuatro abogados y un sindicalista por un comando de extrema derecha.

Paradójicamente, cuando en 1976 comenzaron a imprimirse los carteles, Juan Genovés fue detenido y permaneció incomunicado durante siete días en la Dirección General de Seguridad por el “grave delito” de ser el autor de aquella obra.

La escultura inspirada en El Abrazo, impulsada por CCOO, se encuentra desde 2003 en la plaza de Antón Martín de Madrid, como homenaje a los abogados laboralistas asesinados. Este monumento es desde el pasado año 2025 lugar de memoria democratica.

En la transición, también fue durante años símbolo de Amnistía Internacional en España, ayudando incluso a financiar los primeros pasos de la organización en nustro pais.

Tuve la oportunidad de visitar a Juan Genovés en su estudio en vísperas de la entrega del premio de 2017. A sus 86 años seguía transmitiendo vitalidad, ilusión y una enorme capacidad de trabajo: dedicaba entre diez y doce horas diarias a pintar. Nos recibió sin prisas, con cercanía y sencillez, y mantuvimos una conversación inolvidable sobre arte, memoria y compromiso.

En enero de 2017, en el estudio de Juan Genoves, posando con el farol que le regalaron los ferroviarios de CCOO en 1987.

Hablamos, cómo no, de El Abrazo y de sus continuas desapariciones de los espacios públicos. Desde que el Estado adquirió la obra en 1980, el cuadro vivió una historia casi clandestina: pasó años almacenado, oculto o retirado, hasta que diversas denuncias públicas, en especial las de CCOO, lograron devolverlo a la luz.

Finalmente, en 2016, fue trasladado al Congreso de los Diputados, cumpliéndose así uno de los deseos de Genovés, quien sostenía que aquella obra ya pertenecía al pueblo español.

Durante aquella conversación hubo una reflexión suya que me impresionó especialmente. Decía: “Estamos en una época en la que parece ponerse de moda no pensar. Estoy esperando que vuelva a ponerse de moda pensar; quizá estaríamos todos mejor”. Una frase sencilla, pero llena de verdad.

Tras aquella tarde con este gran artista y, al mismo tiempo, profundamente humilde, comprendí aún más la dimensión humana de Juan Genovés.

En fin, Juan, estés donde estés, aquí seguiremos recordándote. Porque mientras exista tu enorme legado, seguirá viva una parte imprescindible de nuestra memoria colectiva.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.


RECUERDOS DE "LO BIEN" QUE VIVIAMOS CON FRANCO

Hoy existe un amplio porcentaje de jóvenes que sostiene que con Franco se vivía mejor. Según el CIS, cerca del 20 %. Esa idea, alimentada por la desinformación en redes sociales y por el discurso reaccionario de la extrema derecha, choca frontalmente con la realidad que recuerdan los historiadores y quienes vivimos aquella época: una España sin libertades, marcada por la pobreza, el miedo y la represión.

Con estas pequeñas intrahistorias no pretendo hacer un discurso político, sino dejar constancia de algunos recuerdos de mi infancia que, por sí solos, desmontan ese espejismo nostálgico construido por quienes nunca conocieron aquellos años.

Años cincuenta siglo pasado: mi hermano Juan, mi padre Jose Maria y el que esto escribe, es decir yo.
Hace pocos dias encontré una fotografía de finales de los años cincuenta. En ella aparecemos mi padre, José María, mi hermano Juan y yo, tomada en el entorno de la pequeña estación de ferrocarril de Proserpina, lugar donde transcurrió mi infancia hasta nuestro traslado a Mérida. Proserpina —nombre de diosa y de un pantano cercano— era entonces poco más que un apeadero perdido en la línea Mérida-Cáceres. Hoy permanece silenciosa, cerrada al paso del tiempo y de los trenes.

Cuando miro aquella imagen reconozco al niño enfermizo que fui, con varios resfriados cada invierno. Hasta pasado los diez años apenas tuve unos zapatos de verdad. Crecí entre alpargatas gastadas y sandalias de goma, con los pies siempre expuestos al frío, al barro y al agua. Cuando por fin llegaron unos zapatos “buenos”, eran heredados: unos Gorilas de Segarra de mi hermano, varios números más grandes, como si el futuro tuviera demasiada prisa por alcanzarme.

Eran los años cincuenta del siglo pasado, en plena dictadura franquista; esos años que algunos evocan hoy con nostalgia sin haberlos conocido. Años en los que la principal preocupación de la inmensa mayoría de las familias era, sencillamente, poder comer al día siguiente.

Mi padre , como Mozo de Agujas de RENFE, apenas ganaba para sobrevivir y la vida exigía imaginación constante. Criábamos pollos, teníamos una cabra para la leche y cada año engordábamos dos cerdos: uno se vendía y el otro se reservaba para la matanza, de la que dependía buena parte de la alimentación familiar durante meses.

Nunca olvidaré los pucheros de garbanzos de mi madre, “la abuelaCatalina”, que daban para las veinticuatro horas del día: los garbanzos al mediodía, la sopa por la noche y, para el desayuno del día siguiente, algún trozo de tocino, morcilla o chorizo, cuando los había. Visto desde hoy podría parecer abundancia; entonces era apenas lo imprescindible para resistir.

De la cabra guardo una anécdota que todavía me hace sonreír. Mi padre se lamentaba de que cada día daba menos leche y pensaba venderla. Al final, mi hermano y yo tuvimos que confesar la verdad: por las noches íbamos al corral y bebíamos directamente de sus ubres. La pobre cabra no tenía culpa de nuestra hambre.

También recuerdo algunos días que íbamos como ojeadores en cacerías organizadas por el señorito de una finca cercana. Nosotros espantábamos conejos y perdices para que sus invitados dispararan cómodamente desde sus puestos. Ellos sí vivían bien. Volvíamos agotados, pero felices si, además, conseguíamos traer alguna pieza, “extraviadaentre los matorrales, para casa. Entonces sí había fiesta familiar.

Años después, al leer y ver la película de Los santos inocentes de Miguel Delibes, comprendí con tristeza muchas cosas de aquella España desigual y resignada.

Estación de ferrocarril de Proserpina. Fotografia de 2015.

Proserpina estaba aislada en medio del campo y las compras se hacían una vez al mes, viajando en tren a Mérida o en un asno prestado hasta Esparragalejo. Con el asno cada comienzo de año íbamos a comprar los lechones para la siguiente matanza. A la ida, mi padre y yo montábamos juntos en el burro; a la vuelta, los cerdos ocupaban un lado del serón y yo hacía de contrapeso en el otro. Más de una vez terminábamos todos en el suelo.

Nuestros mejores juguetes eran latas vacías de sardinas atadas unas a otras para improvisar un tren. Y los Reyes Magos solían traer una simple caja de lápices de marca Alpino que debía durar todo el año escolar.

Para la merienda o la cena, mi hermano y yo salíamos algunas tardes con un alambre —“el pincho”, lo llamábamos— y un tirachinas a cazar lo que se terciara: lagartos, conejos o pájaros. Muchas veces regresábamos con las manos vacías; otras, con alguna pieza que limpiábamos en un arroyo cercano. Aquellos días, cualquier pequeña captura se convertía en motivo de celebración.

Así transcurría la vida: entre estrecheces, ingenio y una lucha constante por salir adelante. Por eso me cuesta escuchar con tristeza, con mucha tristeza, que “con Franco se vivía mejor”. Quizá algunos vivieran bien; la inmensa mayoría no. Y muchos lo pasaron muchísimo peor que nosotros, porque al menos mi padre tenía un trabajo fijo en el ferrocarril.

La memoria no solo conserva lo que fuimos, sino también aquello que tuvimos que resistir. Conviene recordarlo para no transformar la miseria, el miedo y la ausencia de libertad, en una falsa nostalgia construida desde la ignorancia o el olvido.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.