Hoy existe un amplio porcentaje de jóvenes que sostiene que con Franco se vivía mejor. Según el CIS, cerca del 20 %. Esa idea, alimentada por la desinformación en redes sociales y por el discurso reaccionario de la extrema derecha, choca frontalmente con la realidad que recuerdan los historiadores y quienes vivimos aquella época: una España sin libertades, marcada por la pobreza, el miedo y la represión.
Con estas pequeñas intrahistorias no pretendo hacer un discurso político, sino dejar constancia de algunos recuerdos de mi infancia que, por sí solos, desmontan ese espejismo nostálgico construido por quienes nunca conocieron aquellos años.
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| Años cincuenta siglo pasado: mi hermano Juan, mi padre Jose Maria y el que esto escribe, es decir yo. |
Cuando miro aquella imagen reconozco al niño enfermizo que fui, con varios resfriados cada invierno. Hasta pasado los diez años apenas tuve unos zapatos de verdad. Crecí entre alpargatas gastadas y sandalias de goma, con los pies siempre expuestos al frío, al barro y al agua. Cuando por fin llegaron unos zapatos “buenos”, eran heredados: unos Gorilas de Segarra de mi hermano, varios números más grandes, como si el futuro tuviera demasiada prisa por alcanzarme.
Eran los años cincuenta del siglo pasado, en plena dictadura franquista; esos años que algunos evocan hoy con nostalgia sin haberlos conocido. Años en los que la principal preocupación de la inmensa mayoría de las familias era, sencillamente, poder comer al día siguiente.
Mi padre , como Mozo de Agujas de RENFE, apenas ganaba para sobrevivir y la vida exigía imaginación constante. Criábamos pollos, teníamos una cabra para la leche y cada año engordábamos dos cerdos: uno se vendía y el otro se reservaba para la matanza, de la que dependía buena parte de la alimentación familiar durante meses.
Nunca olvidaré los pucheros de garbanzos de mi madre, “la abuela Catalina”, que daban para las veinticuatro horas del día: los garbanzos al mediodía, la sopa por la noche y, para el desayuno del día siguiente, algún trozo de tocino, morcilla o chorizo, cuando los había. Visto desde hoy podría parecer abundancia; entonces era apenas lo imprescindible para resistir.
De la cabra guardo una anécdota que todavía me hace sonreír. Mi padre se lamentaba de que cada día daba menos leche y pensaba venderla. Al final, mi hermano y yo tuvimos que confesar la verdad: por las noches íbamos al corral y bebíamos directamente de sus ubres. La pobre cabra no tenía culpa de nuestra hambre.
También recuerdo algunos días que íbamos como ojeadores en cacerías organizadas por el señorito de una finca cercana. Nosotros espantábamos conejos y perdices para que sus invitados dispararan cómodamente desde sus puestos. Ellos sí vivían bien. Volvíamos agotados, pero felices si, además, conseguíamos traer alguna pieza, “extraviada” entre los matorrales, para casa. Entonces sí había fiesta familiar.
Años después, al leer y ver la película de Los santos inocentes de Miguel Delibes, comprendí con tristeza muchas cosas de aquella España desigual y resignada.
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| Estación de ferrocarril de Proserpina. Fotografia de 2015. |
Proserpina estaba aislada en medio del campo y las compras se hacían una vez al mes, viajando en tren a Mérida o en un asno prestado hasta Esparragalejo. Con el asno cada comienzo de año íbamos a comprar los lechones para la siguiente matanza. A la ida, mi padre y yo montábamos juntos en el burro; a la vuelta, los cerdos ocupaban un lado del serón y yo hacía de contrapeso en el otro. Más de una vez terminábamos todos en el suelo.
Nuestros mejores juguetes eran latas vacías de sardinas atadas unas a otras para improvisar un tren. Y los Reyes Magos solían traer una simple caja de lápices de marca Alpino que debía durar todo el año escolar.
Para la merienda o la cena, mi hermano y yo salíamos algunas tardes con un alambre —“el pincho”, lo llamábamos— y un tirachinas a cazar lo que se terciara: lagartos, conejos o pájaros. Muchas veces regresábamos con las manos vacías; otras, con alguna pieza que limpiábamos en un arroyo cercano. Aquellos días, cualquier pequeña captura se convertía en motivo de celebración.
Así transcurría la vida: entre estrecheces, ingenio y una lucha constante por salir adelante. Por eso me cuesta escuchar con tristeza, con mucha tristeza, que “con Franco se vivía mejor”. Quizá algunos vivieran bien; la inmensa mayoría no. Y muchos lo pasaron muchísimo peor que nosotros, porque al menos mi padre tenía un trabajo fijo en el ferrocarril.
La memoria no solo conserva lo que fuimos, sino también aquello que tuvimos que resistir. Conviene recordarlo para no transformar la miseria, el miedo y la ausencia de libertad, en una falsa nostalgia construida desde la ignorancia o el olvido.
Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.





