LEMA DE ESTE BLOG...

LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

Cuatro abogadas laboralistas, entre la justicia y el compromiso

 

Las actrices que encarnan a Cristina, Manuela, Paca y Lola, en la serie Las Abogadas 

He vuelto recientemente a ver Las abogadas. Esta vez sin prisas, dejándome llevar por su ritmo, recorriéndola de principio a fin con la serenidad que solo concede el paso del tiempo. También con una cierta distancia respecto a mis propias vivencias en aquellos años sombríos de la dictadura franquista, en la década de 1970. Y debo decirlo: esta segunda mirada ha sido más reveladora. La serie me ha gustado más que cuando la vi en su estreno, hace ya casi un par de años. Quizá porque ahora no solo la veo, sino que la escucho con otra conciencia.

Las abogadas es una miniserie de seis episodios producida por RTVE que reconstruye, desde la ficción, la trayectoria de cuatro mujeres que hicieron de la abogacía algo más que una profesión: la convirtieron en una forma de intervenir en la realidad, de empujar la historia. Unidas desde su etapa universitaria, entendieron el compromiso no como una consigna, sino como una manera de estar en el mundo.

La historia arranca en el Madrid de 1969 y acompaña el camino de estas jóvenes letradas que, desde despachos laboralistas, defendían a trabajadores y opositores políticos frente al régimen franquista, enfrentándose al Tribunal de Orden Público. El relato avanza hasta desembocar en uno de los episodios más trágicos de nuestra historia reciente: los asesinatos de Atocha, en enero de 1977, cuando un grupo ultraderechista segó la vida de cuatro abogados y un sindicalista en el despacho de Atocha 55, dejando además a otros cuatro heridos de gravedad. Un golpe brutal contra quienes defendían, precisamente, la palabra frente a la violencia.

A través de las figuras de Manuela Carmena, Cristina Almeida, Paca Sauquillo y Lola González Ruiz, la serie traza el retrato de un país en tensión permanente: huelgas, represión, cárceles, torturas, barrios olvidados y procesos judiciales que marcaron a toda una generación. Todo ello atravesado por una mirada que sitúa en el centro la defensa de los derechos humanos, civiles y laborales.

De izquierda a derecha: Cristina, Manuela, Paca y Lola.
No estamos ante un documental ni ante una crónica jurídica minuciosa. Las abogadas son más bien como un ejercicio de memoria: una evocación de aquellos despachos laboralistas y vecinales que, en condiciones adversas, sostuvieron la defensa de los trabajadores cuando hacerlo implicaba un riesgo real.

Con inevitables licencias narrativas, la serie no pretende una reconstrucción exacta de los hechos, sino rescatar una memoria que sigue siendo necesaria. Y ahí reside buena parte de su valor: en traer al presente un tiempo de represión, de impunidad y de lucha por las libertades. Un tiempo cuya interpretación sigue hoy en disputa, con discursos que intentan blanquearlo. Nombres como Enrique Ruano, Pedro Patiño o las víctimas de Atocha 55 no aparecen solo como referencias históricas, sino como heridas abiertas que aún laten en la memoria colectiva.

Es cierto que no siempre alcanza la profundidad histórica o el rigor documental que quizá desearíamos quienes vivimos aquellos años. Pero su compromiso con el pasado es indiscutible. Su mayor acierto es, probablemente, narrar esa historia dando voz a esas cuatro mujeres que encarnaron el idealismo y la valentía en tiempos difíciles.

En una sociedad que a menudo esquiva su propia memoria, resulta especialmente significativo que una televisión pública recupere estas historias y las sitúe en primer plano. Porque Las abogadas no habla solo de lo que fuimos, sino también de lo que aún está en juego. Algunas luchas, por desgracia, no han terminado.

Por todo ello, ver esta serie no es solo recomendable: es, en cierto modo, un interesante ejercicio de memoria y de conciencia. Especialmente para quienes aún puedan pensar —a menudo por desconocimiento— que durante la dictadura franquista se vivía mejor. Para quienes deseen acercarse a esta historia, la serie sigue disponible en RTVE Play y Netflix.

Aprovecho estas líneas para recordar —aunque no aparezca en la serie— que estas cuatro grandes abogadas formaron parte del primer patronato de la Fundación Abogados de Atocha y han sido reconocidas en múltiples ocasiones. La Fundación patrocinó en 2017 un libro sobre Cristina, Manuela y Paca, titulado con sus propios nombres y el subtítulo Tres vidas cruzadas, entre la justicia y el compromiso, obra que aún puede encontrarse en librerías.

Lola González Ruiz, fallecida en 2015, ya no está entre nosotros. Sus cenizas descansan en el mar Cantábrico. En su recuerdo y memoria hace un par de años escribí esta semblanza sobre ella: Enero, el mes que desbarataron los sueños a Lola”.

Por otro lado, en su reconocimiento, el premio “Compromiso y Memoria”, otorgado anualmente por la Asociación Arte y Memoria en el marco del Festival Internacional de Cine por la Memoria Democrática, lleva el nombre de Lola González Ruiz.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

61 ANIVERSARIO ENTRE VÍAS, TRENES Y CONVIVENCIA

Estación militar de Cuatro Vientos (Madrid), en los años 60 del siglo pasado 
Por circunstancias de la vida, siempre —o casi siempre— he estado ligado al ferrocarril. Incluso, según me contaban mis padres, nací debajo de una traviesa negra de madera, de esas que sostienen los carriles de la vía, en una pequeña estación de Extremadura. Se llamaba Proserpina, aunque hace ya muchos años que cerró sus puertas.

Años después supe que aquello del nacimiento bajo una traviesa no era cierto. Como todos los nacidos en los años cincuenta del siglo pasado, yo había venido de París, colgado del pico de una cigüeña.

Mucho más tarde, con 18 años recién cumplidos, ingresé en la compañía ferroviaria RENFE como militar en prácticas de ferrocarriles. Hoy se cumplen exactamente 61 años. Ha llovido mucho desde entonces, pero aquí seguimos: contemplando cómo cae la lluvia, viendo salir el sol y, a veces, incluso el arco iris.

Era jueves, 1 de abril de 1965. La primavera comenzaba a despuntar cuando algo más de tres centenares de jóvenes, que acabábamos de alcanzar la mayoría de edad, ingresábamos como militares en prácticas en el cuartel de ingenieros de Cuatro Vientos, en Madrid, dispuestos a comernos el mundo.

Hoy, superados ya los tres cuartos de siglo de vida —el que menos tiene 80 años—, comer, lo que se dice comer, comemos menos; pero la memoria permanece intacta, y con ella fluyen los recuerdos y las historias de aquellos años. Algunos compañeros alcanzaron lo que entonces consideraban sus sueños: ascensos, familia, desarrollo personal, compromiso político o sindical… Otros se quedaron en el camino, pero todos permanecen en nuestra memoria. Para ellos, nuestro recuerdo emocionado, nuestro respeto y nuestro deseo que descansen en paz.

Lo cierto es que la mayoría, con más o menos fortuna, nunca dejamos de luchar por abrirnos paso en una sociedad que nunca ha sido fácil, ni lo será. Basta con mirar algunas fotografías de entonces para que los recuerdos broten a borbotones. Recuerdos que empujan la pluma para que escriba sin esfuerzo.

Granada 1968, lugar donde realice el cursillo de Circulación
¡Cuántas historias podríamos contar del tren, de las máquinas, de las estaciones y de las vías! Cada uno de nosotros guarda muchos años de vivencias entre raíles, locomotoras, andenes y también convivencias, dentro y fuera del ámbito ferroviario.

Escribo hoy, 1 de abril de 2026, en este 61º aniversario, recordando muchos años celebrando encuentros en distintas ciudades de España: Las ultimas en Segovia, La Coruña, Sevilla, Mérida, Aranjuez, Alcalá de Henares… Lugares que hemos visitado con espíritu turístico, sí, pero también para reencontrarnos, compartir, reír, abrazarnos y recordar aquel camino que decidimos emprender juntos en aquel lejano abril de 1965.

“La alegría es una forma de resistencia”, decía el poeta Luis García Montero. Nosotros hemos hecho de estos aniversarios una celebración de la alegría: resistiendo al paso del tiempo y caminando con la frente alta. Somos, al fin y al cabo, una pequeña línea dentro del trazado de este país llamado España —“mi querida España”, que decía la cantante Cecilia—, un país en el que nos ha tocado vivir, trabajar y aportar nuestro esfuerzo con la esperanza de dejar un futuro mejor a quienes vienen detrás.

Revisando mi hemeroteca personal, encontré unos párrafos escritos a mano de mi intervención en el 25 aniversario, celebrado en Ávila en 1990. Decía entonces: “Dentro de 25 años, unos más gordos, otros más calvos, todos estaremos dispuestos a conmemorar el 50 aniversario, con nuestros achaques, pero allí estaremos”.

Y así fue… y más aún: hemos superado el 50 aniversario y hoy debíamos estar celebrando el 61. Aquí seguimos: unos más felices, otros más nostálgicos, todos quizá algo más pesados, pero con la misma ilusión de vivir y disfrutar. Rozando los 80 años y recordando aquel primer encuentro de hace 61 años en un lugar de Madrid cuyo nombre, por supuesto, sí quiero recordar: Cuatro Vientos.

No quiero terminar esta breve crónica —escrita desde el corazón y también desde el corazón de Extremadura, (Mérida)— sin recordar unas palabras de Joan Manuel Serrat: “Esto es una despedida, pero, sobre todo, es una fiesta”. Y añadía: “Dejemos aparte las melancolías y nostalgias, porque solo nos queda el futuro”.

Parafraseándolo, me atrevo a decir que este aniversario de 2026 —aunque por diversas circunstancias no hayamos podido celebrarlo juntos— debe ser, ante todo, una fiesta. Aparquemos la nostalgia y vivamos lo mejor posible, porque nosotros, los de la 25 promoción, sabemos bien que pasado tenemos… y mucho, así que, sencillamente, nos queda el futuro. Así que sin más:

¡Viva la 25 promoción de ffcc! Y que sean muchos años más.

Y termino con una recomendación: escuchad el poema Compuerta” de Luis Chamizo, uno de los grandes poetas de mi tierra extremeña. Apenas cinco minutos de poesía castúa, en nuestra habla extremeña, donde también aparece ese tren convertido en “bicho negro” que tanto formo y forma parte de nuestras vidas.


Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO. 

Miguel Hernández, la voz que perdura 84 años después

 

Hoy hace 84 años que murió el poeta del pueblo en la cárcel de Alicante. Cada 28 de marzo, con motivo del aniversario de la muerte de Miguel Hernández, la memoria nos invita a regresar a aquella voz  que ha dado sentido, profundidad y dignidad a la palabra, pues para mi y otros muchos, Miguel, destaca con especial fuerza, ya que es figura esencial de la literatura española del siglo XX.

Teniendo en cuenta las fechas en que estamos y sonando de nuevo tambores de guerra en el mundo, quiero comenzar esta breve crónica sobre Miguel con una de sus poesías, “Tristes Guerras”, quizás menos conocidas que otras, pero necesaria siempre:

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes. Tristes. 

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes. Tristes.

Tristes hombres

si no mueren de amores. 

Tristes. Tristes.

Miguel Hernández Gilabert, nació en Orihuela en 1910 y falleció en Alicante en 1942, a los 31 años, su trayectoria vital quedó trágicamente marcada por la Guerra Civil, la represión franquista y la enfermedad. Sin embargo, la brevedad de su vida contrasta con la intensidad y la permanencia de su obra, que ha sabido atravesar el tiempo hasta instalarse con firmeza en la conciencia colectiva.

Hoy, sus versos forman parte del patrimonio cultural compartido. Poemas como Nanas de la cebollaEl niño yuntero o Para la libertad han alcanzado una amplia difusión, en gran medida gracias a la música y a la recuperación de su figura en democracia. No obstante, conviene recordar que durante años su obra permaneció silenciada, relegada a ediciones extranjeras y a una circulación casi clandestina en el interior de España.

Fue precisamente a través de esas lecturas discretas como muchos descubrimos a Miguel Hernández. En mi caso, el encuentro se produjo en 1967, con Vientos del pueblo, un libro que no solo revelaba a un poeta de extraordinaria fuerza expresiva, sino también una mirada distinta sobre la realidad del país. Aquella lectura supuso una toma de conciencia: la intuición de que existía otra España, más profunda y sobre todo más silenciada.

Retrato de Miguel Hernández de Pepe Molleda, que el artista pinto y me regalo sabiendo mi devoción por Miguel. 

Miguel Hernández no fue únicamente un escritor de talento excepcional; fue, ante todo, una voz comprometida con su tiempo, con el sufrimiento y con la dignidad de los más humildes. Esa condición explica, en gran medida, la vigencia de su obra. Su poesía no pertenece únicamente al pasado, sino que continúa interpelando al presente y proyectándose hacia el futuro.

Con el paso de los años, su figura no ha dejado de crecer. Cabe pensar que, cuando el tiempo haya borrado tantos nombres, el suyo seguirá ocupando un lugar central. Él mismo lo expresó con palabras que hoy conservan toda su fuerza: “Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros”.

En esas palabras perdura el sentido último de su obra. Y en ese viento, que aún nos alcanza, sigue viva la voz de Miguel Hernández.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.