LEMA DE ESTE BLOG...

LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

El desahucio de Mari Carmen: un aldabonazo a las conciencias

 

¿Alguien puede imaginarse tener 87 años, haber pagado religiosamente el alquiler durante toda una vida y que, de repente, te echen de tu casa?

Pues ha ocurrido. El 23 de septiembre de 2026, Maricarmen, una madrileña de 87 años, con graves problemas de movilidad, fue desalojada de la vivienda en la que había vivido durante más de siete décadas, en el barrio de Retiro. Era el cuarto y definitivo intento de lanzamiento, ejecutado a favor de Urbagestión, la sociedad propietaria del inmueble. Maricarmen salió de su casa en camilla y fue trasladada en una ambulancia del Samur.

Fue su padre quien firmó aquel contrato de renta antigua. Cuando él falleció, la vivienda pasó a su madre y, posteriormente, a ella. Allí siguió viviendo durante décadas, pagando cada mes, en el último año, alrededor de 500 euros y, según ha repetido en estos días, sin dejar de abonar una sola mensualidad.

«Yo no he dejado de pagar ni un solo recibo de la renta», decía. Y quizá esa sea una de las frases que mejor resumen su drama: Maricarmen no sentía que hubiera dejado de cumplir con su parte. Había pagado durante toda su vida y, sin embargo, terminó perdiendo la casa en la que había construido toda su historia.

Desde que el inmueble fue adquirido por Urbagestión, Maricarmen mantuvo durante años un conflicto por el alquiler. La renta que se le reclamaba había llegado a situarse muy por encima de los aproximadamente 500 euros que pagaba anteriormente, una cantidad que resultaba difícilmente asumible para una pensionista con unos ingresos de alrededor de 1.300 euros. El caso llegó a los tribunales y, finalmente, el lanzamiento pudo ejecutarse.

Y así llegamos a la mañana del desahucio. En la calle se habían concentrado cientos de personas. Algunas habían pasado la noche allí intentando impedir el lanzamiento. La intervención policial terminó convirtiendo aquella mañana en una escena que iba mucho más allá de un conflicto entre propietario e inquilina: se discutía, en realidad, qué lugar ocupa una persona mayor y vulnerable frente al derecho de propiedad y frente a un mercado inmobiliario cada vez más difícil de soportar.

La policía estableció un cordón que mantuvo alejados a periodistas, fotógrafos y personas que se oponían al desalojo de Maricarmen,. Las imágenes de Maricarmen saliendo en camilla camino de la ambulancia dieron la vuelta al país. La periodista Silvia Intxaurrondo, en TVE, expresó su indignación ante las dificultades para informar desde el lugar.

Maricarmen había resistido hasta el último momento. También lo hizo el Sindicato de Inquilinas, que intentó encontrar una solución. El Ministerio de Vivienda realizó gestiones y, según informaciones publicadas, hubo distintas propuestas para evitar el desalojo, pero ninguna consiguió impedirlo.

Al preguntarle cómo se encontraba después del desalojo, su respuesta fue tan sencilla como demoledora: «Estoy hecha polvo».

¿Cómo no estarlo? Setenta años de recuerdos habían quedado dentro de aquellas paredes. A los 87 años, Maricarmen se ha visto obligada a comenzar una nueva etapa de su vida lejos de la casa en la que prácticamente había vivido siempre.

Hasta aquí, los hechos. A partir de aquí, mi opinión.

Creo sinceramente que el caso de Maricarmen debería ser un aldabonazo a las conciencias. Un aviso. Una llamada de atención. Porque lo sucedido pone delante de nuestros ojos, con una crudeza difícil de ignorar, hasta dónde puede llegar el problema de la vivienda cuando detrás de un expediente judicial hay una persona concreta, con nombre, edad, recuerdos y una vida entera dentro de cuatro paredes.

La vivienda se ha convertido en uno de los grandes problemas sociales de nuestro país. Y no hablamos únicamente de quienes pierden su casa. Hablamos también de jóvenes que no pueden emanciparse, familias que destinan una parte desproporcionada de sus ingresos al alquiler y trabajadores que tienen dificultades para vivir en las ciudades donde trabajan.

Los datos de los lanzamientos judiciales siguen mostrando que el problema está lejos de resolverse. En el primer trimestre de 2025, por ejemplo, se practicaron en España 7.334 lanzamientos, según el Consejo General del Poder Judicial.  Y mientras tanto, el debate político continúa.

Unos sostienen que hay que intervenir y aumentar la regulación del mercado. Otros defienden que la solución pasa fundamentalmente por aumentar la oferta y dejar actuar al mercado. Pero, mientras unos y otros discuten, hay muchas personas que tienen que decidir cada mes entre pagar el alquiler, la hipoteca o llenar la nevera.

Por eso creo que el problema no puede abordarse únicamente desde la confrontación política. Hace falta actuar. Y también hace falta mirar hacia atrás.

En Madrid tenemos un ejemplo que todavía forma parte del debate público: en 2013, durante la alcaldía de Ana Botella, el Ayuntamiento vendió 1.860 viviendas protegidas de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo a Fidere, filial española de Blackstone, por unos 128,5 millones de euros. Aquella operación fue objeto de una larga controversia judicial. El Tribunal de Cuentas llegó inicialmente a apreciar un perjuicio para las arcas públicas, pero posteriormente revocó aquella resolución y el Tribunal Supremo confirmó la absolución de Ana Botella y su Junta de Gobierno. Una odisea jurídica.

Los hechos judiciales son los que son. Pero el debate político sobre si fue acertado desprenderse de una parte de aquel parque público sigue abierto. Porque ahí está, a mi juicio, una de las claves del problema: si se dispone de poca vivienda pública, cualquier crisis habitacional se hace mucho más difícil de gestionar.

Según el Gobierno Central, el parque público de vivienda en España ha pasado en los últimos años del 2,5% al 3,4%, todavía muy lejos del entorno del 9% que representa la media europea. Un 3,4% es demasiado poco para un país que pretende garantizar el derecho constitucional a una vivienda digna.

Y aquí conviene recordar algo que a veces olvidamos cuando el debate se centra exclusivamente en el Gobierno de España: las comunidades autónomas tienen un papel fundamental en materia de vivienda.

Deben gestionan los parques públicos autonómicos, las ayudas al alquiler y sus propios planes de vivienda. También los ayuntamientos tienen mucho que decir: deciden sobre urbanismo y planeamiento, clasifican suelo, conceden licencias y pueden promover y gestionar vivienda pública municipal.

El Gobierno Central, por su parte, tiene capacidad para establecer la legislación básica, impulsar planes estatales de vivienda y aportar financiación y recursos. Es decir, responsabilidades hay muchas y están repartidas.

Por eso no vale con mirar exclusivamente hacia un lado. La solución exige que todas las administraciones, cada una desde sus competencias, hagan su parte.

Y hay algo más: cuando hablamos de vivienda, no podemos olvidarnos de los fondos de inversión, los llamados “fondos buitre” y de las grandes empresas propietarias. Tampoco podemos olvidar que una vivienda es, para quien vive en ella, mucho más que un activo financiero. Es su casa. Es su barrio. Son sus vecinos. Son sus recuerdos. Es su vida.

Eso es precisamente lo que el caso de Maricarmen nos obliga a mirar de frente.

Porque una sociedad puede tener leyes, jueces, policías, fondos de inversión y contratos perfectamente formalizados. Pero también debería preguntarse si, detrás de todo eso, estamos siendo capaces de proteger a las personas más vulnerables.

Y llegados a este punto, conviene volver al principio: ¿Alguien puede imaginarse tener 87 años, haber pagado religiosamente el alquiler durante toda una vida y terminar saliendo de tu casa en una camilla?

Según mi humilde opinión, sí podemos imaginarlo. Y precisamente por eso creo que lo ocurrido con Maricarmen no debería convertirse simplemente en una noticia más que desaparece en unos días de los periódicos y de los informativos. Debería ser un aldabonazo a nuestras conciencias y no un incidente mas.

Porque la vivienda no puede ser únicamente un negocio. Es también un derecho. Lo dice, claramente, el artículo 47 de nuestra Constitución:

“Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”.

El mandato constitucional es claro. Ahora hace falta voluntad política para hacerlo realidad.

Porque querer es poder. Y si de verdad queremos que casos como el de Maricarmen no vuelvan a repetirse, los poderes públicos deberán de dejar de mirar hacia otro lado y empezar a trabajar, entre todos, para que el derecho a la vivienda deje de ser una declaración constitucional y se convierta, de verdad, en un derecho efectivo.

Protesta en Mérida (Extremadura), el 24 de septiembre de 2026

Por Maricarmen y por tantos otros y otras que, quizá sin hacer ruido, están esperando que alguien les ayude a no perder su casa, espero que este tema de vivienda y habitabilidad, especialmente difícil para jóvenes y mayores, enfile un camino que acabe con este grave y esencial problema a corto y medio plazo.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

P.D. Francisco Naranjo fue presidente de VITRA-Madrid durante 15 años. Impulsada por CCOO, VITRA construyó en sus 35 años de actividad 33.000 viviendas protegidas en España, 9.000 de ellas en Madrid, en régimen cooperativo y a precios asequibles. Para mas información leer: LA ISLA DE VITRA

Adiós a Miguel Corbacho, un hombre del fútbol y de la vida

 

Miguel Corbacho en 1966

Ha fallecido un pionero del fútbol base emeritense. Y también un amigo. Miguel Corbacho Sánchez nos dejó el 27 de agosto, a los 85 años de edad.

Su trayectoria y su entrega al deporte fueron reconocidas en 2001 con la Medalla al Mérito Deportivo del Fútbol Amateur de la Federación Española de Fútbol, entre otros galardones. También colaboró con distintos medios de comunicación y ejerció durante cuatro décadas como presidente y entrenador del Rayo Emeritense. Bajo su dirección, el club llegó a contar incluso con una sección de baloncesto aficionado y un equipo femenino de Fútbol 7.

En 2010, el entonces alcalde de Mérida, Ángel Calle, le impuso el escudo de la ciudad en reconocimiento a su dedicación al fútbol base de la capital extremeña.

Ocho años después, en 2018, el Ayuntamiento de Mérida rindió homenaje a la trayectoria del Rayo Emeritense con una exposición de fotografías y trofeos conquistados por el club entre 1966 y 2006, que Miguel Corbacho había donado al Consistorio. La muestra se inauguró en el polideportivo Diocles, donde también se descubrió una placa en homenaje al club y a quien durante tantos años fue su presidente y entrenador.

En aquel acto, Miguel recordó los comienzos del club en la zona de la barriada de La Paz. Lo contaba con la sencillez que le caracterizaba: “Al ver a los chavales jugando los animé a que se vinieran al equipo, que denominé Rayo Emeritense, por el Rayo Vallecano, porque se portaron muy bien conmigo”.

Cuando intervino el alcalde de Mérida, Antonio Rodríguez Osuna, definió aquel momento como “un día importante para Mérida, porque se reconocía la historia de un club y de una persona que ha dado su vida por muchos niños y niñas de Mérida”.

Yo por mi parte, tengo muy buenos recuerdos de Miguel Corbacho. Fui uno de aquellos jugadores de los que él comentaba al recordar los primeros tiempos del Rayo Emeritense. Un recuerdo que permanece aún en mi memoria.

Dicen que, cuando uno alcanza cierta edad, quizá no recuerde qué comió ayer, pero puede recordar con una nitidez sorprendente lo ocurrido hace 50 o 60 años. Y hay algo que ayuda especialmente a mantener viva esa memoria: contemplar una fotografía de aquella época.

Una imagen es capaz de abrir de golpe el cajón de los recuerdos. Ves una cara, un campo de fútbol, una camiseta, unos compañeros y, de repente, aparece detrás toda una historia. No solo recuerdas la fotografía: recuerdas lo que sucedió alrededor de ella.

El Club Deportivo Rayo Emeritense en estadio municipal de Merida en 1966.

Eso es precisamente lo que me ocurre cuando vuelvo a contemplar esta foto, una de las que se expusieron en el polideportivo Diocles. Al verla, regreso a los años sesenta del siglo pasado, cuando comencé a dar mis primeros pasos en el fútbol, con apenas 14 años. Recuerdo aquellos partidos que disputé en el Estadio Municipal de Mérida —hoy Estadio Romano José Fouto— con el Augusta, perteneciente al grupo del Imperio de Mérida, uno de los conjuntos destacados de aquella época, cuyo presidente era Agustín Jiménez.

Por aquel entonces ya llevaba algunos años viajando entre la estación de ferrocarril de Proserpina y Mérida para estudiar en la Escuela de Maestría Industrial. Allí terminé, con 16 años, los estudios de Oficialía Industrial en la rama de Madera, con especialidad en Ebanistería.

Cuando cumplí 18 años ingresé en RENFE, en Madrid, aunque regresé a Mérida al cabo de un año. Estuve en la capital extremeña entre 1966 y 1969, realizando las prácticas ferroviarias. Como vivía con mis padres en la barriada de San Juan, jugaba en los campos de fútbol del entorno de La Paz. Y fue allí donde conocí a Miguel Corbacho.

Fue entonces cuando me fichó para aquellos comienzos del Rayo Emeritense. Jugué un par de temporadas con ellos y guardo de aquella etapa recuerdos extraordinarios. Y, entre todos ellos, ocupa un lugar especial Miguel Corbacho.

La fotografía tomada en el Estadio Municipal de Mérida, a la que antes hacía referencia, es testimonio de aquellos años y de aquella amistad nacida alrededor del fútbol.  Después, ya en Madrid, continué jugando al fútbol, aunque entonces fue principalmente fútbol sala y campeonatos de empresas en el pabellón del Centro Cultural y Deportivo de RENFE, en Madrid-Delicias.

Pero mi afición por el fútbol nunca desapareció. Al contrario, continuó en la familia. Primero fueron mis hijos y, después, mis nietos quienes siguieron vinculados al deporte. Uno de mis hijos destacó en el fútbol. El otro, ya adolescente, cambió el balón de futbol por el rugby. Y mis nietos han seguido también esa estirpe deportiva: uno juega actualmente en un equipo de regional de Getafe, otro en el juvenil del Rayo Vallecano y el mas pequeño, todavía en categoría alevín, en Las Rozas.

En la actualidad, ya jubilado he vuelto al Romano Jose Fouto a ver el Merida AD y al polideportivo Diocles a realizar gimnasia de mantenimiento. Y casualidades de la vida, en ambos lugares he coincido con amigos que jugaron conmigo hace esos 60 años que decía antes. 

En fin, estas líneas no pretenden ser más que mi particular manera de darle el último adiós a Miguel Corbacho, una persona de la que conservo un recuerdo profundamente entrañable.

No solo por su vida dedicada al deporte y, sobre todo, al fútbol. También por su manera de tratar a los chavales de aquella época. Por su cercanía, por su entusiasmo y por las enseñanzas que, muchas veces sin darnos cuenta, nos transmitió dentro y fuera del terreno de juego.

Miguel fue uno de esos hombres que hicieron mucho por el fútbol cantera de Mérida cuando apenas había medios, pero sobraban ilusión, compromiso y ganas de enseñar. Su legado no está únicamente en los trofeos, las fotografías o en la historia del Rayo Emeritense. Está, sobre todo, en las generaciones de niños y jóvenes que pasaron por sus manos y que hoy, décadas después, seguimos recordándolo.

Descansa en paz, Miguel. Te lo has ganado. Aquí, en la tierra, y especialmente en Mérida, te seguiremos recordando. Recibe un abrazo de uno de aquellos chavales -jugadores- que compartió contigo una parte de su juventud y que, muchos años después, sigue agradeciendo tus enseñanzas deportivas y, sobre todo, humanas.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

Begoña San José: feminista, sindicalista y muchas cosas más

 

Manuela Carmena, Begoña San José y Pilar Bardem, en marzo de 2011.

Conocí a Begoña San José a comienzo de los años ochenta, cuando ejercía como responsable de Comunicación del Sector Ferroviario de CCOO. Ella era la responsable de la mujer en CCOO.

Al revolver mi hemeroteca personal para preparar esta semblanza, de felicitación y homenaje en su día de su cumpleaños, me encontré con un artículo suyo publicado en junio de 1980, en el boletín “Carril” de las Comisiones Obreras Ferroviarias, titulado Ferroviarias y mujeres de ferroviarios. Al releerlo, he tenido la sensación de reencontrarme con aquella Begoña que ya entonces tenía muy claro que la incorporación de las mujeres al mundo laboral no era una cuestión secundaria, sino uno de los grandes cambios que estaba viviendo nuestra sociedad.

En aquel artículo hablaba de las mujeres en el ferrocarril, pero también de algo mucho más amplio: de la ruptura de los viejos roles que habían reservado determinados trabajos exclusivamente a los hombres. Incluso recomendaba ver La sal de la tierra, una película que refleja precisamente la lucha de hombres y sus mujeres por sus derechos dentro de una comunidad minera. Sus reflexiones, vistas hoy, conservan una sorprendente actualidad.

Volví a encontrarme personalmente con Begoña muchos años después, en marzo de 2011, con motivo del reconocimiento que la Fundación Abogados de Atocha otorgó, coincidiendo con el centenario del Día Internacional de la Mujer, a tres mujeres excepcionales: Begoña San José, Pilar Bardem y Manuela Carmena. Las tres fueron reconocidas por sus valores de justicia y libertad y por sus trayectorias en defensa de los derechos y las libertades democráticas.

Pero si algo define a Begoña no es la cantidad de cargos que ha ocupado ni los reconocimientos que ha recibido. Lo verdaderamente importante es la coherencia de una vida dedicada a luchar por aquello en lo que cree.

Begoña San José Serrán nació en La Granja, en el Real Sitio de San Ildefonso (Segovia), el 13 de agosto de 1949, en el seno de una familia numerosa. Con dieciocho años comenzó a estudiar Agronomía, pero pronto tuvo que abandonar la carrera. Se independizó, trabajó en el servicio doméstico y después entró en una fábrica. Allí comenzó a militar en Comisiones Obreras y tuvo sus primeros contactos con el feminismo. También se afilió al PCE.

Fue una de aquellas mujeres que descubrieron que la lucha por la democracia y la lucha por la igualdad era inseparable. Su acercamiento al Movimiento Democrático de Mujeres resultó decisivo. Como ella misma ha contado en numerosas ocasiones: asistir a una primera reunión la deslumbró. A partir de entonces, su compromiso feminista fue creciendo hasta convertirse en una parte esencial de su vida.

Y eran tiempos en los que ser mujer y reclamar derechos tenía un precio. Begoña participó en acciones reivindicativas relacionadas con los derechos sexuales y reproductivos, como acudir al ginecólogo para conseguir anticonceptivos cuando hacerlo no solo estaba socialmente mal visto, sino que podía tener consecuencias legales. Fue detenida en 1973 y 1974 por su militancia en CCOO, cuando sindicatos y partidos políticos todavía eran ilegales. En la segunda detención fue despedida de la fábrica. Pasó tres meses en prisión.

No es un detalle menor. Estamos hablando de una mujer joven que decidió enfrentarse a una dictadura que pretendía mantener a las mujeres sometidas a un modelo social basado en la obediencia, la familia tradicional y el nacionalcatolicismo.

1975 fue un año especialmente importante. Fue declarado Año Internacional de la Mujer y se celebró en México la I Conferencia Mundial sobre la Mujer. En España, Begoña participó activamente en las movilizaciones contra la carestía de la vida y, poco después de la muerte de Franco, en diciembre de aquel año, tomó parte en las I Jornadas Nacionales para la Liberación de la Mujer, celebradas todavía en la clandestinidad.

En 1976 asistió a la Asamblea de Barcelona de CCOO, uno de los acontecimientos fundamentales en la historia del movimiento sindical. Más de quinientos militantes se reunieron en un momento en el que todavía no existía libertad sindical y la democracia era apenas una esperanza. Begoña fue una de las escasas mujeres presentes. Aquella Asamblea marcó un antes y un después en el proceso que conduciría a la legalización de Comisiones Obreras.

Al año siguiente, 1977, coincidiendo con la legalización de los sindicatos, Begoña se convirtió en la primera Secretaria de la Mujer de CCOO, primero en Madrid y después en el ámbito confederal, responsabilidad que desempeñó hasta 1981. Desde allí contribuyó a construir la política del sindicato en materia de igualdad y a tender puentes entre el movimiento sindical y el feminismo.

Cuando dejó la Secretaría de la Mujer de CCOO, en 1981, quiso regresar a su puesto de trabajo en la fábrica, pero se lo impidieron. Aquel episodio puso fin a su militancia sindical, aunque no a su compromiso. Aprovechó aquella etapa para estudiar Derecho, preparar oposiciones y profundizar en el pensamiento y la práctica feminista.

Su trayectoria posterior es tan intensa como la primera. Trabajó en el Centro Feminista de Estudios y Documentación, participó en las luchas por la legalización del aborto y por la incorporación de las organizaciones feministas a las políticas públicas. En 1984 aprobó las oposiciones de Secretaria-Interventora de Administración Local, profesión que ejerció hasta su jubilación en 2014.

En 1986 fue cofundadora del Fórum de Política Feminista, una organización que entendía que el feminismo debía tener capacidad para influir en las instituciones y en las políticas públicas sin perder su independencia. Desde allí participó en debates y movilizaciones relacionados con la igualdad, la representación de las mujeres en los espacios de poder y las políticas públicas de género.

Begoña ha desempeñado también responsabilidades institucionales: fue subdirectora de Empleo y Cooperación de la Dirección General de la Mujer de la Comunidad de Madrid, concejala del Ayuntamiento de Madrid por IU y presidenta del Consejo de la Mujer de la Comunidad de Madrid, organismo que entonces agrupaba a decenas de asociaciones de mujeres.

Pero quizá lo que mejor define su trayectoria sea su capacidad para estar siempre allí donde se estaba produciendo una nueva batalla por los derechos de las mujeres. Participó en la Plataforma Impacto de Género Ya, en la Plataforma por el Derecho al Aborto de Madrid, en la Plataforma CEDAW Sombra España y en la Plataforma 7N, que organizó en 2015 la histórica Marcha Estatal contra las Violencias Machistas.

Su compromiso no ha sido nunca puramente teórico. Begoña ha sabido convertir las ideas feministas en acción política, sindical y social. Por eso las filósofas Celia Amorós y Ana de Miguel han destacado precisamente su capacidad para tender puentes entre la teoría feminista y la militancia política. No es casual que Celia Amorós, una de nuestras grandes maestras del pensamiento feminista, le dedicara uno de sus libros.

Y hay algo más que quiero destacar porque pertenece a mi experiencia personal y no a ningún currículo: Begoña es una persona extraordinariamente humilde, generosa, lúcida y cálida. De esas personas que, después de tantos años de lucha y de tantos reconocimientos, siguen hablando contigo con la sencillez de quien considera que lo importante no es lo que ha hecho, sino lo que todavía queda por hacer.

Desde el privilegio de haberla conocido y tratado durante tantos años, puedo decir que Begoña es una de esas mujeres que han contribuido a cambiar la historia de este país sin necesidad de ocupar siempre los grandes titulares. Su trabajo está en muchas conquistas que hoy nos parecen normales y que, sin embargo, hubo que pelear cuando defenderlas podía significar una detención, una cárcel, un despido o simplemente enfrentarse a una sociedad que no estaba preparada para aceptar que las mujeres fueran dueñas de su propia vida.

Por eso Begoña es, para mí, una de las  grandes costaleras de la democracia. Porque ha cargado durante décadas con una parte importante del peso de la igualdad, de la libertad y de los derechos de las mujeres. Lo ha hecho desde el sindicalismo, desde el feminismo, desde la política, desde las instituciones y, sobre todo, desde la coherencia de una vida entera.

Cuando pienso en las mujeres que han luchado por la igualdad de género, no puedo evitar pensar siempre en Begoña. Porque las costaleras de la democracia no siempre llevan un paso sobre sus hombros. A veces llevan algo mucho más pesado: la responsabilidad de abrir caminos para que otras puedan caminar después por ellos. Y Begoña San José lleva toda una vida abriendo caminos. Gracias por tu compromiso compañera y felicidades en tu cumpleaños.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.