Hoy hace 84 años que murió el poeta del pueblo en la cárcel de Alicante. Cada
28 de marzo, con motivo del aniversario de la muerte de Miguel Hernández, la
memoria nos invita a regresar a aquella voz que ha dado sentido, profundidad y dignidad a
la palabra, pues para mi y otros muchos, Miguel, destaca con especial fuerza, ya
que es figura esencial de la literatura española del siglo XX.
Teniendo en cuenta las fechas en que estamos y sonando de nuevo tambores de
guerra en el mundo, quiero comenzar esta breve crónica sobre Miguel con una de
sus poesías, “Tristes Guerras”, quizás menos conocidas que otras, pero
necesaria siempre:
Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes. Tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes. Tristes.
Miguel Hernández Gilabert, nació en Orihuela en 1910 y falleció en Alicante
en 1942, a los 31 años, su trayectoria vital quedó trágicamente marcada por la
Guerra Civil, la represión franquista y la enfermedad. Sin embargo, la brevedad
de su vida contrasta con la intensidad y la permanencia de su obra, que ha
sabido atravesar el tiempo hasta instalarse con firmeza en la conciencia
colectiva.
Hoy, sus versos forman parte del patrimonio cultural compartido. Poemas
como Nanas de la cebolla, El niño yuntero o Para
la libertad han alcanzado una amplia difusión, en gran medida gracias
a la música y a la recuperación de su figura en democracia. No obstante,
conviene recordar que durante años su obra permaneció silenciada, relegada a
ediciones extranjeras y a una circulación casi clandestina en el interior de
España.
Fue precisamente a través de esas lecturas discretas como muchos
descubrimos a Miguel Hernández. En mi caso, el encuentro se produjo en 1967,
con Vientos del pueblo, un libro que no solo revelaba a un poeta de
extraordinaria fuerza expresiva, sino también una mirada distinta sobre la
realidad del país. Aquella lectura supuso una toma de conciencia: la intuición
de que existía otra España, más profunda y sobre todo más silenciada.
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| Retrato de Miguel Hernández de Pepe Molleda, que el artista pinto y me regalo sabiendo mi devoción por Miguel. |
Miguel Hernández no fue únicamente un escritor de talento excepcional; fue,
ante todo, una voz comprometida con su tiempo, con el sufrimiento y con la
dignidad de los más humildes. Esa condición explica, en gran medida, la
vigencia de su obra. Su poesía no pertenece únicamente al pasado, sino que
continúa interpelando al presente y proyectándose hacia el futuro.
Con el paso de los años, su figura no ha dejado de crecer. Cabe pensar que,
cuando el tiempo haya borrado tantos nombres, el suyo seguirá ocupando un lugar
central. Él mismo lo expresó con palabras que hoy conservan toda su fuerza: “Los
poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus
poros”.
En esas palabras perdura el sentido último de su obra. Y en ese viento, que
aún nos alcanza, sigue viva la voz de Miguel Hernández.
Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024)
y sindicalista de CCOO.




