LEMA DE ESTE BLOG...

LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

En recuerdo de Juan Genoves, en el sexto aniversario de su fallecimiento.

 


Juan Genoves, posando con su cuadro El Abrazo, tambien llamado Amnistia.

Tal día como hoy, 15 de mayo de 2026, se cumplen seis años del fallecimiento en Madrid, a los 89 años de edad, de Juan Genovés, artista universal y autor de la emblemática obra El Abrazo, también conocida como Amnistía.

En 2017, el Patronato de la Fundación Abogados de Atocha le concedió su premio por su compromiso con la paz, la libertad y la concordia. El galardón se entregó el 24 de enero, coincidiendo con el 40 aniversario del asesinato de los Abogados de Atocha.

Juan Genovés fue mucho más que el autor de un cuadro histórico, como El Abrazo. Fue uno de los artistas españoles con mayor proyección internacional, con miles de obras expuestas en museos y galerías de los cinco continentes, desde Nueva York a Tokio, de Ciudad del Cabo a Sídney.

Pero si una obra marcó su vida y la memoria colectiva de nuestro país fue El Abrazo, realizado en 1975 y convertido en símbolo de la Transición española. Reproducido bajo el nombre de Amnistía, se editaron cientos de miles de carteles para reclamar la libertad de los presos políticos y apoyar la lucha por las libertades democráticas.

Uno de aquellos carteles colgaba precisamente en el despacho de abogados laboralistas de Atocha 55, donde el 24 de enero de 1977 fueron asesinados cuatro abogados y un sindicalista por un comando de extrema derecha.

Paradójicamente, cuando en 1976 comenzaron a imprimirse los carteles, Juan Genovés fue detenido y permaneció incomunicado durante siete días en la Dirección General de Seguridad por el “grave delito” de ser el autor de aquella obra.

La escultura inspirada en El Abrazo, impulsada por CCOO, se encuentra desde 2003 en la plaza de Antón Martín de Madrid, como homenaje a los abogados laboralistas asesinados. Este monumento es desde el pasado año 2025 lugar de memoria democratica.

En la transición, también fue durante años símbolo de Amnistía Internacional en España, ayudando incluso a financiar los primeros pasos de la organización en nustro pais.

Tuve la oportunidad de visitar a Juan Genovés en su estudio en vísperas de la entrega del premio de 2017. A sus 86 años seguía transmitiendo vitalidad, ilusión y una enorme capacidad de trabajo: dedicaba entre diez y doce horas diarias a pintar. Nos recibió sin prisas, con cercanía y sencillez, y mantuvimos una conversación inolvidable sobre arte, memoria y compromiso.

En enero de 2017, en el estudio de Juan Genoves, posando con el farol que le regalaron los ferroviarios de CCOO en 1987.

Hablamos, cómo no, de El Abrazo y de sus continuas desapariciones de los espacios públicos. Desde que el Estado adquirió la obra en 1980, el cuadro vivió una historia casi clandestina: pasó años almacenado, oculto o retirado, hasta que diversas denuncias públicas, en especial las de CCOO, lograron devolverlo a la luz.

Finalmente, en 2016, fue trasladado al Congreso de los Diputados, cumpliéndose así uno de los deseos de Genovés, quien sostenía que aquella obra ya pertenecía al pueblo español.

Durante aquella conversación hubo una reflexión suya que me impresionó especialmente. Decía: “Estamos en una época en la que parece ponerse de moda no pensar. Estoy esperando que vuelva a ponerse de moda pensar; quizá estaríamos todos mejor”. Una frase sencilla, pero llena de verdad.

Tras aquella tarde con este gran artista y, al mismo tiempo, profundamente humilde, comprendí aún más la dimensión humana de Juan Genovés.

En fin, Juan, estés donde estés, aquí seguiremos recordándote. Porque mientras exista tu enorme legado, seguirá viva una parte imprescindible de nuestra memoria colectiva.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.


RECUERDOS DE "LO BIEN" QUE VIVIAMOS CON FRANCO

Hoy existe un amplio porcentaje de jóvenes que sostiene que con Franco se vivía mejor. Según el CIS, cerca del 20 %. Esa idea, alimentada por la desinformación en redes sociales y por el discurso reaccionario de la extrema derecha, choca frontalmente con la realidad que recuerdan los historiadores y quienes vivimos aquella época: una España sin libertades, marcada por la pobreza, el miedo y la represión.

Con estas pequeñas intrahistorias no pretendo hacer un discurso político, sino dejar constancia de algunos recuerdos de mi infancia que, por sí solos, desmontan ese espejismo nostálgico construido por quienes nunca conocieron aquellos años.

Años cincuenta siglo pasado: mi hermano Juan, mi padre Jose Maria y el que esto escribe, es decir yo.
Hace pocos dias encontré una fotografía de finales de los años cincuenta. En ella aparecemos mi padre, José María, mi hermano Juan y yo, tomada en el entorno de la pequeña estación de ferrocarril de Proserpina, lugar donde transcurrió mi infancia hasta nuestro traslado a Mérida. Proserpina —nombre de diosa y de un pantano cercano— era entonces poco más que un apeadero perdido en la línea Mérida-Cáceres. Hoy permanece silenciosa, cerrada al paso del tiempo y de los trenes.

Cuando miro aquella imagen reconozco al niño enfermizo que fui, con varios resfriados cada invierno. Hasta pasado los diez años apenas tuve unos zapatos de verdad. Crecí entre alpargatas gastadas y sandalias de goma, con los pies siempre expuestos al frío, al barro y al agua. Cuando por fin llegaron unos zapatos “buenos”, eran heredados: unos Gorilas de Segarra de mi hermano, varios números más grandes, como si el futuro tuviera demasiada prisa por alcanzarme.

Eran los años cincuenta del siglo pasado, en plena dictadura franquista; esos años que algunos evocan hoy con nostalgia sin haberlos conocido. Años en los que la principal preocupación de la inmensa mayoría de las familias era, sencillamente, poder comer al día siguiente.

Mi padre , como Mozo de Agujas de RENFE, apenas ganaba para sobrevivir y la vida exigía imaginación constante. Criábamos pollos, teníamos una cabra para la leche y cada año engordábamos dos cerdos: uno se vendía y el otro se reservaba para la matanza, de la que dependía buena parte de la alimentación familiar durante meses.

Nunca olvidaré los pucheros de garbanzos de mi madre, “la abuelaCatalina”, que daban para las veinticuatro horas del día: los garbanzos al mediodía, la sopa por la noche y, para el desayuno del día siguiente, algún trozo de tocino, morcilla o chorizo, cuando los había. Visto desde hoy podría parecer abundancia; entonces era apenas lo imprescindible para resistir.

De la cabra guardo una anécdota que todavía me hace sonreír. Mi padre se lamentaba de que cada día daba menos leche y pensaba venderla. Al final, mi hermano y yo tuvimos que confesar la verdad: por las noches íbamos al corral y bebíamos directamente de sus ubres. La pobre cabra no tenía culpa de nuestra hambre.

También recuerdo algunos días que íbamos como ojeadores en cacerías organizadas por el señorito de una finca cercana. Nosotros espantábamos conejos y perdices para que sus invitados dispararan cómodamente desde sus puestos. Ellos sí vivían bien. Volvíamos agotados, pero felices si, además, conseguíamos traer alguna pieza, “extraviadaentre los matorrales, para casa. Entonces sí había fiesta familiar.

Años después, al leer y ver la película de Los santos inocentes de Miguel Delibes, comprendí con tristeza muchas cosas de aquella España desigual y resignada.

Estación de ferrocarril de Proserpina. Fotografia de 2015.

Proserpina estaba aislada en medio del campo y las compras se hacían una vez al mes, viajando en tren a Mérida o en un asno prestado hasta Esparragalejo. Con el asno cada comienzo de año íbamos a comprar los lechones para la siguiente matanza. A la ida, mi padre y yo montábamos juntos en el burro; a la vuelta, los cerdos ocupaban un lado del serón y yo hacía de contrapeso en el otro. Más de una vez terminábamos todos en el suelo.

Nuestros mejores juguetes eran latas vacías de sardinas atadas unas a otras para improvisar un tren. Y los Reyes Magos solían traer una simple caja de lápices de marca Alpino que debía durar todo el año escolar.

Para la merienda o la cena, mi hermano y yo salíamos algunas tardes con un alambre —“el pincho”, lo llamábamos— y un tirachinas a cazar lo que se terciara: lagartos, conejos o pájaros. Muchas veces regresábamos con las manos vacías; otras, con alguna pieza que limpiábamos en un arroyo cercano. Aquellos días, cualquier pequeña captura se convertía en motivo de celebración.

Así transcurría la vida: entre estrecheces, ingenio y una lucha constante por salir adelante. Por eso me cuesta escuchar con tristeza, con mucha tristeza, que “con Franco se vivía mejor”. Quizá algunos vivieran bien; la inmensa mayoría no. Y muchos lo pasaron muchísimo peor que nosotros, porque al menos mi padre tenía un trabajo fijo en el ferrocarril.

La memoria no solo conserva lo que fuimos, sino también aquello que tuvimos que resistir. Conviene recordarlo para no transformar la miseria, el miedo y la ausencia de libertad, en una falsa nostalgia construida desde la ignorancia o el olvido.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

LA LUCHA OBRERA POR EL FERROCARRIL EN EXTREMADURA

Uno de los paneles de la exposición “Vías de dignidad. La lucha obrera por el ferrocarril”, expuesta en Plasencia 

Dicen que dijo Ernesto Sábato que “vivir consiste en construir futuros recuerdos”. En ese sentido, al ver anunciada esa interesante y oportuna exposición “Vías de dignidad. La lucha obrera por el ferrocarril”, de la Fundación Cultura y Estudios de CCOO de Extremadura, que puede visitarse durante esta semana en Plasencia y que reivindica un tren digno para la región extremeña, me han venido a la memoria muchos recuerdos de esa lucha obrera que ya dura cerca de medio siglo y que seguro continuará.

La exposición tiene como objetivo sensibilizar a la ciudadanía a través de distintos contenidos y se plantea como un ejercicio de memoria colectiva, así como una llamada a la acción. Recuerda que los avances logrados no han sido fruto del azar, sino de la presión social sostenida y de la movilización ciudadana.

Lo reitero: me parece una iniciativa muy interesante. Espero y deseo que esta exposición pueda verse en otras ciudades extremeñas.

Y pasando a los recuerdos personales, tengo que decir que, a finales de la década de los 70 del siglo pasado, desde CCOO comenzamos a sembrar la semilla del movimiento obrero ferroviario extremeño. Aquello daría lugar posteriormente a la creación de un potente sector ferroviario dentro de CCOO, que fue y sigue siendo punta de lanza de las movilizaciones para que el Gobierno central y también el autonómico (cuando se creó en 1983), tuvieran en cuenta las reivindicaciones del personal ferroviario y de la ciudadanía en su conjunto.

Como relato en mi libro “El pasado es la linterna del futuro” (60 años de CCOO en el ferrocarril), mucho antes de contar con gobiernos autonómicos ya nos habíamos movilizado para conseguir mejoras para los trabajadores, siendo conscientes de que esas mejoras también repercutirían en beneficio de la ciudadanía..

Aunque debemos reconocer que siempre hemos tropezado con la misma piedra: gobernara quien gobernara, se apostaba más por la carretera que por el ferrocarril. A pesar de ello, nunca desfallecimos.

Recuerdo cuando, por primera vez, vine a Extremadura para participar en la puesta en marcha de la primera ejecutiva del sindicato ferroviario de CCOO en la provincia de Badajoz. Era a finales de 1977, y celebramos la reunión en el antiguo edificio del sindicato vertical, en la calle San Salvador de Mérida.

Aún conservo una fotografía de aquel momento. Está fechada el 26 de diciembre de 1977. Ya ha llovido. La imagen fue tomada en la antigua casa sindical de Mérida.. En ella aparecen, junto a la sigla de CCOO, los participantes en la asamblea de personal ferroviario: Ángel Álvarez (responsable entonces de CCOO en la provincia de Badajoz), Paco Naranjo —es decir, yo mismo— y José Luis Piñeiro, ambos pertenecientes al Sindicato Ferroviario de CCOO a nivel estatal.

El objetivo de aquella reunión era constituir el sindicato ferroviario de CCOO en la provincia de Badajoz, algo que conseguimos. Con la asistencia de cerca de un centenar de trabajadores, quedó elegido el núcleo de dirección del sindicato, compuesto por los compañeros Eugenio Nieto, como secretario general y  Eugenio Coronado, Manuel Guisado y Pedro Moreno, formando el núcleo duro de la dirección.

Y aunque, según datos de CCOO de Extremadura, por aquellas fechas se superaban los 300 afiliados ferroviarios en la provincia, era la primera vez, tras la represiva dictadura franquista, que se constituía formalmente el Sindicato Ferroviario de CCOO en la zona.

Desde entonces han pasado 48 años y el destino de las personas nombradas ha sido diverso. Ángel Álvarez Morales se incorporó a la política y, diez años después (1987), llegó a ser consejero en uno de los gobiernos de Rodríguez Ibarra. A José Luis Piñeiro Novoa, tras varios años en el Comité Intercentros de RENFE, le perdí la pista. Lo último que supe es que presidía la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Galicia.

A los compañeros que asumieron responsabilidades aquel día, quiero agradecerles su disposición y compromiso en aquellos momentos. Un recuerdo especial para Eugenio Coronado, con quien más congenié. Me consta que todos ellos han fallecido. Descansen en paz y, de nuevo, gracias por vuestro compromiso con la clase trabajadora en tiempos tan difíciles.

Aquella fue la primera vez que me desplacé desde Madrid por estos menesteres, pero no sería la última. Han sido innumerables las ocasiones en las que he viajado a Extremadura: a Mérida, a Cáceres y a su provincia, organizando asambleas —a veces con apenas dos o tres personas— en estaciones, en brigadas de vías y obras, recorriendo la línea hasta Navalmoral, especialmente en 1978, durante las primeras elecciones sindicales en libertad.

Años después, y en especial con el regreso de Paco González en 1980 a su pueblo natal, Calamonte y una vez elegido secretario general, el sector ferroviario en la región se consolidó notablemente. Tanto es así, que los secretarios generales que le sucedieron — Antonio Toscano, Manolo Taguas, Miguel Fuentes y Manuel Nicolás— no solo representaron excelentemente al sector, sino que también asumieron responsabilidades de mayor alcance. Todos ellos, excelentes personas y grandes sindicalistas. (Manolo Taguas se nos quedó por el camino. Descanse en paz; siempre te recordaremos).

Todos los mencionados, junto a muchas otras personas quizá menos conocidas, han encabezado la lucha por el ferrocarril: en la calle, en la vía, subidos a un bidón… Sí, sé que hoy hay muchos más, que alzan la voz —especialmente en redes sociales— por un ferrocarril digno. Recordar que esto de las redes es algo relativamente reciente, pues estas herramientas no se generalizaron hasta finales de la primera década del actual siglo. Quizás lo más novedoso es que en la actualidad se haya subido al carro el sector empresarial, que en aquella época de los cierres de línea permaneció mudo. Bienvenidos a la lucha por un ferrocarril digno.

Recordar que lo más grave ocurrió, sobre todo, en la primera mitad de los años 80, y culminó el 1 de enero de 1985. La Nochevieja de 1984 fue la última en la que cerca de 2.000 kilómetros de vía vieron pasar trenes (914 km de supresión total y 894 km cerrados para viajeros). Se cumplía así el acuerdo del Consejo de Ministros del 30 de septiembre de 1984, que eximía a RENFE de mantener el servicio en aquellas líneas cuyos ingresos no cubrieran el 23 % de los gastos, facilitando su cierre.

Con ese criterio, el recorte habría sido aún mayor. La previsión inicial, basada en datos de 1982, contemplaba la supresión de servicios en 3.500 kilómetros de los más de 13.000 existentes. Las presiones sociales, políticas e incluso internas lograron reducir parcialmente aquel impacto..

Algunos gobiernos autonómicos —Extremadura, Andalucía, Murcia, Valencia y Cataluña— alcanzaron acuerdos con el Gobierno central para asumir déficits y evitar cierres. Resulta llamativo que Castilla y León, gravemente afectada por el cierre del tramo Palazuelo-Astorga de la Ruta de la Plata, no suscribiera ningún acuerdo. También es significativo que algunos pactos, como los de Andalucía, se firmaran la misma noche del 31 de diciembre, o que el tramo Zafra-Llerena cerrara esa noche y reabriera seis meses después.

Desde CCOO impulsamos la creación de coordinadoras locales en defensa del ferrocarril, así como la Coordinadora Estatal, presidida por Agustín García Calvo, siendo yo su portavoz. Se organizaron numerosas movilizaciones antes y después de los cierres, como refleja la hemeroteca: “El Gobierno central margina a Extremadura” (Hoy), “El transporte ferroviario margina a las regiones más deprimidas” (La Crónica), “Tristes vías sin trenes” (Diario de León), entre otros titulares.

1986: En una rueda de prensa de la coordinadora estatal, en el fondo: Paco Naranjo, Portavoz y Agustín García Calvo, Presidente de la Coordinadora.

No quiero terminar sin recordar otros momentos clave, como la movilización del 28 de mayo de 1997. Según Antonio Toscano, fue a partir de entonces cuando las instituciones comenzaron a reaccionar. Hay que tener en cuenta, como señaló Miguel Fuentes, que la situación del ferrocarril en Extremadura partía de un retraso histórico considerable, dando datos que avalan sus palabras.

En definitiva, poco más que añadir. Quien quiera profundizar que vaya a ver la exposición. También puede adquirir mi libro “El pasado es la linterna del futuro”. Y en cuanto al presente, creo sinceramente que el movimiento obrero ferroviario está en buenas manos: las nuevas generaciones mantienen vivo el compromiso.

Porque, además, no se pide nada extraordinario. Las reivindicaciones son las mismas de hace años: simplemente que Extremadura disponga de un ferrocarril digno, equiparable al del resto de regiones de España. Ni más ni menos.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.