LEMA DE ESTE BLOG...

LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

YO FUI UN «ENANO INFILTRADO»


Portada revista Doblón, Julio 1975

Aniversario de las últimas elecciones sindicales del franquismo

Hace un año escribí una columna titulada «Ha ganao el equipo colorao», con motivo del cincuentenario de las últimas elecciones sindicales del Sindicato Vertical. En ella recordaba la histórica portada que el semanario Doblón dedicó, en julio de 1975, al triunfo de las candidaturas democráticas impulsadas por Comisiones Obreras.

Días después, José Antonio Martínez Soler, director entonces de Doblón, resalto aquel artículo en 20 Minutos y escribió unas palabras que me emocionaron profundamente:

«Francisco Naranjo, un "enano infiltrado" de CC.OO. de RENFE en el sindicato franquista, me ha recordado la portada que hicimos para celebrar la infiltración heroica de los sindicalistas clandestinos en el corazón del franquismo. Entre todos tumbamos la dictadura desde dentro. No fue una concesión desde arriba, sino una conquista desde abajo.»

Un año después quiero volver sobre aquellos hechos. No desde la nostalgia, sino porque conviene recordar cómo miles de trabajadores contribuyeron a debilitar la dictadura desde sus propias estructuras.

En junio-julio de 1975 se celebraron las últimas elecciones sindicales del franquismo. En RENFE, como en otros muchos sectores, las candidaturas unitarias democráticas obtuvieron un respaldo masivo. Aquel fue el comienzo de una transformación que ya nadie pudo detener.

Este mes se cumplen 51 años de aquellas elecciones y también de mi primera candidatura sindical. Trabajaba como Factor de Circulación en Madrid-Peñuelas cuando varios compañeros, especialmente Santiago Rueda —fallecido el pasado año—, me convencieron para presentarme. Ganamos los diez puestos de enlace sindical del centro de trabajo. Sin saberlo, iniciaba una trayectoria de más de medio siglo de compromiso con CCOO.

Fue entonces cuando me convertí en uno de aquellos «enanos infiltrados». La expresión, utilizada despectivamente por los sectores más reaccionarios del franquismo, fue convertida por Doblón en un símbolo de orgullo. Su inolvidable portada mostraba a tres enanitos de Blancanieves pintando de rojo la sede del Sindicato Vertical bajo un titular que ya forma parte de la memoria democrática: «Ha ganao el equipo colorao».

Aquella revista dedicó un amplio reportaje a los resultados de las elecciones, demostrando que el movimiento obrero había apostado claramente por la democracia cuando la dictadura daba ya sus últimos coletazos. Hoy resulta impensable que un medio de comunicación abra su portada con unas elecciones sindicales. Por eso merece un reconocimiento el valor de José Antonio Martínez Soler, que asumió los riesgos de publicar aquella información y otras de suma importancia, en plena dictadura.

No fueron decisiones sin consecuencias. En marzo de 1976 fue secuestrado y torturado por grupos fascistas vinculados al régimen. Su compromiso con la libertad merece ser recordado.

Las elecciones de 1975 enfrentaron dos modelos sindicales: el continuista, representado por el sindicalismo oficial, y el democrático, impulsado por las organizaciones clandestinas, especialmente la de CCOO. La participación fue muy elevada y el resultado confirmó que el franquismo también estaba perdiendo la batalla en los centros de trabajo.

Pocos meses después, en enero de 1976, el Gobierno de Arias Navarro militarizó RENFE y otros servicios públicos para frenar la movilización obrera. El efecto fue justamente el contrario. La respuesta de los ferroviarios fue aún más firme. El 16 de enero cerca de cinco mil trabajadores celebramos en la estación de Chamartín la histórica Gran Asamblea Democrática de Ferroviarios de Madrid, uno de los hitos más importantes del movimiento sindical en el ferrocarril.

Ese mismo año, todavía en la clandestinidad, constituimos el Pleno de Representantes Ferroviarios, órgano unitario que permitió negociar el primer convenio colectivo de RENFE.

Con la llegada de la democracia continué siendo elegido representante sindical por CCOO. Fui secretario del Comité Intercentros de RENFE y responsable de Comunicación del sindicato en el sector ferroviario, antes de incorporarme a CCOO de Madrid. Pero esa ya es otra historia.

Han pasado más de cincuenta y un años y sigo sintiéndome orgulloso de haber sido uno de aquellos «enanos infiltrados» para ayudar a Comisiones Obreras.  Porque no nos infiltrábamos para conseguir privilegios, sino democracia; no buscábamos poder, sino derechos.

Aquella lucha silenciosa de miles de trabajadores y trabajadoras (Nico Sartorius los denomina: Los Costaleros de la Democracia), ayudó a abrir el camino de las libertades y los derechos que hoy disfrutamos y que nunca deberíamos dar por garantizados.

El pasado es la linterna del futuro. Editorial Utopía libros 

Esta historia y varias más la recojo en mi libro El pasado es la linterna del futuro, obra en homenaje a las mujeres y hombres que, desde el ferrocarril, durante 60 años (1964-2024), contribuyeron decisivamente a construir un sindicalismo democrático y un país más libre. Personas que, con su compromiso, han dejado una huella imborrable en la historia del sindicalismo de clase en el ferrocarril.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

18 de julio: Noventa años del Golpe de Estado franquista

 

Los nacionales: la oligarquía financiera, los grandes propietarios agrarios y una parte de la jerarquía eclesiástica y de sectores del Ejército...

El 18 de julio de 2026 se cumplen noventa años del golpe de Estado militar contra el Gobierno legítimo de la Segunda República Española, surgido democráticamente de las elecciones de febrero de 1936.

Aquel golpe, preparado durante meses por una parte del Ejército español, con el respaldo de los sectores más reaccionarios del país, desembocó en la Guerra Civil Española y, tras la derrota de la República en 1939, dio paso a la dictadura de Francisco Franco: cuarenta años de represión, persecución y ausencia de libertades que se prolongaron hasta la muerte del dictador, el 20 de noviembre de 1975, e incluso dejaron su sombra durante los años de la Transición.

La memoria es frágil, sobre todo cuando existen poderosos intereses empeñados, aun hoy, en blanquear aquella dictadura. Basta preguntar hoy a algunos jóvenes quién fue Franco para comprobar hasta qué punto el desconocimiento de nuestra historia resulta preocupante. Más de uno respondería con ironía involuntaria: ¿En qué equipo jugaba?

Por eso conviene volver a la hemeroteca y a los libros de historia. Y, sobre todo, llamar a las cosas por su nombre. Lo ocurrido en julio de 1936 fue un golpe de Estado. No un "alzamiento nacional", como durante décadas repitió la propaganda franquista y como todavía hoy aparece en algunos textos o discursos interesados. El lenguaje nunca es inocente, y las palabras también sirven para deformar la historia.

En estos días he releído un pequeño libro de Justo Vila Izquierdo, Extremadura: La guerra civil, publicado por Universitas Editorial en 1983. Es una obra rigurosa que explica con claridad cómo se fue gestando la conspiración militar tras la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936 y cómo se desarrollaron aquellos acontecimientos en Extremadura, comarca por comarca y pueblo por pueblo.

Las elecciones de febrero de 1936, las ganó democráticamente la izquierda con 269 diputados, frente a los 205 obtenidos por las fuerzas de centro y derecha. Conviene recordarlo porque, con demasiada frecuencia, algunos intentan sembrar dudas sobre la legitimidad de aquel resultado. También conviene recordar que la Falange de José Antonio Primo de Rivera apenas obtuvo unos cinco mil votos y no consiguió representación parlamentaria.

Los preparativos del golpe no comenzaron después de las elecciones. Ya existían contactos conspirativos antes de que los españoles acudieran a las urnas. Pero la victoria del Frente Popular aceleró definitivamente los planes de quienes nunca aceptaron que el poder pudiera cambiar de manos por decisión democrática.

No voy a detenerme en todos los detalles. Historiadores de la talla de Manuel Tuñón de Lara, Paul Preston, Hugh Thomas o Ángel Viñas, han documentado exhaustivamente aquellos hechos. Frente a ese trabajo historiográfico, la tesis difundida por determinados pseudohistoriadores según la cual la sublevación militar fue una respuesta inevitable al supuesto caos existente en España carece de fundamento. Es, sencillamente, un intento de justificar lo injustificable.

Lo que sí está sobradamente demostrado es que la decisión definitiva de levantarse en armas cristalizó tras la victoria electoral del Frente Popular. Resulta llamativo que todavía hoy determinados medios de comunicación, la conocida "caverna mediática", insistan en difundir una versión edulcorada del franquismo y de sus orígenes.

Las causas reales del golpe fueron la cerrada oposición de la oligarquía financiera, de los grandes propietarios agrarios, de una parte de la jerarquía eclesiástica y de sectores del Ejército a aceptar las reformas democráticas impulsadas por la República.

Incapaces de recuperar el poder mediante las urnas, optaron por las armas recurriendo a los generales “africanistas”, por cierto, trayendo “inmigrantes”, como fuerza de choque, para desencadenar el golpe de estado. Contaron además con el decisivo apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, sin cuya intervención la historia de España probablemente habría sido muy distinta.

El libro de Justo Vila Izquierdo: Extremadura: La guerra civil

El libro de Justo Vila profundiza en todo ello con especial atención a Extremadura. Es una obra que merece la pena releer precisamente ahora, cuando algunos pretenden reescribir el pasado para acomodarlo a sus intereses presentes.

En lo personal, poco sé con certeza de aquellos años. Mi familia eran jornaleros extremeños y, como tantos otros, apenas hablaban de la guerra. Mi padre me contaba algunas historias, siempre en voz baja. Durante la dictadura se aprendió que había cosas de las que era mejor no hablar. Y cuando se hablaba, se hacía con prudencia, suavizando incluso los recuerdos para evitar problemas.

Recuerdo especialmente una de aquellas conversaciones. Mi padre había hecho el servicio militar años antes cuando fue movilizado en 1936. Comenzó la guerra en el ejército republicano y, apenas unas semanas después, terminó combatiendo en el llamado ejército nacional.

Era un joven jornalero de Esparragalejo, un pequeño pueblo de Extremadura, sin apenas estudios. Junto a otros muchachos fue reclutado por las autoridades republicanas para defender el acceso al pueblo. Les entregaron unas escopetas, algunos víveres y les ordenaron cavar una trinchera a varios kilómetros de distancia por donde, supuestamente, podían llegar las tropas sublevadas.

Durante dos semanas permanecieron allí sin que apareciera nadie. Cuando ya casi no les quedaba comida, llegó mi abuelo y les preguntó qué hacían.

-Defendiendo el pueblo.

Mi abuelo respondió con toda naturalidad:

- ¿Qué pueblo ni qué pueblo? Volved para casa. Hace días que los fascistas ya lo han ocupado.

Regresaron, fueron detenidos durante unas semanas y finalmente les ofrecieron incorporarse al ejército franquista. Todos aceptaron. Mi padre pasó el resto de la guerra destinado en las cocinas de los frentes de Talavera y Navalcarnero.

Por eso siempre decía que había estado en los dos bandos. Como tantos españoles humildes, no eligió la guerra. Lo único que intentó fue sobrevivir. Nunca ocultó que simpatizaba más con la República que con la dictadura, pero también repetía que lo primero era seguir vivo y sacar adelante a la familia.

Esa experiencia me enseñó que las guerras las deciden unos pocos, pero las sufren sobre todo quienes jamás las quisieron.

Esta es mi modesta aportación al noventa aniversario de aquel 18 de julio. Un día funesto para la democracia española. Un día en el que las grandes fortunas, los terratenientes, el poder financiero, buena parte de la jerarquía eclesiástica y un sector del Ejército decidieron acabar por las armas con un régimen democrático porque no habían logrado derrotarlo en las urnas.

Aun contando con el apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, necesitaron tres años de guerra para imponerse a la República, dejando tras de sí cientos de miles de muertos, el exilio de toda una generación y una dictadura de casi cuarenta años. Todavía hoy miles de españoles continúan en fosas y cunetas esperando ser identificados y recibir la dignidad que les fue arrebatada.

Para terminar solo deseo que las generaciones más jóvenes conozcan lo que realmente ocurrió antes de formarse una opinión. Porque, como decía el poeta Marcos Ana, para poder "pasar página" primero hay que leerla. Y en España aún quedan muchas páginas por leer.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

¿Qué coño hacemos con los libros...?

 

Libros que se adquirían en los años 90 conjuntamente con el periódico El Sol.

Ayer volvió a ocurrirme. Al lado de un contenedor de basura encontré una caja llena de libros. Los mismos que veis en esta primera fotografía. En esta ocasión pertenecían a una colección que, allá por los años noventa, se distribuía junto al diario El Sol, por un precio asequible,

Y no es la primera vez. Hace aproximadamente un año encontré, en circunstancias idénticas, varios tomos de la colección completa del diccionario Sopena. Unos meses antes fueron novelas. En otra ocasión, enciclopedias. Y así, una y otra vez.

Cada vez que descubro una escena así me hago la misma pregunta: ¿qué coño hacemos con los libros?

Sí, ya sé que hoy casi todo puede leerse en una pantalla. Que Internet pone a nuestro alcance millones de títulos y que un lector electrónico puede almacenar una biblioteca entera. Todo eso es cierto. Pero donde estén el olor del papel, la textura de una cubierta gastada, el sonido de una página al pasar y ese extraño placer de sostener un libro entre las manos, que se quite cualquier dispositivo electrónico.

Porque un libro no es solo el texto que contiene. También es un objeto con memoria. Al abrir uno antiguo siempre imagino las manos que lo sostuvieron antes, los lugares donde fue leído, las anotaciones en los márgenes, una dedicatoria olvidada o una flor seca utilizada como marcapáginas. Cada libro tiene una pequeña biografía que también desaparece cuando acaba junto a un contenedor.

Luego está otro problema, quizá menos romántico pero muy real: los libros que sobran cuando uno cambia una casa grande por otra más pequeña o cuando una familia tiene que vaciar la vivienda de unos padres o unos abuelos que ya no están.

A mí me ocurrió hace unos años. Tenía alrededor de mil libros. Después de mucho pensarlo hice una selección y me llevé unos quinientos. Los otros quinientos intenté donarlos a alguna institución. Pensé que sería fácil. Me equivoqué. Fue prácticamente imposible. Las bibliotecas no los quieren porque ya tienen más ejemplares de los que pueden albergar; muchas asociaciones tampoco disponen de espacio y las administraciones carecen de programas eficaces para darles una segunda vida. Al final encontré personas particulares que los acogieron con entusiasmo. Al menos tuvieron un nuevo hogar.

Quizá ahí esté parte del problema. Hemos creado una sociedad en la que casi todo tiene fecha de caducidad. Compramos, usamos y tiramos. Y, aunque nos cueste reconocerlo, los libros también han terminado entrando en esa lógica del consumo rápido.

Hace unos días comenté esta tristeza con uno de mis nietos adolescentes. Escuchó mi reflexión y, con la naturalidad de quien pertenece a otra generación, me respondió que simplemente estoy chocando con una realidad tan evidente como dolorosa: hoy muchos jóvenes dedican bastante más tiempo a consumir vídeos de veinte segundos en el móvil que a leer un libro.

Seguramente tenga parte de razón. Sería injusto decir que los jóvenes no leen, porque muchos sí lo hacen, pero es evidente que los hábitos culturales han cambiado profundamente. La inmediatez ha ido ganando terreno a la paciencia que exige la lectura, y el algoritmo parece imponerse, demasiadas veces, al placer de descubrir una buena historia.

No pretendo idealizar el pasado. También entonces había quien no abría un libro en toda su vida. Pero me resisto a aceptar con indiferencia que cientos o miles de ejemplares acaben abandonados junto a un contenedor como si fueran simples restos de una mudanza.

La verdad es que cada vez que me encuentro con una escena como la de ayer siento una enorme tristeza. Porque no son solo libros: son horas de trabajo de quienes los escribieron, de quienes los editaron, de quienes los imprimieron y, sobre todo, son pequeñas porciones de conocimiento, de imaginación y de memoria colectiva que se van quedando por el camino.

En fin, ahí os dejo esta reflexión y las fotografías que dan testimonio del hallazgo de ayer. Ojalá sirvan para que, antes de abandonar unos libros junto a un contenedor, alguien piense que quizá todavía haya otra persona dispuesta a abrirlos y darles una segunda vida.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.