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LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

Begoña San José: feminista, sindicalista y muchas cosas más

 

Manuela Carmena, Begoña San José y Pilar Bardem, en marzo de 2011.

Conocí a Begoña San José a comienzo de los años ochenta, cuando ejercía como responsable de Comunicación del Sector Ferroviario de CCOO. Ella era la responsable de la mujer en CCOO.

Al revolver mi hemeroteca personal para preparar esta semblanza, de felicitación y homenaje en su día de su cumpleaños, me encontré con un artículo suyo publicado en junio de 1980, en el boletín “Carril” de las Comisiones Obreras Ferroviarias, titulado Ferroviarias y mujeres de ferroviarios. Al releerlo, he tenido la sensación de reencontrarme con aquella Begoña que ya entonces tenía muy claro que la incorporación de las mujeres al mundo laboral no era una cuestión secundaria, sino uno de los grandes cambios que estaba viviendo nuestra sociedad.

En aquel artículo hablaba de las mujeres en el ferrocarril, pero también de algo mucho más amplio: de la ruptura de los viejos roles que habían reservado determinados trabajos exclusivamente a los hombres. Incluso recomendaba ver La sal de la tierra, una película que refleja precisamente la lucha de hombres y sus mujeres por sus derechos dentro de una comunidad minera. Sus reflexiones, vistas hoy, conservan una sorprendente actualidad.

Volví a encontrarme personalmente con Begoña muchos años después, en marzo de 2011, con motivo del reconocimiento que la Fundación Abogados de Atocha otorgó, coincidiendo con el centenario del Día Internacional de la Mujer, a tres mujeres excepcionales: Begoña San José, Pilar Bardem y Manuela Carmena. Las tres fueron reconocidas por sus valores de justicia y libertad y por sus trayectorias en defensa de los derechos y las libertades democráticas.

Pero si algo define a Begoña no es la cantidad de cargos que ha ocupado ni los reconocimientos que ha recibido. Lo verdaderamente importante es la coherencia de una vida dedicada a luchar por aquello en lo que cree.

Begoña San José Serrán nació en La Granja, en el Real Sitio de San Ildefonso (Segovia), el 13 de agosto de 1949, en el seno de una familia numerosa. Con dieciocho años comenzó a estudiar Agronomía, pero pronto tuvo que abandonar la carrera. Se independizó, trabajó en el servicio doméstico y después entró en una fábrica. Allí comenzó a militar en Comisiones Obreras y tuvo sus primeros contactos con el feminismo. También se afilió al PCE.

Fue una de aquellas mujeres que descubrieron que la lucha por la democracia y la lucha por la igualdad era inseparable. Su acercamiento al Movimiento Democrático de Mujeres resultó decisivo. Como ella misma ha contado en numerosas ocasiones: asistir a una primera reunión la deslumbró. A partir de entonces, su compromiso feminista fue creciendo hasta convertirse en una parte esencial de su vida.

Y eran tiempos en los que ser mujer y reclamar derechos tenía un precio. Begoña participó en acciones reivindicativas relacionadas con los derechos sexuales y reproductivos, como acudir al ginecólogo para conseguir anticonceptivos cuando hacerlo no solo estaba socialmente mal visto, sino que podía tener consecuencias legales. Fue detenida en 1973 y 1974 por su militancia en CCOO, cuando sindicatos y partidos políticos todavía eran ilegales. En la segunda detención fue despedida de la fábrica. Pasó tres meses en prisión.

No es un detalle menor. Estamos hablando de una mujer joven que decidió enfrentarse a una dictadura que pretendía mantener a las mujeres sometidas a un modelo social basado en la obediencia, la familia tradicional y el nacionalcatolicismo.

1975 fue un año especialmente importante. Fue declarado Año Internacional de la Mujer y se celebró en México la I Conferencia Mundial sobre la Mujer. En España, Begoña participó activamente en las movilizaciones contra la carestía de la vida y, poco después de la muerte de Franco, en diciembre de aquel año, tomó parte en las I Jornadas Nacionales para la Liberación de la Mujer, celebradas todavía en la clandestinidad.

En 1976 asistió a la Asamblea de Barcelona de CCOO, uno de los acontecimientos fundamentales en la historia del movimiento sindical. Más de quinientos militantes se reunieron en un momento en el que todavía no existía libertad sindical y la democracia era apenas una esperanza. Begoña fue una de las escasas mujeres presentes. Aquella Asamblea marcó un antes y un después en el proceso que conduciría a la legalización de Comisiones Obreras.

Al año siguiente, 1977, coincidiendo con la legalización de los sindicatos, Begoña se convirtió en la primera Secretaria de la Mujer de CCOO, primero en Madrid y después en el ámbito confederal, responsabilidad que desempeñó hasta 1981. Desde allí contribuyó a construir la política del sindicato en materia de igualdad y a tender puentes entre el movimiento sindical y el feminismo.

Cuando dejó la Secretaría de la Mujer de CCOO, en 1981, quiso regresar a su puesto de trabajo en la fábrica, pero se lo impidieron. Aquel episodio puso fin a su militancia sindical, aunque no a su compromiso. Aprovechó aquella etapa para estudiar Derecho, preparar oposiciones y profundizar en el pensamiento y la práctica feminista.

Su trayectoria posterior es tan intensa como la primera. Trabajó en el Centro Feminista de Estudios y Documentación, participó en las luchas por la legalización del aborto y por la incorporación de las organizaciones feministas a las políticas públicas. En 1984 aprobó las oposiciones de Secretaria-Interventora de Administración Local, profesión que ejerció hasta su jubilación en 2014.

En 1986 fue cofundadora del Fórum de Política Feminista, una organización que entendía que el feminismo debía tener capacidad para influir en las instituciones y en las políticas públicas sin perder su independencia. Desde allí participó en debates y movilizaciones relacionados con la igualdad, la representación de las mujeres en los espacios de poder y las políticas públicas de género.

Begoña ha desempeñado también responsabilidades institucionales: fue subdirectora de Empleo y Cooperación de la Dirección General de la Mujer de la Comunidad de Madrid, concejala del Ayuntamiento de Madrid por IU y presidenta del Consejo de la Mujer de la Comunidad de Madrid, organismo que entonces agrupaba a decenas de asociaciones de mujeres.

Pero quizá lo que mejor define su trayectoria sea su capacidad para estar siempre allí donde se estaba produciendo una nueva batalla por los derechos de las mujeres. Participó en la Plataforma Impacto de Género Ya, en la Plataforma por el Derecho al Aborto de Madrid, en la Plataforma CEDAW Sombra España y en la Plataforma 7N, que organizó en 2015 la histórica Marcha Estatal contra las Violencias Machistas.

Su compromiso no ha sido nunca puramente teórico. Begoña ha sabido convertir las ideas feministas en acción política, sindical y social. Por eso las filósofas Celia Amorós y Ana de Miguel han destacado precisamente su capacidad para tender puentes entre la teoría feminista y la militancia política. No es casual que Celia Amorós, una de nuestras grandes maestras del pensamiento feminista, le dedicara uno de sus libros.

Y hay algo más que quiero destacar porque pertenece a mi experiencia personal y no a ningún currículo: Begoña es una persona extraordinariamente humilde, generosa, lúcida y cálida. De esas personas que, después de tantos años de lucha y de tantos reconocimientos, siguen hablando contigo con la sencillez de quien considera que lo importante no es lo que ha hecho, sino lo que todavía queda por hacer.

Desde el privilegio de haberla conocido y tratado durante tantos años, puedo decir que Begoña es una de esas mujeres que han contribuido a cambiar la historia de este país sin necesidad de ocupar siempre los grandes titulares. Su trabajo está en muchas conquistas que hoy nos parecen normales y que, sin embargo, hubo que pelear cuando defenderlas podía significar una detención, una cárcel, un despido o simplemente enfrentarse a una sociedad que no estaba preparada para aceptar que las mujeres fueran dueñas de su propia vida.

Por eso Begoña es, para mí, una de las  grandes costaleras de la democracia. Porque ha cargado durante décadas con una parte importante del peso de la igualdad, de la libertad y de los derechos de las mujeres. Lo ha hecho desde el sindicalismo, desde el feminismo, desde la política, desde las instituciones y, sobre todo, desde la coherencia de una vida entera.

Cuando pienso en las mujeres que han luchado por la igualdad de género, no puedo evitar pensar siempre en Begoña. Porque las costaleras de la democracia no siempre llevan un paso sobre sus hombros. A veces llevan algo mucho más pesado: la responsabilidad de abrir caminos para que otras puedan caminar después por ellos. Y Begoña San José lleva toda una vida abriendo caminos. Gracias por tu compromiso compañera y felicidades en tu cumpleaños.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

Adiós al abogado Antonio Montesinos, uno de nuestros maestros

Antonio Montesinos (Fotografía de Teresa Rodríguez)

Hay personas cuya vida explica mejor que cualquier libro una parte de la historia de nuestro país. Antonio Montesinos Villegas era una de ellas. Falleció el pasado 24 de julio, apenas unos días antes de cumplir cien años. Su familia le dio el último adiós en la más estricta intimidad.

Hace solo unos días hablé con Paz, su hija, para interesarme por su salud y proponerle organizar algún acto de reconocimiento con motivo de su centenario, el próximo 31 de julio. Le pareció una buena idea y acordamos hacerlo después del verano. Nunca imaginé que aquella conversación sería la última antes de recibir la noticia de su fallecimiento.

Confieso que me quedé helado. Perdíamos a un amigo, a un compañero y a uno de los grandes referentes de la abogacía laboralista. En el grupo de Wasat, de amigos de la Fundación Abogados de Atocha, una vez conocida la triste noticia,  comenzaron a llegar los mensajes de dolor. Mari Cruz Elvira resumió el sentimiento de todos: "Se nos ha ido otro de nuestros maestros, una gran persona, ejemplo de lucha y coherencia”. Difícil decir más con menos palabras.

Antonio fue pionero de los despachos laboralistas en España. Junto a José Jiménez de Parga, María Luisa Suárez y Pepe Esteban, abrió en diciembre de 1965, en la calle de la Cruz número 16 de Madrid, el primer despacho dedicado específicamente al Derecho Laboral. Más tarde compartiría bufete con otros grandes nombres de la abogacía democrática, como Juan José del Águila, Manuela Carmena o Cristina Almeida.

Aquellos despachos fueron mucho más que oficinas de abogados. Eran refugios de trabajadores perseguidos, de sindicalistas, de vecinos y de ciudadanos sin voz. Allí se defendían despidos, conflictos laborales, procesos ante el Tribunal de Orden Público, problemas de vivienda o de barrio. En definitiva, se defendía a una sociedad que vivía bajo una dictadura. Aquellos bufetes se convirtieron en auténticos espacios de libertad.

Ese compromiso tuvo un precio muy alto. Muchos abogados sufrieron persecución, detenciones e incluso fueron asesinados, como ocurrió en el despacho de Atocha 55 el 24 de enero de 1977. Antonio pertenecía a aquella generación irrepetible de juristas que entendían el ejercicio de la profesión como un compromiso con la democracia y la justicia social.

Su vocación por la abogacía nació muy pronto. En 1943, con solo dieciséis años, acompañó a su padre al consejo de guerra en el que juzgaban a un tío suyo y a otros cuatro militantes comunistas. La Fiscalía pidió dos penas de muerte; el tribunal impuso cinco. Su tío fue fusilado en las tapias del Cementerio del Este el 16 de marzo de ese mismo año. Aquel día decidió hacerse abogado para defender a los trabajadores y a quienes sufrían la represión.

Durante más de siete décadas ejerció una profesión que nunca entendió como un negocio. Defendió a salineros, pescadores, campesinos, trabajadores de Pegaso, Iberia, Telefunken y de tantas otras empresas. Solía decir que aquellos trabajadores no eran sus clientes, sino sus camaradas y sus amigos. Esa frase resume toda una forma de entender la abogacía.

Desde la creación de la Fundación Abogados de Atocha, en 2005, formó parte de su Patronato. Quienes tuvimos la fortuna de compartir reuniones con él sabemos que bastaba escucharle unos minutos para recibir una auténtica lección de historia, de compromiso y de humanidad.

Entre los años 2014 y 2016 coincidimos en numerosos cursos de formación sindical organizados por iniciativa de Javier López Martin, secretario confederal de Formación de CCOO, bajo el título Del Proceso 1001 a los Abogados de Atocha. Antonio era de los más esperados. Los jóvenes delegados sindicales escuchaban sus relatos con auténtica admiración.

Nunca olvidaré una de sus respuestas cuando le preguntaron cómo habían nacido los despachos laboralistas. Contestó con su sencillez habitual: "Los obreros se habían organizado, sobre todo en Comisiones Obreras; los abogados teníamos que organizarnos." Después añadió otra reflexión que sigue plenamente vigente: "El capital siempre pretende obreros esclavos; para defendernos hacen falta unidad y solidaridad."

Hace unos años le pregunté cómo estaba de salud. Tendría ya noventa y seis años. Me dijo que bien, aunque se había golpeado una rodilla y los médicos insistían en que utilizara bastón. Yo le comenté que el golpe había sido precisamente por no llevarlo. Sonrió y respondió: "No llevo bastón porque el bastón es de viejos." Así era Antonio. Nunca permitió que la edad derrotara a su espíritu.

En 2014 un grupo de amigos y amigas, relacionados con la Fundación Abogados de Atocha, le dimos a Antonio un sentido y sencillo homenaje en su 88 cumpleaños.

Todos los finales de julio hablaba con él para felicitarle por su cumpleaños. Este año también pensaba hacerlo. Quería desearle que siguiera cumpliendo muchos más, porque siempre tuve la impresión de que no era un hombre viejo, sino un hombre con mucha juventud acumulada. No ha podido ser.

Antonio Montesinos nos deja a pocos días de cumplir cien años, pero también nos deja una herencia inmensa: la de quienes entendieron que defender a un trabajador era defender la dignidad de todos y que ejercer la abogacía podía ser una forma de luchar por la libertad y la democracia.

Estoy convencido de que se ha marchado mucho más joven de lo que decía su documento de identidad. Condolencias a la familia y amigos y descansa en paz, compañero Antonio. ¡Salud y República, camarada!

Francisco Naranjo Llanos, patrono y director de la Fundación Abogados de Atocha (2005-2024) y sindicalista de CCOO.

Del Mundial, me quedo con Nico Williams y Lamine Yamal


Nico Williams y Lamine Yamal en el mundial de futbol de 2026

    De la histórica victoria de España en el Mundial me quedo, ante todo, con la juventud y la diversidad de este extraordinario equipo. También con una frase que Luis de la Fuente ha repetido durante todo el campeonato y que trasciende al fútbol: Juntos somos más fuertes”. Una lección aplicable a muchos otros ámbitos de la vida. No es casual que CCOO y UGT hayan utlizado un slogan muy similar en la Huelga General del 14D (14 de diciembre de 1988): Juntos podemos”, copiado despues por otras organizaciones. 

    Pero vayamos al futbol: por encima de todo, en el Mundial, me quedo con Nico Williams y Lamine Yamal.

    El pasado 19 de julio de 2026, en el minuto 106 de la final del Mundial, Lamine Yamal abrió el juego hacia Pedro Porro. Este envió un balón en profundidad que Nico Williams prolongó de cabeza hacia el corazón del área. Allí apareció Ferran Torres para marcar el gol más importante del fútbol español en las últimas décadas y convertir a España en campeona del mundo.

    Sin embargo, la verdadera historia de este Mundial había comenzado mucho antes. Muchísimo antes. Y las vidas de Nico y Lamine lo explican mejor que cualquier discurso.

    En 1994, Félix Williams y María Arthuer, padres de Iñaki y Nico, abandonaron Ghana sin saber adónde los conduciría el camino. Atravesaron el desierto entre el hambre, la sed y la muerte. Llegaron a Melilla, saltaron la valla, fueron detenidos y, gracias a la intervención de un abogado de Cáritas, pudieron quedarse en España.

    En 2002 nació Nico, en Pamplona. Su padre pasó casi una década trabajando como vigilante y limpiador de obras en Londres para enviar dinero a la familia. Su madre encadenó empleos precarios. Vivieron separados durante años hasta que, de algún modo, el fútbol volvió a reunirlos.

    Cuando el árbitro señaló el final de la final, Nico buscó a sus padres en la grada. Seguramente recordó todo lo que habían sufrido para ofrecerles un futuro mejor a sus hijos. Tras recibir la medalla de campeón del mundo, cruzó el campo, saltó la valla y se la colocó a su madre diciéndole una frase que lo resume todo:

    Toma, mamá. Es para ti. Te la mereces más que yo”.

    La historia de Lamine Yamal no es menos emocionante.

    Nacido en Esplugues de Llobregat (Barcelona), en 2007, detrás de su meteórico ascenso como una de las grandes figuras del fútbol mundial hay también una historia de humildad, migración y raíces obreras.

    Su padre, Mounir, emigró desde Marruecos, y su madre, Sheila, desde Guinea Ecuatorial. Ambos llegaron muy jóvenes a Cataluña y trabajaron en oficios modestos: él como pintor de edificios y ella como camarera en el sector de la hostelería.

    Lamine creció entre Granollers y el barrio de Rocafonda, en Mataró. Allí, jugando en pistas de cemento con chicos mayores que él, forjó el carácter, la velocidad y el descaro que hoy maravillan al mundo. Por eso sigue celebrando sus goles formando con los dedos el número 304, el código postal de Rocafonda, como homenaje al barrio que lo vio crecer y al esfuerzo de sus padres.

    Existe además una hermosa historia detrás de su nombre. "Lamine Yamal" no son nombre y apellido, sino un nombre compuesto. Sus padres decidieron llamarlo así en agradecimiento a dos vecinos que, cuando atravesaban una situación de extrema pobreza, los acogieron en su casa y les ayudaron a pagar el alquiler.

    También me emocionó verlo, nada más terminar la final, correr hacia su madre —su padre no pudo asistir por enfermedad— y volver a jugar sobre el césped con su hermano pequeño, Keyne, como si aún fuera aquel niño de Rocafonda que soñaba con llegar algún día a vestir la camiseta de la selección.

    Maria y Sehila, madres de Nico y Lamil, con las medallas de oro de sus hijos 

    Hay muchos más motivos para recordar este Mundial, pero si tuviera que elegir dos imágenes me quedaría con estas: la medalla de Nico sobre el pecho de su madre y el abrazo de Lamine a la suya. Porque, más allá de los goles y de la copa, ambas escenas nos recuerdan que detrás de los grandes campeones casi siempre hay familias que un día lo arriesgaron todo para que sus hijos pudieran tener un futuro mejor.

    Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.