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LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

18 de julio: Noventa años del Golpe de Estado franquista

 

Los nacionales: la oligarquía financiera, los grandes propietarios agrarios y una parte de la jerarquía eclesiástica y de sectores del Ejército...

El 18 de julio de 2026 se cumplen noventa años del golpe de Estado militar contra el Gobierno legítimo de la Segunda República Española, surgido democráticamente de las elecciones de febrero de 1936.

Aquel golpe, preparado durante meses por una parte del Ejército español, con el respaldo de los sectores más reaccionarios del país, desembocó en la Guerra Civil Española y, tras la derrota de la República en 1939, dio paso a la dictadura de Francisco Franco: cuarenta años de represión, persecución y ausencia de libertades que se prolongaron hasta la muerte del dictador, el 20 de noviembre de 1975, e incluso dejaron su sombra durante los años de la Transición.

La memoria es frágil, sobre todo cuando existen poderosos intereses empeñados, aun hoy, en blanquear aquella dictadura. Basta preguntar hoy a algunos jóvenes quién fue Franco para comprobar hasta qué punto el desconocimiento de nuestra historia resulta preocupante. Más de uno respondería con ironía involuntaria: ¿En qué equipo jugaba?

Por eso conviene volver a la hemeroteca y a los libros de historia. Y, sobre todo, llamar a las cosas por su nombre. Lo ocurrido en julio de 1936 fue un golpe de Estado. No un "alzamiento nacional", como durante décadas repitió la propaganda franquista y como todavía hoy aparece en algunos textos o discursos interesados. El lenguaje nunca es inocente, y las palabras también sirven para deformar la historia.

En estos días he releído un pequeño libro de Justo Vila Izquierdo, Extremadura: La guerra civil, publicado por Universitas Editorial en 1983. Es una obra rigurosa que explica con claridad cómo se fue gestando la conspiración militar tras la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936 y cómo se desarrollaron aquellos acontecimientos en Extremadura, comarca por comarca y pueblo por pueblo.

Las elecciones de febrero de 1936, las ganó democráticamente la izquierda con 269 diputados, frente a los 205 obtenidos por las fuerzas de centro y derecha. Conviene recordarlo porque, con demasiada frecuencia, algunos intentan sembrar dudas sobre la legitimidad de aquel resultado. También conviene recordar que la Falange de José Antonio Primo de Rivera apenas obtuvo unos cinco mil votos y no consiguió representación parlamentaria.

Los preparativos del golpe no comenzaron después de las elecciones. Ya existían contactos conspirativos antes de que los españoles acudieran a las urnas. Pero la victoria del Frente Popular aceleró definitivamente los planes de quienes nunca aceptaron que el poder pudiera cambiar de manos por decisión democrática.

No voy a detenerme en todos los detalles. Historiadores de la talla de Manuel Tuñón de Lara, Paul Preston, Hugh Thomas o Ángel Viñas, han documentado exhaustivamente aquellos hechos. Frente a ese trabajo historiográfico, la tesis difundida por determinados pseudohistoriadores según la cual la sublevación militar fue una respuesta inevitable al supuesto caos existente en España carece de fundamento. Es, sencillamente, un intento de justificar lo injustificable.

Lo que sí está sobradamente demostrado es que la decisión definitiva de levantarse en armas cristalizó tras la victoria electoral del Frente Popular. Resulta llamativo que todavía hoy determinados medios de comunicación, la conocida "caverna mediática", insistan en difundir una versión edulcorada del franquismo y de sus orígenes.

Las causas reales del golpe fueron la cerrada oposición de la oligarquía financiera, de los grandes propietarios agrarios, de una parte de la jerarquía eclesiástica y de sectores del Ejército a aceptar las reformas democráticas impulsadas por la República.

Incapaces de recuperar el poder mediante las urnas, optaron por las armas recurriendo a los generales “africanistas”, por cierto, trayendo “inmigrantes”, como fuerza de choque, para desencadenar el golpe de estado. Contaron además con el decisivo apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, sin cuya intervención la historia de España probablemente habría sido muy distinta.

El libro de Justo Vila Izquierdo: Extremadura: La guerra civil

El libro de Justo Vila profundiza en todo ello con especial atención a Extremadura. Es una obra que merece la pena releer precisamente ahora, cuando algunos pretenden reescribir el pasado para acomodarlo a sus intereses presentes.

En lo personal, poco sé con certeza de aquellos años. Mi familia eran jornaleros extremeños y, como tantos otros, apenas hablaban de la guerra. Mi padre me contaba algunas historias, siempre en voz baja. Durante la dictadura se aprendió que había cosas de las que era mejor no hablar. Y cuando se hablaba, se hacía con prudencia, suavizando incluso los recuerdos para evitar problemas.

Recuerdo especialmente una de aquellas conversaciones. Mi padre había hecho el servicio militar años antes cuando fue movilizado en 1936. Comenzó la guerra en el ejército republicano y, apenas unas semanas después, terminó combatiendo en el llamado ejército nacional.

Era un joven jornalero de Esparragalejo, un pequeño pueblo de Extremadura, sin apenas estudios. Junto a otros muchachos fue reclutado por las autoridades republicanas para defender el acceso al pueblo. Les entregaron unas escopetas, algunos víveres y les ordenaron cavar una trinchera a varios kilómetros de distancia por donde, supuestamente, podían llegar las tropas sublevadas.

Durante dos semanas permanecieron allí sin que apareciera nadie. Cuando ya casi no les quedaba comida, llegó mi abuelo y les preguntó qué hacían.

-Defendiendo el pueblo.

Mi abuelo respondió con toda naturalidad:

- ¿Qué pueblo ni qué pueblo? Volved para casa. Hace días que los fascistas ya lo han ocupado.

Regresaron, fueron detenidos durante unas semanas y finalmente les ofrecieron incorporarse al ejército franquista. Todos aceptaron. Mi padre pasó el resto de la guerra destinado en las cocinas de los frentes de Talavera y Navalcarnero.

Por eso siempre decía que había estado en los dos bandos. Como tantos españoles humildes, no eligió la guerra. Lo único que intentó fue sobrevivir. Nunca ocultó que simpatizaba más con la República que con la dictadura, pero también repetía que lo primero era seguir vivo y sacar adelante a la familia.

Esa experiencia me enseñó que las guerras las deciden unos pocos, pero las sufren sobre todo quienes jamás las quisieron.

Esta es mi modesta aportación al noventa aniversario de aquel 18 de julio. Un día funesto para la democracia española. Un día en el que las grandes fortunas, los terratenientes, el poder financiero, buena parte de la jerarquía eclesiástica y un sector del Ejército decidieron acabar por las armas con un régimen democrático porque no habían logrado derrotarlo en las urnas.

Aun contando con el apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, necesitaron tres años de guerra para imponerse a la República, dejando tras de sí cientos de miles de muertos, el exilio de toda una generación y una dictadura de casi cuarenta años. Todavía hoy miles de españoles continúan en fosas y cunetas esperando ser identificados y recibir la dignidad que les fue arrebatada.

Para terminar solo deseo que las generaciones más jóvenes conozcan lo que realmente ocurrió antes de formarse una opinión. Porque, como decía el poeta Marcos Ana, para poder "pasar página" primero hay que leerla. Y en España aún quedan muchas páginas por leer.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

¿Qué coño hacemos con los libros...?

 

Libros que se adquirían en los años 90 conjuntamente con el periódico El Sol.

Ayer volvió a ocurrirme. Al lado de un contenedor de basura encontré una caja llena de libros. Los mismos que veis en esta primera fotografía. En esta ocasión pertenecían a una colección que, allá por los años noventa, se distribuía junto al diario El Sol, por un precio asequible,

Y no es la primera vez. Hace aproximadamente un año encontré, en circunstancias idénticas, varios tomos de la colección completa del diccionario Sopena. Unos meses antes fueron novelas. En otra ocasión, enciclopedias. Y así, una y otra vez.

Cada vez que descubro una escena así me hago la misma pregunta: ¿qué coño hacemos con los libros?

Sí, ya sé que hoy casi todo puede leerse en una pantalla. Que Internet pone a nuestro alcance millones de títulos y que un lector electrónico puede almacenar una biblioteca entera. Todo eso es cierto. Pero donde estén el olor del papel, la textura de una cubierta gastada, el sonido de una página al pasar y ese extraño placer de sostener un libro entre las manos, que se quite cualquier dispositivo electrónico.

Porque un libro no es solo el texto que contiene. También es un objeto con memoria. Al abrir uno antiguo siempre imagino las manos que lo sostuvieron antes, los lugares donde fue leído, las anotaciones en los márgenes, una dedicatoria olvidada o una flor seca utilizada como marcapáginas. Cada libro tiene una pequeña biografía que también desaparece cuando acaba junto a un contenedor.

Luego está otro problema, quizá menos romántico pero muy real: los libros que sobran cuando uno cambia una casa grande por otra más pequeña o cuando una familia tiene que vaciar la vivienda de unos padres o unos abuelos que ya no están.

A mí me ocurrió hace unos años. Tenía alrededor de mil libros. Después de mucho pensarlo hice una selección y me llevé unos quinientos. Los otros quinientos intenté donarlos a alguna institución. Pensé que sería fácil. Me equivoqué. Fue prácticamente imposible. Las bibliotecas no los quieren porque ya tienen más ejemplares de los que pueden albergar; muchas asociaciones tampoco disponen de espacio y las administraciones carecen de programas eficaces para darles una segunda vida. Al final encontré personas particulares que los acogieron con entusiasmo. Al menos tuvieron un nuevo hogar.

Quizá ahí esté parte del problema. Hemos creado una sociedad en la que casi todo tiene fecha de caducidad. Compramos, usamos y tiramos. Y, aunque nos cueste reconocerlo, los libros también han terminado entrando en esa lógica del consumo rápido.

Hace unos días comenté esta tristeza con uno de mis nietos adolescentes. Escuchó mi reflexión y, con la naturalidad de quien pertenece a otra generación, me respondió que simplemente estoy chocando con una realidad tan evidente como dolorosa: hoy muchos jóvenes dedican bastante más tiempo a consumir vídeos de veinte segundos en el móvil que a leer un libro.

Seguramente tenga parte de razón. Sería injusto decir que los jóvenes no leen, porque muchos sí lo hacen, pero es evidente que los hábitos culturales han cambiado profundamente. La inmediatez ha ido ganando terreno a la paciencia que exige la lectura, y el algoritmo parece imponerse, demasiadas veces, al placer de descubrir una buena historia.

No pretendo idealizar el pasado. También entonces había quien no abría un libro en toda su vida. Pero me resisto a aceptar con indiferencia que cientos o miles de ejemplares acaben abandonados junto a un contenedor como si fueran simples restos de una mudanza.

La verdad es que cada vez que me encuentro con una escena como la de ayer siento una enorme tristeza. Porque no son solo libros: son horas de trabajo de quienes los escribieron, de quienes los editaron, de quienes los imprimieron y, sobre todo, son pequeñas porciones de conocimiento, de imaginación y de memoria colectiva que se van quedando por el camino.

En fin, ahí os dejo esta reflexión y las fotografías que dan testimonio del hallazgo de ayer. Ojalá sirvan para que, antes de abandonar unos libros junto a un contenedor, alguien piense que quizá todavía haya otra persona dispuesta a abrirlos y darles una segunda vida.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

50 años de la Asamblea que hizo posible el sindicato de CCOO

11 de julio de 1976: Asamblea de CCOO en Barcelona. Cipriano García modera la reunión.

El pasado jueves, 9 de julio, Comisiones Obreras conmemoró el cincuentenario de la histórica Asamblea de Barcelona, celebrada el 11 de julio de 1976. No fue una reunión más. Aquel encuentro marcó un antes y un después en la historia del sindicalismo español: simbolizó el paso de CCOO de la clandestinidad a su decisión de constituirse como sindicato, apenas unos meses después.

La Asamblea tuvo que celebrarse de forma semiclandestina en la iglesia de Sant Medir, en el barrio barcelonés de Sants, después de que el Gobierno prohibiera la Asamblea General prevista en Madrid. Más de seiscientos delegados y delegadas de toda España consiguieron reunirse sorteando la vigilancia policial y el riesgo permanente de detención. Bajo la presidencia de Cipriano García intervinieron muchos participantes, entre otros, Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius y Juan Muñiz Zapico.

Aquella jornada supuso un auténtico punto de inflexión. Comisiones Obreras dejaba de ser únicamente un movimiento de resistencia obrera para debatir el convertirse en una organización sindical estable, democrática y unitaria. De las resoluciones aprobadas en Barcelona nacieron decisiones importantes: la emisión del primer carné de afiliación, la constitución meses después de la Confederación Sindical de CCOO y el diseño de una estructura organizativa que culminaría con la celebración de su primer Congreso Confederal.

Sin embargo, la Asamblea de Barcelona solo puede entenderse si miramos el camino recorrido hasta llegar a ella. Comisiones Obreras había nacido en los años cincuenta, en plena dictadura franquista, como un movimiento espontáneo de trabajadores y trabajadoras que se organizaban para defender salarios, derechos y libertades. Durante los años sesenta se extendió por toda España hasta convertirse en la principal organización del movimiento obrero, pese a la represión, los estados de excepción, las detenciones y procesos como el 1001, con el que la dictadura pretendió, sin conseguirlo, descabezar a sus principales dirigentes.

La muerte del dictador Francisco Franco en 1975 abrió una nueva etapa, pero la democracia no llegó por generación espontánea. Fue conquistada gracias a la movilización y al sacrificio de miles de hombres y mujeres que se enfrentaron a la cárcel, la persecución, los despidos y la violencia para conquistar las libertades sindicales y los derechos democráticos. Entre ellos destacaron, de forma muy especial, los militantes de Comisiones Obreras.


La Asamblea de Barcelona fue una de las grandes victorias de ese proceso. Demostró que CCOO era ya una realidad imposible de detener y aceleró el camino hacia la legalización de los sindicatos, que llegaría el 27 de abril de 1977. Poco después se celebrarían las primeras elecciones sindicales democráticas, en las que Comisiones Obreras obtuvo la confianza mayoritaria de los trabajadores.

Cincuenta años después, recordar aquella Asamblea no es un simple ejercicio de memoria. Es un acto de justicia con quienes hicieron posible, con valentía y enormes sacrificios personales, que hoy disfrutemos de derechos laborales, libertades sindicales y democracia.

Pero la memoria solo tiene sentido cuando ilumina el presente. Vivimos tiempos en los que resurgen discursos que cuestionan el papel de los sindicatos, relativizan el valor de la negociación colectiva o presentan los derechos laborales como obstáculos para el progreso económico. Al mismo tiempo, crecen las desigualdades, la precariedad adopta nuevas formas y la desinformación alimenta la desafección hacia las instituciones democráticas.

Frente a esos desafíos, conviene recordar que ninguno de los derechos de los que hoy disfrutamos fue un regalo. Todos fueron conquistados gracias a la organización, la solidaridad y la lucha colectiva.

Por eso, la Asamblea de Barcelona sigue interpelándonos medio siglo después. Nos recuerda que la democracia no se limita a depositar una papeleta en una urna cada cierto tiempo. También se construye en los centros de trabajo, en la negociación colectiva, en el diálogo social y en la capacidad de la ciudadanía para organizarse y defender sus derechos.

Una democracia sin sindicatos fuertes es una democracia más débil; un mundo del trabajo sin representación colectiva deja al trabajador mucho más expuesto frente al poder económico.

Ningún derecho conquistado es irreversible. La historia demuestra que las libertades pueden retroceder cuando se olvidan las razones por las que fueron conquistadas. Cada generación tiene la responsabilidad de preservar ese legado y ampliarlo para quienes vendrán después.

Celebrar el cincuentenario de la Asamblea de Barcelona es celebrar la historia de Comisiones Obreras, pero también reivindicar una parte esencial de la historia democrática de España. Porque en Sant Medir no solo nació la posibilidad de un sindicato moderno. Allí se fortaleció la esperanza de un país que empezaba a dejar atrás la dictadura para construir un futuro de libertad, justicia social y democracia.

Con motivo de esta efeméride, Comisiones Obreras ha organizado diversos actos para recuperar el llamado "espíritu de Sant Medir". El principal se celebró en el Centro Cívico Cotxeres de Sants, muy próximo al lugar donde tuvo lugar la Asamblea de 1976, con el objetivo de recordar medio siglo de conquistas sociales, laborales y democráticas.

El acto celebrado el pasado 9 de julio puede verse íntegramente a través del enlace:50 Aniversario de la Asamblea de Barcelona” Es un testimonio de gran valor histórico y humano que merece contemplarse con calma. No solo porque recuerda un episodio decisivo de nuestra historia reciente, sino porque ayuda a comprender que las libertades de las que hoy disfrutamos tienen nombres, rostros y biografías de hombres y mujeres que decidieron no resignarse.

Hoy, cincuenta años después, aquella esperanza sigue siendo una tarea inacabada. El mejor homenaje a quienes se reunieron en Sant Medir, desafiando la prohibición y el miedo, no consiste únicamente en recordarlos. Consiste en mantener viva su convicción de que una sociedad más libre, más igualitaria y más justa nunca se conquista de una vez para siempre: hay que defenderla cada día.

Porque la historia no la cambian solo los grandes dirigentes. La cambian, sobre todo, miles de hombres y mujeres anónimos que, cuando llega el momento decisivo, son capaces de vencer el miedo para conquistar la libertad de todos.



Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.