LEMA DE ESTE BLOG...

LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

Miguel Hernández: El viento del pueblo sigue soplando


Hoy, 30 de octubre de 2026, se cumplen 116 años del nacimiento, en Orihuela (Alicante), del poeta del pueblo. Cada aniversario de Miguel Hernández nos invita a regresar a aquella voz que dio sentido, profundidad y dignidad a la palabra. Para mí, como para tantas otras personas, Miguel ocupa un lugar muy especial: es una figura imprescindible de la literatura española del siglo XX y un referente de compromiso con la libertad y la justicia.

Teniendo en cuenta las fechas en que estamos y los tambores de guerra que vuelven a sonar en distintas partes del mundo, quiero comenzar esta breve crónica con uno de sus poemas, Tristes guerras. Quizá menos conocido que otros, pero de una actualidad y una necesidad extraordinarias:

Tristes guerras

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes. Tristes.

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes. Tristes.

Tristes hombres

si no mueren de amores.

Tristes. Tristes.

Miguel Hernández Gilabert nació en Orihuela en 1910 y murió en la cárcel de Alicante en 1942, con tan solo 31 años. Su trayectoria vital quedó trágicamente marcada por la Guerra Civil, la represión franquista y la enfermedad. Sin embargo, la brevedad de su vida contrasta con la intensidad y la permanencia de su obra, capaz de atravesar generaciones hasta instalarse firmemente en la memoria colectiva.

Hoy, sus versos forman parte del patrimonio cultural compartido. Poemas como Nanas de la cebolla, El niño yuntero o Para la libertad han alcanzado una enorme difusión, en buena medida gracias a la música y a la recuperación de su figura durante la democracia. Pero conviene recordar que, durante muchos años, su obra permaneció silenciada, relegada en buena parte a ediciones publicadas fuera de España y a una circulación casi clandestina dentro de nuestras fronteras.

Fue precisamente a través de aquellas lecturas discretas como muchos descubrimos a Miguel Hernández. En mi caso, el encuentro llegó en 1967, con Vientos del pueblo. Aquel libro no solo me descubrió a un poeta de extraordinaria fuerza expresiva, sino también una manera diferente de mirar y entender la realidad de nuestro país. Su lectura supuso para mí una toma de conciencia, la intuición de que existía otra España: más profunda, más justa y, sobre todo, mucho más silenciada.

Retrato de Miguel Hernández del artista Pepe Molleda, que el pinto para mi sabiendo mi cariño por Miguel. 

Miguel Hernández no fue únicamente un escritor de talento excepcional. Fue, ante todo, un hombre comprometido con su tiempo, con el sufrimiento de los humildes y con la defensa de la dignidad humana. Esa condición explica, en gran medida, la vigencia de su obra. Su poesía no pertenece solamente al pasado: continúa interpelando al presente y proyectándose hacia el futuro.

Con el paso de los años, su figura y su legado no han dejado de crecer. Cabe pensar que, cuando el tiempo haya borrado tantos nombres, el suyo seguirá ocupando un lugar destacado en nuestra memoria. Él mismo lo expresó con unas palabras que conservan toda su fuerza:

“Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros”.

En esas palabras permanece el sentido último de su obra: una poesía que nació del pueblo, que se comprometió con su tiempo y que nunca dejó de defender la libertad.

Y en ese viento, que todavía nos alcanza, sigue viva la voz de Miguel Hernández.

Francisco Naranjo Llanos director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.









29 N: Las pancartas exigen, los votos deciden...

 

Puerta del Sol, lunes 5 de octubre de 2026

Hoy he estado en Madrid por asuntos médicos. La edad no perdona. Y ya que estaba en la capital, he aprovechado para acercarme a la Puerta del Sol y conocer de primera mano la acampada reivindicativa por una vivienda digna. Quería ver con mis propios ojos lo que allí estaba ocurriendo y, sobre todo, trasladar mi apoyo y solidaridad a las personas acampadas.

Al llegar, inevitablemente, me vinieron a la memoria otros tiempos: las grandes concentraciones y manifestaciones sindicales, las huelgas generales, los Primeros de Mayo y tantas movilizaciones en las que miles de trabajadores salíamos a la calle para reivindicar derechos que hoy consideramos irrenunciables.

Y, aunque eran aproximadamente las doce de la mañana, había bastante animación, tanto entre quienes participan en la acampada como entre los numerosos visitantes que transitaban por la Puerta del Sol. La reivindicación estaba allí, visible, ocupando el espacio público y recordándonos que el problema de la vivienda no es una cuestión secundaria ni una preocupación exclusiva de los jóvenes.

Porque los jóvenes de ayer, de hoy y de mañana tienen, como es lógico, sus propias prioridades. Y entre ellas hay una que considero fundamental: no se trata únicamente de vivir para trabajar, sino de que el empleo y los salarios permitan construir un proyecto de vida.

Y para construir ese proyecto de vida hace falta algo tan elemental como poder acceder a una vivienda digna y asequible, ya sea en propiedad o en alquiler. No parece razonable que trabajar, tener un salario y cumplir con las obligaciones no sea suficiente para poder independizarse, formar una familia o, simplemente, vivir con un mínimo de estabilidad.

Por eso considero importante la acampada reivindicativa de la Puerta del Sol. Porque las sociedades democráticas necesitan ciudadanos que se movilicen, que protesten, que reivindiquen y que hagan visibles sus problemas. Las pancartas, las concentraciones, las manifestaciones y las huelgas forman parte de esa democracia que hemos construido entre todos.

Pero también creo que la movilización social y la participación política no deberían caminar por separado.

La calle expresa el malestar y formula las reivindicaciones. Las instituciones tienen la responsabilidad de convertir esas demandas en leyes, presupuestos y políticas públicas. Y las urnas son una de las herramientas que tiene la ciudadanía para decidir qué propuestas y qué políticas quiere respaldar.

De ahí el título de este artículo: cada pancarta exige, cada voto decide.

El próximo 29 de noviembre tendremos una nueva oportunidad para comprobar hasta qué punto somos capaces de unir ambas cosas: la movilización social y la participación electoral. La reivindicación de una vivienda digna necesita presencia en las calles, pero también necesita que quienes tienen responsabilidades institucionales sean conscientes de la dimensión del problema y actúen en consecuencia.

En este sentido, la huelga general por una vivienda y un salario digno y por la moderación de precios,  convocada por CCOO y UGT, se sitúa también dentro de ese proceso de movilización social. Más allá de las legítimas diferencias que pueda haber sobre las formas, las estrategias o las medidas concretas, lo importante es que el problema de la vivienda ha dejado de ser una preocupación individual para convertirse en una cuestión social y política de primer orden.

Porque podemos llenar las plazas de pancartas, las calles de manifestantes y las redes sociales de mensajes. Y debemos hacerlo cuando existan razones para reivindicar. Pero si después la ciudadanía se desentiende de las decisiones que se toman en las instituciones, corremos el riesgo de que toda esa energía social no consiga traducirse en cambios concretos.

Por eso tampoco comparto la idea de quedarse en casa el 29N, o votar en blanco, porque ningún candidato o candidata nos parezca suficientemente cercano, porque no responda exactamente a nuestras expectativas o porque consideremos que unos son más "puros" que otros. En democracia, las discrepancias son legítimas y nadie debería renunciar a su capacidad crítica. Pero también conviene recordar que las decisiones políticas tienen consecuencias muy concretas sobre nuestras vidas: sobre el precio de la vivienda, los alquileres, los salarios, los servicios públicos o las condiciones laborales.

La política no se hace solamente en los parlamentos. También se hace en las calles, en los centros de trabajo, en las asociaciones vecinales, en los sindicatos y, por supuesto, en las urnas.

Yo, que he vivido muchos años de movilización sindical y he participado en más de una negociación colectiva, sé que las reivindicaciones rara vez se consiguen al cien por cien. Siempre existe una correlación de fuerzas y siempre hay que avanzar desde la realidad concreta. Por eso las conquistas sociales no suelen llegar de golpe: son el resultado de muchas luchas, muchas negociaciones y también muchas decisiones políticas.

La vivienda digna, es hoy por hoy, una de esas grandes batallas sociales.

Por eso, cuando veo una acampada en la Puerta del Sol, no veo solamente unas tiendas y unas pancartas. Veo a personas que están diciendo que quieren poder vivir, trabajar, emanciparse y construir su futuro sin que el acceso a una vivienda se convierta en una carrera de obstáculos.

Y recuerdo también que muchos de los derechos que hoy consideramos normales fueron, en su día, reivindicaciones que parecían difíciles de alcanzar. La movilización es necesaria. La protesta es necesaria. La organización social es necesaria. Y la participación democrática, votando libremente, también.

Ahora que sabemos quién ha votado a favor la regulación al decreto de los alquileres y quien lo ha hecho negativamente, tenemos más motivos para acudir a las urnas. Porque cada pancarta exige. Pero cada voto, cuando se ejerce libremente y de manera consciente, también puede transformar.

Yo como siempre, desde las primeras elecciones democráticas en España, -hace ya casi 50 años-, votare con quien vaya Izquierda Unida, con el Frente Amplio, o como se llame, pues mas que la denominación lo importante es la unidad de la izquierda.. Cada uno es libre de elegir el voto que considere, pero por favor reflexionemos y no votemos a quienes una y otra vez, en el Congreso, en las Comunidades Autónomas y en los Ayuntamientos, se sitúan contra los intereses de la clase trabajadora.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.      

Hablar de vivienda, es hablar del derecho a un proyecto de vida

28 de septiembre de 2026: Acampada en la Puerta del Sol Madrid (foto de RTVE)

Cuando escribo estas líneas, cientos de personas continúan acampadas en la Puerta del Sol de Madrid tras la multitudinaria manifestación contra el desahucio de Maricarmen. Al mismo tiempo, se están produciendo movilizaciones de protesta y apoyo en otras provincias españolas.

A mi entender, y con toda sinceridad, este puede ser el momento oportuno para que los dos grandes sindicatos, CCOO y UGT, junto al Sindicato de Inquilinas y otras muchas organizaciones de la sociedad civil, impulsen movilizaciones contundentes y sostenidas para impedir los desahucios antisociales y hacer realidad el artículo 47 de la Constitución: el derecho a disfrutar de una vivienda digna.

Se necesitan soluciones urgentes, tanto a corto como a medio plazo, frente a los desahucios, los alquileres inasumibles, los fondos de inversión, los pisos turísticos y la escasez de vivienda social. Y, sobre todo, hacen falta planes de inversión ambiciosos para construir un gran parque público de viviendas sociales en el conjunto del país.

Tampoco es descartable promover la posibilidad de viviendas sociales o con algún tipo de protección oficial, en régimen de cooperativas, que son  sociedades sin ánimo de lucro, donde los socios se agrupan para promover, construir y gestionar sus propios hogares a precio de coste, eliminando los intermediarios.

También habría que impulsar, sin demora, que los programas electorales de las candidaturas progresistas que concurran a las elecciones municipales, autonómicas y generales de 2027 incorporen propuestas concretas y viables para garantizar viviendas asequibles, pensando especialmente en los jóvenes y en quienes hoy por hoy encuentran enormes dificultades para emanciparse.

Y aquí conviene recordar algo que a veces olvidamos cuando el debate se centra exclusivamente en mirar qué hace el Gobierno de España. También es importante, pero las competencias en materia de vivienda están ampliamente descentralizadas, y las comunidades autónomas tienen un papel fundamental. Es decir, las responsabilidades son muchas y están repartidas.

  • El Gobierno central puede establecer la legislación básica, impulsar planes estatales de vivienda y aportar financiación y recursos.
  • Las comunidades autónomas gestionan sus parques públicos, las ayudas al alquiler y sus propios planes de vivienda.
  • Los ayuntamientos también tienen mucho que decir: intervienen en el urbanismo y el planeamiento, clasifican suelo, conceden licencias y pueden promover y gestionar vivienda pública municipal.

Por eso, no vale con mirar exclusivamente hacia un lado. La solución exige que todas las administraciones, cada una desde sus competencias, hagan su parte y trabajen de manera coordinada.

Y hay algo más: cuando hablamos de vivienda no podemos olvidarnos de los fondos de inversión, los llamados «fondos buitre», ni de las grandes empresas propietarias. Pero tampoco debemos olvidar, desde el punto de vista de sensibilidad social y humana, que una vivienda es, para quien vive en ella, mucho más que un activo financiero: es su casa. Es su barrio. Son sus vecinos. Son sus recuerdos. Es su vida.

En definitiva, la vivienda en la que vivimos -o aquella en la que queremos vivir cuando llega el momento de emanciparnos- es algo esencial para las personas. Garantizarla no debería ser una aspiración, sino una prioridad.

El artículo 47 de la Constitución establece un mandato claro. Ahora hace falta voluntad política, recursos y, también, movilización social para que ese derecho deje de ser una declaración constitucional y se convierta en una realidad para millones de personas.

Porque hablar de vivienda en los tiempos que vivimos, es, en definitiva, hablar de dignidad, de igualdad y del derecho a construir un proyecto de vida.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

P.D. Francisco Naranjo fue presidente de VITRA-Madrid durante 15 años. Impulsada por CCOO, la cooperativa de viviendas VITRA, construyó en sus 34 años de actividad 33.000 viviendas protegidas en España, 9.000 de ellas en Madrid, en régimen cooperativo y a precios asequibles. Para más información leer: La isla de VITRA.