LEMA DE ESTE BLOG...

LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

Adiós al abogado Antonio Montesinos, uno de nuestros maestros

Antonio Montesinos (Fotografía de Teresa Rodríguez)

Hay personas cuya vida explica mejor que cualquier libro una parte de la historia de nuestro país. Antonio Montesinos Villegas era una de ellas. Falleció el pasado 24 de julio, apenas unos días antes de cumplir cien años. Su familia le dio el último adiós en la más estricta intimidad.

Hace solo unos días hablé con Paz, su hija, para interesarme por su salud y proponerle organizar algún acto de reconocimiento con motivo de su centenario, el próximo 31 de julio. Le pareció una buena idea y acordamos hacerlo después del verano. Nunca imaginé que aquella conversación sería la última antes de recibir la noticia de su fallecimiento.

Confieso que me quedé helado. Perdíamos a un amigo, a un compañero y a uno de los grandes referentes de la abogacía laboralista. En el grupo de Wasat, de amigos de la Fundación Abogados de Atocha, una vez conocida la triste noticia,  comenzaron a llegar los mensajes de dolor. Mari Cruz Elvira resumió el sentimiento de todos: "Se nos ha ido otro de nuestros maestros, una gran persona, ejemplo de lucha y coherencia”. Difícil decir más con menos palabras.

Antonio fue pionero de los despachos laboralistas en España. Junto a José Jiménez de Parga, María Luisa Suárez y Pepe Esteban, abrió en diciembre de 1965, en la calle de la Cruz número 16 de Madrid, el primer despacho dedicado específicamente al Derecho Laboral. Más tarde compartiría bufete con otros grandes nombres de la abogacía democrática, como Juan José del Águila, Manuela Carmena o Cristina Almeida.

Aquellos despachos fueron mucho más que oficinas de abogados. Eran refugios de trabajadores perseguidos, de sindicalistas, de vecinos y de ciudadanos sin voz. Allí se defendían despidos, conflictos laborales, procesos ante el Tribunal de Orden Público, problemas de vivienda o de barrio. En definitiva, se defendía a una sociedad que vivía bajo una dictadura. Aquellos bufetes se convirtieron en auténticos espacios de libertad.

Ese compromiso tuvo un precio muy alto. Muchos abogados sufrieron persecución, detenciones e incluso fueron asesinados, como ocurrió en el despacho de Atocha 55 el 24 de enero de 1977. Antonio pertenecía a aquella generación irrepetible de juristas que entendían el ejercicio de la profesión como un compromiso con la democracia y la justicia social.

Su vocación por la abogacía nació muy pronto. En 1943, con solo dieciséis años, acompañó a su padre al consejo de guerra en el que juzgaban a un tío suyo y a otros cuatro militantes comunistas. La Fiscalía pidió dos penas de muerte; el tribunal impuso cinco. Su tío fue fusilado en las tapias del Cementerio del Este el 16 de marzo de ese mismo año. Aquel día decidió hacerse abogado para defender a los trabajadores y a quienes sufrían la represión.

Durante más de siete décadas ejerció una profesión que nunca entendió como un negocio. Defendió a salineros, pescadores, campesinos, trabajadores de Pegaso, Iberia, Telefunken y de tantas otras empresas. Solía decir que aquellos trabajadores no eran sus clientes, sino sus camaradas y sus amigos. Esa frase resume toda una forma de entender la abogacía.

Desde la creación de la Fundación Abogados de Atocha, en 2005, formó parte de su Patronato. Quienes tuvimos la fortuna de compartir reuniones con él sabemos que bastaba escucharle unos minutos para recibir una auténtica lección de historia, de compromiso y de humanidad.

Entre los años 2014 y 2016 coincidimos en numerosos cursos de formación sindical organizados por iniciativa de Javier López Martin, secretario confederal de Formación de CCOO, bajo el título Del Proceso 1001 a los Abogados de Atocha. Antonio era de los más esperados. Los jóvenes delegados sindicales escuchaban sus relatos con auténtica admiración.

Nunca olvidaré una de sus respuestas cuando le preguntaron cómo habían nacido los despachos laboralistas. Contestó con su sencillez habitual: "Los obreros se habían organizado, sobre todo en Comisiones Obreras; los abogados teníamos que organizarnos." Después añadió otra reflexión que sigue plenamente vigente: "El capital siempre pretende obreros esclavos; para defendernos hacen falta unidad y solidaridad."

Hace unos años le pregunté cómo estaba de salud. Tendría ya noventa y seis años. Me dijo que bien, aunque se había golpeado una rodilla y los médicos insistían en que utilizara bastón. Yo le comenté que el golpe había sido precisamente por no llevarlo. Sonrió y respondió: "No llevo bastón porque el bastón es de viejos." Así era Antonio. Nunca permitió que la edad derrotara a su espíritu.

En 2014 un grupo de amigos y amigas, relacionados con la Fundación Abogados de Atocha, le dimos a Antonio un sentido y sencillo homenaje en su 88 cumpleaños.

Todos los finales de julio hablaba con él para felicitarle por su cumpleaños. Este año también pensaba hacerlo. Quería desearle que siguiera cumpliendo muchos más, porque siempre tuve la impresión de que no era un hombre viejo, sino un hombre con mucha juventud acumulada. No ha podido ser.

Antonio Montesinos nos deja a pocos días de cumplir cien años, pero también nos deja una herencia inmensa: la de quienes entendieron que defender a un trabajador era defender la dignidad de todos y que ejercer la abogacía podía ser una forma de luchar por la libertad y la democracia.

Estoy convencido de que se ha marchado mucho más joven de lo que decía su documento de identidad. Condolencias a la familia y amigos y descansa en paz, compañero Antonio. ¡Salud y República, camarada!

Francisco Naranjo Llanos, patrono y director de la Fundación Abogados de Atocha (2005-2024) y sindicalista de CCOO.

Del Mundial, me quedo con Nico Williams y Lamine Yamal


Nico Williams y Lamine Yamal en el mundial de futbol de 2026

    De la histórica victoria de España en el Mundial me quedo, ante todo, con la juventud y la diversidad de este extraordinario equipo. También con una frase que Luis de la Fuente ha repetido durante todo el campeonato y que trasciende al fútbol: Juntos somos más fuertes”. Una lección aplicable a muchos otros ámbitos de la vida. No es casual que CCOO y UGT hayan utlizado un slogan muy similar en la Huelga General del 14D (14 de diciembre de 1988): Juntos podemos”, copiado despues por otras organizaciones. 

    Pero vayamos al futbol: por encima de todo, en el Mundial, me quedo con Nico Williams y Lamine Yamal.

    El pasado 19 de julio de 2026, en el minuto 106 de la final del Mundial, Lamine Yamal abrió el juego hacia Pedro Porro. Este envió un balón en profundidad que Nico Williams prolongó de cabeza hacia el corazón del área. Allí apareció Ferran Torres para marcar el gol más importante del fútbol español en las últimas décadas y convertir a España en campeona del mundo.

    Sin embargo, la verdadera historia de este Mundial había comenzado mucho antes. Muchísimo antes. Y las vidas de Nico y Lamine lo explican mejor que cualquier discurso.

    En 1994, Félix Williams y María Arthuer, padres de Iñaki y Nico, abandonaron Ghana sin saber adónde los conduciría el camino. Atravesaron el desierto entre el hambre, la sed y la muerte. Llegaron a Melilla, saltaron la valla, fueron detenidos y, gracias a la intervención de un abogado de Cáritas, pudieron quedarse en España.

    En 2002 nació Nico, en Pamplona. Su padre pasó casi una década trabajando como vigilante y limpiador de obras en Londres para enviar dinero a la familia. Su madre encadenó empleos precarios. Vivieron separados durante años hasta que, de algún modo, el fútbol volvió a reunirlos.

    Cuando el árbitro señaló el final de la final, Nico buscó a sus padres en la grada. Seguramente recordó todo lo que habían sufrido para ofrecerles un futuro mejor a sus hijos. Tras recibir la medalla de campeón del mundo, cruzó el campo, saltó la valla y se la colocó a su madre diciéndole una frase que lo resume todo:

    Toma, mamá. Es para ti. Te la mereces más que yo”.

    La historia de Lamine Yamal no es menos emocionante.

    Nacido en Esplugues de Llobregat (Barcelona), en 2007, detrás de su meteórico ascenso como una de las grandes figuras del fútbol mundial hay también una historia de humildad, migración y raíces obreras.

    Su padre, Mounir, emigró desde Marruecos, y su madre, Sheila, desde Guinea Ecuatorial. Ambos llegaron muy jóvenes a Cataluña y trabajaron en oficios modestos: él como pintor de edificios y ella como camarera en el sector de la hostelería.

    Lamine creció entre Granollers y el barrio de Rocafonda, en Mataró. Allí, jugando en pistas de cemento con chicos mayores que él, forjó el carácter, la velocidad y el descaro que hoy maravillan al mundo. Por eso sigue celebrando sus goles formando con los dedos el número 304, el código postal de Rocafonda, como homenaje al barrio que lo vio crecer y al esfuerzo de sus padres.

    Existe además una hermosa historia detrás de su nombre. "Lamine Yamal" no son nombre y apellido, sino un nombre compuesto. Sus padres decidieron llamarlo así en agradecimiento a dos vecinos que, cuando atravesaban una situación de extrema pobreza, los acogieron en su casa y les ayudaron a pagar el alquiler.

    También me emocionó verlo, nada más terminar la final, correr hacia su madre —su padre no pudo asistir por enfermedad— y volver a jugar sobre el césped con su hermano pequeño, Keyne, como si aún fuera aquel niño de Rocafonda que soñaba con llegar algún día a vestir la camiseta de la selección.

    Maria y Sehila, madres de Nico y Lamil, con las medallas de oro de sus hijos 

    Hay muchos más motivos para recordar este Mundial, pero si tuviera que elegir dos imágenes me quedaría con estas: la medalla de Nico sobre el pecho de su madre y el abrazo de Lamine a la suya. Porque, más allá de los goles y de la copa, ambas escenas nos recuerdan que detrás de los grandes campeones casi siempre hay familias que un día lo arriesgaron todo para que sus hijos pudieran tener un futuro mejor.

    Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

YO FUI UN «ENANO INFILTRADO»


Portada revista Doblón, Julio 1975

Aniversario de las últimas elecciones sindicales del franquismo

Hace un año, por estas fechas, escribí una columna titulada «Ha ganao el equipo colorao», con motivo del cincuentenario de las últimas elecciones sindicales del Sindicato Vertical. En ella recordaba la histórica portada que el semanario Doblón dedicó, en julio de 1975, al triunfo de las candidaturas democráticas impulsadas por Comisiones Obreras.

Días después, José Antonio Martínez Soler, director entonces de Doblón, resalto aquel artículo en 20 Minutos y escribió unas palabras que me emocionaron profundamente:

«Francisco Naranjo, un "enano infiltrado" de CC.OO. de RENFE en el sindicato franquista, me ha recordado la portada que hicimos para celebrar la infiltración heroica de los sindicalistas clandestinos en el corazón del franquismo. Entre todos tumbamos la dictadura desde dentro. No fue una concesión desde arriba, sino una conquista desde abajo.»

Un año después quiero volver sobre aquellos hechos. No desde la nostalgia, sino porque conviene recordar cómo miles de trabajadores contribuyeron a debilitar la dictadura desde sus propias estructuras.

En junio-julio de 1975 se celebraron las últimas elecciones sindicales del franquismo. En RENFE, como en otros muchos sectores, las candidaturas unitarias democráticas obtuvieron un respaldo masivo. Aquel fue el comienzo de una transformación que ya nadie pudo detener.

Este mes se cumplen 51 años de aquellas elecciones y también de mi primera candidatura sindical. Trabajaba como Factor de Circulación en Madrid-Peñuelas cuando varios compañeros, especialmente Santiago Rueda —fallecido el pasado año—, me convencieron para presentarme. Ganamos los diez puestos de enlace sindical del centro de trabajo. Sin saberlo, iniciaba una trayectoria de más de medio siglo de compromiso con CCOO.

Fue entonces cuando me convertí en uno de aquellos «enanos infiltrados». La expresión, utilizada despectivamente por los sectores más reaccionarios del franquismo, fue convertida por Doblón en un símbolo de orgullo. Su inolvidable portada mostraba a tres enanitos de Blancanieves pintando de rojo la sede del Sindicato Vertical bajo un titular que ya forma parte de la memoria democrática: «Ha ganao el equipo colorao».

Aquella revista dedicó un amplio reportaje a los resultados de las elecciones, demostrando que el movimiento obrero había apostado claramente por la democracia cuando la dictadura daba ya sus últimos coletazos. Hoy resulta impensable que un medio de comunicación abra su portada con unas elecciones sindicales. Por eso merece un reconocimiento el valor de José Antonio Martínez Soler, que asumió los riesgos de publicar aquella información y otras de suma importancia, en plena dictadura.

No fueron decisiones sin consecuencias. En marzo de 1976 fue secuestrado y torturado por grupos fascistas vinculados al régimen. Su compromiso con la libertad merece ser recordado.

Las elecciones de 1975 enfrentaron dos modelos sindicales: el continuista, representado por el sindicalismo oficial, y el democrático, impulsado por las organizaciones clandestinas, especialmente la de CCOO. La participación fue muy elevada y el resultado confirmó que el franquismo también estaba perdiendo la batalla en los centros de trabajo.

Pocos meses después, en enero de 1976, el Gobierno de Arias Navarro militarizó RENFE y otros servicios públicos para frenar la movilización obrera. El efecto fue justamente el contrario. La respuesta de los ferroviarios fue aún más firme. El 16 de enero cerca de cinco mil trabajadores celebramos en la estación de Chamartín la histórica Gran Asamblea Democrática de Ferroviarios de Madrid, uno de los hitos más importantes del movimiento sindical en el ferrocarril.

Ese mismo año, todavía en la clandestinidad, constituimos el Pleno de Representantes Ferroviarios, órgano unitario que permitió negociar el primer convenio colectivo de RENFE.

Con la llegada de la democracia continué siendo elegido representante sindical por CCOO. Fui secretario del Comité Intercentros de RENFE y responsable de Comunicación del sindicato en el sector ferroviario, antes de incorporarme a CCOO de Madrid. Pero esa ya es otra historia.

Han pasado más de cincuenta y un años y sigo sintiéndome orgulloso de haber sido uno de aquellos «enanos infiltrados» para ayudar a Comisiones Obreras.  Porque no nos infiltrábamos para conseguir privilegios, sino democracia; no buscábamos poder, sino derechos.

Aquella lucha silenciosa de miles de trabajadores y trabajadoras (Nico Sartorius los denomina: Los Costaleros de la Democracia), ayudó a abrir el camino de las libertades y los derechos que hoy disfrutamos y que nunca deberíamos dar por garantizados.

El pasado es la linterna del futuro. Editorial Utopía libros 

Esta historia y varias más la recojo en mi libro El pasado es la linterna del futuro, obra en homenaje a las mujeres y hombres que, desde el ferrocarril, durante 60 años (1964-2024), contribuyeron decisivamente a construir un sindicalismo democrático y un país más libre. Personas que, con su compromiso, han dejado una huella imborrable en la historia del sindicalismo de clase en el ferrocarril.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.