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LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

50 años de la Asamblea que hizo posible el sindicato de CCOO

11 de julio de 1976: Asamblea de CCOO en Barcelona. Cipriano García modera la reunión.

El pasado jueves, 9 de julio, Comisiones Obreras conmemoró el cincuentenario de la histórica Asamblea de Barcelona, celebrada el 11 de julio de 1976. No fue una reunión más. Aquel encuentro marcó un antes y un después en la historia del sindicalismo español: simbolizó el paso de CCOO de la clandestinidad a su decisión de constituirse como sindicato, apenas unos meses después.

La Asamblea tuvo que celebrarse de forma semiclandestina en la iglesia de Sant Medir, en el barrio barcelonés de Sants, después de que el Gobierno prohibiera la Asamblea General prevista en Madrid. Más de seiscientos delegados y delegadas de toda España consiguieron reunirse sorteando la vigilancia policial y el riesgo permanente de detención. Bajo la presidencia de Cipriano García intervinieron muchos participantes, entre otros, Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius y Juan Muñiz Zapico.

Aquella jornada supuso un auténtico punto de inflexión. Comisiones Obreras dejaba de ser únicamente un movimiento de resistencia obrera para debatir el convertirse en una organización sindical estable, democrática y unitaria. De las resoluciones aprobadas en Barcelona nacieron decisiones importantes: la emisión del primer carné de afiliación, la constitución meses después de la Confederación Sindical de CCOO y el diseño de una estructura organizativa que culminaría con la celebración de su primer Congreso Confederal.

Sin embargo, la Asamblea de Barcelona solo puede entenderse si miramos el camino recorrido hasta llegar a ella. Comisiones Obreras había nacido en los años cincuenta, en plena dictadura franquista, como un movimiento espontáneo de trabajadores y trabajadoras que se organizaban para defender salarios, derechos y libertades. Durante los años sesenta se extendió por toda España hasta convertirse en la principal organización del movimiento obrero, pese a la represión, los estados de excepción, las detenciones y procesos como el 1001, con el que la dictadura pretendió, sin conseguirlo, descabezar a sus principales dirigentes.

La muerte del dictador Francisco Franco en 1975 abrió una nueva etapa, pero la democracia no llegó por generación espontánea. Fue conquistada gracias a la movilización y al sacrificio de miles de hombres y mujeres que se enfrentaron a la cárcel, la persecución, los despidos y la violencia para conquistar las libertades sindicales y los derechos democráticos. Entre ellos destacaron, de forma muy especial, los militantes de Comisiones Obreras.


La Asamblea de Barcelona fue una de las grandes victorias de ese proceso. Demostró que CCOO era ya una realidad imposible de detener y aceleró el camino hacia la legalización de los sindicatos, que llegaría el 27 de abril de 1977. Poco después se celebrarían las primeras elecciones sindicales democráticas, en las que Comisiones Obreras obtuvo la confianza mayoritaria de los trabajadores.

Cincuenta años después, recordar aquella Asamblea no es un simple ejercicio de memoria. Es un acto de justicia con quienes hicieron posible, con valentía y enormes sacrificios personales, que hoy disfrutemos de derechos laborales, libertades sindicales y democracia.

Pero la memoria solo tiene sentido cuando ilumina el presente. Vivimos tiempos en los que resurgen discursos que cuestionan el papel de los sindicatos, relativizan el valor de la negociación colectiva o presentan los derechos laborales como obstáculos para el progreso económico. Al mismo tiempo, crecen las desigualdades, la precariedad adopta nuevas formas y la desinformación alimenta la desafección hacia las instituciones democráticas.

Frente a esos desafíos, conviene recordar que ninguno de los derechos de los que hoy disfrutamos fue un regalo. Todos fueron conquistados gracias a la organización, la solidaridad y la lucha colectiva.

Por eso, la Asamblea de Barcelona sigue interpelándonos medio siglo después. Nos recuerda que la democracia no se limita a depositar una papeleta en una urna cada cierto tiempo. También se construye en los centros de trabajo, en la negociación colectiva, en el diálogo social y en la capacidad de la ciudadanía para organizarse y defender sus derechos.

Una democracia sin sindicatos fuertes es una democracia más débil; un mundo del trabajo sin representación colectiva deja al trabajador mucho más expuesto frente al poder económico.

Ningún derecho conquistado es irreversible. La historia demuestra que las libertades pueden retroceder cuando se olvidan las razones por las que fueron conquistadas. Cada generación tiene la responsabilidad de preservar ese legado y ampliarlo para quienes vendrán después.

Celebrar el cincuentenario de la Asamblea de Barcelona es celebrar la historia de Comisiones Obreras, pero también reivindicar una parte esencial de la historia democrática de España. Porque en Sant Medir no solo nació la posibilidad de un sindicato moderno. Allí se fortaleció la esperanza de un país que empezaba a dejar atrás la dictadura para construir un futuro de libertad, justicia social y democracia.

Con motivo de esta efeméride, Comisiones Obreras ha organizado diversos actos para recuperar el llamado "espíritu de Sant Medir". El principal se celebró en el Centro Cívico Cotxeres de Sants, muy próximo al lugar donde tuvo lugar la Asamblea de 1976, con el objetivo de recordar medio siglo de conquistas sociales, laborales y democráticas.

El acto celebrado el pasado 9 de julio puede verse íntegramente a través del enlace:50 Aniversario de la Asamblea de Barcelona” Es un testimonio de gran valor histórico y humano que merece contemplarse con calma. No solo porque recuerda un episodio decisivo de nuestra historia reciente, sino porque ayuda a comprender que las libertades de las que hoy disfrutamos tienen nombres, rostros y biografías de hombres y mujeres que decidieron no resignarse.

Hoy, cincuenta años después, aquella esperanza sigue siendo una tarea inacabada. El mejor homenaje a quienes se reunieron en Sant Medir, desafiando la prohibición y el miedo, no consiste únicamente en recordarlos. Consiste en mantener viva su convicción de que una sociedad más libre, más igualitaria y más justa nunca se conquista de una vez para siempre: hay que defenderla cada día.

Porque la historia no la cambian solo los grandes dirigentes. La cambian, sobre todo, miles de hombres y mujeres anónimos que, cuando llega el momento decisivo, son capaces de vencer el miedo para conquistar la libertad de todos.



Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

Marisa Castro: una vida al servicio de la igualdad

 

Marisa Castro, dando una de sus muchas clases magistrales

Hay personas que llegan a tu vida casi sin darte cuenta. No irrumpen haciendo ruido ni buscando protagonismo. Simplemente aparecen, una y otra vez, en todos aquellos lugares donde se defienden las causas justas. Y cuando echas la vista atrás descubres que siempre estuvieron allí. Una de ellas es Marisa Castro Fonseca.

La conocí hace ya muchos años -años 80 del siglo pasado- en aquellos encuentros políticos interminables que, para quienes empezábamos a caminar, eran también una escuela de aprendizaje. Ella ya era una dirigente respetada; yo apenas un aprendiz que comenzaba a salir del estrecho ámbito ferroviario para descubrir la inmensidad de la militancia política. Ambos compartíamos las siglas del PCE y la ilusión por construir una España más libre y más justa. Creo recordar que todavía no era concejala del Ayuntamiento de Madrid, pero ya se intuía en ella esa mezcla de firmeza, inteligencia y cercanía que siempre la ha acompañado.

Con el paso de los años nuestros caminos volvieron a cruzarse una y otra vez. Coincidimos en el sindicalismo, en los actos de la Fundación Abogados de Atocha, en presentaciones de libros, en manifestaciones, homenajes y movilizaciones obreras. Porque Marisa pertenece a esa estirpe de personas que nunca entienden el compromiso como una etapa de su vida, sino como una manera de vivir. Allí donde hubiera una causa noble, una reivindicación justa o un acto de memoria democrática, era fácil encontrarla.

En los últimos tiempos compartimos también las tertulias que periódicamente se celebran en la cafetería de la Fundación Abogados de Atocha, las entrañables reuniones que llevan el nombre de Macario Barjas, en recuerdo de aquel inolvidable dirigente de Comisiones Obreras de la Construcción. Son encuentros donde se habla de política, de historia, de sindicalismo y, sobre todo, de la vida. Y allí sigue estando Marisa, escuchando, opinando, aprendiendo y enseñando, como ha hecho siempre.

Guardo, además, un recuerdo muy especial de ella. Fue en Fuenlabrada, durante la presentación de mi libro El pasado es la linterna del futuro. Su intervención fue brillante, pero, por encima de todo, profundamente afectuosa. Habló del libro con la generosidad de quien sabe reconocer el trabajo ajeno sin escatimar elogios, pero también con la sinceridad de quien solo dice aquello que siente. Son esos gestos los que uno nunca olvida.

Con los pensionistas de CCOO de Fuenlabrada, presentando mi libro El pasado es la linterna del futuro. A mi lado Marisa Castro.

No sé explicar muy bien por qué, pero a lo largo de todos estos años siempre nos hemos tratado con un respeto mutuo que el tiempo fue transformando en un cariño sereno. De esos afectos que no necesitan cultivarse con frecuencia porque permanecen intactos, aunque pasen los meses o incluso los años sin verse.

Pero ¿quién es realmente Marisa Castro?

Hay personas cuya biografía puede resumirse enumerando los cargos que ocuparon. Y hay otras cuya verdadera historia solo puede contarse hablando de coherencia. Marisa pertenece a estas últimas.

Nació el 18 de agosto de 1946 en Mansilla del Páramo, un pequeño pueblo leonés que la vio dar sus primeros pasos. Pertenece a esa generación de mujeres que decidió enfrentarse a la dictadura cuando hacerlo significaba jugarse la libertad, el trabajo y, en demasiadas ocasiones, el futuro. Comenzó su militancia en la clandestinidad universitaria, vinculada al Partido Comunista de España, convencida de que la democracia no llegaría sola, sino gracias al esfuerzo de miles de personas anónimas.

Muy pronto encontró también su lugar en el Movimiento Democrático de Mujeres, una organización clandestina nacida para apoyar a los presos políticos y a sus familias, pero también para sembrar las primeras semillas del feminismo en la España franquista. En Asturias compartió lucha con tantas mujeres cuyo nombre nunca aparecerá en los libros de historia y colaboró en la edición del boletín Mundo Femenino, cuando defender la igualdad seguía siendo un acto de valentía.

Su compromiso nunca fue una moda ni una consigna. Fue una forma de entender la vida.

Cuando llegó a las instituciones —primero como concejala del Ayuntamiento de Madrid y después como diputada en el Congreso— no dejó sus principios en la puerta. Los llevó consigo. Desde las comisiones de Derechos de la Mujer y de Sanidad y Consumo defendió las mismas ideas por las que había luchado durante tantos años en la calle. Nunca olvidó quién era ni de dónde venía.

Fue una de las voces más firmes en defensa del derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo. Reivindicó la libertad sexual cuando hacerlo todavía despertaba demasiados prejuicios y tendió la mano al colectivo LGTBI cuando muy pocos se atrevían a caminar a su lado. Lo hizo sin estridencias, pero con una convicción que nunca necesitó levantar la voz para hacerse escuchar.

Por una sexualidad libre, Archivo Histórico de la Fundación 1º de mayo

Aquel compromiso pionero recibió en mayo de 2019 un merecido reconocimiento en Rivas Vaciamadrid, donde fue homenajeada por su contribución a la defensa de los derechos del colectivo LGTBI. Pero, en realidad, aquella placa no distinguía únicamente a Marisa. Era el homenaje a toda una generación de mujeres que abrió caminos para que hoy otras personas puedan vivir con mayor libertad y dignidad.

Ni siquiera la jubilación institucional puso fin a su compromiso. Desde Comisiones Obreras continúa defendiendo los derechos de las personas mayores como secretaria general de la Federación de Pensionistas de Madrid. Porque quienes entienden la justicia social como una obligación moral nunca encuentran el momento de dejar de luchar.

Quienes conocen a Marisa saben que detrás de esa firmeza hay una mujer cercana, sencilla y profundamente humana. Nunca buscó el aplauso ni el protagonismo. Siempre prefirió los resultados a los discursos y el trabajo silencioso a los focos.

Mirando su trayectoria resulta imposible no sentir admiración. Marisa Castro pertenece a esa generación irrepetible de mujeres que conquistó derechos para las demás sin preguntarse si ellas llegarían a disfrutarlos plenamente. Mujeres que hicieron del feminismo una forma de justicia, de la política una herramienta de transformación y del sindicalismo un compromiso permanente con quienes más lo necesitaban.

Gracias a mujeres como ella, nuestro país es hoy más democrático, más libre y más igualitario.

Marisa, sin lugar a dudas, has sido y eres, una gran costalera de la democracia. Seguro que nos seguiremos encontrando en esos caminos donde siempre merece la pena estar: los de la memoria, la dignidad y la esperanza.

Y estoy convencido de que esta historia todavía no ha terminado. Marisa, tú y yo, compartimos la misma edad y, conociéndote, sé que aún te quedan muchas batallas por librar, muchas causas que defender y muchos abrazos que repartir.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

Vacaciones de verano: yo seguí esperando...

 

Todos los años, por estas fechas, con pequeños retoques, vuelvo a compartir esta historia en las redes sociales. La escribí hace ya mucho tiempo, pero, desgraciadamente, cada verano sigue estando de plena actualidad. Tan solo hay que actualizar algunos datos. Comprenderéis el por qué cuando lleguéis al final de su lectura:

Hace calor. Los niños llevan varios días en la casa cuando, a estas horas, deberían estar en el colegio. En el ambiente se respira una mezcla de nerviosismo e ilusión. Pronto comenzarán las vacaciones. Se nota en cada rincón de la casa. Algún grito aislado, alguna carrera por el pasillo y muchas conversaciones apresuradas delatan las ganas de marcharse.

Esta mañana me han despertado antes de lo habitual, cuando aún apenas había amanecido. He visto el coche cargado hasta arriba. Maletas, bolsas, juguetes... Seguro que nos vamos de vacaciones.

Me acomodan en el asiento trasero. Tengo ganas de hacer pipí, pero me aguanto. Ya habrá tiempo. Los niños viajan a mi lado. Están entretenidos mirando por la ventanilla. No me dicen nada, aunque tampoco hace falta. Presiento que vamos a la playa, igual que el verano pasado.

Llevamos aproximadamente un par de horas de viaje cuando el coche se detiene.

Me hacen bajar. Aprovecharé para hacer mis necesidades fisiológicas. Veo un árbol a pocos metros de la carretera y corro hacia él. Tardaré muy poco. Después volveré al coche y seguiremos el viaje.

Pero cuando regreso...el coche ya no está. Tampoco veo ninguna gasolinera. Quizá esté detrás de la curva. Seguro que me he entretenido más de la cuenta. Corro. No hay nadie.

Miro a un lado y a otro de la carretera. Espero unos minutos. Volverán enseguida. Estoy convencido.

Pasa una hora. Empiezo a caminar por el arcén. No pueden estar lejos. Tal vez no se hayan dado cuenta de que no he vuelto a subir. En cuanto me echen de menos, regresarán a buscarme.

Sigo caminando. El sol cae con fuerza. Lógico, estamos en el mes julio. El asfalto quema. Los coches y camiones pasan a toda velocidad  levantando ráfagas de aire caliente. Ninguno se detiene.

Entonces escucho un golpe seco. Después, silencio. Estoy en la cuneta. Intento moverme, pero no puedo.

Noto que algo húmedo empapa mi cuerpo. Pienso que es sudor. Hace mucho calor. Los coches continúan pasando, cada vez más lejos. Se hace de noche. Ellos aún no han vuelto. Pero no importa. Sé que lo harán. Siempre me han querido.

Recuerdo cuando era pequeño. Las caricias. Los juegos. Las fotografías. Los abrazos de los niños. Las fiestas de cumpleaños. Los paseos. Yo era uno más de la familia. Por eso estoy tranquilo.

No pueden haberme abandonado. Quizá se hayan despistado. Quizá me estén buscando. Quizá no me vean desde la carretera. El líquido que empapa mi cuerpo no era sudor. Era sangre. Estoy débil. Aun así, sigo esperando. Porque confío en ellos.

Me cuesta mantener los ojos abiertos. Tengo frío. Tengo sueño. Tal vez me esté muriendo. Me duermo eternamente pensando que volverán. Que aparecerán en cualquier momento llamándome por mi nombre. Que me abrazarán y me llevarán de nuevo a casa. Porque yo sigo creyendo que me quieren. Porque para mí siguen siendo mi familia. Y porque los perros no entendemos el abandono. Solo entendemos el amor. No pueden haberme abandonado.

Conclusión:

La historia que acaban de leer no es una ficción. Se repite miles de veces cada año en España y el mes de julio es el peor. Estos son algunos datos:

Según el estudio “Él nunca lo haría” 2025, de la Fundación Affinity, durante 2024 fueron recogidos cerca de 292.000 perros y gatos en refugios y protectoras. Esto significa que, de media, cada dos minutos se abandona un animal de compañía.

El verano, y especialmente julio, es la época más cruel. Para miles de animales, las vacaciones de sus dueños se convierten en una sentencia de abandono. Detrás de cada cifra hay una vida, una historia y una espera que casi nunca tiene explicación.

Un animal no es un juguete ni un objeto de usar y tirar. Es un ser vivo que siente, sufre y ama sin condiciones. Ellos jamás nos abandonarían. Nosotros tampoco deberíamos hacerlo.

En memoria del perro de la historia y de otros miles de perros y gatos abandonados cada año en España y  como homenaje a las personas, voluntarios y protectoras, que luchan cada día para que historias como esta dejen de repetirse, he escrito esta columna y dedico esta solidaria canción:

"¿Qué tal si me adoptas?", es una canción lanzada en 2020 para promover la adopción animal, fue compuesta por la cantautora española Conchita. Esta emotiva canción solidaria, cuenta con la participación de diversos artistas y busca concienciar sobre el abandono de mascotas.

Buen verano a tod@s, incluidas vuestras mascotas.

Francisco Naranjo Llanos, Director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.