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18 de julio: Noventa años del Golpe de Estado franquista

 

Los nacionales: la oligarquía financiera, los grandes propietarios agrarios y una parte de la jerarquía eclesiástica y de sectores del Ejército...

El 18 de julio de 2026 se cumplen noventa años del golpe de Estado militar contra el Gobierno legítimo de la Segunda República Española, surgido democráticamente de las elecciones de febrero de 1936.

Aquel golpe, preparado durante meses por una parte del Ejército español, con el respaldo de los sectores más reaccionarios del país, desembocó en la Guerra Civil Española y, tras la derrota de la República en 1939, dio paso a la dictadura de Francisco Franco: cuarenta años de represión, persecución y ausencia de libertades que se prolongaron hasta la muerte del dictador, el 20 de noviembre de 1975, e incluso dejaron su sombra durante los años de la Transición.

La memoria es frágil, sobre todo cuando existen poderosos intereses empeñados, aun hoy, en blanquear aquella dictadura. Basta preguntar hoy a algunos jóvenes quién fue Franco para comprobar hasta qué punto el desconocimiento de nuestra historia resulta preocupante. Más de uno respondería con ironía involuntaria: ¿En qué equipo jugaba?

Por eso conviene volver a la hemeroteca y a los libros de historia. Y, sobre todo, llamar a las cosas por su nombre. Lo ocurrido en julio de 1936 fue un golpe de Estado. No un "alzamiento nacional", como durante décadas repitió la propaganda franquista y como todavía hoy aparece en algunos textos o discursos interesados. El lenguaje nunca es inocente, y las palabras también sirven para deformar la historia.

En estos días he releído un pequeño libro de Justo Vila Izquierdo, Extremadura: La guerra civil, publicado por Universitas Editorial en 1983. Es una obra rigurosa que explica con claridad cómo se fue gestando la conspiración militar tras la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936 y cómo se desarrollaron aquellos acontecimientos en Extremadura, comarca por comarca y pueblo por pueblo.

Las elecciones de febrero de 1936, las ganó democráticamente la izquierda con 269 diputados, frente a los 205 obtenidos por las fuerzas de centro y derecha. Conviene recordarlo porque, con demasiada frecuencia, algunos intentan sembrar dudas sobre la legitimidad de aquel resultado. También conviene recordar que la Falange de José Antonio Primo de Rivera apenas obtuvo unos cinco mil votos y no consiguió representación parlamentaria.

Los preparativos del golpe no comenzaron después de las elecciones. Ya existían contactos conspirativos antes de que los españoles acudieran a las urnas. Pero la victoria del Frente Popular aceleró definitivamente los planes de quienes nunca aceptaron que el poder pudiera cambiar de manos por decisión democrática.

No voy a detenerme en todos los detalles. Historiadores de la talla de Manuel Tuñón de Lara, Paul Preston, Hugh Thomas o Ángel Viñas, han documentado exhaustivamente aquellos hechos. Frente a ese trabajo historiográfico, la tesis difundida por determinados pseudohistoriadores según la cual la sublevación militar fue una respuesta inevitable al supuesto caos existente en España carece de fundamento. Es, sencillamente, un intento de justificar lo injustificable.

Lo que sí está sobradamente demostrado es que la decisión definitiva de levantarse en armas cristalizó tras la victoria electoral del Frente Popular. Resulta llamativo que todavía hoy determinados medios de comunicación, la conocida "caverna mediática", insistan en difundir una versión edulcorada del franquismo y de sus orígenes.

Las causas reales del golpe fueron la cerrada oposición de la oligarquía financiera, de los grandes propietarios agrarios, de una parte de la jerarquía eclesiástica y de sectores del Ejército a aceptar las reformas democráticas impulsadas por la República.

Incapaces de recuperar el poder mediante las urnas, optaron por las armas recurriendo a los generales “africanistas”, por cierto, trayendo “inmigrantes”, como fuerza de choque, para desencadenar el golpe de estado. Contaron además con el decisivo apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, sin cuya intervención la historia de España probablemente habría sido muy distinta.

El libro de Justo Vila Izquierdo: Extremadura: La guerra civil

El libro de Justo Vila profundiza en todo ello con especial atención a Extremadura. Es una obra que merece la pena releer precisamente ahora, cuando algunos pretenden reescribir el pasado para acomodarlo a sus intereses presentes.

En lo personal, poco sé con certeza de aquellos años. Mi familia eran jornaleros extremeños y, como tantos otros, apenas hablaban de la guerra. Mi padre me contaba algunas historias, siempre en voz baja. Durante la dictadura se aprendió que había cosas de las que era mejor no hablar. Y cuando se hablaba, se hacía con prudencia, suavizando incluso los recuerdos para evitar problemas.

Recuerdo especialmente una de aquellas conversaciones. Mi padre había hecho el servicio militar años antes cuando fue movilizado en 1936. Comenzó la guerra en el ejército republicano y, apenas unas semanas después, terminó combatiendo en el llamado ejército nacional.

Era un joven jornalero de Esparragalejo, un pequeño pueblo de Extremadura, sin apenas estudios. Junto a otros muchachos fue reclutado por las autoridades republicanas para defender el acceso al pueblo. Les entregaron unas escopetas, algunos víveres y les ordenaron cavar una trinchera a varios kilómetros de distancia por donde, supuestamente, podían llegar las tropas sublevadas.

Durante dos semanas permanecieron allí sin que apareciera nadie. Cuando ya casi no les quedaba comida, llegó mi abuelo y les preguntó qué hacían.

-Defendiendo el pueblo.

Mi abuelo respondió con toda naturalidad:

- ¿Qué pueblo ni qué pueblo? Volved para casa. Hace días que los fascistas ya lo han ocupado.

Regresaron, fueron detenidos durante unas semanas y finalmente les ofrecieron incorporarse al ejército franquista. Todos aceptaron. Mi padre pasó el resto de la guerra destinado en las cocinas de los frentes de Talavera y Navalcarnero.

Por eso siempre decía que había estado en los dos bandos. Como tantos españoles humildes, no eligió la guerra. Lo único que intentó fue sobrevivir. Nunca ocultó que simpatizaba más con la República que con la dictadura, pero también repetía que lo primero era seguir vivo y sacar adelante a la familia.

Esa experiencia me enseñó que las guerras las deciden unos pocos, pero las sufren sobre todo quienes jamás las quisieron.

Esta es mi modesta aportación al noventa aniversario de aquel 18 de julio. Un día funesto para la democracia española. Un día en el que las grandes fortunas, los terratenientes, el poder financiero, buena parte de la jerarquía eclesiástica y un sector del Ejército decidieron acabar por las armas con un régimen democrático porque no habían logrado derrotarlo en las urnas.

Aun contando con el apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, necesitaron tres años de guerra para imponerse a la República, dejando tras de sí cientos de miles de muertos, el exilio de toda una generación y una dictadura de casi cuarenta años. Todavía hoy miles de españoles continúan en fosas y cunetas esperando ser identificados y recibir la dignidad que les fue arrebatada.

Para terminar solo deseo que las generaciones más jóvenes conozcan lo que realmente ocurrió antes de formarse una opinión. Porque, como decía el poeta Marcos Ana, para poder "pasar página" primero hay que leerla. Y en España aún quedan muchas páginas por leer.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

NO AL OLVIDO, DEL GOLPE DE ESTADO FRANQUISTA DEL 36

 

El Golpe de Estado del 18 de Julio de 1936. Esta era la clase social de los sublevados.

El 18 de julio de 1936, hace ahora 89 años, se produjo un golpe de estado militar en España dirigido contra el gobierno legítimo de la Segunda República Española, surgido democráticamente de las elecciones de febrero de aquel año, golpe de estado que condujo a la Guerra Incivil Española y tres años después, derrotada la República, a la dictadura de Francisco Franco, la sangrienta dictadura franquista, que se mantuvo en el poder hasta la muerte del dictador, el 20 de noviembre de 1975, e incluso varios años después…

Como la memoria es frágil, sobre todo porque hay muchos intereses para blanquear esa cruel y sangrienta dictadura, es bueno tirar de hemeroteca. En la actualidad preguntas a un joven por quien fue Franco y te contesta: ¿En qué equipo jugo?

Yo por mi parte he estado repasando algunos libros de historia sobre este golpe de estado del 36 en España. Por cierto, a las cosas hay que llamarlas por su nombre: “golpe de estado”, Lo de “alzamiento” como decían y aun dicen algunos libros de texto es España, es una denominación benévola para tratar de blanquear lo que ocurrió en aquellas nefastas fechas y después, a lo largo de 40 años ininterrumpidos.

Entre otros textos, en este caso me he releído, un librito de Justo Vila Izquierdo titulado “Extremadura: La guerra civil”, una obra de Universitas Editorial, editada en 1983, en la que se relata con mucha claridad de cómo se gestó el golpe de estado a raíz de la formación del Frente Popular y su posterior triunfo electoral en las elecciones del 16 de febrero de 1936.

Elecciones que como todo el mundo sabe, o debería saber, gano democráticamente las izquierdas con 269 diputados, una mayoría suficiente para gobernar, ya que los partidos de centro y derecha alcanzaron solo 205 diputados. Por cierto, en esas elecciones el partido falangista de José Antonio Primo de Rivera obtuvo 5000 votos en Madrid, pero ni un solo diputado.

Terminar las elecciones y continuar con las reuniones conspirativas todo fue uno, pues ya antes de las elecciones había habido contactos en esa línea conspirativa. Las fuerzas reaccionarias trataron de dar un golpe de estado, incluso antes de formar gobierno los ganadores en las elecciones de febrero y así intentar burlar los resultados de las urnas.

No me voy a detener en los detalles, pero todo esto está documentado por prestigiosos historiadores de la talla de Manuel Tuñón de Lara, Paul Preston, Hugh Thomas, o Ángel Viñas, por ejemplo. Por tanto, la versión que algunos pseudohistoriadores pro franquistas han dado, de que la sublevación militar fue debido al caos y al desorden reinante en España, dulcificando al franquismo, no tiene ni pies ni cabeza.

Esta más que demostrado que la decisión exclusiva de intervenir militarmente se tomó a raíz de las elecciones de febrero de 1936. Lo recalco por los infames reportajes de algunos medios de comunicación de la llamada “Caverna Mediática” han tratado una y otra vez de intoxicar a la población española, incluso en la actualidad siguen insistiendo.

Las causas reales que ocasionaron el golpe del 18 de julio fueron la cerril intransigencia de la oligarquía financiera y los señoritos terratenientes, que rechazados del poder desde 1931 por los votos, con su afán de aniquilar la democracia y la republica recurrió a los generales “africanistas”, por cierto, trayendo “inmigrantes”, como fuerza de choque, para desencadenar el golpe de estado, golpe que después se convirtió en guerra incivil. Y la gota de agua que colmó el vaso de su “antidemocrática paciencia” fue el triunfo de las izquierdas en las elecciones de febrero del 36.

También el hecho que Italia y Alemania estuvieran gobernadas por dictaduras fascistas, empujaron y ayudaron a los reaccionarios españoles a levantarse en armas contra la Republica. En fin, que a pesar de la buena voluntad de la gran mayoría de las masas obreras españolas la situación no era buena para los que vivieron aquellos acontecimientos.

Por supuesto el libro de Justo Vila, que comentaba antes, profundiza con muchísima claridad en todo lo que cuento y mucho más y sobre todo se detiene en lo que ocurrió en Extremadura, comarca por comarca y pueblo por pueblo. Un libro que hoy por hoy, porque se está distorsionando todo por la “caverna mediática” al servicio de las derechas, es recomendable releer.

A niveles personales y referido a mi familia, jornaleros extremeños, poco se a ciencia cierta de aquellos años. Solo algunas anécdotas que con cuentagotas me contaba mi padre. En aquellos tiempos de la Dictadura Franquista se hablaba lo imprescindible. Y lo poco que se hablaba se dulcificaba.

Sobre el tema, recuerdo que mi padre me contó, -hablando bajito-que a él lo movilizaron en el 36, varios años después de ir a la mili y comenzó la guerra con los republicanos y termino con los nacionales en cuestión de días. (Mal llamados “nacionales”, pues realmente eran los traidores sublevados).

Hay que tener en cuenta que mi padre era un jornalero del campo extremeño, sin estudios y de un pueblo pequeño: Esparragalejo, (Badajoz). Fue reclutado por las fuerzas democráticas republicanas, con varios jóvenes del pueblo, les dieron unas escopetas y víveres, chorizo, jamón, queso, etc , y los mandaron a un camino de entrada al pueblo por donde podían venir los “nacionales”. A unos cinco kilómetros del pueblo cavaron una zanja y montaron la “defensa” del pueblo por ese camino.

Una escena cotidiana de un pueblo cualquiera de la guerra incivil

Pero por allí no venía nadie. Al cabo de dos semanas, ya prácticamente sin víveres, llego mi abuelo y les pregunto qué coño hacían allí. Pues defendiendo al pueblo contestaron. Anda ya, veniros para casa que ya ha tomado el pueblo el bando fascista. Después de una discusión, más por los pocos víveres que quedaban, que ideológica, volvieron y se entregaron a las fuerzas golpistas.

Después de un par de semanas encerrados en los calabozos, les propusieron entrar a formar parte del ejército nacional si se portaban bien. Aceptaron y mi padre los tres años que duro la guerra se lo pasó en las cocinas de los frentes de Talavera y Navalcarnero. Por eso digo que mi padre estuvo en los dos bandos. En él, como otros muchos, primó más el sobrevivir que la ideología. Reconocía que le gustaba más la republica que la dictadura, pero había que comer y vivir y eso era lo que había hecho a lo largo de su vida.

Esta es mi aportación al 89 aniversario de aquel nefasto18 de julio. Día funesto para la clase trabajadora, día que las grandes fortunas, los propietarios agrarios, el poder financiero, la iglesia y parte de los militares, se confabularon para acabar con la democracia y la república, a través de las armas, al no conseguirlo con el voto en las urnas. A pesar de tener todo a su favor les costó tres años y miles de muertos. Muchos de ellos aun en las cunetas de muchas carreteras de nuestra querida España.

No digo más, solo que desearía que los jóvenes de este país conocieran de verdad lo que paso entonces y 40 años continuados, en la Dictadura Franquista, en “nuestra querida España”, que decía la cantante Cecilia. Después que opinaran. Con ese deseo cumplido me conformaría, pues como decía muy bien el poeta Marcos Ana, para “pasar página”, primero hay que leerla. Pues eso.

FRANCISCO NARANJO LLANOS, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

 

 

 


EL ABUELO PEPE (MI PADRE) FUE FERROVIARIO

Mi padre, Jose Maria Naranjo, en los años 70 del siglo pasado, ejerciendo de Guardagujas en la estacion de Mérida (Extremadura).

El abuelo Pepe, es decir mi padre, nació un caluroso día del mes de julio de 1913 en un bonito, pequeño y blanco pueblo de Extremadura (Esparragalejo) y murió con 84 años, un frío día de diciembre de 1997 en Mérida, capital de la autonomía extremeña y en tiempo de los romanos, cuando aun se llamaba Emérita Augusta, capital de la antigua Lusitania.

El abuelo Pepe, nos contaba -cuando estábamos alrededor del calor de  la lumbre o en la mesa camilla calentados con el brasero de picón- que en su juventud fue labrador del campo extremeño, en concreto se enorgullecía de haber sido segador con jornada interminable, desde que salía hasta que se ponía el sol. Pero como se le daba  bien cocinar, aprovechaba de esa cualidad para escaquearse y hacer la comida para el conjunto de la cuadrilla de segadores. Prácticamente siempre hacia la misma comida: gazpacho y garbanzos cocidos, con su tocinito y su morcilla.

Pero de lo que más disfrutaba era contando historias de la mili y de su reincorporación a la guerra incivil. Recordad que por aquella época a la que me refiero,  años 50, no teníamos ni TV ni radio. Anécdotas y muchas intrahistorias, que darían para un libro... Así que sólo contare alguna de ellas.

Recuerdo cuando nos contó, y aunque estábamos solos en voz muy baja, que cuando comenzó la guerra en julio de 1936,  las autoridades republicanas de su pueblo pusieron en marcha varios frentes para impedir la entrada del ilegal ejercito franquista que había propiciado el golpe de estado contra un gobierno republicano elegido democráticamente en las urnas.

Conjuntamente con un grupo de jóvenes muy bien pertrechados de armas y víveres se fueron a unos kilómetros del pueblo a defenderse de los golpistas en unas zanjas que hicieron ellos mismos. Varias semanas después cuando ya escaseaban las viandas llego mi abuelo Diego para advertirles que no siguieran allí, que el pueblo hacia días que había sido tomado por las tropas insurrectas que habían entrado en el pueblo por otro lado. Así que volvieron al pueblo y se entregaron al ejército golpista. Los encerraron en una especie de cárcel y al mes los perdonaron si se hacían de los suyos. El cien por cien de los jóvenes lo hizo.  Y así fue como mi padre entro en guerra, primero con los republicanos y después en el ejército mal llamado “NACIONAL”.

En la guerra estuvo en el frente de Navalcarnero, (Madrid),  eso sí, de nuevo sus dotes de buen cocinero le hizo aquí también se escaqueara de coger armas, llevando una guerra especialmente tranquila. Años después, cuando ví la película de Berlanga, “La Vaquilla”, recordé mucho a mi padre.

Mi padre una vez finalizada la guerra volvió a su anterior trabajo, jornalero del campo extremeño. En 1941 ingreso en el ferrocarril, de auxiliar de obrero de vías y obras, con un salario de 7 pesetas diarias. Para hacernos una idea de lo que significada ese sueldo, comentaros que en esas fechas solo un litro de aceite de oliva valía cerca de 7 pesetas. Después de pasar por Mozo de Agujas en la estación de Proserpina termino su vida laboral de Guardagujas en Mérida.

En aquellos años cincuenta, recuerdo cosas tales como que durante muchos días, prácticamente la mitad de cada mes, con la comida de medio día: cocido de garbanzos, teníamos para el almuerzo, la cena y el desayuno. Es decir garbanzos en el almuerzo, sopas de garbanzos por la noche y el tocino para las tostadas del desayuno.

Con mi padre Jose Maria y con mi hermano Juan, en los años 50 del siglo pasado, en la estación de Proserpina.

Por mi parte recuerdo que he vivido muchas historias con mi padre y mi familia en general. Al igual que con sus anécdotas, a mi me pasa igual, tengo tantas que no se cuales contar. A ver si os gustan algunas de es

Como el sueldo era poco teníamos animales: cerdos, una cabra y media docena de gallinas. Con esos animales teníamos huevos, leche y la matanza del cerdo (sacrificábamos  uno y vendíamos el otro para comprar otros dos para el año siguiente).

Con la cabra teníamos leche todos los días. Mi padre la ordeñaba a primera hora de la mañana y sacaba cerca de un litro de leche. Pero de golpe la cabra empezó a dejar de dar leche un día si y otro también y mi padre empezaba a blasfemar de lo lindo, con la ”puta” cabra que no daba leche y ya estaba pensando en matarla para hacer chorizos o lo que sea con ella o venderla pues la cabra venga comer y poco producir.

Y entonces tuvimos que intervenir mi hermano Juan y yo para salvar a la cabra, pues realmente lo que pasaba era que nosotros por la noche, antes de acostarnos nos íbamos al corral de la cabra y directamente desde sus ubres a nuestra boca, la ordeñábamos bien ordeñada y bien que dormíamos hartos de leche calentita y claro por la mañana la pobre cabra no tenia leche. Nuestra confesión salvo a la cabra de una muerte segura. 

Como vivíamos en una estación pequeña, Proserpina, en pleno campo,  bastante alejada de cualquier pueblo, íbamos a la compra cada mes en tren a Mérida o en asno prestado a Esparragalejo.

Sobre el asno, recuerdo que al comienzo del año comprábamos un par de cerditos que a lo largo del  año los  cebábamos para la matanza. Vendíamos uno y el otro nos servia para tener embutidos hasta la siguiente temporada. Cuando íbamos a comprarlos mi padre y yo nos montábamos en el burro los dos pero a la vuelta metía mi padre a los dos cerditos en una parte de las alforjas o el serón que llevamos y a mí en la otra parte para hacer contrapeso y él andando tirando del animal. Era raro el año que yo y los cerditos no salíamos rodando o tenía que gritar cuando estaba a punto de caerme del serón. Las alforjas eran algo más seguras.

Años después, tenia yo entonces 12 años, nos vinimos a vivir a Mérida, con motivo de un ascenso de mi padre, de Mozo de agujas a Guardagujas y recuerdo también muchas anécdotas e historias.

Esta es una que no se me olvidara en la vida: trabajaba mi padre en el turno de mañana en la estación de RENFE. Salía a las dos de la tarde y por tanto debería de estar en casa, mas menos, sobre las dos y media o las tres como mucho. Pues bien eran las tres y media y aun no había llegado, así que ha requerimiento de mi madre nos fuimos mi hermano y yo en busca de mi padre para ver si le había pasado algo.

Hacia un calor de órdago e íbamos mirando por todos los lugares por donde acostumbraba pasar, pues casi siempre se venia andando. A la mitad del camino vimos lo que le había pasado. Su culo se encontraba incrustado en una especie de pozo de cemento del que era incapaz de salir. Entre mi hermano y yo lo sacamos de allí y nos fuimos para casa agarrados del brazo, pues ese día la estabilidad física de mi padre era bastante insegura.

El abuelo Pepe, es decir mi padre, era de los que se bebía una cerveza o un vino pero nada más. Aquel día se había pasado un rato. Esa situación  a ojos de un niño como yo, no habría cumplido los 13 años, me impacto. Seguramente algunas veces habría bebido dos copas o mas, pero nunca se lo note, pero que apenas se pudiera tener en pie fue muy fuerte para mi. Desde entonces cuando veo un borracho, ni me rió ni me enfado, solo me da una enorme lastima y mucha pena.

En fin, en estas fechas que va a cumplirse 102 años de su nacimiento y a 18 de su muerte, me gusta recordar a mi padre con esas ganas de aprender y de que sus hijos fueran algo en la vida, aunque para ello tuviera que trabajar de sol a sol y llevar la cesta de mimbre de ferroviario, casi vacía cuando iba al trabajo y casi siempre llena cuando volvía.

Gracias papa y mama, por lo que nos enseñasteis y los valores que nos transmitisteis. Abuelo Pepe para tus nueras, nietos, nietas  y tus biznietos. Se que estarás por ahí observándonos  y seguro orgulloso de tu familia. Un abrazo  y descansa en paz que siempre estarás con nosotros. Hasta siempre abuelo Pepe. Te queremos!!

Francisco Naranjo Llanos, director Fundacion Abogados de Atocha y sindicalista de CCOO.

P.D.- Este articulo tambien esta publicado en el diario digital Madridiario.es en el apartado de OPINION


LOS AÑOS DEL HAMBRE.( EN CASTUO: LA JAMBRE )

(…Yo te traigo la güena simiente,
la flor del granero:
trigo rubio, más rubio que el oro
que d'América trajo el agüelo;
trigo rubio que en pan convirtiera
la Jambre, si Amor no anduviera por medio…

...del poema LA SEMENTERA,
de Luis Chamizo)

Después de escribir hace un par de semanas  la entrada del blog  sobre la guerra civil en Extremadura, unos días después y por azares del destino,  por pura coincidencia, mi nieto me pregunto que quien reinaba en España cuando yo era pequeño. Lógicamente yo le conteste que en aquel tiempo, los años cincuenta,  no reinaba nadie en nuestro país, pues entonces éramos  “gobernados” por la dictadura franquista,  un régimen dictatorial militar. Y ya puestos le conté algunas  de las cosas que yo mismo viví, algunas anécdotas, eso sí dulcificándolas y aun así  mi nieto, con nueve años, le parecían increíbles.

Esto que cuento me da pie a reiterar lo necesario que es que todos conozcamos la historia, nuestra historia real y después que cada cual opine lo que considere oportuna. En fin, aquí voy a contar algunas de las cosas que le conté a mi nieto y otras que no se las conté porque considere que aun es pequeño para comprenderlas.

Como todo  el mundo sabe, o debería saber, después del sangriento y cruel golpe de estado y posterior guerra civil que finalizo con el triunfo del fascismo en 1939, los españoles  vivieron una de las épocas más trágicas desde  los años cuarenta hasta más allá de los cincuenta, en cuanto a pasar hambre, pues en cuanto a la represión fue mucho más allá, hasta prácticamente  la muerte del dictador en 1975, pues como se recordara Franco firmo las ultimas penas de muerte de cinco jóvenes por motivos políticos, jóvenes que fueron ejecutados  el 27 de septiembre de 1975..

Después de la guerra una recesión económica hizo estragos en un país dividido y maltrecho, donde, según las estadísticas  más fiables, de una población de 26 millones de habitantes cerca de  400.000 habían tomado el camino del exilio, casi otro tanto abarrotaban las cárceles del gobierno fascista y más de la mitad de la población restante pasaba hambre, por falta del principal componente familiar que pudiera trabajar, muerto en la contienda o preso.

 A mediados  de 1939 se implanta el racionamiento de la población y pronto se comprobó que los alimentos suministrados carecían del mínimo  necesario para la subsistencia ya que estaban compuestos de forma predominantes por garbanzos, patatas, boniatos, pastas para sopas, bacalao y muy de tarde en tarde por carne de membrillo, chocolate terroso incomestible y jabón.

 El déficit de hidratos de carbono y grasas, así como la carencia de vitaminas, calcio y hierro era evidente. El pan, que antes era el alimento base de las familias modestas, se convirtió en otro apreciado artículo de lujo ya que para aquellos que tenían una cartilla de racionamiento, era de unos  100 gramos. Tras este desastre alimenticio floreció un mercado negro de productos que por sus precios sólo estaban al alcance de privilegiados afectos al régimen fascista; el resto de la población se convirtió en devoradores de almortas, altramuces, salazones y castañas.

 Ricardo de la Cierva en su ‘Historia del Franquismo’, historiador afecto al régimen,  cuenta que  “sólo” hubo treinta mil muertos de hambre entre los años 1940 y 1946, claro está que él no tuvo en cuenta aquellos certificados de defunción que encubrían vergonzosamente como otras causas lo que era evidente, como  consta por referencias de facultativos de la época. Esto es síntesis lo que ocurrió en los llamado años del hambre en España.

Yo,  que como contaba en la anterior historia en el blog de ronteky, como era hijo de “vencedor” por las circunstancias descritas en esa historia, no pase esas calamidades y no recuerdo haber pasado hambre, Me explico:

Mi padre una vez finalizada la guerra volvió a su anterior trabajo, jornalero del campo extremeño, en un pequeño pueblo de Badajoz: Esparragalejo. En 1941 ingreso en el ferrocarril, de auxiliar de obrero de vías y obras, con un salario de 7 pesetas diarias. Para hacernos una idea de lo que significada ese sueldo, decir en esas fechas un litro de aceite de oliva valía también cerca de 7 pesetas y el salario mínimo era de 5,95 pts.
       Con mi padre y mi hermano en los años cincuenta

En cuanto a mis vivencias sobre los años cincuenta, recuerdo cosas como que durante muchos días, prácticamente la mitad de cada mes, con la comida de medio día: cocido de garbanzos, teníamos para el almuerzo, la cena y el desayuno. Es decir garbanzos en el almuerzo, sopas de garbanzos por la noche y el tocino para las tostadas del desayuno. Un día sí y otro también.

Otras cuestiones de las que recuerdo con nitidez  eran los muchos  resfriados que cogía todos los inviernos debido sobre todo a que hasta la edad de 10 o 12 años no tuve zapatos, siempre iba con alpargatas o con sandalias de goma con los dedos de los  pies al aire. Cuando me compraron los primeros zapatos fueron los famosos gorila, de segarra, los de la pelotita verde,  con un par de números más de mi pie, pues  tenían que durarme dos o tres años. Zapato-bota, que servian para invierno y para verano,  por cierto calzado que llevo puesto en la fotografia.

Para que os hagáis una idea general de la situación os contare que en un momento dado, cerca de los años sesenta, conseguimos tener una cabra que hacía posible que tuviéramos leche fresca casi todos los días. Pues bien mi padre decidió que tenía que vender la cabra pues esta daba cada vez menos leche.

Cuando ya estaba en trámites de venderla no quedo otro remedio que confesar que la culpa de que la cabra no diera leche no era de ella, sino de nosotros –mi hermano y yo- que por la noche antes de acostarnos íbamos a su cuadra y nos bebíamos la leche directamente desde sus ubres y claro era lógico que al día siguiente a primera hora la pobre cabra diese poquísima leche, pues como decía Bertol Brech: "entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre; entre los vencedores, el pueblo llano la pasó también".

Pero a pesar de todo esto que cuento, que quede claro que yo no pase hambre en la posguerra  al ser hijo de “vencedor”, algo de necesidades quizá, pero ni punto de comparación con lo que pudieron pasar los hijos de los  vencidos, especialmente en las fechas que se llamo “los años del hambre”.

RONTEKY