LEMA DE ESTE BLOG...

LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

Adiós al abogado Antonio Montesinos, uno de nuestros maestros

Antonio Montesinos (Fotografía de Teresa Rodríguez)

Hay personas cuya vida explica mejor que cualquier libro una parte de la historia de nuestro país. Antonio Montesinos Villegas era una de ellas. Falleció el pasado 24 de julio, apenas unos días antes de cumplir cien años. Su familia le dio el último adiós en la más estricta intimidad.

Hace solo unos días hablé con Paz, su hija, para interesarme por su salud y proponerle organizar algún acto de reconocimiento con motivo de su centenario, el próximo 31 de julio. Le pareció una buena idea y acordamos hacerlo después del verano. Nunca imaginé que aquella conversación sería la última antes de recibir la noticia de su fallecimiento.

Confieso que me quedé helado. Perdíamos a un amigo, a un compañero y a uno de los grandes referentes de la abogacía laboralista. En el grupo de Wasat, de amigos de la Fundación Abogados de Atocha, una vez conocida la triste noticia,  comenzaron a llegar los mensajes de dolor. Mari Cruz Elvira resumió el sentimiento de todos: "Se nos ha ido otro de nuestros maestros, una gran persona, ejemplo de lucha y coherencia”. Difícil decir más con menos palabras.

Antonio fue pionero de los despachos laboralistas en España. Junto a José Jiménez de Parga, María Luisa Suárez y Pepe Esteban, abrió en diciembre de 1965, en la calle de la Cruz número 16 de Madrid, el primer despacho dedicado específicamente al Derecho Laboral. Más tarde compartiría bufete con otros grandes nombres de la abogacía democrática, como Juan José del Águila, Manuela Carmena o Cristina Almeida.

Aquellos despachos fueron mucho más que oficinas de abogados. Eran refugios de trabajadores perseguidos, de sindicalistas, de vecinos y de ciudadanos sin voz. Allí se defendían despidos, conflictos laborales, procesos ante el Tribunal de Orden Público, problemas de vivienda o de barrio. En definitiva, se defendía a una sociedad que vivía bajo una dictadura. Aquellos bufetes se convirtieron en auténticos espacios de libertad.

Ese compromiso tuvo un precio muy alto. Muchos abogados sufrieron persecución, detenciones e incluso fueron asesinados, como ocurrió en el despacho de Atocha 55 el 24 de enero de 1977. Antonio pertenecía a aquella generación irrepetible de juristas que entendían el ejercicio de la profesión como un compromiso con la democracia y la justicia social.

Su vocación por la abogacía nació muy pronto. En 1943, con solo dieciséis años, acompañó a su padre al consejo de guerra en el que juzgaban a un tío suyo y a otros cuatro militantes comunistas. La Fiscalía pidió dos penas de muerte; el tribunal impuso cinco. Su tío fue fusilado en las tapias del Cementerio del Este el 16 de marzo de ese mismo año. Aquel día decidió hacerse abogado para defender a los trabajadores y a quienes sufrían la represión.

Durante más de siete décadas ejerció una profesión que nunca entendió como un negocio. Defendió a salineros, pescadores, campesinos, trabajadores de Pegaso, Iberia, Telefunken y de tantas otras empresas. Solía decir que aquellos trabajadores no eran sus clientes, sino sus camaradas y sus amigos. Esa frase resume toda una forma de entender la abogacía.

Desde la creación de la Fundación Abogados de Atocha, en 2005, formó parte de su Patronato. Quienes tuvimos la fortuna de compartir reuniones con él sabemos que bastaba escucharle unos minutos para recibir una auténtica lección de historia, de compromiso y de humanidad.

Entre los años 2014 y 2016 coincidimos en numerosos cursos de formación sindical organizados por iniciativa de Javier López Martin, secretario confederal de Formación de CCOO, bajo el título Del Proceso 1001 a los Abogados de Atocha. Antonio era de los más esperados. Los jóvenes delegados sindicales escuchaban sus relatos con auténtica admiración.

Nunca olvidaré una de sus respuestas cuando le preguntaron cómo habían nacido los despachos laboralistas. Contestó con su sencillez habitual: "Los obreros se habían organizado, sobre todo en Comisiones Obreras; los abogados teníamos que organizarnos." Después añadió otra reflexión que sigue plenamente vigente: "El capital siempre pretende obreros esclavos; para defendernos hacen falta unidad y solidaridad."

Hace unos años le pregunté cómo estaba de salud. Tendría ya noventa y seis años. Me dijo que bien, aunque se había golpeado una rodilla y los médicos insistían en que utilizara bastón. Yo le comenté que el golpe había sido precisamente por no llevarlo. Sonrió y respondió: "No llevo bastón porque el bastón es de viejos." Así era Antonio. Nunca permitió que la edad derrotara a su espíritu.

En 2014 un grupo de amigos y amigas, relacionados con la Fundación Abogados de Atocha, le dimos a Antonio un sentido y sencillo homenaje en su 88 cumpleaños.

Todos los finales de julio hablaba con él para felicitarle por su cumpleaños. Este año también pensaba hacerlo. Quería desearle que siguiera cumpliendo muchos más, porque siempre tuve la impresión de que no era un hombre viejo, sino un hombre con mucha juventud acumulada. No ha podido ser.

Antonio Montesinos nos deja a pocos días de cumplir cien años, pero también nos deja una herencia inmensa: la de quienes entendieron que defender a un trabajador era defender la dignidad de todos y que ejercer la abogacía podía ser una forma de luchar por la libertad y la democracia.

Estoy convencido de que se ha marchado mucho más joven de lo que decía su documento de identidad. Condolencias a la familia y amigos y descansa en paz, compañero Antonio. ¡Salud y República, camarada!

Francisco Naranjo Llanos, patrono y director de la Fundación Abogados de Atocha (2005-2024) y sindicalista de CCOO.

Del Mundial, me quedo con Nico Williams y Lamine Yamal


Nico Williams y Lamine Yamal en el mundial de futbol de 2026

    De la histórica victoria de España en el Mundial me quedo, ante todo, con la juventud y la diversidad de este extraordinario equipo. También con una frase que Luis de la Fuente ha repetido durante todo el campeonato y que trasciende al fútbol: Juntos somos más fuertes”. Una lección aplicable a muchos otros ámbitos de la vida. No es casual que CCOO y UGT hayan utlizado un slogan muy similar en la Huelga General del 14D (14 de diciembre de 1988): Juntos podemos”, copiado despues por otras organizaciones. 

    Pero vayamos al futbol: por encima de todo, en el Mundial, me quedo con Nico Williams y Lamine Yamal.

    El pasado 19 de julio de 2026, en el minuto 106 de la final del Mundial, Lamine Yamal abrió el juego hacia Pedro Porro. Este envió un balón en profundidad que Nico Williams prolongó de cabeza hacia el corazón del área. Allí apareció Ferran Torres para marcar el gol más importante del fútbol español en las últimas décadas y convertir a España en campeona del mundo.

    Sin embargo, la verdadera historia de este Mundial había comenzado mucho antes. Muchísimo antes. Y las vidas de Nico y Lamine lo explican mejor que cualquier discurso.

    En 1994, Félix Williams y María Arthuer, padres de Iñaki y Nico, abandonaron Ghana sin saber adónde los conduciría el camino. Atravesaron el desierto entre el hambre, la sed y la muerte. Llegaron a Melilla, saltaron la valla, fueron detenidos y, gracias a la intervención de un abogado de Cáritas, pudieron quedarse en España.

    En 2002 nació Nico, en Pamplona. Su padre pasó casi una década trabajando como vigilante y limpiador de obras en Londres para enviar dinero a la familia. Su madre encadenó empleos precarios. Vivieron separados durante años hasta que, de algún modo, el fútbol volvió a reunirlos.

    Cuando el árbitro señaló el final de la final, Nico buscó a sus padres en la grada. Seguramente recordó todo lo que habían sufrido para ofrecerles un futuro mejor a sus hijos. Tras recibir la medalla de campeón del mundo, cruzó el campo, saltó la valla y se la colocó a su madre diciéndole una frase que lo resume todo:

    Toma, mamá. Es para ti. Te la mereces más que yo”.

    La historia de Lamine Yamal no es menos emocionante.

    Nacido en Esplugues de Llobregat (Barcelona), en 2007, detrás de su meteórico ascenso como una de las grandes figuras del fútbol mundial hay también una historia de humildad, migración y raíces obreras.

    Su padre, Mounir, emigró desde Marruecos, y su madre, Sheila, desde Guinea Ecuatorial. Ambos llegaron muy jóvenes a Cataluña y trabajaron en oficios modestos: él como pintor de edificios y ella como camarera en el sector de la hostelería.

    Lamine creció entre Granollers y el barrio de Rocafonda, en Mataró. Allí, jugando en pistas de cemento con chicos mayores que él, forjó el carácter, la velocidad y el descaro que hoy maravillan al mundo. Por eso sigue celebrando sus goles formando con los dedos el número 304, el código postal de Rocafonda, como homenaje al barrio que lo vio crecer y al esfuerzo de sus padres.

    Existe además una hermosa historia detrás de su nombre. "Lamine Yamal" no son nombre y apellido, sino un nombre compuesto. Sus padres decidieron llamarlo así en agradecimiento a dos vecinos que, cuando atravesaban una situación de extrema pobreza, los acogieron en su casa y les ayudaron a pagar el alquiler.

    También me emocionó verlo, nada más terminar la final, correr hacia su madre —su padre no pudo asistir por enfermedad— y volver a jugar sobre el césped con su hermano pequeño, Keyne, como si aún fuera aquel niño de Rocafonda que soñaba con llegar algún día a vestir la camiseta de la selección.

    Maria y Sehila, madres de Nico y Lamil, con las medallas de oro de sus hijos 

    Hay muchos más motivos para recordar este Mundial, pero si tuviera que elegir dos imágenes me quedaría con estas: la medalla de Nico sobre el pecho de su madre y el abrazo de Lamine a la suya. Porque, más allá de los goles y de la copa, ambas escenas nos recuerdan que detrás de los grandes campeones casi siempre hay familias que un día lo arriesgaron todo para que sus hijos pudieran tener un futuro mejor.

    Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

YO FUI UN «ENANO INFILTRADO»


Portada revista Doblón, Julio 1975

Aniversario de las últimas elecciones sindicales del franquismo

Hace un año, por estas fechas, escribí una columna titulada «Ha ganao el equipo colorao», con motivo del cincuentenario de las últimas elecciones sindicales del Sindicato Vertical. En ella recordaba la histórica portada que el semanario Doblón dedicó, en julio de 1975, al triunfo de las candidaturas democráticas impulsadas por Comisiones Obreras.

Días después, José Antonio Martínez Soler, director entonces de Doblón, resalto aquel artículo en 20 Minutos y escribió unas palabras que me emocionaron profundamente:

«Francisco Naranjo, un "enano infiltrado" de CC.OO. de RENFE en el sindicato franquista, me ha recordado la portada que hicimos para celebrar la infiltración heroica de los sindicalistas clandestinos en el corazón del franquismo. Entre todos tumbamos la dictadura desde dentro. No fue una concesión desde arriba, sino una conquista desde abajo.»

Un año después quiero volver sobre aquellos hechos. No desde la nostalgia, sino porque conviene recordar cómo miles de trabajadores contribuyeron a debilitar la dictadura desde sus propias estructuras.

En junio-julio de 1975 se celebraron las últimas elecciones sindicales del franquismo. En RENFE, como en otros muchos sectores, las candidaturas unitarias democráticas obtuvieron un respaldo masivo. Aquel fue el comienzo de una transformación que ya nadie pudo detener.

Este mes se cumplen 51 años de aquellas elecciones y también de mi primera candidatura sindical. Trabajaba como Factor de Circulación en Madrid-Peñuelas cuando varios compañeros, especialmente Santiago Rueda —fallecido el pasado año—, me convencieron para presentarme. Ganamos los diez puestos de enlace sindical del centro de trabajo. Sin saberlo, iniciaba una trayectoria de más de medio siglo de compromiso con CCOO.

Fue entonces cuando me convertí en uno de aquellos «enanos infiltrados». La expresión, utilizada despectivamente por los sectores más reaccionarios del franquismo, fue convertida por Doblón en un símbolo de orgullo. Su inolvidable portada mostraba a tres enanitos de Blancanieves pintando de rojo la sede del Sindicato Vertical bajo un titular que ya forma parte de la memoria democrática: «Ha ganao el equipo colorao».

Aquella revista dedicó un amplio reportaje a los resultados de las elecciones, demostrando que el movimiento obrero había apostado claramente por la democracia cuando la dictadura daba ya sus últimos coletazos. Hoy resulta impensable que un medio de comunicación abra su portada con unas elecciones sindicales. Por eso merece un reconocimiento el valor de José Antonio Martínez Soler, que asumió los riesgos de publicar aquella información y otras de suma importancia, en plena dictadura.

No fueron decisiones sin consecuencias. En marzo de 1976 fue secuestrado y torturado por grupos fascistas vinculados al régimen. Su compromiso con la libertad merece ser recordado.

Las elecciones de 1975 enfrentaron dos modelos sindicales: el continuista, representado por el sindicalismo oficial, y el democrático, impulsado por las organizaciones clandestinas, especialmente la de CCOO. La participación fue muy elevada y el resultado confirmó que el franquismo también estaba perdiendo la batalla en los centros de trabajo.

Pocos meses después, en enero de 1976, el Gobierno de Arias Navarro militarizó RENFE y otros servicios públicos para frenar la movilización obrera. El efecto fue justamente el contrario. La respuesta de los ferroviarios fue aún más firme. El 16 de enero cerca de cinco mil trabajadores celebramos en la estación de Chamartín la histórica Gran Asamblea Democrática de Ferroviarios de Madrid, uno de los hitos más importantes del movimiento sindical en el ferrocarril.

Ese mismo año, todavía en la clandestinidad, constituimos el Pleno de Representantes Ferroviarios, órgano unitario que permitió negociar el primer convenio colectivo de RENFE.

Con la llegada de la democracia continué siendo elegido representante sindical por CCOO. Fui secretario del Comité Intercentros de RENFE y responsable de Comunicación del sindicato en el sector ferroviario, antes de incorporarme a CCOO de Madrid. Pero esa ya es otra historia.

Han pasado más de cincuenta y un años y sigo sintiéndome orgulloso de haber sido uno de aquellos «enanos infiltrados» para ayudar a Comisiones Obreras.  Porque no nos infiltrábamos para conseguir privilegios, sino democracia; no buscábamos poder, sino derechos.

Aquella lucha silenciosa de miles de trabajadores y trabajadoras (Nico Sartorius los denomina: Los Costaleros de la Democracia), ayudó a abrir el camino de las libertades y los derechos que hoy disfrutamos y que nunca deberíamos dar por garantizados.

El pasado es la linterna del futuro. Editorial Utopía libros 

Esta historia y varias más la recojo en mi libro El pasado es la linterna del futuro, obra en homenaje a las mujeres y hombres que, desde el ferrocarril, durante 60 años (1964-2024), contribuyeron decisivamente a construir un sindicalismo democrático y un país más libre. Personas que, con su compromiso, han dejado una huella imborrable en la historia del sindicalismo de clase en el ferrocarril.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

18 de julio: Noventa años del Golpe de Estado franquista

 

Los nacionales: la oligarquía financiera, los grandes propietarios agrarios y una parte de la jerarquía eclesiástica y de sectores del Ejército...

El 18 de julio de 2026 se cumplen noventa años del golpe de Estado militar contra el Gobierno legítimo de la Segunda República Española, surgido democráticamente de las elecciones de febrero de 1936.

Aquel golpe, preparado durante meses por una parte del Ejército español, con el respaldo de los sectores más reaccionarios del país, desembocó en la Guerra Civil Española y, tras la derrota de la República en 1939, dio paso a la dictadura de Francisco Franco: cuarenta años de represión, persecución y ausencia de libertades que se prolongaron hasta la muerte del dictador, el 20 de noviembre de 1975, e incluso dejaron su sombra durante los años de la Transición.

La memoria es frágil, sobre todo cuando existen poderosos intereses empeñados, aun hoy, en blanquear aquella dictadura. Basta preguntar hoy a algunos jóvenes quién fue Franco para comprobar hasta qué punto el desconocimiento de nuestra historia resulta preocupante. Más de uno respondería con ironía involuntaria: ¿En qué equipo jugaba?

Por eso conviene volver a la hemeroteca y a los libros de historia. Y, sobre todo, llamar a las cosas por su nombre. Lo ocurrido en julio de 1936 fue un golpe de Estado. No un "alzamiento nacional", como durante décadas repitió la propaganda franquista y como todavía hoy aparece en algunos textos o discursos interesados. El lenguaje nunca es inocente, y las palabras también sirven para deformar la historia.

En estos días he releído un pequeño libro de Justo Vila Izquierdo, Extremadura: La guerra civil, publicado por Universitas Editorial en 1983. Es una obra rigurosa que explica con claridad cómo se fue gestando la conspiración militar tras la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936 y cómo se desarrollaron aquellos acontecimientos en Extremadura, comarca por comarca y pueblo por pueblo.

Las elecciones de febrero de 1936, las ganó democráticamente la izquierda con 269 diputados, frente a los 205 obtenidos por las fuerzas de centro y derecha. Conviene recordarlo porque, con demasiada frecuencia, algunos intentan sembrar dudas sobre la legitimidad de aquel resultado. También conviene recordar que la Falange de José Antonio Primo de Rivera apenas obtuvo unos cinco mil votos y no consiguió representación parlamentaria.

Los preparativos del golpe no comenzaron después de las elecciones. Ya existían contactos conspirativos antes de que los españoles acudieran a las urnas. Pero la victoria del Frente Popular aceleró definitivamente los planes de quienes nunca aceptaron que el poder pudiera cambiar de manos por decisión democrática.

No voy a detenerme en todos los detalles. Historiadores de la talla de Manuel Tuñón de Lara, Paul Preston, Hugh Thomas o Ángel Viñas, han documentado exhaustivamente aquellos hechos. Frente a ese trabajo historiográfico, la tesis difundida por determinados pseudohistoriadores según la cual la sublevación militar fue una respuesta inevitable al supuesto caos existente en España carece de fundamento. Es, sencillamente, un intento de justificar lo injustificable.

Lo que sí está sobradamente demostrado es que la decisión definitiva de levantarse en armas cristalizó tras la victoria electoral del Frente Popular. Resulta llamativo que todavía hoy determinados medios de comunicación, la conocida "caverna mediática", insistan en difundir una versión edulcorada del franquismo y de sus orígenes.

Las causas reales del golpe fueron la cerrada oposición de la oligarquía financiera, de los grandes propietarios agrarios, de una parte de la jerarquía eclesiástica y de sectores del Ejército a aceptar las reformas democráticas impulsadas por la República.

Incapaces de recuperar el poder mediante las urnas, optaron por las armas recurriendo a los generales “africanistas”, por cierto, trayendo “inmigrantes”, como fuerza de choque, para desencadenar el golpe de estado. Contaron además con el decisivo apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, sin cuya intervención la historia de España probablemente habría sido muy distinta.

El libro de Justo Vila Izquierdo: Extremadura: La guerra civil

El libro de Justo Vila profundiza en todo ello con especial atención a Extremadura. Es una obra que merece la pena releer precisamente ahora, cuando algunos pretenden reescribir el pasado para acomodarlo a sus intereses presentes.

En lo personal, poco sé con certeza de aquellos años. Mi familia eran jornaleros extremeños y, como tantos otros, apenas hablaban de la guerra. Mi padre me contaba algunas historias, siempre en voz baja. Durante la dictadura se aprendió que había cosas de las que era mejor no hablar. Y cuando se hablaba, se hacía con prudencia, suavizando incluso los recuerdos para evitar problemas.

Recuerdo especialmente una de aquellas conversaciones. Mi padre había hecho el servicio militar años antes cuando fue movilizado en 1936. Comenzó la guerra en el ejército republicano y, apenas unas semanas después, terminó combatiendo en el llamado ejército nacional.

Era un joven jornalero de Esparragalejo, un pequeño pueblo de Extremadura, sin apenas estudios. Junto a otros muchachos fue reclutado por las autoridades republicanas para defender el acceso al pueblo. Les entregaron unas escopetas, algunos víveres y les ordenaron cavar una trinchera a varios kilómetros de distancia por donde, supuestamente, podían llegar las tropas sublevadas.

Durante dos semanas permanecieron allí sin que apareciera nadie. Cuando ya casi no les quedaba comida, llegó mi abuelo y les preguntó qué hacían.

-Defendiendo el pueblo.

Mi abuelo respondió con toda naturalidad:

- ¿Qué pueblo ni qué pueblo? Volved para casa. Hace días que los fascistas ya lo han ocupado.

Regresaron, fueron detenidos durante unas semanas y finalmente les ofrecieron incorporarse al ejército franquista. Todos aceptaron. Mi padre pasó el resto de la guerra destinado en las cocinas de los frentes de Talavera y Navalcarnero.

Por eso siempre decía que había estado en los dos bandos. Como tantos españoles humildes, no eligió la guerra. Lo único que intentó fue sobrevivir. Nunca ocultó que simpatizaba más con la República que con la dictadura, pero también repetía que lo primero era seguir vivo y sacar adelante a la familia.

Esa experiencia me enseñó que las guerras las deciden unos pocos, pero las sufren sobre todo quienes jamás las quisieron.

Esta es mi modesta aportación al noventa aniversario de aquel 18 de julio. Un día funesto para la democracia española. Un día en el que las grandes fortunas, los terratenientes, el poder financiero, buena parte de la jerarquía eclesiástica y un sector del Ejército decidieron acabar por las armas con un régimen democrático porque no habían logrado derrotarlo en las urnas.

Aun contando con el apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, necesitaron tres años de guerra para imponerse a la República, dejando tras de sí cientos de miles de muertos, el exilio de toda una generación y una dictadura de casi cuarenta años. Todavía hoy miles de españoles continúan en fosas y cunetas esperando ser identificados y recibir la dignidad que les fue arrebatada.

Para terminar solo deseo que las generaciones más jóvenes conozcan lo que realmente ocurrió antes de formarse una opinión. Porque, como decía el poeta Marcos Ana, para poder "pasar página" primero hay que leerla. Y en España aún quedan muchas páginas por leer.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

¿Qué coño hacemos con los libros...?

 

Libros que se adquirían en los años 90 conjuntamente con el periódico El Sol.

Ayer volvió a ocurrirme. Al lado de un contenedor de basura encontré una caja llena de libros. Los mismos que veis en esta primera fotografía. En esta ocasión pertenecían a una colección que, allá por los años noventa, se distribuía junto al diario El Sol, por un precio asequible,

Y no es la primera vez. Hace aproximadamente un año encontré, en circunstancias idénticas, varios tomos de la colección completa del diccionario Sopena. Unos meses antes fueron novelas. En otra ocasión, enciclopedias. Y así, una y otra vez.

Cada vez que descubro una escena así me hago la misma pregunta: ¿qué coño hacemos con los libros?

Sí, ya sé que hoy casi todo puede leerse en una pantalla. Que Internet pone a nuestro alcance millones de títulos y que un lector electrónico puede almacenar una biblioteca entera. Todo eso es cierto. Pero donde estén el olor del papel, la textura de una cubierta gastada, el sonido de una página al pasar y ese extraño placer de sostener un libro entre las manos, que se quite cualquier dispositivo electrónico.

Porque un libro no es solo el texto que contiene. También es un objeto con memoria. Al abrir uno antiguo siempre imagino las manos que lo sostuvieron antes, los lugares donde fue leído, las anotaciones en los márgenes, una dedicatoria olvidada o una flor seca utilizada como marcapáginas. Cada libro tiene una pequeña biografía que también desaparece cuando acaba junto a un contenedor.

Luego está otro problema, quizá menos romántico pero muy real: los libros que sobran cuando uno cambia una casa grande por otra más pequeña o cuando una familia tiene que vaciar la vivienda de unos padres o unos abuelos que ya no están.

A mí me ocurrió hace unos años. Tenía alrededor de mil libros. Después de mucho pensarlo hice una selección y me llevé unos quinientos. Los otros quinientos intenté donarlos a alguna institución. Pensé que sería fácil. Me equivoqué. Fue prácticamente imposible. Las bibliotecas no los quieren porque ya tienen más ejemplares de los que pueden albergar; muchas asociaciones tampoco disponen de espacio y las administraciones carecen de programas eficaces para darles una segunda vida. Al final encontré personas particulares que los acogieron con entusiasmo. Al menos tuvieron un nuevo hogar.

Quizá ahí esté parte del problema. Hemos creado una sociedad en la que casi todo tiene fecha de caducidad. Compramos, usamos y tiramos. Y, aunque nos cueste reconocerlo, los libros también han terminado entrando en esa lógica del consumo rápido.

Hace unos días comenté esta tristeza con uno de mis nietos adolescentes. Escuchó mi reflexión y, con la naturalidad de quien pertenece a otra generación, me respondió que simplemente estoy chocando con una realidad tan evidente como dolorosa: hoy muchos jóvenes dedican bastante más tiempo a consumir vídeos de veinte segundos en el móvil que a leer un libro.

Seguramente tenga parte de razón. Sería injusto decir que los jóvenes no leen, porque muchos sí lo hacen, pero es evidente que los hábitos culturales han cambiado profundamente. La inmediatez ha ido ganando terreno a la paciencia que exige la lectura, y el algoritmo parece imponerse, demasiadas veces, al placer de descubrir una buena historia.

No pretendo idealizar el pasado. También entonces había quien no abría un libro en toda su vida. Pero me resisto a aceptar con indiferencia que cientos o miles de ejemplares acaben abandonados junto a un contenedor como si fueran simples restos de una mudanza.

La verdad es que cada vez que me encuentro con una escena como la de ayer siento una enorme tristeza. Porque no son solo libros: son horas de trabajo de quienes los escribieron, de quienes los editaron, de quienes los imprimieron y, sobre todo, son pequeñas porciones de conocimiento, de imaginación y de memoria colectiva que se van quedando por el camino.

En fin, ahí os dejo esta reflexión y las fotografías que dan testimonio del hallazgo de ayer. Ojalá sirvan para que, antes de abandonar unos libros junto a un contenedor, alguien piense que quizá todavía haya otra persona dispuesta a abrirlos y darles una segunda vida.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

50 años de la Asamblea que hizo posible el sindicato de CCOO

11 de julio de 1976: Asamblea de CCOO en Barcelona. Cipriano García modera la reunión.

El pasado jueves, 9 de julio, Comisiones Obreras conmemoró el cincuentenario de la histórica Asamblea de Barcelona, celebrada el 11 de julio de 1976. No fue una reunión más. Aquel encuentro marcó un antes y un después en la historia del sindicalismo español: simbolizó el paso de CCOO de la clandestinidad a su decisión de constituirse como sindicato, apenas unos meses después.

La Asamblea tuvo que celebrarse de forma semiclandestina en la iglesia de Sant Medir, en el barrio barcelonés de Sants, después de que el Gobierno prohibiera la Asamblea General prevista en Madrid. Más de seiscientos delegados y delegadas de toda España consiguieron reunirse sorteando la vigilancia policial y el riesgo permanente de detención. Bajo la presidencia de Cipriano García intervinieron muchos participantes, entre otros, Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius y Juan Muñiz Zapico.

Aquella jornada supuso un auténtico punto de inflexión. Comisiones Obreras dejaba de ser únicamente un movimiento de resistencia obrera para debatir el convertirse en una organización sindical estable, democrática y unitaria. De las resoluciones aprobadas en Barcelona nacieron decisiones importantes: la emisión del primer carné de afiliación, la constitución meses después de la Confederación Sindical de CCOO y el diseño de una estructura organizativa que culminaría con la celebración de su primer Congreso Confederal.

Sin embargo, la Asamblea de Barcelona solo puede entenderse si miramos el camino recorrido hasta llegar a ella. Comisiones Obreras había nacido en los años cincuenta, en plena dictadura franquista, como un movimiento espontáneo de trabajadores y trabajadoras que se organizaban para defender salarios, derechos y libertades. Durante los años sesenta se extendió por toda España hasta convertirse en la principal organización del movimiento obrero, pese a la represión, los estados de excepción, las detenciones y procesos como el 1001, con el que la dictadura pretendió, sin conseguirlo, descabezar a sus principales dirigentes.

La muerte del dictador Francisco Franco en 1975 abrió una nueva etapa, pero la democracia no llegó por generación espontánea. Fue conquistada gracias a la movilización y al sacrificio de miles de hombres y mujeres que se enfrentaron a la cárcel, la persecución, los despidos y la violencia para conquistar las libertades sindicales y los derechos democráticos. Entre ellos destacaron, de forma muy especial, los militantes de Comisiones Obreras.


La Asamblea de Barcelona fue una de las grandes victorias de ese proceso. Demostró que CCOO era ya una realidad imposible de detener y aceleró el camino hacia la legalización de los sindicatos, que llegaría el 27 de abril de 1977. Poco después se celebrarían las primeras elecciones sindicales democráticas, en las que Comisiones Obreras obtuvo la confianza mayoritaria de los trabajadores.

Cincuenta años después, recordar aquella Asamblea no es un simple ejercicio de memoria. Es un acto de justicia con quienes hicieron posible, con valentía y enormes sacrificios personales, que hoy disfrutemos de derechos laborales, libertades sindicales y democracia.

Pero la memoria solo tiene sentido cuando ilumina el presente. Vivimos tiempos en los que resurgen discursos que cuestionan el papel de los sindicatos, relativizan el valor de la negociación colectiva o presentan los derechos laborales como obstáculos para el progreso económico. Al mismo tiempo, crecen las desigualdades, la precariedad adopta nuevas formas y la desinformación alimenta la desafección hacia las instituciones democráticas.

Frente a esos desafíos, conviene recordar que ninguno de los derechos de los que hoy disfrutamos fue un regalo. Todos fueron conquistados gracias a la organización, la solidaridad y la lucha colectiva.

Por eso, la Asamblea de Barcelona sigue interpelándonos medio siglo después. Nos recuerda que la democracia no se limita a depositar una papeleta en una urna cada cierto tiempo. También se construye en los centros de trabajo, en la negociación colectiva, en el diálogo social y en la capacidad de la ciudadanía para organizarse y defender sus derechos.

Una democracia sin sindicatos fuertes es una democracia más débil; un mundo del trabajo sin representación colectiva deja al trabajador mucho más expuesto frente al poder económico.

Ningún derecho conquistado es irreversible. La historia demuestra que las libertades pueden retroceder cuando se olvidan las razones por las que fueron conquistadas. Cada generación tiene la responsabilidad de preservar ese legado y ampliarlo para quienes vendrán después.

Celebrar el cincuentenario de la Asamblea de Barcelona es celebrar la historia de Comisiones Obreras, pero también reivindicar una parte esencial de la historia democrática de España. Porque en Sant Medir no solo nació la posibilidad de un sindicato moderno. Allí se fortaleció la esperanza de un país que empezaba a dejar atrás la dictadura para construir un futuro de libertad, justicia social y democracia.

Con motivo de esta efeméride, Comisiones Obreras ha organizado diversos actos para recuperar el llamado "espíritu de Sant Medir". El principal se celebró en el Centro Cívico Cotxeres de Sants, muy próximo al lugar donde tuvo lugar la Asamblea de 1976, con el objetivo de recordar medio siglo de conquistas sociales, laborales y democráticas.

El acto celebrado el pasado 9 de julio puede verse íntegramente a través del enlace:50 Aniversario de la Asamblea de Barcelona” Es un testimonio de gran valor histórico y humano que merece contemplarse con calma. No solo porque recuerda un episodio decisivo de nuestra historia reciente, sino porque ayuda a comprender que las libertades de las que hoy disfrutamos tienen nombres, rostros y biografías de hombres y mujeres que decidieron no resignarse.

Hoy, cincuenta años después, aquella esperanza sigue siendo una tarea inacabada. El mejor homenaje a quienes se reunieron en Sant Medir, desafiando la prohibición y el miedo, no consiste únicamente en recordarlos. Consiste en mantener viva su convicción de que una sociedad más libre, más igualitaria y más justa nunca se conquista de una vez para siempre: hay que defenderla cada día.

Porque la historia no la cambian solo los grandes dirigentes. La cambian, sobre todo, miles de hombres y mujeres anónimos que, cuando llega el momento decisivo, son capaces de vencer el miedo para conquistar la libertad de todos.



Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

Marisa Castro: una vida al servicio de la igualdad

 

Marisa Castro, dando una de sus muchas clases magistrales

Hay personas que llegan a tu vida casi sin darte cuenta. No irrumpen haciendo ruido ni buscando protagonismo. Simplemente aparecen, una y otra vez, en todos aquellos lugares donde se defienden las causas justas. Y cuando echas la vista atrás descubres que siempre estuvieron allí. Una de ellas es Marisa Castro Fonseca.

La conocí hace ya muchos años -años 80 del siglo pasado- en aquellos encuentros políticos interminables que, para quienes empezábamos a caminar, eran también una escuela de aprendizaje. Ella ya era una dirigente respetada; yo apenas un aprendiz que comenzaba a salir del estrecho ámbito ferroviario para descubrir la inmensidad de la militancia política. Ambos compartíamos las siglas del PCE y la ilusión por construir una España más libre y más justa. Creo recordar que todavía no era concejala del Ayuntamiento de Madrid, pero ya se intuía en ella esa mezcla de firmeza, inteligencia y cercanía que siempre la ha acompañado.

Con el paso de los años nuestros caminos volvieron a cruzarse una y otra vez. Coincidimos en el sindicalismo, en los actos de la Fundación Abogados de Atocha, en presentaciones de libros, en manifestaciones, homenajes y movilizaciones obreras. Porque Marisa pertenece a esa estirpe de personas que nunca entienden el compromiso como una etapa de su vida, sino como una manera de vivir. Allí donde hubiera una causa noble, una reivindicación justa o un acto de memoria democrática, era fácil encontrarla.

En los últimos tiempos compartimos también las tertulias que periódicamente se celebran en la cafetería de la Fundación Abogados de Atocha, las entrañables reuniones que llevan el nombre de Macario Barjas, en recuerdo de aquel inolvidable dirigente de Comisiones Obreras de la Construcción. Son encuentros donde se habla de política, de historia, de sindicalismo y, sobre todo, de la vida. Y allí sigue estando Marisa, escuchando, opinando, aprendiendo y enseñando, como ha hecho siempre.

Guardo, además, un recuerdo muy especial de ella. Fue en Fuenlabrada, durante la presentación de mi libro El pasado es la linterna del futuro. Su intervención fue brillante, pero, por encima de todo, profundamente afectuosa. Habló del libro con la generosidad de quien sabe reconocer el trabajo ajeno sin escatimar elogios, pero también con la sinceridad de quien solo dice aquello que siente. Son esos gestos los que uno nunca olvida.

Con los pensionistas de CCOO de Fuenlabrada, presentando mi libro El pasado es la linterna del futuro. A mi lado Marisa Castro.

No sé explicar muy bien por qué, pero a lo largo de todos estos años siempre nos hemos tratado con un respeto mutuo que el tiempo fue transformando en un cariño sereno. De esos afectos que no necesitan cultivarse con frecuencia porque permanecen intactos, aunque pasen los meses o incluso los años sin verse.

Pero ¿quién es realmente Marisa Castro?

Hay personas cuya biografía puede resumirse enumerando los cargos que ocuparon. Y hay otras cuya verdadera historia solo puede contarse hablando de coherencia. Marisa pertenece a estas últimas.

Nació el 18 de agosto de 1946 en Mansilla del Páramo, un pequeño pueblo leonés que la vio dar sus primeros pasos. Pertenece a esa generación de mujeres que decidió enfrentarse a la dictadura cuando hacerlo significaba jugarse la libertad, el trabajo y, en demasiadas ocasiones, el futuro. Comenzó su militancia en la clandestinidad universitaria, vinculada al Partido Comunista de España, convencida de que la democracia no llegaría sola, sino gracias al esfuerzo de miles de personas anónimas.

Muy pronto encontró también su lugar en el Movimiento Democrático de Mujeres, una organización clandestina nacida para apoyar a los presos políticos y a sus familias, pero también para sembrar las primeras semillas del feminismo en la España franquista. En Asturias compartió lucha con tantas mujeres cuyo nombre nunca aparecerá en los libros de historia y colaboró en la edición del boletín Mundo Femenino, cuando defender la igualdad seguía siendo un acto de valentía.

Su compromiso nunca fue una moda ni una consigna. Fue una forma de entender la vida.

Cuando llegó a las instituciones —primero como concejala del Ayuntamiento de Madrid y después como diputada en el Congreso— no dejó sus principios en la puerta. Los llevó consigo. Desde las comisiones de Derechos de la Mujer y de Sanidad y Consumo defendió las mismas ideas por las que había luchado durante tantos años en la calle. Nunca olvidó quién era ni de dónde venía.

Fue una de las voces más firmes en defensa del derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo. Reivindicó la libertad sexual cuando hacerlo todavía despertaba demasiados prejuicios y tendió la mano al colectivo LGTBI cuando muy pocos se atrevían a caminar a su lado. Lo hizo sin estridencias, pero con una convicción que nunca necesitó levantar la voz para hacerse escuchar.

Por una sexualidad libre, Archivo Histórico de la Fundación 1º de mayo

Aquel compromiso pionero recibió en mayo de 2019 un merecido reconocimiento en Rivas Vaciamadrid, donde fue homenajeada por su contribución a la defensa de los derechos del colectivo LGTBI. Pero, en realidad, aquella placa no distinguía únicamente a Marisa. Era el homenaje a toda una generación de mujeres que abrió caminos para que hoy otras personas puedan vivir con mayor libertad y dignidad.

Ni siquiera la jubilación institucional puso fin a su compromiso. Desde Comisiones Obreras continúa defendiendo los derechos de las personas mayores como secretaria general de la Federación de Pensionistas de Madrid. Porque quienes entienden la justicia social como una obligación moral nunca encuentran el momento de dejar de luchar.

Quienes conocen a Marisa saben que detrás de esa firmeza hay una mujer cercana, sencilla y profundamente humana. Nunca buscó el aplauso ni el protagonismo. Siempre prefirió los resultados a los discursos y el trabajo silencioso a los focos.

Mirando su trayectoria resulta imposible no sentir admiración. Marisa Castro pertenece a esa generación irrepetible de mujeres que conquistó derechos para las demás sin preguntarse si ellas llegarían a disfrutarlos plenamente. Mujeres que hicieron del feminismo una forma de justicia, de la política una herramienta de transformación y del sindicalismo un compromiso permanente con quienes más lo necesitaban.

Gracias a mujeres como ella, nuestro país es hoy más democrático, más libre y más igualitario.

Marisa, sin lugar a dudas, has sido y eres, una gran costalera de la democracia. Seguro que nos seguiremos encontrando en esos caminos donde siempre merece la pena estar: los de la memoria, la dignidad y la esperanza.

Y estoy convencido de que esta historia todavía no ha terminado. Marisa, tú y yo, compartimos la misma edad y, conociéndote, sé que aún te quedan muchas batallas por librar, muchas causas que defender y muchos abrazos que repartir.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

Vacaciones de verano: yo seguí esperando...

 

Todos los años, por estas fechas, con pequeños retoques, vuelvo a compartir esta historia en las redes sociales. La escribí hace ya mucho tiempo, pero, desgraciadamente, cada verano sigue estando de plena actualidad. Tan solo hay que actualizar algunos datos. Comprenderéis el por qué cuando lleguéis al final de su lectura:

Hace calor. Los niños llevan varios días en la casa cuando, a estas horas, deberían estar en el colegio. En el ambiente se respira una mezcla de nerviosismo e ilusión. Pronto comenzarán las vacaciones. Se nota en cada rincón de la casa. Algún grito aislado, alguna carrera por el pasillo y muchas conversaciones apresuradas delatan las ganas de marcharse.

Esta mañana me han despertado antes de lo habitual, cuando aún apenas había amanecido. He visto el coche cargado hasta arriba. Maletas, bolsas, juguetes... Seguro que nos vamos de vacaciones.

Me acomodan en el asiento trasero. Tengo ganas de hacer pipí, pero me aguanto. Ya habrá tiempo. Los niños viajan a mi lado. Están entretenidos mirando por la ventanilla. No me dicen nada, aunque tampoco hace falta. Presiento que vamos a la playa, igual que el verano pasado.

Llevamos aproximadamente un par de horas de viaje cuando el coche se detiene.

Me hacen bajar. Aprovecharé para hacer mis necesidades fisiológicas. Veo un árbol a pocos metros de la carretera y corro hacia él. Tardaré muy poco. Después volveré al coche y seguiremos el viaje.

Pero cuando regreso...el coche ya no está. Tampoco veo ninguna gasolinera. Quizá esté detrás de la curva. Seguro que me he entretenido más de la cuenta. Corro. No hay nadie.

Miro a un lado y a otro de la carretera. Espero unos minutos. Volverán enseguida. Estoy convencido.

Pasa una hora. Empiezo a caminar por el arcén. No pueden estar lejos. Tal vez no se hayan dado cuenta de que no he vuelto a subir. En cuanto me echen de menos, regresarán a buscarme.

Sigo caminando. El sol cae con fuerza. Lógico, estamos en el mes julio. El asfalto quema. Los coches y camiones pasan a toda velocidad  levantando ráfagas de aire caliente. Ninguno se detiene.

Entonces escucho un golpe seco. Después, silencio. Estoy en la cuneta. Intento moverme, pero no puedo.

Noto que algo húmedo empapa mi cuerpo. Pienso que es sudor. Hace mucho calor. Los coches continúan pasando, cada vez más lejos. Se hace de noche. Ellos aún no han vuelto. Pero no importa. Sé que lo harán. Siempre me han querido.

Recuerdo cuando era pequeño. Las caricias. Los juegos. Las fotografías. Los abrazos de los niños. Las fiestas de cumpleaños. Los paseos. Yo era uno más de la familia. Por eso estoy tranquilo.

No pueden haberme abandonado. Quizá se hayan despistado. Quizá me estén buscando. Quizá no me vean desde la carretera. El líquido que empapa mi cuerpo no era sudor. Era sangre. Estoy débil. Aun así, sigo esperando. Porque confío en ellos.

Me cuesta mantener los ojos abiertos. Tengo frío. Tengo sueño. Tal vez me esté muriendo. Me duermo eternamente pensando que volverán. Que aparecerán en cualquier momento llamándome por mi nombre. Que me abrazarán y me llevarán de nuevo a casa. Porque yo sigo creyendo que me quieren. Porque para mí siguen siendo mi familia. Y porque los perros no entendemos el abandono. Solo entendemos el amor. No pueden haberme abandonado.

Conclusión:

La historia que acaban de leer no es una ficción. Se repite miles de veces cada año en España y el mes de julio es el peor. Estos son algunos datos:

Según el estudio “Él nunca lo haría” 2025, de la Fundación Affinity, durante 2024 fueron recogidos cerca de 292.000 perros y gatos en refugios y protectoras. Esto significa que, de media, cada dos minutos se abandona un animal de compañía.

El verano, y especialmente julio, es la época más cruel. Para miles de animales, las vacaciones de sus dueños se convierten en una sentencia de abandono. Detrás de cada cifra hay una vida, una historia y una espera que casi nunca tiene explicación.

Un animal no es un juguete ni un objeto de usar y tirar. Es un ser vivo que siente, sufre y ama sin condiciones. Ellos jamás nos abandonarían. Nosotros tampoco deberíamos hacerlo.

En memoria del perro de la historia y de otros miles de perros y gatos abandonados cada año en España y  como homenaje a las personas, voluntarios y protectoras, que luchan cada día para que historias como esta dejen de repetirse, he escrito esta columna y dedico esta solidaria canción:

"¿Qué tal si me adoptas?", es una canción lanzada en 2020 para promover la adopción animal, fue compuesta por la cantautora española Conchita. Esta emotiva canción solidaria, cuenta con la participación de diversos artistas y busca concienciar sobre el abandono de mascotas.

Buen verano a tod@s, incluidas vuestras mascotas.

Francisco Naranjo Llanos, Director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

La Perla Peregrina: Cuando el arte rescata la memoria

Vista de una sala de la exposición de Sánchez Castillo: 'Salón de los espejos' en el Palacio Velázquez en el Retiro (Madrid). 

A lo largo de mi vida sindical, política y personal he tenido la oportunidad de conocer a numerosos artistas de la palabra, los pinceles y la voz. De muchos de ellos he escrito en mis columnas de opinión. Sin embargo, hoy quiero dedicar esta crónica a uno de mis descubrimientos más recientes: Fernando Sánchez Castillo, que se suma a dos creadores a los que siempre admiré: Rafael Alberti y Juan Genovés. De ambos escribí en su día, fruto de la relación personal que mantuve con ellos. Los tres comparten un rasgo que hoy parece cada vez más escaso: una sólida conciencia de clase obrera.

Conocí a Fernando Sánchez Castillo hace unos seis años, en 2020, a raíz de la polémica decisión del gobierno municipal del Partido Popular, encabezado por el alcalde José Luis Martínez-Almeida, de retirar las placas con los nombres de los represaliados por el franquismo que formaban parte del Memorial del Cementerio de La Almudena. Aquel monumento había sido impulsado por el anterior gobierno de Manuela Carmena y el proyecto se encontraba ejecutado en más de un ochenta por ciento cuando fue paralizado.

El responsable artístico de la obra era precisamente Fernando Sánchez Castillo. Me lo presentaron dos amigos, Tomás Montero y Fausto Canales, dos personas entregadas en cuerpo y alma a la búsqueda de la verdad, la justicia y la reparación de la memoria histórica. Sus avales sobre Fernando eran incontestables.

Desde entonces hemos mantenido numerosas conversaciones, muchas de ellas relacionadas con la búsqueda del bolígrafo que salvó la vida a mi compañero y amigo Alejandro Ruiz-Huerta, superviviente de los asesinatos de los Abogados de Atocha y actual presidente de la Fundación Abogados de Atocha. Finalmente, Alejandro consiguió una fotografía del objeto, lo que permitió al artista realizar una reproducción que hoy forma parte de la exposición recién inaugurada en el Palacio de Velázquez del Museo Reina Sofía, en el parque del Retiro de Madrid. La muestra puede visitarse desde el 24 de junio de 2026 hasta el 7 de marzo de 2027.

«La Perla Peregrina», nombre de la exposición, reúne piezas y objetos cargados de historia y simbolismo. Entre ellos se encuentra la reproducción del bolígrafo Inoxcrom que detuvo la bala destinada a Alejandro Ruiz-Huerta, así como las zapatillas que una de Las Trece Rosas regaló a su sobrina Martina Barroso, en la actualidad las zapatillas son propiedad de su nieta Paloma Barroso.

Reproducían del bolígrafo y de las zapatillas de las que hablo en la crónica

El conjunto de la exposición constituye una profunda reflexión sobre la memoria histórica, el poder y las diversas formas de resistencia frente a los relatos oficiales. A través de esculturas, instalaciones, vídeos, monumentos y objetos de gran carga simbólica, el artista madrileño explora las manipulaciones y silencios que se esconden tras los grandes acontecimientos históricos, cuestionando la manera en que el poder construye la memoria colectiva y legitima determinadas versiones de los hechos.

Sánchez Castillo combina investigación, ironía y crítica para desmontar la solemnidad de los discursos dominantes. Obras dedicadas al yate Azor de Franco, al atentado contra Carrero Blanco, a reliquias del franquismo o a monumentos transformados y descontextualizados revelan la fragilidad y el carácter efímero de los símbolos del poder. Al mismo tiempo, la muestra rinde homenaje a figuras de la resistencia y la desobediencia civil, desde el anónimo Tank Man de Tiananmen hasta las Madres de Plaza de Mayo o Federico García Lorca.

La exposición recupera también memorias olvidadas de la Guerra Civil, el exilio republicano y la lucha por las libertades, rescatando gestos anónimos, pintadas antifranquistas, refugios improvisados y otras formas de resistencia cotidiana.

Alejandro Ruiz-Huerta y Fernando Sanchez Castillo delante de la urna que alberga el bolígrafo que salvo la vida a Alejandro. 
Una de las vitrinas alberga la reproducción en bronce del bolígrafo de Alejandro Ruiz-Huerta. Aquel sencillo objeto de metal detuvo una bala durante la matanza de Atocha. «La palabra le salvó la vida», señala Fernando Sánchez Castillo, sintetizando en una frase el profundo simbolismo de la pieza.

Especialmente impactante resulta una de las obras dedicadas a la tortura durante la dictadura franquista. Un gran lienzo en blanco y negro muestra una bandera azotada por el viento, evocando el movimiento de las toallas húmedas utilizadas por los torturadores para golpear a las víctimas sin dejar marcas visibles. Sin embargo, el artista persigue precisamente lo contrario: hacer visibles esas huellas ocultas. Las telas están impregnadas de pigmento negro de Marte, un óxido de hierro que remite simbólicamente a la sangre.

Fernando Sanchez y Francisco Naranjo, delante del cuadro relacionado con las toallas húmedas. 
A través de más de doscientas piezas, Sánchez Castillo invita al visitante a reconsiderar la Historia no como un relato cerrado escrito por los vencedores, sino como un espacio de conflicto, memoria y participación ciudadana en permanente construcción.

En definitiva, según mi modesta opinión, la exposición plantea una idea esencial: la Historia no solo la escriben o cuentan quienes vencen, sino también quienes resisten, desobedecen y mantienen viva la memoria frente al poder.

Dado que la muestra permanecerá abierta hasta el 7 de marzo de 2027, hay tiempo más que suficiente para visitarla con calma. Incluso sentándose delante de cada obra, como diría mi amigo Juan Genovés Q.E.P.D, Mi recomendación es recorrerla sin prisas, detenerse ante cada pieza y dejarse interpelar por las preguntas que plantea. Gusten más o menos sus propuestas artísticas, pocos visitantes saldrán indiferentes. Estoy convencido de que muchos descubrirán aspectos poco conocidos de nuestra historia reciente que rara vez aparecen en los relatos oficiales o en los libros de texto.

Para quien no conozca a Fernando Sánchez Castillo (Madrid, 1970), solo decirle que es uno de los artistas contemporáneos españoles más destacados de su generación. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, completó su formación en diversas instituciones internacionales y ha desarrollado una trayectoria centrada en el análisis crítico de la memoria histórica, los símbolos del poder y la construcción de los relatos oficiales.

A través de esculturas, instalaciones, vídeos, dibujos y proyectos de investigación, su obra explora la relación entre arte, política e historia, abordando cuestiones como el franquismo, la Guerra Civil, la Transición democrática y los mecanismos de representación del poder.

Su trabajo ha sido exhibido en importantes museos y centros de arte nacionales e internacionales, consolidándose como una de las voces más singulares del arte contemporáneo español.

Esta es mi visión de Fernando y su obra y así os la he contado. Ahh y no dejéis de visitar la exposición. Reitero: no os va a dejar indiferentes.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.