LEMA DE ESTE BLOG...

LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

FUENTEGUINALDO: FESTIVAL DE LA "LUNA MENGUANTE"

                                                      Érase una vez vez                                                        una mariposa blanca
que era la reina de todas
las mariposas del alba.
Se posaba en los jardines
sobre las flores más bellas
y le susurraba historias
al clavel y la violeta.

(Estrofa de la canción «Cuento para un niño», de Lole y Manuel)

Serían cerca de las cinco de la madrugada cuando, vencido por el cansancio, había conseguido conciliar el sueño. Estaba completamente dormido, a pesar del frío que hacía aquella noche, cuando, de repente, me despertó el eco de una canción. Una voz potente, dulce y limpia se colaba por mis oídos desde la distancia.

Son, después de tantos años, las dos cosas que mejor recuerdo de aquel festival: aquella fabulosa voz y el frío que pasamos.

Durante unos segundos pensé que estaba soñando. Pero no. Aquello que medio dormido creía escuchar era verdad. Estábamos a más de quinientos metros del escenario y, sin embargo, la voz llegaba con una nitidez sorprendente. No había duda: era Lole, la cantante del dúo Lole y Manuel, que por aquellos años se encontraba entre los grupos más conocidos y escuchados, tanto en los escenarios como en las emisoras de radio.

Me quedé unos minutos escuchando aquella voz con los ojos cerrados. Y es que, para mí, aquella sigue siendo la mejor manera de escuchar una gran voz.

Con ellos, y cerca de las siete de la mañana, terminaba aquel festival de música llamado Festival de la Luna Menguante, celebrado en una gigantesca explanada de un pequeño pueblo salmantino llamado Fuenteguinaldo, desde la tarde del sábado hasta la mañana del domingo 19 de agosto de 1979. Ya ha llovido.

Fuenteguinaldo es un municipio situado al suroeste de la provincia de Salamanca, próximo a la sierra de Gata, a Extremadura y a Portugal, e integrado en la comarca de Ciudad Rodrigo. Un lugar que, durante aquella noche de agosto, se convirtió en punto de encuentro de miles de jóvenes llegados desde muy distintos lugares de España y Portugal.

Nosotros habíamos viajado desde Mérida en un Renault 8, ya de tercera mano, por supuesto sin aire acondicionado. Éramos cinco personas dentro del coche. Tardamos cerca de cuatro horas en recorrer los apenas 200 kilómetros que separaban Mérida de Fuenteguinaldo. Eso sí, por unas carreteras regionales que hacían honor a su nombre y que estaban, como el propio automóvil, más que necesitadas de una renovación.

Llegamos sobre las seis de la tarde y aparcamos como pudimos. No éramos los únicos que acabábamos de llegar. Según las hemerotecas de la época, unas 20.000 personas y alrededor de 4.000 vehículos, entre autobuses, coches y motos, terminaron congregándose en aquel lugar. Nosotros, naturalmente, no nos entretuvimos en contarlos.

Llevábamos una tienda de campaña de tres plazas para cinco personas. La instalamos a una distancia prudencial del escenario, unos quinientos metros, más o menos. Mucho antes de que comenzaran las actuaciones, buena parte de la explanada estaba ya cubierta de tiendas, sacos de dormir y mantas. Miles de jóvenes se acomodaban como podían, dispuestos a disfrutar de una noche que prometía ser larga. Y lo fue.

El cartel reunía a algunos de los nombres más destacados de la música de aquellos años: Los Jaivas, Tribu, Victorino, Iceberg, Manolo Sanlúcar, Sergio Godinho, Tequila, Pernil Latino y Lole y Manuel. También estaban anunciados Víctor Manuel y Triana, aunque finalmente, por distintas circunstancias, no participaron.

El Festival de la Luna Menguante acabaría convirtiéndose en uno de los grandes acontecimientos musicales celebrados en aquella zona y también de otras muchas provincias.

Como decía, las tiendas de campaña, las mantas y los sacos de dormir constituían el equipaje básico de aquella multitud. A ello se sumaban las botellas de vino o licor, los bocadillos y, cómo no, el «chocolate», que tampoco faltaba en aquellas concentraciones juveniles de finales de los setenta.

La famosa luna menguante no hizo su aparición hasta pasadas las cinco de la madrugada. Para entonces, Pernil Latino ponía música de cha-cha-cha a una noche que empezaba a ser especialmente fría.

Dos horas antes, sobre las tres de la madrugada, la fiesta había alcanzado uno de sus momentos culminantes. Tequila invitó al personal a bailar un rock and roll en la plaza del pueblo, y cientos de personas abandonaron por unos minutos los sacos de dormir y las mantas para combatir el frío a base de ejercicio, saltos y mucho ritmo.

A esas alturas ya habíamos disfrutado de Iceberg y de Manolo Sanlúcar, que, junto a Lole y Manuel, ofrecieron, en mi opinión, algunas de las actuaciones más interesantes del festival. Pero aquella noche tenía muchos otros alicientes.

También había tiempo para las historias disparatadas que suelen acompañar a las grandes concentraciones de gente. Recuerdo, por ejemplo, a un alemán que se acercó hasta el escenario reclamando a voces a su pareja, que se había perdido entre la multitud.

Y recuerdo también al presentador, empeñado en hacerse el simpático, aunque no siempre lo conseguía. Sus comentarios irónicos pretendían arrancar alguna carcajada y, de paso, reunir a los que se habían desperdigado entre el gentío y las jaras.

Yo aprovechaba la situación para gastar bromas a mi cuñado Miguel, que nos había acompañado al festival. Le decía, completamente en broma —aunque él se lo tomaba muy en serio—, que el presentador acababa de anunciar que su cuñada Antonia, muy beata ella para los trotes de aquella fiesta, lo esperaba detrás del escenario. Miguel, ni cortó ni perezoso, se disponía a ir a comprobarlo.

Y allí iba, atravesando como podía la multitud, sorteando personas, tiendas y mantas, mientras yo me moría de risa viendo cómo se alejaba. Son pequeñas historias que, con el paso de los años, terminan formando parte del recuerdo tanto como las propias canciones.

Desde las ocho y media de la tarde del sábado, hora en que comenzó el festival, hasta las siete y media de la mañana del domingo, cuando Lole y Manuel pusieron el punto final con el sol naciente al fondo, en plena alborada, fueron muchas las horas de música, baile y convivencia.

Aunque también fueron muchas las horas de frío. La temperatura llegó a situarse por debajo de los ocho grados y un viento frío, casi helado, sopló durante buena parte de la noche. Algunos asistentes terminaron abandonando el recinto antes de que amaneciera, incapaz de soportar más el frío.

Nosotros aguantamos. Y quizá por eso, muchos  años después, cuando pienso en aquella noche, no recuerdo solamente las canciones. Recuerdo también el frío metiéndose por dentro del saco de dormir, la explanada llena de gente, las tiendas desperdigadas, las voces que llegaban desde el escenario y aquella madrugada interminable. Y, sobre todo, recuerdo la voz de Lole.

De vuelta a Mérida hicimos una parada para bañarnos en uno de los muchos manantiales que salpican Extremadura. En aquella ocasión fue en la provincia de Cáceres, en algún lugar entre el Valle del Jerte y La Vera, en una de esas gargantas de agua cristalina que parecen hechas expresamente para quitarse de encima el cansancio de una noche como aquella. Recuerdo especialmente una pequeña anécdota.

Garganta de la Hoya (La Vera)

Desde fuera, y a pesar de que el agua tenía más de dos metros de profundidad, vimos algo rojo en el fondo. Nos acercamos y descubrimos que se trataba de un collar formado por pequeñas bolitas rojas. Lo sacamos del agua.

Y aquí viene lo curioso: años después, muchos  más años después, aquel collar todavía lo conserva mi compañera. Verdad verdadera.

Quizá por eso los recuerdos tienen esa extraña capacidad de sobrevivir al tiempo. Una canción, una voz, una noche de frío, un viejo Renault 8, una tienda de campaña para cinco, un baño en una garganta de Cáceres y un pequeño collar rojo pueden ser suficientes para devolvernos, muchos años después, a una noche de agosto de 1979.

Para terminar, os dejo aquella canción de Lole y Manuel, Cuento para un niño:


Os recomiendo escucharla, si es posible, con los ojos cerrados. Quizá así entendáis un poco mejor por qué, después de tantos años trascurridos, aquella voz todavía sigue despertándome de vez en cuando.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.




NO TODO ES BLANCO Y NEGRO, A VECES HAY GRISES...

No sé si alguna vez habéis participado activamente en debates sindicales o políticos. Si lo habéis hecho, sabéis que los sindicales a veces son duros; los políticos, aún más. Y si, además, esos debates terminan derivando en rupturas o escisiones, la tensión puede alcanzar niveles difíciles de imaginar. A mí me tocó vivirlo hace ya más de cuarenta años junto a muchos otros camaradas del Partido. Cuando decimos el Partido, los camaradas siempre nos referíamos al Partido Comunista de España.

Las fechas me bailan un poco, pero debió de ser en 1984, un par de años después de que Gerardo Iglesias sustituyera a Santiago Carrillo al frente del PCE y la nueva dirección apostara por la creación de Izquierda Unida, los debates internos eran auténticas batallas políticas. No se llego a las manos, -que yo recuerde- pero si se rompieron amistades.

Estábamos reunidos en una conferencia congresual del PCE madrileño, celebrada en un colegio mayor de San Fernando de Henares. Éramos alrededor de 500 delegados divididos, nunca mejor dicho, prácticamente por la mitad. Por un lado estaban los llamados “carrillistas”, seguidores de Santiago Carrillo; por otro, los “gerardistas”, afines a Gerardo Iglesias. Yo, en esa ocasión, estaba entre estos últimos.

Las votaciones eran de infarto: 51% frente a 49%, o al revés. Y, como era previsible, las primeras intervenciones ya dejaron claro que acabaríamos presentando dos candidaturas  enfrentadas.

Recuerdo con absoluta claridad que Enrique Curiel, fallecido hace años, encabezaba la candidatura renovadora. El sistema electoral era primando el voto mayoritario; tanto que quien ganaba se llevaba todos los puestos. Creo recordar que se elegían por encima de treinta miembros para la dirección regional.

Tras dos días —y casi dos noches— de debates interminables, y muchas horas extras dedicadas a la “caza” de algún delegado despistado para convencerlo de cambiar de bando, llegó el momento decisivo. Eran alrededor de las cuatro de la tarde del segundo día y dentro del salón de actos hacía un calor insoportable.

Según las normas congresuales, una vez comenzaba la defensa de candidaturas las puertas se cerraban a cal y canto hasta la votación final. Nadie podía salir ni entrar. Si salías, te quedabas fuera y perdías el derecho a votar.

Pidieron la palabra más de cincuenta personas y apenas había noventa minutos disponibles, así que cada intervención duraba poco más de minuto y medio. La tensión era tal que, como suele decirse, se podía cortar el aire con una navaja. Y el aire, además, cada vez estaba más denso por el calor, el humo de los cigarros, las puertas cerradas y quinientas personas encerradas durante horas. Aquello olía a “humanidad” en el sentido más literal del término.

Hubo desmayos. Hubo lágrimas. Personas que había que sacar en camilla, algunas que se emocionaban en la tribuna y otras que lloraban desde sus asientos. Y aunque nadie lo decía abiertamente, todos intuíamos que la ruptura del partido estaba ya asomando por la puerta.

Los camaradas más veteranos y respetados —recuerdo a Simón Sánchez Montero, Serafín Aliaga o Carlos Elvira, todos ellos ya fallecidos hace bastantes años— hacían dramáticos llamamientos a la unidad. Pero nadie les hacía demasiado caso.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Después de más de treinta intervenciones solemnes, todas defendiendo a muerte las bondades propias y los errores ajenos, subió a la tribuna un compañero de nuestra candidatura: Ginés Pitalúa.

Todos esperábamos otro discurso político. Pero Ginés, muy serio, se arrancó a cantar:

"Ayer tarde yo cantaba
mientras mi niña dormía...

Y siguió:

...Qué bonita que es mi niña
qué bonita cuando duerme,

se parece a una amapola
entre los trigales verdes”

 

(La canción "Que bonita es mi niña" en la voz de Manolo Escobar).

Si hubierais visto el salón de actos... Aquello fue un estallido: carcajadas, aplausos, gente doblada de risa. Durante minuto y medio desaparecieron las tensiones, los porcentajes, los bandos y los futuros enfrentamientos. Fue, de largo, la intervención más aplaudida del congreso.

Y, sobre todo, nos relajó.

De verdad, verdadera.

Después llegó la votación. Perdimos los renovadores, cómo no, por el habitual 51% frente al 49% de las votaciones anteriores. Los vencedores de la lista encabezada por el carrillista Adolfo Piñedo, tuvieron el detalle de incluir a uno de los geraldistas, Pedro Díaz, alcalde de Arganda (Madrid), entre los más de treinta miembros de la ejecutiva, para que los derrotados pudiéramos valorar la generosidad de los ganadores.

Por cierto, quienes ganaron aquella conferencia terminaron consumando la escisión del PCE en 1985, pues al ser expulsados, crearon otro partido – Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista (PTE-UC)- y tras varios fracasos electorales, la mayoría acabo en 1991 aterrizando en el PSOE. Aunque también debo reconocer que años después bastantes de los renovadores realizaron el mismo recorrido, Enrique Curiel incluido.

Aclaro que cuento estas anécdotas sin acritud ni ánimo de revancha. A estas alturas ni siquiera tengo claro quién llevaba razón entonces. Me limito a recordar lo que viví intensamente de cerca, muy de cerca.

Pero aquella conferencia sí me enseñó algo importante: desde entonces nunca me he tomado ningún debate político, sindical, vecinal, o personal, tan a pecho.

Uno debe defender sus ideas con convicción, argumenta lo mejor que puede y punto. Si sale adelante tu propuesta, estupendo. Y si no, otra vez será.

Con los años he llegado a una conclusión sencilla: la verdad absoluta no existe. Antes creía que sí, que “mi verdad” siempre tenía razón. Ahora sé que la vida es bastante más compleja.

No todo es blanco o negro. Entre medias hay muchos grises. Y, a veces, incluso algún arcoíris

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha y sindicalista de CCOO.