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LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)
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Adiós a Miguel Corbacho, un hombre del fútbol y de la vida

 

Miguel Corbacho en 1966

Ha fallecido un pionero del fútbol base emeritense. Y también un amigo. Miguel Corbacho Sánchez nos dejó el 27 de agosto, a los 85 años de edad.

Su trayectoria y su entrega al deporte fueron reconocidas en 2001 con la Medalla al Mérito Deportivo del Fútbol Amateur de la Federación Española de Fútbol, entre otros galardones. También colaboró con distintos medios de comunicación y ejerció durante cuatro décadas como presidente y entrenador del Rayo Emeritense. Bajo su dirección, el club llegó a contar incluso con una sección de baloncesto aficionado y un equipo femenino de Fútbol 7.

En 2010, el entonces alcalde de Mérida, Ángel Calle, le impuso el escudo de la ciudad en reconocimiento a su dedicación al fútbol base de la capital extremeña.

Ocho años después, en 2018, el Ayuntamiento de Mérida rindió homenaje a la trayectoria del Rayo Emeritense con una exposición de fotografías y trofeos conquistados por el club entre 1966 y 2006, que Miguel Corbacho había donado al Consistorio. La muestra se inauguró en el polideportivo Diocles, donde también se descubrió una placa en homenaje al club y a quien durante tantos años fue su presidente y entrenador.

En aquel acto, Miguel recordó los comienzos del club en la zona de la barriada de La Paz. Lo contaba con la sencillez que le caracterizaba: “Al ver a los chavales jugando los animé a que se vinieran al equipo, que denominé Rayo Emeritense, por el Rayo Vallecano, porque se portaron muy bien conmigo”.

Cuando intervino el alcalde de Mérida, Antonio Rodríguez Osuna, definió aquel momento como “un día importante para Mérida, porque se reconocía la historia de un club y de una persona que ha dado su vida por muchos niños y niñas de Mérida”.

Yo por mi parte, tengo muy buenos recuerdos de Miguel Corbacho. Fui uno de aquellos jugadores de los que él comentaba al recordar los primeros tiempos del Rayo Emeritense. Un recuerdo que permanece aún en mi memoria.

Dicen que, cuando uno alcanza cierta edad, quizá no recuerde qué comió ayer, pero puede recordar con una nitidez sorprendente lo ocurrido hace 50 o 60 años. Y hay algo que ayuda especialmente a mantener viva esa memoria: contemplar una fotografía de aquella época.

Una imagen es capaz de abrir de golpe el cajón de los recuerdos. Ves una cara, un campo de fútbol, una camiseta, unos compañeros y, de repente, aparece detrás toda una historia. No solo recuerdas la fotografía: recuerdas lo que sucedió alrededor de ella.

El Club Deportivo Rayo Emeritense en estadio municipal de Merida en 1966.

Eso es precisamente lo que me ocurre cuando vuelvo a contemplar esta foto, una de las que se expusieron en el polideportivo Diocles. Al verla, regreso a los años sesenta del siglo pasado, cuando comencé a dar mis primeros pasos en el fútbol, con apenas 14 años. Recuerdo aquellos partidos que disputé en el Estadio Municipal de Mérida —hoy Estadio Romano José Fouto— con el Augusta, perteneciente al grupo del Imperio de Mérida, uno de los conjuntos destacados de aquella época, cuyo presidente era Agustín Jiménez.

Por aquel entonces ya llevaba algunos años viajando entre la estación de ferrocarril de Proserpina y Mérida para estudiar en la Escuela de Maestría Industrial. Allí terminé, con 16 años, los estudios de Oficialía Industrial en la rama de Madera, con especialidad en Ebanistería.

Cuando cumplí 18 años ingresé en RENFE, en Madrid, aunque regresé a Mérida al cabo de un año. Estuve en la capital extremeña entre 1966 y 1969, realizando las prácticas ferroviarias. Como vivía con mis padres en la barriada de San Juan, jugaba en los campos de fútbol del entorno de La Paz. Y fue allí donde conocí a Miguel Corbacho.

Fue entonces cuando me fichó para aquellos comienzos del Rayo Emeritense. Jugué un par de temporadas con ellos y guardo de aquella etapa recuerdos extraordinarios. Y, entre todos ellos, ocupa un lugar especial Miguel Corbacho.

La fotografía tomada en el Estadio Municipal de Mérida, a la que antes hacía referencia, es testimonio de aquellos años y de aquella amistad nacida alrededor del fútbol.  Después, ya en Madrid, continué jugando al fútbol, aunque entonces fue principalmente fútbol sala y campeonatos de empresas en el pabellón del Centro Cultural y Deportivo de RENFE, en Madrid-Delicias.

Pero mi afición por el fútbol nunca desapareció. Al contrario, continuó en la familia. Primero fueron mis hijos y, después, mis nietos quienes siguieron vinculados al deporte. Uno de mis hijos destacó en el fútbol. El otro, ya adolescente, cambió el balón de futbol por el rugby. Y mis nietos han seguido también esa estirpe deportiva: uno juega actualmente en un equipo de regional de Getafe, otro en el juvenil del Rayo Vallecano y el mas pequeño, todavía en categoría alevín, en Las Rozas.

En la actualidad, ya jubilado he vuelto al Romano Jose Fouto a ver el Merida AD y al polideportivo Diocles a realizar gimnasia de mantenimiento. Y casualidades de la vida, en ambos lugares he coincido con amigos que jugaron conmigo hace esos 60 años que decía antes. 

En fin, estas líneas no pretenden ser más que mi particular manera de darle el último adiós a Miguel Corbacho, una persona de la que conservo un recuerdo profundamente entrañable.

No solo por su vida dedicada al deporte y, sobre todo, al fútbol. También por su manera de tratar a los chavales de aquella época. Por su cercanía, por su entusiasmo y por las enseñanzas que, muchas veces sin darnos cuenta, nos transmitió dentro y fuera del terreno de juego.

Miguel fue uno de esos hombres que hicieron mucho por el fútbol cantera de Mérida cuando apenas había medios, pero sobraban ilusión, compromiso y ganas de enseñar. Su legado no está únicamente en los trofeos, las fotografías o en la historia del Rayo Emeritense. Está, sobre todo, en las generaciones de niños y jóvenes que pasaron por sus manos y que hoy, décadas después, seguimos recordándolo.

Descansa en paz, Miguel. Te lo has ganado. Aquí, en la tierra, y especialmente en Mérida, te seguiremos recordando. Recibe un abrazo de uno de aquellos chavales -jugadores- que compartió contigo una parte de su juventud y que, muchos años después, sigue agradeciendo tus enseñanzas deportivas y, sobre todo, humanas.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

Adiós al abogado Antonio Montesinos, uno de nuestros maestros

Antonio Montesinos (Fotografía de Teresa Rodríguez)

Hay personas cuya vida explica mejor que cualquier libro una parte de la historia de nuestro país. Antonio Montesinos Villegas era una de ellas. Falleció el pasado 24 de julio, apenas unos días antes de cumplir cien años. Su familia le dio el último adiós en la más estricta intimidad.

Hace solo unos días hablé con Paz, su hija, para interesarme por su salud y proponerle organizar algún acto de reconocimiento con motivo de su centenario, el próximo 31 de julio. Le pareció una buena idea y acordamos hacerlo después del verano. Nunca imaginé que aquella conversación sería la última antes de recibir la noticia de su fallecimiento.

Confieso que me quedé helado. Perdíamos a un amigo, a un compañero y a uno de los grandes referentes de la abogacía laboralista. En el grupo de Wasat, de amigos de la Fundación Abogados de Atocha, una vez conocida la triste noticia,  comenzaron a llegar los mensajes de dolor. Mari Cruz Elvira resumió el sentimiento de todos: "Se nos ha ido otro de nuestros maestros, una gran persona, ejemplo de lucha y coherencia”. Difícil decir más con menos palabras.

Antonio fue pionero de los despachos laboralistas en España. Junto a José Jiménez de Parga, María Luisa Suárez y Pepe Esteban, abrió en diciembre de 1965, en la calle de la Cruz número 16 de Madrid, el primer despacho dedicado específicamente al Derecho Laboral. Más tarde compartiría bufete con otros grandes nombres de la abogacía democrática, como Juan José del Águila, Manuela Carmena o Cristina Almeida.

Aquellos despachos fueron mucho más que oficinas de abogados. Eran refugios de trabajadores perseguidos, de sindicalistas, de vecinos y de ciudadanos sin voz. Allí se defendían despidos, conflictos laborales, procesos ante el Tribunal de Orden Público, problemas de vivienda o de barrio. En definitiva, se defendía a una sociedad que vivía bajo una dictadura. Aquellos bufetes se convirtieron en auténticos espacios de libertad.

Ese compromiso tuvo un precio muy alto. Muchos abogados sufrieron persecución, detenciones e incluso fueron asesinados, como ocurrió en el despacho de Atocha 55 el 24 de enero de 1977. Antonio pertenecía a aquella generación irrepetible de juristas que entendían el ejercicio de la profesión como un compromiso con la democracia y la justicia social.

Su vocación por la abogacía nació muy pronto. En 1943, con solo dieciséis años, acompañó a su padre al consejo de guerra en el que juzgaban a un tío suyo y a otros cuatro militantes comunistas. La Fiscalía pidió dos penas de muerte; el tribunal impuso cinco. Su tío fue fusilado en las tapias del Cementerio del Este el 16 de marzo de ese mismo año. Aquel día decidió hacerse abogado para defender a los trabajadores y a quienes sufrían la represión.

Durante más de siete décadas ejerció una profesión que nunca entendió como un negocio. Defendió a salineros, pescadores, campesinos, trabajadores de Pegaso, Iberia, Telefunken y de tantas otras empresas. Solía decir que aquellos trabajadores no eran sus clientes, sino sus camaradas y sus amigos. Esa frase resume toda una forma de entender la abogacía.

Desde la creación de la Fundación Abogados de Atocha, en 2005, formó parte de su Patronato. Quienes tuvimos la fortuna de compartir reuniones con él sabemos que bastaba escucharle unos minutos para recibir una auténtica lección de historia, de compromiso y de humanidad.

Entre los años 2014 y 2016 coincidimos en numerosos cursos de formación sindical organizados por iniciativa de Javier López Martin, secretario confederal de Formación de CCOO, bajo el título Del Proceso 1001 a los Abogados de Atocha. Antonio era de los más esperados. Los jóvenes delegados sindicales escuchaban sus relatos con auténtica admiración.

Nunca olvidaré una de sus respuestas cuando le preguntaron cómo habían nacido los despachos laboralistas. Contestó con su sencillez habitual: "Los obreros se habían organizado, sobre todo en Comisiones Obreras; los abogados teníamos que organizarnos." Después añadió otra reflexión que sigue plenamente vigente: "El capital siempre pretende obreros esclavos; para defendernos hacen falta unidad y solidaridad."

Hace unos años le pregunté cómo estaba de salud. Tendría ya noventa y seis años. Me dijo que bien, aunque se había golpeado una rodilla y los médicos insistían en que utilizara bastón. Yo le comenté que el golpe había sido precisamente por no llevarlo. Sonrió y respondió: "No llevo bastón porque el bastón es de viejos." Así era Antonio. Nunca permitió que la edad derrotara a su espíritu.

En 2014 un grupo de amigos y amigas, relacionados con la Fundación Abogados de Atocha, le dimos a Antonio un sentido y sencillo homenaje en su 88 cumpleaños.

Todos los finales de julio hablaba con él para felicitarle por su cumpleaños. Este año también pensaba hacerlo. Quería desearle que siguiera cumpliendo muchos más, porque siempre tuve la impresión de que no era un hombre viejo, sino un hombre con mucha juventud acumulada. No ha podido ser.

Antonio Montesinos nos deja a pocos días de cumplir cien años, pero también nos deja una herencia inmensa: la de quienes entendieron que defender a un trabajador era defender la dignidad de todos y que ejercer la abogacía podía ser una forma de luchar por la libertad y la democracia.

Estoy convencido de que se ha marchado mucho más joven de lo que decía su documento de identidad. Condolencias a la familia y amigos y descansa en paz, compañero Antonio. ¡Salud y República, camarada!

Francisco Naranjo Llanos, patrono y director de la Fundación Abogados de Atocha (2005-2024) y sindicalista de CCOO.

Del Mundial, me quedo con Nico Williams y Lamine Yamal


Nico Williams y Lamine Yamal en el mundial de futbol de 2026

    De la histórica victoria de España en el Mundial me quedo, ante todo, con la juventud y la diversidad de este extraordinario equipo. También con una frase que Luis de la Fuente ha repetido durante todo el campeonato y que trasciende al fútbol: Juntos somos más fuertes”. Una lección aplicable a muchos otros ámbitos de la vida. No es casual que CCOO y UGT hayan utlizado un slogan muy similar en la Huelga General del 14D (14 de diciembre de 1988): Juntos podemos”, copiado despues por otras organizaciones. 

    Pero vayamos al futbol: por encima de todo, en el Mundial, me quedo con Nico Williams y Lamine Yamal.

    El pasado 19 de julio de 2026, en el minuto 106 de la final del Mundial, Lamine Yamal abrió el juego hacia Pedro Porro. Este envió un balón en profundidad que Nico Williams prolongó de cabeza hacia el corazón del área. Allí apareció Ferran Torres para marcar el gol más importante del fútbol español en las últimas décadas y convertir a España en campeona del mundo.

    Sin embargo, la verdadera historia de este Mundial había comenzado mucho antes. Muchísimo antes. Y las vidas de Nico y Lamine lo explican mejor que cualquier discurso.

    En 1994, Félix Williams y María Arthuer, padres de Iñaki y Nico, abandonaron Ghana sin saber adónde los conduciría el camino. Atravesaron el desierto entre el hambre, la sed y la muerte. Llegaron a Melilla, saltaron la valla, fueron detenidos y, gracias a la intervención de un abogado de Cáritas, pudieron quedarse en España.

    En 2002 nació Nico, en Pamplona. Su padre pasó casi una década trabajando como vigilante y limpiador de obras en Londres para enviar dinero a la familia. Su madre encadenó empleos precarios. Vivieron separados durante años hasta que, de algún modo, el fútbol volvió a reunirlos.

    Cuando el árbitro señaló el final de la final, Nico buscó a sus padres en la grada. Seguramente recordó todo lo que habían sufrido para ofrecerles un futuro mejor a sus hijos. Tras recibir la medalla de campeón del mundo, cruzó el campo, saltó la valla y se la colocó a su madre diciéndole una frase que lo resume todo:

    Toma, mamá. Es para ti. Te la mereces más que yo”.

    La historia de Lamine Yamal no es menos emocionante.

    Nacido en Esplugues de Llobregat (Barcelona), en 2007, detrás de su meteórico ascenso como una de las grandes figuras del fútbol mundial hay también una historia de humildad, migración y raíces obreras.

    Su padre, Mounir, emigró desde Marruecos, y su madre, Sheila, desde Guinea Ecuatorial. Ambos llegaron muy jóvenes a Cataluña y trabajaron en oficios modestos: él como pintor de edificios y ella como camarera en el sector de la hostelería.

    Lamine creció entre Granollers y el barrio de Rocafonda, en Mataró. Allí, jugando en pistas de cemento con chicos mayores que él, forjó el carácter, la velocidad y el descaro que hoy maravillan al mundo. Por eso sigue celebrando sus goles formando con los dedos el número 304, el código postal de Rocafonda, como homenaje al barrio que lo vio crecer y al esfuerzo de sus padres.

    Existe además una hermosa historia detrás de su nombre. "Lamine Yamal" no son nombre y apellido, sino un nombre compuesto. Sus padres decidieron llamarlo así en agradecimiento a dos vecinos que, cuando atravesaban una situación de extrema pobreza, los acogieron en su casa y les ayudaron a pagar el alquiler.

    También me emocionó verlo, nada más terminar la final, correr hacia su madre —su padre no pudo asistir por enfermedad— y volver a jugar sobre el césped con su hermano pequeño, Keyne, como si aún fuera aquel niño de Rocafonda que soñaba con llegar algún día a vestir la camiseta de la selección.

    Maria y Sehila, madres de Nico y Lamil, con las medallas de oro de sus hijos 

    Hay muchos más motivos para recordar este Mundial, pero si tuviera que elegir dos imágenes me quedaría con estas: la medalla de Nico sobre el pecho de su madre y el abrazo de Lamine a la suya. Porque, más allá de los goles y de la copa, ambas escenas nos recuerdan que detrás de los grandes campeones casi siempre hay familias que un día lo arriesgaron todo para que sus hijos pudieran tener un futuro mejor.

    Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

YO FUI UN «ENANO INFILTRADO»


Portada revista Doblón, Julio 1975

Aniversario de las últimas elecciones sindicales del franquismo

Hace un año, por estas fechas, escribí una columna titulada «Ha ganao el equipo colorao», con motivo del cincuentenario de las últimas elecciones sindicales del Sindicato Vertical. En ella recordaba la histórica portada que el semanario Doblón dedicó, en julio de 1975, al triunfo de las candidaturas democráticas impulsadas por Comisiones Obreras.

Días después, José Antonio Martínez Soler, director entonces de Doblón, resalto aquel artículo en 20 Minutos y escribió unas palabras que me emocionaron profundamente:

«Francisco Naranjo, un "enano infiltrado" de CC.OO. de RENFE en el sindicato franquista, me ha recordado la portada que hicimos para celebrar la infiltración heroica de los sindicalistas clandestinos en el corazón del franquismo. Entre todos tumbamos la dictadura desde dentro. No fue una concesión desde arriba, sino una conquista desde abajo.»

Un año después quiero volver sobre aquellos hechos. No desde la nostalgia, sino porque conviene recordar cómo miles de trabajadores contribuyeron a debilitar la dictadura desde sus propias estructuras.

En junio-julio de 1975 se celebraron las últimas elecciones sindicales del franquismo. En RENFE, como en otros muchos sectores, las candidaturas unitarias democráticas obtuvieron un respaldo masivo. Aquel fue el comienzo de una transformación que ya nadie pudo detener.

Este mes se cumplen 51 años de aquellas elecciones y también de mi primera candidatura sindical. Trabajaba como Factor de Circulación en Madrid-Peñuelas cuando varios compañeros, especialmente Santiago Rueda —fallecido el pasado año—, me convencieron para presentarme. Ganamos los diez puestos de enlace sindical del centro de trabajo. Sin saberlo, iniciaba una trayectoria de más de medio siglo de compromiso con CCOO.

Fue entonces cuando me convertí en uno de aquellos «enanos infiltrados». La expresión, utilizada despectivamente por los sectores más reaccionarios del franquismo, fue convertida por Doblón en un símbolo de orgullo. Su inolvidable portada mostraba a tres enanitos de Blancanieves pintando de rojo la sede del Sindicato Vertical bajo un titular que ya forma parte de la memoria democrática: «Ha ganao el equipo colorao».

Aquella revista dedicó un amplio reportaje a los resultados de las elecciones, demostrando que el movimiento obrero había apostado claramente por la democracia cuando la dictadura daba ya sus últimos coletazos. Hoy resulta impensable que un medio de comunicación abra su portada con unas elecciones sindicales. Por eso merece un reconocimiento el valor de José Antonio Martínez Soler, que asumió los riesgos de publicar aquella información y otras de suma importancia, en plena dictadura.

No fueron decisiones sin consecuencias. En marzo de 1976 fue secuestrado y torturado por grupos fascistas vinculados al régimen. Su compromiso con la libertad merece ser recordado.

Las elecciones de 1975 enfrentaron dos modelos sindicales: el continuista, representado por el sindicalismo oficial, y el democrático, impulsado por las organizaciones clandestinas, especialmente la de CCOO. La participación fue muy elevada y el resultado confirmó que el franquismo también estaba perdiendo la batalla en los centros de trabajo.

Pocos meses después, en enero de 1976, el Gobierno de Arias Navarro militarizó RENFE y otros servicios públicos para frenar la movilización obrera. El efecto fue justamente el contrario. La respuesta de los ferroviarios fue aún más firme. El 16 de enero cerca de cinco mil trabajadores celebramos en la estación de Chamartín la histórica Gran Asamblea Democrática de Ferroviarios de Madrid, uno de los hitos más importantes del movimiento sindical en el ferrocarril.

Ese mismo año, todavía en la clandestinidad, constituimos el Pleno de Representantes Ferroviarios, órgano unitario que permitió negociar el primer convenio colectivo de RENFE.

Con la llegada de la democracia continué siendo elegido representante sindical por CCOO. Fui secretario del Comité Intercentros de RENFE y responsable de Comunicación del sindicato en el sector ferroviario, antes de incorporarme a CCOO de Madrid. Pero esa ya es otra historia.

Han pasado más de cincuenta y un años y sigo sintiéndome orgulloso de haber sido uno de aquellos «enanos infiltrados» para ayudar a Comisiones Obreras.  Porque no nos infiltrábamos para conseguir privilegios, sino democracia; no buscábamos poder, sino derechos.

Aquella lucha silenciosa de miles de trabajadores y trabajadoras (Nico Sartorius los denomina: Los Costaleros de la Democracia), ayudó a abrir el camino de las libertades y los derechos que hoy disfrutamos y que nunca deberíamos dar por garantizados.

El pasado es la linterna del futuro. Editorial Utopía libros 

Esta historia y varias más la recojo en mi libro El pasado es la linterna del futuro, obra en homenaje a las mujeres y hombres que, desde el ferrocarril, durante 60 años (1964-2024), contribuyeron decisivamente a construir un sindicalismo democrático y un país más libre. Personas que, con su compromiso, han dejado una huella imborrable en la historia del sindicalismo de clase en el ferrocarril.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

50 años de la Asamblea que hizo posible el sindicato de CCOO

11 de julio de 1976: Asamblea de CCOO en Barcelona. Cipriano García modera la reunión.

El pasado jueves, 9 de julio, Comisiones Obreras conmemoró el cincuentenario de la histórica Asamblea de Barcelona, celebrada el 11 de julio de 1976. No fue una reunión más. Aquel encuentro marcó un antes y un después en la historia del sindicalismo español: simbolizó el paso de CCOO de la clandestinidad a su decisión de constituirse como sindicato, apenas unos meses después.

La Asamblea tuvo que celebrarse de forma semiclandestina en la iglesia de Sant Medir, en el barrio barcelonés de Sants, después de que el Gobierno prohibiera la Asamblea General prevista en Madrid. Más de seiscientos delegados y delegadas de toda España consiguieron reunirse sorteando la vigilancia policial y el riesgo permanente de detención. Bajo la presidencia de Cipriano García intervinieron muchos participantes, entre otros, Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius y Juan Muñiz Zapico.

Aquella jornada supuso un auténtico punto de inflexión. Comisiones Obreras dejaba de ser únicamente un movimiento de resistencia obrera para debatir el convertirse en una organización sindical estable, democrática y unitaria. De las resoluciones aprobadas en Barcelona nacieron decisiones importantes: la emisión del primer carné de afiliación, la constitución meses después de la Confederación Sindical de CCOO y el diseño de una estructura organizativa que culminaría con la celebración de su primer Congreso Confederal.

Sin embargo, la Asamblea de Barcelona solo puede entenderse si miramos el camino recorrido hasta llegar a ella. Comisiones Obreras había nacido en los años cincuenta, en plena dictadura franquista, como un movimiento espontáneo de trabajadores y trabajadoras que se organizaban para defender salarios, derechos y libertades. Durante los años sesenta se extendió por toda España hasta convertirse en la principal organización del movimiento obrero, pese a la represión, los estados de excepción, las detenciones y procesos como el 1001, con el que la dictadura pretendió, sin conseguirlo, descabezar a sus principales dirigentes.

La muerte del dictador Francisco Franco en 1975 abrió una nueva etapa, pero la democracia no llegó por generación espontánea. Fue conquistada gracias a la movilización y al sacrificio de miles de hombres y mujeres que se enfrentaron a la cárcel, la persecución, los despidos y la violencia para conquistar las libertades sindicales y los derechos democráticos. Entre ellos destacaron, de forma muy especial, los militantes de Comisiones Obreras.


La Asamblea de Barcelona fue una de las grandes victorias de ese proceso. Demostró que CCOO era ya una realidad imposible de detener y aceleró el camino hacia la legalización de los sindicatos, que llegaría el 27 de abril de 1977. Poco después se celebrarían las primeras elecciones sindicales democráticas, en las que Comisiones Obreras obtuvo la confianza mayoritaria de los trabajadores.

Cincuenta años después, recordar aquella Asamblea no es un simple ejercicio de memoria. Es un acto de justicia con quienes hicieron posible, con valentía y enormes sacrificios personales, que hoy disfrutemos de derechos laborales, libertades sindicales y democracia.

Pero la memoria solo tiene sentido cuando ilumina el presente. Vivimos tiempos en los que resurgen discursos que cuestionan el papel de los sindicatos, relativizan el valor de la negociación colectiva o presentan los derechos laborales como obstáculos para el progreso económico. Al mismo tiempo, crecen las desigualdades, la precariedad adopta nuevas formas y la desinformación alimenta la desafección hacia las instituciones democráticas.

Frente a esos desafíos, conviene recordar que ninguno de los derechos de los que hoy disfrutamos fue un regalo. Todos fueron conquistados gracias a la organización, la solidaridad y la lucha colectiva.

Por eso, la Asamblea de Barcelona sigue interpelándonos medio siglo después. Nos recuerda que la democracia no se limita a depositar una papeleta en una urna cada cierto tiempo. También se construye en los centros de trabajo, en la negociación colectiva, en el diálogo social y en la capacidad de la ciudadanía para organizarse y defender sus derechos.

Una democracia sin sindicatos fuertes es una democracia más débil; un mundo del trabajo sin representación colectiva deja al trabajador mucho más expuesto frente al poder económico.

Ningún derecho conquistado es irreversible. La historia demuestra que las libertades pueden retroceder cuando se olvidan las razones por las que fueron conquistadas. Cada generación tiene la responsabilidad de preservar ese legado y ampliarlo para quienes vendrán después.

Celebrar el cincuentenario de la Asamblea de Barcelona es celebrar la historia de Comisiones Obreras, pero también reivindicar una parte esencial de la historia democrática de España. Porque en Sant Medir no solo nació la posibilidad de un sindicato moderno. Allí se fortaleció la esperanza de un país que empezaba a dejar atrás la dictadura para construir un futuro de libertad, justicia social y democracia.

Con motivo de esta efeméride, Comisiones Obreras ha organizado diversos actos para recuperar el llamado "espíritu de Sant Medir". El principal se celebró en el Centro Cívico Cotxeres de Sants, muy próximo al lugar donde tuvo lugar la Asamblea de 1976, con el objetivo de recordar medio siglo de conquistas sociales, laborales y democráticas.

El acto celebrado el pasado 9 de julio puede verse íntegramente a través del enlace:50 Aniversario de la Asamblea de Barcelona” Es un testimonio de gran valor histórico y humano que merece contemplarse con calma. No solo porque recuerda un episodio decisivo de nuestra historia reciente, sino porque ayuda a comprender que las libertades de las que hoy disfrutamos tienen nombres, rostros y biografías de hombres y mujeres que decidieron no resignarse.

Hoy, cincuenta años después, aquella esperanza sigue siendo una tarea inacabada. El mejor homenaje a quienes se reunieron en Sant Medir, desafiando la prohibición y el miedo, no consiste únicamente en recordarlos. Consiste en mantener viva su convicción de que una sociedad más libre, más igualitaria y más justa nunca se conquista de una vez para siempre: hay que defenderla cada día.

Porque la historia no la cambian solo los grandes dirigentes. La cambian, sobre todo, miles de hombres y mujeres anónimos que, cuando llega el momento decisivo, son capaces de vencer el miedo para conquistar la libertad de todos.



Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

La Perla Peregrina: Cuando el arte rescata la memoria

Vista de una sala de la exposición de Sánchez Castillo: 'Salón de los espejos' en el Palacio Velázquez en el Retiro (Madrid). 

A lo largo de mi vida sindical, política y personal he tenido la oportunidad de conocer a numerosos artistas de la palabra, los pinceles y la voz. De muchos de ellos he escrito en mis columnas de opinión. Sin embargo, hoy quiero dedicar esta crónica a uno de mis descubrimientos más recientes: Fernando Sánchez Castillo, que se suma a dos creadores a los que siempre admiré: Rafael Alberti y Juan Genovés. De ambos escribí en su día, fruto de la relación personal que mantuve con ellos. Los tres comparten un rasgo que hoy parece cada vez más escaso: una sólida conciencia de clase obrera.

Conocí a Fernando Sánchez Castillo hace unos seis años, en 2020, a raíz de la polémica decisión del gobierno municipal del Partido Popular, encabezado por el alcalde José Luis Martínez-Almeida, de retirar las placas con los nombres de los represaliados por el franquismo que formaban parte del Memorial del Cementerio de La Almudena. Aquel monumento había sido impulsado por el anterior gobierno de Manuela Carmena y el proyecto se encontraba ejecutado en más de un ochenta por ciento cuando fue paralizado.

El responsable artístico de la obra era precisamente Fernando Sánchez Castillo. Me lo presentaron dos amigos, Tomás Montero y Fausto Canales, dos personas entregadas en cuerpo y alma a la búsqueda de la verdad, la justicia y la reparación de la memoria histórica. Sus avales sobre Fernando eran incontestables.

Desde entonces hemos mantenido numerosas conversaciones, muchas de ellas relacionadas con la búsqueda del bolígrafo que salvó la vida a mi compañero y amigo Alejandro Ruiz-Huerta, superviviente de los asesinatos de los Abogados de Atocha y actual presidente de la Fundación Abogados de Atocha. Finalmente, Alejandro consiguió una fotografía del objeto, lo que permitió al artista realizar una reproducción que hoy forma parte de la exposición recién inaugurada en el Palacio de Velázquez del Museo Reina Sofía, en el parque del Retiro de Madrid. La muestra puede visitarse desde el 24 de junio de 2026 hasta el 7 de marzo de 2027.

«La Perla Peregrina», nombre de la exposición, reúne piezas y objetos cargados de historia y simbolismo. Entre ellos se encuentra la reproducción del bolígrafo Inoxcrom que detuvo la bala destinada a Alejandro Ruiz-Huerta, así como las zapatillas que una de Las Trece Rosas regaló a su sobrina Martina Barroso, en la actualidad las zapatillas son propiedad de su nieta Paloma Barroso.

Reproducían del bolígrafo y de las zapatillas de las que hablo en la crónica

El conjunto de la exposición constituye una profunda reflexión sobre la memoria histórica, el poder y las diversas formas de resistencia frente a los relatos oficiales. A través de esculturas, instalaciones, vídeos, monumentos y objetos de gran carga simbólica, el artista madrileño explora las manipulaciones y silencios que se esconden tras los grandes acontecimientos históricos, cuestionando la manera en que el poder construye la memoria colectiva y legitima determinadas versiones de los hechos.

Sánchez Castillo combina investigación, ironía y crítica para desmontar la solemnidad de los discursos dominantes. Obras dedicadas al yate Azor de Franco, al atentado contra Carrero Blanco, a reliquias del franquismo o a monumentos transformados y descontextualizados revelan la fragilidad y el carácter efímero de los símbolos del poder. Al mismo tiempo, la muestra rinde homenaje a figuras de la resistencia y la desobediencia civil, desde el anónimo Tank Man de Tiananmen hasta las Madres de Plaza de Mayo o Federico García Lorca.

La exposición recupera también memorias olvidadas de la Guerra Civil, el exilio republicano y la lucha por las libertades, rescatando gestos anónimos, pintadas antifranquistas, refugios improvisados y otras formas de resistencia cotidiana.

Alejandro Ruiz-Huerta y Fernando Sanchez Castillo delante de la urna que alberga el bolígrafo que salvo la vida a Alejandro. 
Una de las vitrinas alberga la reproducción en bronce del bolígrafo de Alejandro Ruiz-Huerta. Aquel sencillo objeto de metal detuvo una bala durante la matanza de Atocha. «La palabra le salvó la vida», señala Fernando Sánchez Castillo, sintetizando en una frase el profundo simbolismo de la pieza.

Especialmente impactante resulta una de las obras dedicadas a la tortura durante la dictadura franquista. Un gran lienzo en blanco y negro muestra una bandera azotada por el viento, evocando el movimiento de las toallas húmedas utilizadas por los torturadores para golpear a las víctimas sin dejar marcas visibles. Sin embargo, el artista persigue precisamente lo contrario: hacer visibles esas huellas ocultas. Las telas están impregnadas de pigmento negro de Marte, un óxido de hierro que remite simbólicamente a la sangre.

Fernando Sanchez y Francisco Naranjo, delante del cuadro relacionado con las toallas húmedas. 
A través de más de doscientas piezas, Sánchez Castillo invita al visitante a reconsiderar la Historia no como un relato cerrado escrito por los vencedores, sino como un espacio de conflicto, memoria y participación ciudadana en permanente construcción.

En definitiva, según mi modesta opinión, la exposición plantea una idea esencial: la Historia no solo la escriben o cuentan quienes vencen, sino también quienes resisten, desobedecen y mantienen viva la memoria frente al poder.

Dado que la muestra permanecerá abierta hasta el 7 de marzo de 2027, hay tiempo más que suficiente para visitarla con calma. Incluso sentándose delante de cada obra, como diría mi amigo Juan Genovés Q.E.P.D, Mi recomendación es recorrerla sin prisas, detenerse ante cada pieza y dejarse interpelar por las preguntas que plantea. Gusten más o menos sus propuestas artísticas, pocos visitantes saldrán indiferentes. Estoy convencido de que muchos descubrirán aspectos poco conocidos de nuestra historia reciente que rara vez aparecen en los relatos oficiales o en los libros de texto.

Para quien no conozca a Fernando Sánchez Castillo (Madrid, 1970), solo decirle que es uno de los artistas contemporáneos españoles más destacados de su generación. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, completó su formación en diversas instituciones internacionales y ha desarrollado una trayectoria centrada en el análisis crítico de la memoria histórica, los símbolos del poder y la construcción de los relatos oficiales.

A través de esculturas, instalaciones, vídeos, dibujos y proyectos de investigación, su obra explora la relación entre arte, política e historia, abordando cuestiones como el franquismo, la Guerra Civil, la Transición democrática y los mecanismos de representación del poder.

Su trabajo ha sido exhibido en importantes museos y centros de arte nacionales e internacionales, consolidándose como una de las voces más singulares del arte contemporáneo español.

Esta es mi visión de Fernando y su obra y así os la he contado. Ahh y no dejéis de visitar la exposición. Reitero: no os va a dejar indiferentes.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

AMNISTÍA: QUE TRATA DE ESPAÑA.


Las redes sociales me recuerdan que, por estos días, pero de 2017, hace ya nueve años, la Fundación 1º de Mayo de CCOO organizó en Madrid una exposición en recuerdo y homenaje a una gran muestra celebrada en Milán (Italia) en 1972, en apoyo al movimiento obrero español. Como tuve la oportunidad de estar en la inauguración de aquella exposición, quiero compartir estas líneas con quienes deseen acercarse a esta parte, tan valiosa como poco conocida, de nuestra memoria obrera.

La exposición Amnistía: Que trata de España fue una de las iniciativas culturales y políticas de solidaridad internacional más importantes contra la cruel dictadura franquista, esa dictadura que algunos partidos tratar de blanquear. Se celebró en Milán en marzo de 1972 bajo el título italiano Amnistia che tratta di Spagna.

La muestra fue organizada conjuntamente por las centrales sindicales italianas CGIL, CISL y UIL, junto a las entonces clandestinas Comisiones Obreras de España, con la inestimable colaboración del PCE.

Aquel proyecto tenía un doble objetivo: recaudar fondos para apoyar las luchas obreras y ayudar a las familias de los presos políticos antifranquistas, al tiempo que denunciaba internacionalmente la represión ejercida por la dictadura de Francisco Franco contra la clase trabajadora española.

El título de la exposición fue propuesto por Rafael Alberti, inspirado en el poemario Que trata de España, del poeta Blas de Otero.

Participaron cerca de trescientos artistas, poetas, intelectuales y músicos. Entre ellos figuraban nombres imprescindibles de la cultura europea y española como Pablo Picasso, Joan Miró, Antoni Tàpies, Rafael Alberti, María Teresa León, Pablo Neruda, Juan Genovés, Raimon, Lluís Llach, Manuel Gerena, Julia León o Elisa Serna, entre muchos otros. El documental que recogía las intervenciones, poemas y canciones de aquellos artistas continúa siendo hoy un testimonio especialmente emocionante.

En la exposición de 2017. De izquierda a derecha: Manuel Gerena, Paco Naranjo, Julia León y Paco Acosta. ( En la imagen de fondo del televisor, Julia León, en la exposición de 1972, cantando A la Huelga) 

Uno de los aspectos más impresionantes de aquella iniciativa fue el traslado clandestino de numerosas obras desde España hasta Italia. Muchos cuadros cruzaron la frontera ocultos en coches y furgonetas, mientras artistas y militantes se arriesgaban a detenciones y represalias policiales. Entre quienes participaron activamente en aquel arriesgado traslado se encontraban mis queridos amigos Juan Genovés y Tino Calabuig.

La exposición no se limitó al ámbito artístico. También incluyó recitales poéticos, conciertos de cantautores, proyecciones de documentales clandestinos y abundante material de propaganda antifranquista. Fue, en definitiva, un extraordinario ejemplo de alianza entre cultura, movimiento obrero y solidaridad internacional en los últimos años del franquismo.

Como comentaba antes, cuarenta y cinco años después, en 2017, parte de aquella memoria fue recuperada en la exposición Amnistía. Que trata de España. Arte y solidaridad (Milán 1972-Madrid 2017), organizada por la Fundación 1º de Mayo de CCOO y presentada en el Museo de Historia de Madrid.

La exposición madrileña evocaba la de Milán, su enorme dimensión artística y sus profundos valores democráticos, supuso, además, una nueva contribución a la recuperación de la memoria democrática de nuestro país. Permaneció abierta durante varios meses en el antiguo Hospicio de Madrid, en el emblemático edificio situado junto a la plaza de Tribunal y contó con trece cuadros pertenecientes a la CGIL, cedidas temporalmente para la ocasión.

La mayoría de las obras originales de 1972, sin embargo, permanecen en manos de sus propietarios y no pudieron trasladarse a Madrid. Especial relevancia tiene Le Fumeur, el cuadro de Picasso propiedad del Ayuntamiento de Milán. Desde hace unos días se custodia y exhibe en el prestigioso Museo del Novecento de Milán.

Dicha exposición fue inaugurada por el secretario general de CCOO, Ignacio Fernández Toxo; la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena; el responsable de Políticas Europeas e Internacionales de la CGIL, Fausto Durante y el secretario general de CCOO de Madrid, Jaime Cedrún.

La asistencia al acto inaugural fue muy numerosa. Allí coincidieron cantautores y sindicalistas de aquella época, abogados laboralistas y muchas personas comprometidas con la recuperación de una memoria democrática que durante demasiado tiempo ha sido silenciada y que todavía hoy continúa siendo cuestionada por determinados discursos revisionistas y neofranquistas empeñados, una y otra vez, en blanquear la cruel dictadura franquista.

La exposición tuvo como comisarios a Ana Abelaira, Susana Alba y José Babiano, bajo la coordinación general de Bruno Estrada. A todos ellos hay que felicitarlos por el excelente trabajo realizado.

Personalmente, y valorando muy positivamente el conjunto de la muestra y sus valiosísimas piezas históricas, me quedo especialmente con el documental que la acompañaba. Un trabajo realizado con medios modestos, pero capaz de transmitir con enorme emoción la importancia de aquella iniciativa, así como las palabras, canciones y sentimientos de solidaridad que despertó el apoyo internacional al movimiento obrero español y a las Comisiones Obreras clandestinas.

Hoy, junio de 2026, cuando vivimos tiempos de retroceso en valores como la solidaridad, la justicia social y la memoria democrática, amenazados por el avance de posiciones reaccionarias de extrema derecha, no estaría de más recuperar y volver a exponer esta imprescindible muestra en distintas ciudades de España. Sería una magnífica forma de preservar la memoria colectiva y, sobre todo, de transmitir a las generaciones más jóvenes el valor de la lucha por la libertad, la democracia y los derechos sociales.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

Abogados de Atocha: Fechas que dejan huella en la memoria

 

Plaza de Antón Martin (Madrid). Monumento El Abrazo de Juan Genovés, inaugurado el 10 de junio de 2003. 
Al igual que enero es un mes cargado de fechas inolvidables, aunque marcadas por el dolor y la tragedia, junio también guarda en la memoria fechas imborrables, ligadas al reconocimiento, mas que merecido, a nuestros queridos Abogados de Atocha.

El 2 de junio de 2005 quedó constituida oficialmente la Fundación Abogados de Atocha, haciendo realidad el acuerdo aprobado en el Congreso de CCOO de Madrid celebrado en mayo del año anterior. (Pinchar aquí).

Pero antes, también en junio, concretamente el 10 de junio de 2003, tuvo lugar la inauguración del grupo escultórico El abrazo, del artista Juan Genovés, situado en la plaza de Antón Martín, en Madrid. Recordar aquella fecha me despierta innumerables recuerdos, porque hay memorias que no se apagan. Permanecen aferradas al tiempo, tercas y vivas, negándose a ceder al olvido. La memoria de los Abogados de Atocha es una de ellas.

Cada año, cuando llega enero y se recuerda el asesinato de los Abogados de Atocha en 1977, la memoria vuelve a hacerse presente en Atocha 55 y sus alrededores. Allí donde la violencia franquista quiso imponer el miedo, sigue latiendo el recuerdo de unas vidas truncadas demasiado pronto. No eran solo nombres; representaban una manera de entender la dignidad, la justicia y la esperanza. Y, junto a ello, permanece también el dolor de sus familiares y amigos.

A comienzos de los años 2000, cuando se acercaba el 25 aniversario de aquel atentado fascista que sacudió la conciencia de todo un país, desde CCOO de Madrid dimos un paso más. Impulsamos una idea sencilla y profundamente necesaria: que los municipios de la Comunidad de Madrid mantuvieran viva la memoria de quienes fueron asesinados por defender la libertad y la justicia. Queríamos que sus nombres no quedaran suspendidos en el aire, sino anclados para siempre en calles, plazas y parques; en la vida cotidiana de la gente.

La respuesta fue generosa. Más de veinticinco municipios madrileños recogieron el testigo de la memoria y dedicaron espacios públicos a los Abogados de Atocha o a algunos de sus miembros. Sin embargo, persistía un silencio especialmente doloroso: el del Ayuntamiento de Madrid.

La capital del Estado seguía sin ofrecerles un lugar de reconocimiento. Ni las firmas recogidas, ni las voces que reclamaban justicia y memoria, lograban abrir aquella puerta. El olvido institucional parecía imponerse, frío y obstinado.

Pero en 2002 el Ayuntamiento rectificó. A propuesta de IU y PSOE, y con el acuerdo unánime de todos los grupos municipales, se aprobó rendir homenaje a los Abogados de Atocha en la plaza de Antón Martín. No fue solo una decisión política; fue también una deuda moral que comenzaba, por fin, a saldarse con quienes habían entregado su vida por la democracia.

Desde CCOO de Madrid pensamos entonces que aquel homenaje debía contar con un símbolo a la altura de lo que representaba. Y ese símbolo ya existía: El abrazo, de Juan Genovés. Una imagen convertida en icono universal de reconciliación, solidaridad y esperanza. Propusimos al artista transformar aquella pintura en una escultura.

Recuerdo la visita a su estudio de Aravaca como se recuerdan los momentos que dejan huella sin que uno sea plenamente consciente de ello. Juan Genovés aceptó. Y en aquel sí había mucho más que una aprobación artística: había compromiso, emoción compartida y memoria colectiva.

En El Abrazo habitan fragmentos de vida de muchas personas

Después llegaron las reuniones, las gestiones y las conversaciones necesarias para convertir aquella idea en realidad. Finalmente, el 10 de junio de 2003, El abrazo se hizo materia en el corazón de Madrid. Allí, en la plaza de Antón Martín, a pocos pasos de Atocha 55, quedó instalada la escultura: hombres y mujeres fundidos en un abrazo que desafiaba la violencia y respondía al odio con humanidad.

Aquel mismo día, por uno de esos caprichos de la historia, en la Asamblea de Madrid se desarrollaba otro episodio que también dejaría huella: el llamado El Tamayazo. Dos escenas muy distintas cruzándose en una misma fecha. Una representaba la traición y la división; la otra, el consenso, la concordia y la memoria democrática.

Maqueta de El Abrazo de Juan Genovés, que después se convirtió en grupo escultórico, situado en la Plaza de Antón Martin.

Pero vuelvo a lo esencial. Porque cada vez que contemplo hoy la escultura siento que también encierra algo profundamente personal. En aquellos años yo era responsable de Comunicación de CCOO de Madrid y participé directa y personalmente en el proceso que hizo posible que El abrazo dejara de ser únicamente un cuadro para convertirse primero en maqueta, después en monumento y, con el paso del tiempo, en Lugar de Memoria Democrática. (Pichar aquí)

Placa colocada en el monumento El Abrazo, el 24 de enero de 2026, que declara por parte del Gobierno Central a este monumento lugar de Memoria Democrática
Por eso, cuando paso por la plaza de Antón Martín y miro la escultura, pienso —sin arrogancia, pero con íntima emoción— que en ese bronce también habitan pequeños fragmentos de la vida de quienes lucharon para que aquel monumento existiera. Y, con un cierto orgullo, debo reconocer que uno de esos pequeños fragmentos también es mío.

Ah, y, por cierto, otra fecha inolvidable del mes de junio —al menos para mis padres y para mí— fue mi nacimiento. Yo también nací en junio, concretamente el 23 de junio de 1946. Pero esa ya es otra historia de bastante de menor interés que la que aquí he querido recordar.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2014) y sindicalista de CCOO.

P.D.- Publicado también en Madridiario.es 

En recuerdo de Juan Genoves, en el sexto aniversario de su fallecimiento.

 


Juan Genoves, posando con su cuadro El Abrazo, tambien llamado Amnistia.

Tal día como hoy, 15 de mayo de 2026, se cumplen seis años del fallecimiento en Madrid, a los 89 años de edad, de Juan Genovés, artista universal y autor de la emblemática obra El Abrazo, también conocida como Amnistía.

En 2017, el Patronato de la Fundación Abogados de Atocha le concedió su premio por su compromiso con la paz, la libertad y la concordia. El galardón se entregó el 24 de enero, coincidiendo con el 40 aniversario del asesinato de los Abogados de Atocha.

Juan Genovés fue mucho más que el autor de un cuadro histórico, como El Abrazo. Fue uno de los artistas españoles con mayor proyección internacional, con miles de obras expuestas en museos y galerías de los cinco continentes, desde Nueva York a Tokio, de Ciudad del Cabo a Sídney.

Pero si una obra marcó su vida y la memoria colectiva de nuestro país fue El Abrazo, realizado en 1975 y convertido en símbolo de la Transición española. Reproducido bajo el nombre de Amnistía, se editaron cientos de miles de carteles para reclamar la libertad de los presos políticos y apoyar la lucha por las libertades democráticas.

Uno de aquellos carteles colgaba precisamente en el despacho de abogados laboralistas de Atocha 55, donde el 24 de enero de 1977 fueron asesinados cuatro abogados y un sindicalista por un comando de extrema derecha.

Paradójicamente, cuando en 1976 comenzaron a imprimirse los carteles, Juan Genovés fue detenido y permaneció incomunicado durante siete días en la Dirección General de Seguridad por el “grave delito” de ser el autor de aquella obra.

La escultura inspirada en El Abrazo, impulsada por CCOO, se encuentra desde 2003 en la plaza de Antón Martín de Madrid, como homenaje a los abogados laboralistas asesinados. Este monumento es desde el pasado año 2025 lugar de memoria democratica.

En la transición, también fue durante años símbolo de Amnistía Internacional en España, ayudando incluso a financiar los primeros pasos de la organización en nustro pais.

Tuve la oportunidad de visitar a Juan Genovés en su estudio en vísperas de la entrega del premio de 2017. A sus 86 años seguía transmitiendo vitalidad, ilusión y una enorme capacidad de trabajo: dedicaba entre diez y doce horas diarias a pintar. Nos recibió sin prisas, con cercanía y sencillez, y mantuvimos una conversación inolvidable sobre arte, memoria y compromiso.

En enero de 2017, en el estudio de Juan Genoves, posando con el farol que le regalaron los ferroviarios de CCOO en 1987.

Hablamos, cómo no, de El Abrazo y de sus continuas desapariciones de los espacios públicos. Desde que el Estado adquirió la obra en 1980, el cuadro vivió una historia casi clandestina: pasó años almacenado, oculto o retirado, hasta que diversas denuncias públicas, en especial las de CCOO, lograron devolverlo a la luz.

Finalmente, en 2016, fue trasladado al Congreso de los Diputados, cumpliéndose así uno de los deseos de Genovés, quien sostenía que aquella obra ya pertenecía al pueblo español.

Durante aquella conversación hubo una reflexión suya que me impresionó especialmente. Decía: “Estamos en una época en la que parece ponerse de moda no pensar. Estoy esperando que vuelva a ponerse de moda pensar; quizá estaríamos todos mejor”. Una frase sencilla, pero llena de verdad.

Tras aquella tarde con este gran artista y, al mismo tiempo, profundamente humilde, comprendí aún más la dimensión humana de Juan Genovés.

En fin, Juan, estés donde estés, aquí seguiremos recordándote. Porque mientras exista tu enorme legado, seguirá viva una parte imprescindible de nuestra memoria colectiva.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.