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| Pilar Blanco, en su despacho de CCOO de Madrid, a finales del siglo pasado, siglo XX. |
Hace unos días, como si el azar tuviera memoria y voluntad, una paloma herida vino a caer en el patio de mi casa. No llegó: se dejó caer. Traía en el cuerpo el temblor del miedo y en las alas la huella de la violencia. No hizo falta entender su lenguaje para saber que pedía amparo.
Se lo dimos. Agua, alimento,
silencio. Y una tregua.
Durante un par de días habitó
nuestro patio como quien habita un paréntesis. Después, una mañana cualquiera,
alzó el vuelo y se fue. Volvió —quiero creer— al lugar del que venía, quizá
incluso a aquellos que la habían herido hasta casi borrarla.
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| Así llego la paloma herida a mi patio |
Su presencia trajo consigo un
recuerdo.
El de Pilar Blanco.
Amiga, periodista, mujer de
palabra firme y mirada lúcida, que se fue demasiado pronto. Pero hay personas
que no se van del todo: permanecen en lo que dijeron, en lo que hicieron, en la
forma en que nos enseñaron a mirar. Pilar es una de ellas.
Al ver a la paloma, acudió a mi
memoria una de sus columnas en Madrid Sindical, entre las muchas que
escribió. Se titulaba “Gacela herida”. Aquel texto me impresionó entonces;
hoy, vuelto a leer desde esta pequeña historia doméstica, adquiere un eco más
hondo, casi doloroso.
La reproduzco aquí, tal como ella
lo escribió, a finales del siglo pasado:
“Gacela herida”
Hace unos días, saliendo, con
paso vacilante, de buscar consuelo médico para mi maltrecho cuerpo, fui
sorprendida por un revuelo callejero; ya se sabe que en esos casos una puede
encontrarse o una pelea o un accidente de tráfico. En este caso era lo segundo.
En efecto, una mujer joven
acababa de ser atropellada por una moto. Mientras un mensajero recogía el
contenido de su cajón volcado, la motorista y otra mujer levantaban del suelo a
la herida, presa de los nervios y el llanto. Se movía con dificultad y entre
todas intentamos convencerla de la conveniencia de acudir a un centro médico
cercano para que fuese atendida adecuadamente.
Pero ella repetía, entre
sollozos, que no podía: tenía prisa, debía trabajar y recoger a las niñas.
Comprobamos que podía moverse
sin aparente gravedad, pero no dejaba de llorar. Alguien preguntó por qué, y
entonces lo entendí con claridad: “No puedo porque tengo que cocinar y recoger
a las niñas… además, mi marido me va a regañar”.
La motorista y yo
intercambiamos una mirada de espanto. No fuimos capaces de convencerla de que
se quedara a descansar.
¡Paloma resistente, gacela
herida!
Así escribía Pilar: con una
mezcla de claridad y desgarro, de mirada social y pulso humano.
Pero Pilar no fue solo una voz:
fue, antes que nada, una vida.
Llegó a Madrid en los años
sesenta, desde un pequeño pueblo de Palencia, como tantos otros que buscaban
trabajo y acabaron encontrándose con la historia. Eran los últimos años de la
dictadura, tiempos de ruido contenido y de dignidad en voz baja.
Trabajó como metalúrgica en
Isodel, en el polígono de Méndez Álvaro. Allí, entre máquinas y turnos, fue
también enlace sindical. No era frecuente entonces ver a una mujer en ese
papel. Pero Pilar no parecía interesada en lo frecuente, sino en lo justo.
Defendió a sus compañeros con la
misma naturalidad con la que más tarde defendería las palabras.
Porque llegaron las palabras.
Cuando la fábrica cerró, decidió estudiar periodismo. Y lo hizo con la
determinación de quien no empieza de cero, sino desde la experiencia. Fue una
periodista de convicción, de las que escriben porque hay algo que decir.
En los años noventa, cuando la
comunicación sindical apenas tenía estructura, contribuyó decisivamente a que
CCOO de Madrid encontrara voz en los medios. No fue un trabajo visible, pero sí
fundamental: el de abrir camino.
En el año 2000 asumió la
dirección de Madrid Sindical. Lo hizo tras atravesar una enfermedad que
la obligó a reaprender lo más básico: hablar, leer, caminar. Volvió, sin
embargo, con una entereza que no hacía ruido, pero que lo sostenía todo.
Sus columnas —más de cien— fueron
un espacio de pensamiento y de mirada. Las firmó como Pilar Blanco, pero
también como Clara Pérez o Feli Gutiérrez, nombres heredados de sus abuelas,
como si en ellas también escribiera una memoria más antigua.
Sus compañeros reunieron esos textos en un libro: Que florezcan cien rosas. Y no es un mal título para resumir su manera de estar en el mundo.
Cada 23 de abril regalaba libros.
Era su pequeño gesto de resistencia: frente al ruido, la lectura; frente a la
prisa, la palabra. Nos recordaba, sin imponerse, que vivir también es detenerse
a leer.
Pilar fue muchas cosas
—metalúrgica, sindicalista, periodista—, pero quizá por encima de todas ellas
fue maestra. No en el sentido académico, sino en el más difícil: el de quien
enseña a mirar.
Ganó muchas batallas. Solo perdió
una: la lucha contra el cáncer.
Y aun así, incluso en ese último
tramo, decidió cómo quería quedarse. Pidió volver a su pueblo, descansar en el
patio de su casa, junto a un olivo, rodeada de peonías y azucenas, cerca de un
lilo antiguo. Como si también en eso hubiera una forma de escritura.
Tras su muerte, su nombre quedó
ligado a un premio: el Premio Pilar Blanco a la Comunicación Sociolaboral,
que reconoce a quienes entienden el periodismo como compromiso. No es un
homenaje vacío: es una continuidad.
Podría decir mucho más de ella.
Pero hay vidas que no se cuentan del todo: se intuyen.
En cuanto a la paloma, hace días
que no vuelve. El patio la espera en silencio.
Quizá haya encontrado su lugar.
O quizá, como tantas veces ocurre, simplemente ya no pueda regresar.
Nota: Pilar Blanco
Villarroel nació en Villalcón (Palencia) el 15 de julio de 1946 y falleció en
Madrid el 29 de enero de 2007.
Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.








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