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| Marisa Castro, dando una de sus muchas clases magistrales |
Hay personas que llegan a tu vida casi sin
darte cuenta. No irrumpen haciendo ruido ni buscando protagonismo. Simplemente
aparecen, una y otra vez, en todos aquellos lugares donde se defienden las
causas justas. Y cuando echas la vista atrás descubres que siempre estuvieron
allí. Una de ellas es Marisa Castro Fonseca.
La conocí hace ya muchos años -años 80 del
siglo pasado- en aquellos encuentros políticos interminables que, para quienes
empezábamos a caminar, eran también una escuela de aprendizaje. Ella ya era una
dirigente respetada; yo apenas un aprendiz que comenzaba a salir del estrecho
ámbito ferroviario para descubrir la inmensidad de la militancia política.
Ambos compartíamos las siglas del PCE y la ilusión por construir una España más
libre y más justa. Creo recordar que todavía no era concejala del Ayuntamiento
de Madrid, pero ya se intuía en ella esa mezcla de firmeza, inteligencia y
cercanía que siempre la ha acompañado.
Con el paso de los años nuestros caminos
volvieron a cruzarse una y otra vez. Coincidimos en el sindicalismo, en los
actos de la Fundación Abogados de Atocha, en presentaciones de libros, en
manifestaciones, homenajes y movilizaciones obreras. Porque Marisa pertenece a
esa estirpe de personas que nunca entienden el compromiso como una etapa de su
vida, sino como una manera de vivir. Allí donde hubiera una causa noble, una
reivindicación justa o un acto de memoria democrática, era fácil encontrarla.
En los últimos tiempos compartimos también
las tertulias que periódicamente se celebran en la cafetería de la Fundación
Abogados de Atocha, las entrañables reuniones que llevan el nombre de Macario
Barjas, en recuerdo de aquel inolvidable dirigente de Comisiones Obreras de la
Construcción. Son encuentros donde se habla de política, de historia, de
sindicalismo y, sobre todo, de la vida. Y allí sigue estando Marisa,
escuchando, opinando, aprendiendo y enseñando, como ha hecho siempre.
Guardo, además, un recuerdo muy especial de
ella. Fue en Fuenlabrada, durante la presentación de mi libro El pasado es la linterna del futuro.
Su intervención fue brillante, pero, por encima de todo, profundamente
afectuosa. Habló del libro con la generosidad de quien sabe reconocer el
trabajo ajeno sin escatimar elogios, pero también con la sinceridad de quien
solo dice aquello que siente. Son esos gestos los que uno nunca olvida.
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| Con los pensionistas de CCOO de Fuenlabrada, presentando mi libro El pasado es la linterna del futuro. A mi lado Marisa Castro. |
No sé explicar muy bien por qué, pero a lo
largo de todos estos años siempre nos hemos tratado con un respeto mutuo que el
tiempo fue transformando en un cariño sereno. De esos afectos que no necesitan
cultivarse con frecuencia porque permanecen intactos, aunque pasen los meses o
incluso los años sin verse.
Pero ¿quién es realmente Marisa Castro?
Hay personas cuya biografía puede resumirse
enumerando los cargos que ocuparon. Y hay otras cuya verdadera historia solo
puede contarse hablando de coherencia. Marisa pertenece a estas últimas.
Nació el 18 de agosto de 1946 en Mansilla del
Páramo, un pequeño pueblo leonés que la vio dar sus primeros pasos. Pertenece a
esa generación de mujeres que decidió enfrentarse a la dictadura cuando hacerlo
significaba jugarse la libertad, el trabajo y, en demasiadas ocasiones, el
futuro. Comenzó su militancia en la clandestinidad universitaria, vinculada al
Partido Comunista de España, convencida de que la democracia no llegaría sola,
sino gracias al esfuerzo de miles de personas anónimas.
Muy pronto encontró también su lugar en el
Movimiento Democrático de Mujeres, una organización clandestina nacida para
apoyar a los presos políticos y a sus familias, pero también para sembrar las
primeras semillas del feminismo en la España franquista. En Asturias compartió
lucha con tantas mujeres cuyo nombre nunca aparecerá en los libros de historia
y colaboró en la edición del boletín Mundo
Femenino, cuando defender la igualdad seguía siendo un acto de
valentía.
Su compromiso nunca fue una moda ni una
consigna. Fue una forma de entender la vida.
Cuando llegó a las instituciones —primero
como concejala del Ayuntamiento de Madrid y después como diputada en el
Congreso— no dejó sus principios en la puerta. Los llevó consigo. Desde las
comisiones de Derechos de la Mujer y de Sanidad y Consumo defendió las mismas
ideas por las que había luchado durante tantos años en la calle. Nunca olvidó
quién era ni de dónde venía.
Fue una de las voces más firmes en defensa
del derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo. Reivindicó la
libertad sexual cuando hacerlo todavía despertaba demasiados prejuicios y
tendió la mano al colectivo LGTBI cuando muy pocos se atrevían a caminar a su
lado. Lo hizo sin estridencias, pero con una convicción que nunca necesitó
levantar la voz para hacerse escuchar.
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| Por una sexualidad libre, Archivo Histórico de la Fundación 1º de mayo |
Aquel compromiso pionero recibió en mayo de
2019 un merecido reconocimiento en Rivas Vaciamadrid, donde fue homenajeada por
su contribución a la defensa de los derechos del colectivo LGTBI. Pero, en
realidad, aquella placa no distinguía únicamente a Marisa. Era el homenaje a
toda una generación de mujeres que abrió caminos para que hoy otras personas
puedan vivir con mayor libertad y dignidad.
Ni siquiera la jubilación institucional puso
fin a su compromiso. Desde Comisiones Obreras continúa defendiendo los derechos
de las personas mayores como secretaria general de la Federación de
Pensionistas de Madrid. Porque quienes entienden la justicia social como una
obligación moral nunca encuentran el momento de dejar de luchar.
Quienes conocen a Marisa saben que detrás de
esa firmeza hay una mujer cercana, sencilla y profundamente humana. Nunca buscó
el aplauso ni el protagonismo. Siempre prefirió los resultados a los discursos
y el trabajo silencioso a los focos.
Mirando su trayectoria resulta imposible no
sentir admiración. Marisa Castro pertenece a esa generación irrepetible de
mujeres que conquistó derechos para las demás sin preguntarse si ellas
llegarían a disfrutarlos plenamente. Mujeres que hicieron del feminismo una
forma de justicia, de la política una herramienta de transformación y del
sindicalismo un compromiso permanente con quienes más lo necesitaban.
Gracias a mujeres como ella, nuestro país es
hoy más democrático, más libre y más igualitario.
Marisa, sin lugar a dudas, has sido y eres,
una gran costalera de la democracia. Seguro que nos seguiremos encontrando en
esos caminos donde siempre merece la pena estar: los de la memoria, la dignidad
y la esperanza.
Y estoy convencido de que esta historia
todavía no ha terminado. Marisa, tú y yo, compartimos la misma edad y,
conociéndote, sé que aún te quedan muchas batallas por librar, muchas causas
que defender y muchos abrazos que repartir.
Francisco
Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y
sindicalista de CCOO.


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