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LEMA DE ESTA BLOG: ... hay un rayo de sol en la lucha que siempre deja la sombra vencida. (Miguel Hernández)

Marisa Castro: una vida al servicio de la igualdad

 

Marisa Castro, dando una de sus muchas clases magistrales

Hay personas que llegan a tu vida casi sin darte cuenta. No irrumpen haciendo ruido ni buscando protagonismo. Simplemente aparecen, una y otra vez, en todos aquellos lugares donde se defienden las causas justas. Y cuando echas la vista atrás descubres que siempre estuvieron allí. Una de ellas es Marisa Castro Fonseca.

La conocí hace ya muchos años -años 80 del siglo pasado- en aquellos encuentros políticos interminables que, para quienes empezábamos a caminar, eran también una escuela de aprendizaje. Ella ya era una dirigente respetada; yo apenas un aprendiz que comenzaba a salir del estrecho ámbito ferroviario para descubrir la inmensidad de la militancia política. Ambos compartíamos las siglas del PCE y la ilusión por construir una España más libre y más justa. Creo recordar que todavía no era concejala del Ayuntamiento de Madrid, pero ya se intuía en ella esa mezcla de firmeza, inteligencia y cercanía que siempre la ha acompañado.

Con el paso de los años nuestros caminos volvieron a cruzarse una y otra vez. Coincidimos en el sindicalismo, en los actos de la Fundación Abogados de Atocha, en presentaciones de libros, en manifestaciones, homenajes y movilizaciones obreras. Porque Marisa pertenece a esa estirpe de personas que nunca entienden el compromiso como una etapa de su vida, sino como una manera de vivir. Allí donde hubiera una causa noble, una reivindicación justa o un acto de memoria democrática, era fácil encontrarla.

En los últimos tiempos compartimos también las tertulias que periódicamente se celebran en la cafetería de la Fundación Abogados de Atocha, las entrañables reuniones que llevan el nombre de Macario Barjas, en recuerdo de aquel inolvidable dirigente de Comisiones Obreras de la Construcción. Son encuentros donde se habla de política, de historia, de sindicalismo y, sobre todo, de la vida. Y allí sigue estando Marisa, escuchando, opinando, aprendiendo y enseñando, como ha hecho siempre.

Guardo, además, un recuerdo muy especial de ella. Fue en Fuenlabrada, durante la presentación de mi libro El pasado es la linterna del futuro. Su intervención fue brillante, pero, por encima de todo, profundamente afectuosa. Habló del libro con la generosidad de quien sabe reconocer el trabajo ajeno sin escatimar elogios, pero también con la sinceridad de quien solo dice aquello que siente. Son esos gestos los que uno nunca olvida.

Con los pensionistas de CCOO de Fuenlabrada, presentando mi libro El pasado es la linterna del futuro. A mi lado Marisa Castro.

No sé explicar muy bien por qué, pero a lo largo de todos estos años siempre nos hemos tratado con un respeto mutuo que el tiempo fue transformando en un cariño sereno. De esos afectos que no necesitan cultivarse con frecuencia porque permanecen intactos, aunque pasen los meses o incluso los años sin verse.

Pero ¿quién es realmente Marisa Castro?

Hay personas cuya biografía puede resumirse enumerando los cargos que ocuparon. Y hay otras cuya verdadera historia solo puede contarse hablando de coherencia. Marisa pertenece a estas últimas.

Nació el 18 de agosto de 1946 en Mansilla del Páramo, un pequeño pueblo leonés que la vio dar sus primeros pasos. Pertenece a esa generación de mujeres que decidió enfrentarse a la dictadura cuando hacerlo significaba jugarse la libertad, el trabajo y, en demasiadas ocasiones, el futuro. Comenzó su militancia en la clandestinidad universitaria, vinculada al Partido Comunista de España, convencida de que la democracia no llegaría sola, sino gracias al esfuerzo de miles de personas anónimas.

Muy pronto encontró también su lugar en el Movimiento Democrático de Mujeres, una organización clandestina nacida para apoyar a los presos políticos y a sus familias, pero también para sembrar las primeras semillas del feminismo en la España franquista. En Asturias compartió lucha con tantas mujeres cuyo nombre nunca aparecerá en los libros de historia y colaboró en la edición del boletín Mundo Femenino, cuando defender la igualdad seguía siendo un acto de valentía.

Su compromiso nunca fue una moda ni una consigna. Fue una forma de entender la vida.

Cuando llegó a las instituciones —primero como concejala del Ayuntamiento de Madrid y después como diputada en el Congreso— no dejó sus principios en la puerta. Los llevó consigo. Desde las comisiones de Derechos de la Mujer y de Sanidad y Consumo defendió las mismas ideas por las que había luchado durante tantos años en la calle. Nunca olvidó quién era ni de dónde venía.

Fue una de las voces más firmes en defensa del derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo. Reivindicó la libertad sexual cuando hacerlo todavía despertaba demasiados prejuicios y tendió la mano al colectivo LGTBI cuando muy pocos se atrevían a caminar a su lado. Lo hizo sin estridencias, pero con una convicción que nunca necesitó levantar la voz para hacerse escuchar.

Por una sexualidad libre, Archivo Histórico de la Fundación 1º de mayo

Aquel compromiso pionero recibió en mayo de 2019 un merecido reconocimiento en Rivas Vaciamadrid, donde fue homenajeada por su contribución a la defensa de los derechos del colectivo LGTBI. Pero, en realidad, aquella placa no distinguía únicamente a Marisa. Era el homenaje a toda una generación de mujeres que abrió caminos para que hoy otras personas puedan vivir con mayor libertad y dignidad.

Ni siquiera la jubilación institucional puso fin a su compromiso. Desde Comisiones Obreras continúa defendiendo los derechos de las personas mayores como secretaria general de la Federación de Pensionistas de Madrid. Porque quienes entienden la justicia social como una obligación moral nunca encuentran el momento de dejar de luchar.

Quienes conocen a Marisa saben que detrás de esa firmeza hay una mujer cercana, sencilla y profundamente humana. Nunca buscó el aplauso ni el protagonismo. Siempre prefirió los resultados a los discursos y el trabajo silencioso a los focos.

Mirando su trayectoria resulta imposible no sentir admiración. Marisa Castro pertenece a esa generación irrepetible de mujeres que conquistó derechos para las demás sin preguntarse si ellas llegarían a disfrutarlos plenamente. Mujeres que hicieron del feminismo una forma de justicia, de la política una herramienta de transformación y del sindicalismo un compromiso permanente con quienes más lo necesitaban.

Gracias a mujeres como ella, nuestro país es hoy más democrático, más libre y más igualitario.

Marisa, sin lugar a dudas, has sido y eres, una gran costalera de la democracia. Seguro que nos seguiremos encontrando en esos caminos donde siempre merece la pena estar: los de la memoria, la dignidad y la esperanza.

Y estoy convencido de que esta historia todavía no ha terminado. Marisa, tú y yo, compartimos la misma edad y, conociéndote, sé que aún te quedan muchas batallas por librar, muchas causas que defender y muchos abrazos que repartir.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

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