Todos los años, por estas
fechas, con pequeños retoques, vuelvo a compartir esta historia en las redes
sociales. La escribí hace ya mucho tiempo, pero, desgraciadamente, cada verano
sigue estando de plena actualidad. Tan solo hay que actualizar algunos datos.
Comprenderéis el por qué cuando lleguéis al final de su lectura:
Hace calor. Los niños llevan
varios días en la casa cuando, a estas horas, deberían estar en el colegio. En el
ambiente se respira una mezcla de nerviosismo e ilusión. Pronto comenzarán las
vacaciones. Se nota en cada rincón de la casa. Algún grito aislado, alguna
carrera por el pasillo y muchas conversaciones apresuradas delatan las ganas de
marcharse.
Esta mañana me han
despertado antes de lo habitual, cuando aún apenas había amanecido. He visto el
coche cargado hasta arriba. Maletas, bolsas, juguetes... Seguro que nos vamos
de vacaciones.
Me acomodan en el asiento
trasero. Tengo ganas de hacer pipí, pero me aguanto. Ya habrá tiempo. Los niños
viajan a mi lado. Están entretenidos mirando por la ventanilla. No me dicen
nada, aunque tampoco hace falta. Presiento que vamos a la playa, igual que el
verano pasado.
Llevamos aproximadamente un
par de horas de viaje cuando el coche se detiene.
Me hacen bajar. Aprovecharé
para hacer mis necesidades fisiológicas. Veo un árbol a pocos metros de la
carretera y corro hacia él. Tardaré muy poco. Después volveré al coche y
seguiremos el viaje.
Pero cuando regreso...el
coche ya no está. Tampoco veo ninguna gasolinera. Quizá esté detrás de la
curva. Seguro que me he entretenido más de la cuenta. Corro. No hay nadie.
Miro a un lado y a otro de
la carretera. Espero unos minutos. Volverán enseguida. Estoy convencido.
Pasa una hora. Empiezo a
caminar por el arcén. No pueden estar lejos. Tal vez no se hayan dado cuenta de
que no he vuelto a subir. En cuanto me echen de menos, regresarán a buscarme.
Sigo caminando. El sol cae
con fuerza. Lógico, estamos en el mes julio. El asfalto quema. Los coches y
camiones pasan a toda velocidad levantando ráfagas de aire caliente. Ninguno
se detiene.
Entonces escucho un golpe
seco. Después, silencio. Estoy en la cuneta. Intento moverme, pero no puedo.
Noto que algo húmedo empapa
mi cuerpo. Pienso que es sudor. Hace mucho calor. Los coches continúan pasando,
cada vez más lejos. Se hace de noche. Ellos aún no han vuelto. Pero no importa.
Sé que lo harán. Siempre me han querido.
Recuerdo cuando era pequeño.
Las caricias. Los juegos. Las fotografías. Los abrazos de los niños. Las
fiestas de cumpleaños. Los paseos. Yo era uno más de la familia. Por eso estoy
tranquilo.
No pueden haberme
abandonado. Quizá se hayan despistado. Quizá me estén buscando. Quizá no me
vean desde la carretera. El líquido que empapa mi cuerpo no era sudor. Era
sangre. Estoy débil. Aun así, sigo esperando. Porque confío en ellos.
Me cuesta mantener los ojos abiertos.
Tengo frío. Tengo sueño. Tal vez me esté muriendo. Me duermo eternamente
pensando que volverán. Que aparecerán en cualquier momento llamándome por mi
nombre. Que me abrazarán y me llevarán de nuevo a casa. Porque yo sigo creyendo
que me quieren. Porque para mí siguen siendo mi familia. Y porque los perros no
entendemos el abandono. Solo entendemos el amor. No pueden haberme
abandonado.
Conclusión:
La
historia que acaban de leer no es una ficción. Se repite miles de veces cada
año en España y el mes de julio es el peor. Estos son algunos datos:
Según
el estudio “Él nunca lo haría” 2025, de
la Fundación Affinity, durante 2024 fueron recogidos cerca de 292.000 perros y gatos en refugios y protectoras. Esto
significa que, de media, cada dos minutos se abandona un
animal de compañía.
El
verano, y especialmente julio, es la época más cruel. Para miles de animales,
las vacaciones de sus dueños se convierten en una sentencia de abandono. Detrás
de cada cifra hay una vida, una historia y una espera que casi nunca tiene
explicación.
Un
animal no es un juguete ni un objeto de usar y tirar. Es un ser vivo que
siente, sufre y ama sin condiciones. Ellos jamás nos abandonarían.
Nosotros tampoco deberíamos hacerlo.
En memoria del perro de la historia y de
otros miles de perros y gatos abandonados cada año en España y como homenaje a las personas, voluntarios y
protectoras, que luchan cada día para que historias como esta dejen de
repetirse, he escrito esta columna y dedico esta solidaria canción:
"¿Qué
tal si me adoptas?", es una canción lanzada en 2020 para promover la
adopción animal, fue compuesta por la cantautora española Conchita. Esta
emotiva canción solidaria, cuenta con la participación de diversos artistas y busca
concienciar sobre el abandono de mascotas.
Buen verano a tod@s, incluidas
vuestras mascotas.
Francisco
Naranjo Llanos, Director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y
sindicalista de CCOO.

No hay comentarios:
Publicar un comentario