![]() |
| Libros que se adquirían en los años 90 conjuntamente con el periódico El Sol. |
Ayer volvió a ocurrirme. Al lado de un contenedor de
basura encontré una caja llena de libros. Los mismos que veis en esta primera
fotografía. En esta ocasión pertenecían a una colección que, allá por los años
noventa, se distribuía junto al diario El Sol, por un precio asequible,
Y no es la primera vez. Hace aproximadamente un año
encontré, en circunstancias idénticas, varios tomos de la colección completa
del diccionario Sopena. Unos meses antes fueron novelas. En otra ocasión,
enciclopedias. Y así, una y otra vez.
Cada vez que descubro una escena así me hago la misma
pregunta: ¿qué coño hacemos con los libros?
Sí, ya sé que hoy casi todo puede leerse en una
pantalla. Que Internet pone a nuestro alcance millones de títulos y que un
lector electrónico puede almacenar una biblioteca entera. Todo eso es cierto.
Pero donde estén el olor del papel, la textura de una cubierta gastada, el
sonido de una página al pasar y ese extraño placer de sostener un libro entre
las manos, que se quite cualquier dispositivo electrónico.
Porque un libro no es solo el texto que contiene.
También es un objeto con memoria. Al abrir uno antiguo siempre imagino las
manos que lo sostuvieron antes, los lugares donde fue leído, las anotaciones en
los márgenes, una dedicatoria olvidada o una flor seca utilizada como
marcapáginas. Cada libro tiene una pequeña biografía que también desaparece
cuando acaba junto a un contenedor.
Luego está otro problema, quizá menos romántico pero
muy real: los libros que sobran cuando uno cambia una casa grande por otra más
pequeña o cuando una familia tiene que vaciar la vivienda de unos padres o unos
abuelos que ya no están.
A mí me ocurrió hace unos años. Tenía alrededor de mil
libros. Después de mucho pensarlo hice una selección y me llevé unos
quinientos. Los otros quinientos intenté donarlos a alguna institución. Pensé
que sería fácil. Me equivoqué. Fue prácticamente imposible. Las bibliotecas no
los quieren porque ya tienen más ejemplares de los que pueden albergar; muchas
asociaciones tampoco disponen de espacio y las administraciones carecen de
programas eficaces para darles una segunda vida. Al final encontré personas particulares
que los acogieron con entusiasmo. Al menos tuvieron un nuevo hogar.
Quizá ahí esté parte del problema. Hemos creado una
sociedad en la que casi todo tiene fecha de caducidad. Compramos, usamos y
tiramos. Y, aunque nos cueste reconocerlo, los libros también han terminado
entrando en esa lógica del consumo rápido.
Hace unos días comenté esta tristeza con uno de mis
nietos adolescentes. Escuchó mi reflexión y, con la naturalidad de quien
pertenece a otra generación, me respondió que simplemente estoy chocando con
una realidad tan evidente como dolorosa: hoy muchos jóvenes dedican bastante
más tiempo a consumir vídeos de veinte segundos en el móvil que a leer un
libro.
Seguramente tenga parte de razón. Sería injusto decir
que los jóvenes no leen, porque muchos sí lo hacen, pero es evidente que los
hábitos culturales han cambiado profundamente. La inmediatez ha ido ganando
terreno a la paciencia que exige la lectura, y el algoritmo parece imponerse,
demasiadas veces, al placer de descubrir una buena historia.
No pretendo idealizar el pasado. También entonces
había quien no abría un libro en toda su vida. Pero me resisto a aceptar con
indiferencia que cientos o miles de ejemplares acaben abandonados junto a un
contenedor como si fueran simples restos de una mudanza.
La verdad es que cada vez que me encuentro con una
escena como la de ayer siento una enorme tristeza. Porque no son solo libros:
son horas de trabajo de quienes los escribieron, de quienes los editaron, de
quienes los imprimieron y, sobre todo, son pequeñas porciones de conocimiento,
de imaginación y de memoria colectiva que se van quedando por el camino.
En fin, ahí os dejo esta reflexión y las fotografías
que dan testimonio del hallazgo de ayer. Ojalá sirvan para que, antes de
abandonar unos libros junto a un contenedor, alguien piense que quizá todavía
haya otra persona dispuesta a abrirlos y darles una segunda vida.
Francisco
Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y
sindicalista de CCOO.


No hay comentarios:
Publicar un comentario