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| Marcelino Camacho, Manolo Fernández Aller, secretario general de CCOO en el ferrocarril y yo mismo, en un acto electoral en 1987 en la estación de Príncipe Pio (Madrid) |
Dentro de un mes Andalucía
volverá a citarse con las urnas. Será el 17 de mayo de 2026. Y ahora que la
campaña empieza a latir —todavía tímida, pero ya inevitable—, la memoria se me
llena de otras campañas, de otros carteles, de otras plazas. Campañas vividas
—y a veces sufridas— a lo largo de casi medio siglo de democracia por quienes
ya peinamos canas y guardamos más recuerdos que certezas.
Hay una, sin embargo, que regresa
a mi memoria con especial nitidez: La de 1987. La viví desde dentro, con la
intensidad de quien cree que todo está por hacer. Han pasado 39 años, pero a
veces el tiempo no es más que una capa fina de polvo sobre lo vivido.
Un año antes, en 1986, había
nacido Izquierda Unida, al calor de aquellas movilizaciones que llenaron calles
y conciencias con un “NO” rotundo a la OTAN. La Plataforma Cívica por la Salida
de España de la Alianza Atlántica, presidida por Antonio Gala, logró reunir a
buena parte de la izquierda de este país. No a toda: el PSOE defendía el “SÍ”,
y Alianza Popular (hoy PP), en una de esas piruetas políticas tan suyas, optó
por la abstención.
De aquel impulso colectivo surgió
la idea de una confluencia política más estable, una casa común para quienes se
situaban a la izquierda del PSOE. Ocho organizaciones dieron el paso inicial.
El PCE de Gerardo Iglesias era su columna vertebral. Tras debates, encuentros y
no pocas dudas, nació Izquierda Unida.
Para muchos de nosotros fue algo
más que una sigla: fue una esperanza. Veníamos de tiempos convulsos dentro del
PCE, y aquello abría una puerta. En las elecciones generales de junio de 1986,
IU logró cerca de un millón de votos y siete diputados. No era una victoria,
pero sí un comienzo.
Por entonces, yo formaba parte
del Comité Intercentros de RENFE por CCOO y militaba en la Agrupación
Ferroviaria del PCE. Mi experiencia electoral había sido, hasta ese momento,
casi simbólica: figurante en listas de “relleno” necesario para completar
candidaturas. Pegaba carteles, repartía octavillas, escuchaba discursos. Poco
más.
Pero en 1987 di un pequeño salto,
de esos que no cambian la historia, pero sí la vivencia personal: pasé de
“relleno” a “florero”. Seguía sin opciones reales de salir elegido, pero el
lugar en la lista era más visible y la implicación, mucho mayor. Y, qué duda
cabe, para mí aquello era un honor.
Los responsables de IU
consideraban que yo tenía cierta notoriedad —hoy diríamos presencia mediática—
por mi labor en el ferrocarril. Así que me propusieron ir en las listas al
Parlamento Europeo. Ocupé el puesto número 13. Las previsiones más optimistas hablaban
de tres escaños. Y no se equivocaron.
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Lista electoral de IU para el Parlamento Europeo
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Recuerdo especialmente una tarde
en un pueblo blanco situado en la cúspide de la sierra de Málaga. Serían las
cinco, y el calor caía con esa densidad propia de junio en el sur. Tras
preguntar en un bar, nos dirigimos a casa del alcalde. Y allí, como si el guion
lo hubiera escrito alguien con sentido de la épica popular, nos encontramos con
una banda de música apostada en la puerta: medio centenar de personas, de todas
las edades, esperando.
Después de los saludos, iniciamos
el recorrido por el pueblo. Abría la marcha una furgoneta con altavoces;
detrás, candidatos y militantes; y cerrando, la banda. Las calles empinadas nos
obligaban a avanzar despacio, entre fachadas encaladas y miradas curiosas.
Aquello no parecía un acto político. Era, más bien, una procesión laica, una
celebración cívica, algo que recordaba —salvando las distancias— a ciertas
escenas corales de Novecento.
De vez en cuando nos deteníamos.
La banda tocaba, y los vecinos ofrecían agua, refrescos, alguna copa
improvisada. El tiempo se estiraba sin prisa. Tras más de dos horas de
recorrido, llegamos al local del PCE. Y allí aguardaba otra sorpresa: un salón
amplio, lleno hasta los bordes, con una barra animada y un escenario presidido
por dos figuras que imponían respeto: José Díaz y Dolores Ibárruri, “La
Pasionaria”, observándolo todo desde sus retratos.
Con un vaso de moriles en la mano
y aquel público entregado, el mitin fluyó casi sin esfuerzo. Bastaba con mirar
hacia atrás, nombrar a aquellos referentes, y dejarse llevar por la emoción
compartida.
Días después, en otro pueblo
malagueño, el escenario fue distinto, pero igual de revelador. Un parque, la
noche cayendo despacio, quinientas sillas ocupadas y seis oradores sobre el
escenario. Propuse intervenciones breves, diez minutos cada uno. Se aceptó. En
poco más de una hora habíamos terminado.
Y entonces ocurrió algo
inesperado: el público pidió más. No había prisa, el aire era agradable, y la
política —por una vez— no pesaba. Así que volvimos a hablar, cinco minutos más
cada uno. Nunca me había pasado algo parecido. Ni antes ni después.
Aquel año, en el pueblo de la
sierra IU revalidó la mayoría absoluta. En el otro, los resultados apenas variaron.
Tal vez, como suele decirse, el pescado ya estaba vendido. Pero eso importa
menos con el paso del tiempo. Lo que queda es la experiencia, la conciencia de
haber estado allí, de haber formado parte de algo colectivo, aunque uno supiera
de antemano que no ocuparía ningún cargo.
Hoy el paisaje político es otro.
Las siglas cambian, los liderazgos se renuevan, pero algunas aspiraciones
permanecen. En Andalucía, mi confianza está en la coalición Por Andalucía,
donde confluyen distintas fuerzas de izquierda, con Antonio Maíllo como
candidato.
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| Maíllo con su equipo para ganar las elecciones del 17M en Andalucia |
Su reto principal no es menor:
recuperar la sanidad y la educación públicas, erosionadas tras años de
políticas que las han debilitado. Devolverlas a lo que siempre debieron ser:
patrimonio común, derechos de todos.
Dentro de unas semanas sabremos
qué decide la ciudadanía. Yo sigo pensando —quizá con la misma mezcla de razón
y deseo que en 1987— que la izquierda puede ganar.
Eso sí, hay que ir a votar. Algo
que no ha cambiado en todos estos casi 50 años: para que las cosas ocurran, hay
que estar. Hay que participar. Aunque solo sea introduciendo una papeleta en la
urna. Porque ni desde la barra de un bar ni desde la placidez del salón se
construye lo común. Y lo común —conviene no olvidarlo— siempre merece la pena.
Francisco Naranjo Llanos,
director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.



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