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| La Marcha negra a su llegada a Madrid |
Han pasado más de tres décadas,
pero el eco de aquella caminata sigue resonando en la memoria colectiva. La
llamada Marcha Negra de 1992 no fue solo una protesta laboral: fue una
de las movilizaciones más simbólicas del movimiento obrero en la España
reciente.
Corría marzo de 1992 cuando cerca
de 500 mineros de la Minero Siderúrgica de Ponferrada (MSP) emprendieron un
viaje que marcaría una época. Partieron desde Villablino, en la comarca leonesa
de Laciana, con un objetivo claro: defender sus puestos de trabajo ante el
inminente cierre del Pozo María, una decisión que dejaba en el aire el futuro
de 200 trabajadores y amenazaba con ser el principio del fin de toda la
actividad minera en la zona.
La situación era límite. El valle
entero se había movilizado durante semanas entre huelgas, protestas y
encierros. Ocho dirigentes sindicales permanecían encerrados en el pozo
Calderón, mientras en la calle se sucedían los enfrentamientos con las fuerzas
antidisturbios. En ese contexto de tensión, los mineros optaron por una
respuesta distinta: caminar hasta Madrid. Una marcha pacífica como alternativa
a la represión.
Como dejó escrito un cronista de
la época, “mil pies y la solidaridad de miles de personas a lo largo de cerca
de 500 kilómetros y 18 largas jornadas fueron sus únicas armas”. Aquellos
hombres atravesaron la provincia de León, dejaron atrás Benavente, fueron
ovacionados en Valladolid y cruzaron la meseta castellana acompañados por el
apoyo popular. A cada paso, crecían la emoción y la conciencia de estar
protagonizando algo histórico. (Ver breve video de la marcha).
La entrada en Madrid fue
apoteósica. Los mineros llegaron como héroes, entre aplausos, vítores y el
canto de Santa Bárbara Bendita. Su primera parada en la región fue en
Villalba, desde donde continuaron hasta Aravaca. Pasaron la noche en un
polideportivo de Aluche antes de afrontar la última etapa: la entrada por
Moncloa y la manifestación frente al Ministerio de Industria.
El 25 de marzo de 1992, miles de
personas se congregaron para recibirlos y acompañarlos en el tramo final.
Mientras el Gobierno de Felipe González respondía con silencio, la ciudadanía
madrileña les ofrecía un respaldo masivo y emocionado.
Al día siguiente, los
sindicalistas encerrados en el pozo Calderón salieron a la superficie. El 31 de
marzo se firmó un acuerdo de mínimos. Fue una victoria ajustada, pero victoria,
al fin y al cabo.
En el camino quedaron también
innumerables historias de solidaridad. Como la de una niña de apenas ocho años
que, al paso de la marcha por un pueblo de Valladolid, entregó 25 pesetas a uno
de los mineros. O la de Bembibre, donde muchos vecinos, en lugar de comprar
papeletas de 100 pesetas para financiar la marcha, llegaron a entregar billetes
de 1.000 pesetas.
Uno de los portavoces, Javier
Rubio, de CCOO, relataba cómo, tras una jornada en Valladolid, descubrió su
mano hinchada de tanto estrechar manos. Un detalle sencillo que resume el
impacto humano de aquella marcha.
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| Con el Casco de la Marcha Negra, que me regalo Javier Rubio |
Durante su estancia en Madrid,
compartí con ellos y sobre todo con Javier Rubio, entrevistas en periódicos y
emisoras de radio. Antes de regresar a Villablino, quiso agradecer ese trabajo
con un gesto inolvidable: me regaló su casco de minero, con la pegatina de
Laciana. Aún hoy lo conservo en mi despacho como símbolo de aquella lucha.
Veinte años después, en 2012,
otra Marcha Negra volvió a recorrer España, para terminar en Madrid, esta vez
desde distintos puntos del país. Y, una vez más, la respuesta fue la misma:
calles llenas, apoyo popular y una reivindicación que sigue vigente. Porque, al
final, la historia de aquellas marchas no habla solo del carbón, sino de algo
mucho más profundo: la dignidad de quienes luchan por su trabajo y su tierra.
Francisco Naranjo Llanos,
director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.


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