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| Mi padre José María Naranjo, en los años 60 en la estación de ffcc de Mérida |
El
19 de marzo, la voz insistente de la publicidad nos recuerda que es el Día del
Padre. Pero más allá de los escaparates y los regalos, estas líneas quieren ser
un homenaje íntimo, casi susurrado, a aquellos padres del siglo pasado. A los
que no les dábamos obsequios envueltos en papel brillante —porque casi nunca
podíamos—, pero sí algo más verdadero: el cariño sencillo, la presencia, la
gratitud callada.
Porque,
al fin y al cabo, ¿qué mejor regalo que compartir la vida con ellos? Verlos
entregarse sin medida, gastarse los días para que nosotros pudiéramos crecer un
poco más libres, un poco más dignos, dentro de las estrecheces de cada tiempo.
Estas
palabras van por ellos. Y en ellas habita la historia de mi padre, el “Abuelo
Pepe” para sus nietos y bisnietos. Una historia que podría ser, sin apenas
cambiar los nombres, la de tantos abuelos de este país.
Se
llamaba José María, aunque para todos fue siempre el abuelo Pepe. Nació un
caluroso día de julio de 1913 en un pequeño pueblo blanco de Extremadura,
Esparragalejo, y se fue, 84 inviernos después, en un diciembre frío de 1997, en
Mérida, aquella antigua Augusta Emérita que aún guarda el eco de Roma entre sus
piedras.
En
las tardes de invierno, alrededor de la mesa camilla y el brasero de picón, nos
contaba su vida como quien desgrana una cosecha. Había sido labrador, segador
de sol a sol, con jornadas interminables bajo el cielo extremeño. Pero entre
surco y surco encontró un resquicio: sabía cocinar, y ese talento le salvaba
del filo constante de la hoz. Preparaba para la cuadrilla gazpacho y garbanzos
cocidos, con su tocino y su morcilla, siempre lo mismo, siempre suficiente.
Sin
embargo, lo que más nos fascinaba eran sus historias de la guerra. En aquellos
años cincuenta sin televisión ni radio, sus palabras eran nuestro único relato
del mundo. Hablaba en voz baja, como si el pasado aún pudiera oírle.
Nos
contó cómo, en el verano de 1936, se marchó con otros jóvenes a defender su
pueblo, cavando zanjas con sus propias manos. Semanas después, cuando el hambre
apretaba, su padre llegó con la noticia: el pueblo ya había caído. Volvieron,
se entregaron, y al poco tiempo les ofrecieron una salida: sumarse al bando
vencedor. Todos aceptaron. Así, casi sin quererlo, mi padre conoció los dos
lados de una misma tragedia.
En
el frente de Navalcarnero, una vez más, la cocina le apartó del fusil. Su
guerra fue, dentro de lo terrible, más silenciosa. Años después, al ver La Vaquilla de Berlanga,
no pude evitar pensar en él.
Terminada
la guerra, volvió al campo, y más tarde al ferrocarril. Empezó ganando siete
pesetas al día, lo justo para sobrevivir en un tiempo en que el aceite costaba
casi lo mismo. Fue mozo de agujas, guardagujas… y, sobre todo, sostén de una
familia que aprendió a vivir con poco.
Recuerdo
aquellos años de garbanzos interminables: al mediodía, por la noche en sopa, y
al amanecer con el tocino sobre el pan. Y, sin embargo, nunca nos faltó lo
esencial.
Teníamos
animales: cerdos, gallinas, una cabra. De ellos venía la vida diaria. Y también
alguna travesura. Como aquella vez en que la cabra dejó de dar leche y mi
padre, desesperado, juraba venderla. Hasta que mi hermano y yo confesamos el
secreto: por las noches la ordeñábamos directamente para beber su leche
caliente antes de dormir. Aquella confesión salvó a la cabra… y nos arrancó una
de esas risas que aún resuenan.
Vivíamos
en la estación de Proserpina, rodeados de campo. Para comprar, viajábamos en
tren a Mérida o en burro hasta el pueblo. Recuerdo especialmente el regreso con
los cerditos: mi padre los colocaba en un lado del serón y a mí en el otro,
para equilibrar el peso, mientras él caminaba tirando del animal. No era raro
que acabáramos todos en el suelo, entre risas y protestas.
Hoy,
tantos años después de su nacimiento y de su partida, me gusta recordarlo así:
con su cesta de mimbre casi vacía al salir a trabajar y casi siempre llena al
volver. Con su empeño silencioso en que sus hijos fueran algo más. Con su vida
entera entregada, sin aspavientos.
Gracias
por lo que nos diste y por lo que nos enseñaste. Estoy seguro de que, de algún
modo, sigues mirándonos, quizá orgulloso, quizá en silencio, como siempre
hiciste.
Descansa
en paz Papa, y solo recordarte que aquí sigues.
Siempre te recordaremos.
Hasta
siempre Abuelo Pepe. Te queremos. Y feliz Día del Padre, de todos los padres.
Francisco Naranjo
Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de
CCOO.

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