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| Con mi hermano y primos en la Feria de Mérida, años 50 siglo pasado |
La mejor manera de recordar lo
que uno ha vivido a lo largo de los años es contemplar una fotografía. De
inmediato, la imagen nos devuelve a un momento concreto y, con ella, aparecen
también los recuerdos, las personas y el entorno que la rodeaban.
La fotografía que vamos a ver y
comentar hoy está tomada en la feria de Mérida, Extremadura, España, a mediados
de los años cincuenta del siglo pasado. Yo tendría entonces unos ocho o nueve
años, diez como mucho.
Mi hermano Juan y yo habíamos ido
desde la estación de ferrocarril de Proserpina, donde vivíamos por aquel
entonces, a pasar la tarde en la feria de septiembre de Mérida. En aquellos
años, la feria se instalaba en la Rambla de Santa Eulalia, muy cerca del Parque
López de Ayala. El parque de “Los enamorados”.
Habíamos quedado con nuestros
primos, que venían de La Garrovilla y Esparragalejo. Nosotros, como decía,
llegábamos en tren desde Proserpina.
En la fotografía aparecemos, de
izquierda a derecha y de arriba abajo: mi primo Diego, ya fallecido, —D.E.P.—,
y su hermana, mi prima Vicenta. Abajo estamos, en primer lugar, yo; en el
centro, mi primo José María, y a la derecha, mi hermano Juan.
Después de hacernos la foto, una
de las pocas de aquella época que conservo, recuerdo que nos dimos una vuelta
por la feria, rambla arriba y rambla abajo. Sobre todo, para hacer lo que
entonces más nos gustaba: comer chucherías. Un trozo de turrón de Castuera, un
cucurucho de camarones muy salados y, por supuesto, subirnos a los caballitos.
| Montando en Los Caballitos (Años 50 siglo pasado) |
De poco más me acuerdo de aquella
tarde. Pero esta otra fotografía da buena fe de que, efectivamente, los
caballitos formaron parte de nuestra diversión.
Sin embargo, al contemplar estas
fotografías, recuerdo también el entorno y me vienen a la memoria varias
historias de aquella época o, quizá, de algún año después.
Por ejemplo, recuerdo una tarde
en la que mi padre me llevó al cine Trajano —actual Teatro Trajano— a ver una
película de Joselito. Creo que fue El pequeño ruiseñor, estrenada en
1956. Los niños de entonces éramos de Joselito o de Marisol; de El Guerrero del
Antifaz o de Roberto Alcázar y Pedrín. O, por qué no, de todos a la vez.
Aquel día, una vez terminada la
película, mi padre y yo nos encaminamos a la estación de ferrocarril de Mérida,
donde estuvimos unas horas esperando el tren que nos llevaría de regreso a
Proserpina. Y fue precisamente en la estación donde me ocurrió algo extraordinario,
aunque lo pasé bastante mal.
Yo, que vivía en el campo de
Proserpina, tenía muy claro que en el mundo había un Sol y una Luna. Pero, de
repente, me encontré con que en Mérida, desde los andenes de la estación, ¡se
veían por lo menos ocho o diez lunas, y todas llenas!
Me dolía la cabeza de tanto
pensar. Pero no dije nada, no fuera a ser que alguien me tomara por un inculto.
Al día siguiente, nada más
levantarme, le pregunté a mi padre cómo era posible aquella diferencia entre
Proserpina y Mérida. Su respuesta, con una enorme sonrisa en su cara, me aclaró el misterio: aquello que yo había
confundido con lunas no eran lunas, sino las enormes y altas luces que
iluminaban las playas de vías de la estación.
¡Menudo alivio!
Viendo estas fotografías, me
viene también a la memoria otra anécdota, esta vez de cuando ya era algo mayor.
Ocurrió en el Teatro Cine Alcazaba, recién inaugurado por aquellos años. Serían
los primeros años de la década de los sesenta.
Mi primo Paco Llanos, que en paz
descanse, y yo fuimos a ver una película de sesión continua. Era por la tarde.
Entramos en el cine a oscuras y, como no había acomodador a la vista, subimos
por las escaleras y nos sentamos en los primeros asientos libres que
encontramos.
Nada más acomodarnos empezamos a
pensar que vaya mierda de cine nuevo: ¡menudos asientos más duros e incómodos!
Con lo bien que vemos el cine en mi pueblo: Esparragalejo. Allí íbamos al cine
de verano y nos llevábamos las sillas de casa y veiamos las películas cómodamente.
Después de estar en el Alcazaba
un buen rato, y cuando nuestros ojos se acostumbraron a la oscuridad, descubrimos
nuestro error. No nos habíamos sentado en los asientos del cine.
¡Nos habíamos sentado en los
escalones de las escaleras!
En fin, cosas veredes, amigo
Sancho, frase que, por cierto, dicen que don Quijote nunca pronunció, pero
que viene muy bien para cerrar esta pequeña historia.
Son recuerdos, anécdotas quizá
insignificantes, pero que forman parte de mi vida y de mi memoria y me
devuelven a aquella infancia vivida en la Extremadura de los años cincuenta y
sesenta.
Pues para eso sirven también las
fotografías: para que, muchos años después, una simple imagen sea capaz de
abrir de golpe la puerta de la memoria.
Francisco Naranjo Llanos, director
de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.
