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| Plaza de Colon, Madrid. 26 de enero de 1977, día del entierro de los #AbogadosdeAtocha |
En estas fechas se conmemora el aniversario de los "Abogados de
Atocha", esos mártires de la libertad que fueron vilmente asesinados, hace
ahora, 49 años, por un comando fascista. Su entierro se realizo dos días después,
es decir el 26 de enero de 1977. Hoy hace 49 años.
Como es conocido, el 24 de enero de 1977, un grupo de pistoleros de extrema
derecha irrumpieron en el despacho de abogados laboralistas de CCOO y del PCE
situado en el número 55 de la calle Atocha en Madrid y ametrallaron a las nueve
personas presentes. Fallecieron los abogados, Javier Sauquillo, Javier
Benavides, Enrique Valdelvira, Serafín Holgado y el sindicalista Ángel
Rodríguez Leal. Resultaron gravemente heridos Alejandro Ruiz-Huerta,
Mª Dolores González, Luís Ramos y Miguel Sarabia.
Creo, que todo lo dicho anteriormente, es más o menos conocido por aquellos
que hayan profundizado mínimamente en la historia de este país, pero yo había
cogido la pluma hoy para hablar del bolígrafo de Alejandro Ruiz-Huerta, de la
agenda de Ángel Rodríguez Leal y sobre todo del entierro del día 26 de enero. Temas
seguro, bastante menos conocidos.
Conocí, o mejor dicho, oí hablar de Alejandro y de Ángel, al igual que la
gran mayoría, a raíz del brutal atentado de aquella semana trágica para la
democracia en nuestro país, semana que posteriormente Juan Antonio Bardem, la inmortalizo en su película “7 días de enero”.
Después, muchos años después, conocí personalmente a Lola González, Miguel
Sarabia, Luís Ramos y Alejandro Ruiz-Huerta, todos ellos sobrevivientes de la
Matanza de Atocha, como se le llamó durante muchos años a aquel atentado
terrorista. Cuatro personas que, conjuntamente con los cinco asesinados, son
iconos de la lucha por la libertad y por la democracia en nuestro país, después
de aquellos negros 40 años de dictadura franquista.
Sobre Alejandro y la importancia de su bolígrafo, se lo he oído contar en
varias ocasiones, pero así lo escribe el propio Alejandro: “Yo evite la muerte
aquella noche, en primer lugar, porque el cuerpo sin vida de Enrique Valdelvira
cayó encima del mío y tapó mis zonas vitales.. Antes, en la primera oleada de
disparos, me dieron un tiro en el esternón, pero tuve la suerte de que la bala
dio en el bolígrafo que llevaba en la camisa, un Inoxcrom“.
Alejandro, en la actualidad jubilado, ha ejercido de profesor de Derecho
Constitucional en la Facultad de Derecho de Córdoba y es el Presidente de la
Fundación Abogados de Atocha. Con motivo del 25 aniversario Alejandro publicó
un libro sobre aquellos sucesos, titulado: "La memoria
incómoda", Los Abogados de Atocha 1977/2002, libro que se ha
vuelto a editar recientemente.
En cuanto a Ángel Rodríguez Leal, fue a través de su hermano José Luís,
cuando fui conociéndolo Ángel. Había sido represaliado y despedido de
Telefónica y trabajaba en el despacho laboralista como administrativo.
Aquel aciago día, por la mañana, Ángel había acudido para reclamar sus
derechos al sindicato vertical franquista, donde se celebraba una reunión del
transporte (Telefónica estaba encuadrada en el área de Comunicaciones y
Transporte), y allí se encaró con Francisco Albadalejo, que era secretario del
Sindicato Provincial del Transporte y que después fue uno de los condenado por
los crímenes de Atocha. Allí estaban, también, los pistoleros que acudieron por
la noche al despacho de Atocha y acribillaron a tiros a todos los presentes.
Por la noche, tras concluir su trabajo, Ángel entró en un bar con unos
amigos. Se estaba tomando una cerveza, cuando se acordó de que había olvidado
en el despacho su ejemplar de Mundo Obrero, el periódico oficial del PCE, y subió
a recogerlo, Eran las 10,45 horas de la noche. Ángel ya no volvió con sus
amigos.
Minutos después de esa hora, dos ultras habían llamado a la puerta
del bufete, mientras otro vigilaba desde la escalera. Ángel les abrió la puerta
y ellos preguntaron por Joaquín Navarro,
un dirigente de CCOO que había destacado como uno de los principales
promotores de la huelga del transporte. Uno de aquellos ultraderechistas
reconoció a Ángel Rodríguez como el joven, que por la mañana, se había
enfrentado en el sindicato vertical a su jefe, Francisco Albadalejo.
Fue solo hace unos años, en la conmemoración del 30 aniversario,
cuando el hermano de Ángel, José Luís
Rodríguez Leal, me comento, que en la agenda que llevaba Ángel, aquella
nefasta noche, figuraba mi nombre y teléfono y que si conocía a su hermano.
Teniendo en cuenta que en aquellas fechas, Ángel era trabajador
represaliado de Telefónica y yo sindicalista de Renfe, podía ser, seguro que
hable con Ángel, pero no lo recuerdo y eso que viví aquellos sucesos con
intensidad, incluso yendo al entierro, acompañado por otros compás de RENFE, en
especial con Santiago Rueda, portando
un par de coronas de flores, en nombre del denominado Pleno de Representantes
Ferroviarios, organismo unitario de los trabajadores de Renfe por aquel
entonces.
Aquel entierro, seguramente ha sido la manifestación más
multitudinaria conocida en España aún hoy en día, manifestación que colapso la
ciudad entera. No sé qué poeta dijo sobre la manifestación: "El silencio dolía más que los disparos. Los claveles fluían como
un manto de sangre”. Para mí ha sido la más impresionante y emotiva
que he asistido en mí vida, aquellos miles y miles de hombres y mujeres,
aquélla tensión contenida, aquel silencio, solo roto con algunas vivas a los
muertos y por el canto de la internacional, -ya en el cementerio- fue algo que
el pueblo de Madrid, el país entero, nunca olvidara. (Ver video del entierro)
No todos los fallecidos harían el mismo recorrido aquel día. El de Luis
Javier Benavides fue trasladado directamente del Instituto Anatómico Forense a
la Sacramental de San Isidro por voluntad de su familia, y el de Serafín
Holgado fue llevado a Salamanca, de donde era oriundo. Los de Javier Sauquillo,
Enrique Valdelvira y Ángel Rodríguez Leal, sin embargo, llegaron a la capilla
ardiente al Palacio de Justicia pasada la una de la tarde y en la calle –en la
plaza de las Salesas, la Plaza de la Villa de París y todas las calles
adyacentes– iban llegando miles y miles de personas a velar sus cuerpos y
manifestarse por el atentado de la noche del 24 de enero.
Ángel, fue enterrado en principio en Madrid, en el cementerio de la
Almudena y años después trasladado al cementerio de su pueblo, Casasimarro (Cuenca). Un día, sobre
estas fechas, hace ya muchos años, estuvimos en su pueblo, acompañando a las
autoridades regionales y locales en la inauguración de un parque, al que pusieron
su nombre, en su recuerdo y homenaje.
Aquella agenda, con mi nombre y mi
teléfono, que solo hace unos años, que supe de su existencia, quizás la olvide,
pero de los Abogados de Atocha y de Ángel Rodríguez Leal, ese compañero,
sindicalista y trabajador, represaliado de Telefónica, uno de los mártires
de la libertad, asesinado por un comando fascista, residuo de la dictadura
franquista, solo porque defendía los derechos de los trabajadores, me acordaré
siempre. Igualmente el entierro y mi paseo por la madrileña calle de Alcalá con
una corona bajo el brazo y ese silencio que ponía los pelos de punta, será algo
inolvidable y lo recordare mientras viva.
Francisco Naranjo Llanos, patrono y director Fundación Abogados de Atocha (2005-2025) y sindicalista de CCOO.

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