LEMA DE ESTE BLOG

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...Vivir consiste en construir futuros recuerdos.(Ernesto Sábato)

LA ESTACIÓN DE PROSERPINA


A raíz de mi publicación en el blog, “Las Proserpinas del mundo”, Antonio Hidalgo Rodríguez, amigo y maestro, desde los tiempos de que vivía en la estación de Proserpina, -tenía yo por aquel entonces 11 años- ha escrito un recordatorio de sus cinco años en aquella pequeña estación que a mi me ha emocionado. Antonio, jubilado ferroviario, ya cumplido los 90 años, con su memoria prodigiosa, ha reflejado en un breve memorial recuerdos y anécdotas que además de históricas son sumamente interesantes, describiendo como vivíamos entonces muchos de los españoles que tenían un “buen trabajo” en nuestro país. Creo que merece inaugurar con su escrito este blog con cuestiones ajenas y no propias. Ahí lo tenéis para vuestro deleite…(Nota del autor del blog)

LA ESTACIÓN DE PROSERPINA

Después de pasar por las categorías de Aspirante a Factor y Factor, cuando ascendí a Factor de Circulación me destinaron a la estación de Marsá Falset, en la provincia de Tarragona. Acababa de casarme, y mi esposa y yo comenzábamos nuestra vida en común, aunque alejándonos de nuestra tierra y de nuestras familias.

Marsá – Falset tenía un tráfico ferroviario muy intenso, con 5 vías de circulación y 7 de maniobras. La distancia y la dificultad en las comunicaciones en aquella época nos impidieron viajar a Extremadura para visitar a nuestros familiares durante meses. A pesar de que en Marsá estuvimos a gusto, nuestro deseo, desde el primer día, era el de retornar cerca de nuestras familias y de nuestra tierra, cosa que pudimos hacer relativamente pronto. Aún tengo en mi poder la emocionada carta de alegría de mi padre cuando supo que volvíamos a Extremadura, a una estación con nombre de deidad romana, sobre la que trata este escrito: Proserpina.

Enclavada en la línea de Aljucén a Cáceres, tenía como estaciones colaterales El Carrascalejo y Aljucén. Se construyó en 1937 para acortar la distancia existente entre ambas, al igual que lo fue en 1921 el apartadero de Valduerna, entre Aldea del Cano y Cáceres, debido a la poca autonomía de las máquinas y a su lentitud, siendo necesarias las tomas frecuentes de agua.

Mi esposa Obdulia y yo llegamos a Proserpina el 1 de septiembre de 1957, casi recién casados, ella con 26 años, yo con 29.

Allí encontramos a los que durante cinco años serían nuestros vecinos, compañeros de trabajo y amigos: Juan Luis Morera, Factor de Circulación, como yo, casado con Aurora, con una hija, Matilde, de 8 años; Joaquín Barroso, Mozo de Agujas, viudo, con dos hijas más o menos de mi edad, solteras; y José María Naranjo, también Mozo de Agujas, casado con Catalina, con dos hijos: Juanito de 15 años y Francisco de 11.

José María construyó su propia vivienda enfrente de la estación, cruzando la vía, para estar próximo a su lugar de trabajo. Aunque de reducidas dimensiones, en ella vivía el matrimonio y sus dos hijos. Hizo también apartados para las cabras y las gallinas, así como para el cerdo que sacrificaban anualmente, y a cuya matanza tenía siempre la amabilidad de invitarnos.

En la misma línea de la estación, a poco más de 100 metros dirección Mérida, vivía otra familia: Gregorio Carmona, su mujer, Candela, y su hija Mari, que habitaban una de las 53 casillas construidas en 1884 para los obreros de la vía en el ramal de Aljucén a Cáceres.

Todos ellos, compañeros de trabajo y sus familias, fueron importantes en la convivencia diaria de la estación, pero José María fue un gran amigo, una persona muy querida. Siempre dispuesto a echar una mano, me ayudó al cargue y descargue del mobiliario a mi llegada, así como cuando me destinaron a Don Álvaro cuatro años más tarde, adonde fue una vez a visitarnos. Me enseñó a construir "garlitos", hechos a base de los juncos que se crían junto al río. Gracias a ellos atrapábamos bogas y otros peces, que en la cocina de casa se convertían en un plato exquisito.

Recién llegados a la estación, José también me acompañó y guio de finca en finca, a donde fuimos para comprar una cabra lechera, elemento imprescindible para la supervivencia familiar en aquella época. Cada familia de la estación disponía de dos cabras como mínimo, y entre todos los compañeros reuníamos un pequeño rebaño que pastaba libremente por las fincas, con la condescendencia de dueños o arrendatarios. De ellas obteníamos la leche diaria para el desayuno y la crianza de los hijos, y aprovechábamos además sus crías, que vendíamos cuando eran un poco mayores. José también me enseñó a ordeñarlas. Recuerdo aún la mala suerte que tuvimos con nuestra primera cabra, pues, después del esfuerzo de la compra, la arrolló el tren, con los consiguientes trastornos económicos y alimenticios en aquella época de escasez. Con gran esfuerzo, volvimos a adquirir otra. Al final, la crianza caprina no se dio del todo mal, porque a mi traslado a la estación de Don Álvaro en 1962 disponíamos ya de cuatro cabras adultas y tres crías, que nos supusieron una buena ayuda al ser vendidas.

Muy importantes para la supervivencia eran también las 50 gallinas ponederas que adquirimos con la intención de vender sus huevos al vecindario y obtener así una pequeña ayuda en la difícil subsistencia en aquellos tiempos. Finamente, no fueron rentables, ya que los gastos de alimentación con pienso compuesto superaban al pequeño beneficio obtenido con la venta. Era difícil vender los huevos entre los vecinos, siendo necesario llevarlos a la plaza de abastos de Mérida, donde los intermediarios eran los que, en un minuto y sin haber hecho ningún esfuerzo, se ganaban el doble o más de lo que yo percibía por ellos.

Ubicada como estaba en pleno campo, Proserpina era un remanso de paz, un atrayente lugar al que acudían los habitantes de Mérida los domingos y festivos para pasar el día en plena Naturaleza. En esta época aún no se ponían puertas al campo, y no existían cercas ni vallas.

La vida en la estación era grata, pues el aislamiento alienta la solidaridad humana y la amistad, asentadas también sobre una base de protección común. Las relaciones eran fluidas, y se hablaba de todo, sin cortapisas. Disfrutábamos también de la compañía de los pastores y vaqueros del ganado trashumante abulense, que nos agradecían la entrega de la correspondencia que les enviaba su familia, y que nosotros recibíamos diariamente gracias a los ambulantes de Correos, que viajaban en los trenes.

Pero a las bondades de la vida apacible y sosegada, y en plena naturaleza, se contraponían también algunos inconvenientes: asistencia médica muy lejos, en Mérida, adonde en caso de urgencia, en horas distintas a los trenes de viajeros, era imposible llegar excepto en algún tren de mercancías que ocasionalmente pasara por la estación y pudiera transportar a la persona enferma. No existía el alumbrado eléctrico, y en su lugar utilizábamos quinqués de petróleo. Tampoco disponíamos de agua corriente. Para proveernos de agua teníamos un pozo artesanal a poco más de 100 metros de distancia, con agua potable, pero que se secaba al llegar el verano. Llegado este caso, desde la estación colateral de El Carrascalejo nos suministraban diariamente un tonelete metálico con 25 litros de agua, procedente del río Valdeconde. También desde Carrascalejo, desde la tienda de "la Chiri", nos enviaban el pan diario en una "talega".


A pesar de las dificultades, en la estación de Proserpina empezamos con ilusión una vida nueva, y en abril de 1958 nuestra familia recibió a un nuevo miembro: Juan Antonio, nuestro primer hijo, y en febrero de 1961 llegó Juli Mary. Desde Proserpina, los cuatro hemos recorrido todas las estaciones a las que por ascenso o cierre fui destinado. La vida de un ferroviario no era fácil, e implicaba mudanza segura, cambio total: ciudad, casa, cambio de escuela para los hijos, cambio de compañeros y amigos…

Proserpina fue para mí un paraíso natural y sentimental, donde pude disfrutar algo parecido a una segunda infancia, una segunda primavera de la vida. La Naturaleza en el entorno era prodigiosa: el Cuarto de la Jara, Hinojo, El Chaparral y Las Yeguas eran dehesas de encinas dedicadas solo al pastoreo, adornadas con rocas graníticas, moldeadas por la erosión, con sus formas caprichosas, donde en primavera sólo se oía el sonido ensordecedor del zureo de miles de tórtolas que allí anidaban. Se veían reptiles como la ‘culebra de escalera’, con sus respetables 1,5 metros de envergadura, pero inofensiva, abundaban los conejos, muchos de ellos ya atacados por la mixomatosis, las liebres y los lagartos, así como las bandadas de perdices.

Enfrente, a poco más de 100 metros, corría el río Aljucén, entonces con aguas limpias y cristalinas, con sus orillas bordeadas de floridas, aunque venenosas, adelfas. Su superficie estaba cubierta de pequeños nenúfares con olorosas flores blancas, y en las orillas crecían los tilos, con sus fragantes flores. Bordeaban el río algunos fresnos, y en el fértil suelo cercano al río abundaban espárragos y criadillas.

En verano, por la falta de lluvias, cesaba la corriente, pero cuando esto sucedía, las bogas ya se habían desplazado al Guadiana. En las charcas que quedaban aisladas pululaban las ranas, que alegraban las noches con su incesante croar.

Llegado el invierno, nuestro riachuelo, fuente de vida en toda época, se había quedado mucho más seco, y era frecuente entonces el paso y también la estancia de bandadas de palomas migrantes en busca de su sustento preferido: las bellotas.

En esta época, la vida en la estación era un poco más triste. Pasábamos gran parte del tiempo en la oficina, y en casa, al lado de la estufa de carbón o de la placa de la cocina, dentro de la casa, disfrutando de la convivencia laboral y familiar.

Renfe nos proveía de carbón para calefacción, pero si escaseaba lo comprábamos en Mérida. También hacíamos 'picón', siguiendo las enseñanzas y ayuda de mi compañero y amigo José Maria.

Con Juanito, el hermano de Francisco, algo mayor que él y 18 años menor que yo, pasé muy buenos momentos. ¡Qué buenas carreras dimos detrás de los pollos de perdiz para intentar capturarlos! Nuestro afán era agotarles por cansancio, aunque nunca conseguimos coger uno, porque nos cansábamos nosotros antes que ellos.

Otras veces, sacábamos los lagartos con rejones de sus refugios en las oquedades de las viejas encinas, cazando una vez tres ejemplares, y en otra ocasión, con una carabina de aire comprimido que nos prestaron, conseguimos capturar catorce.

En aquella época el lagarto no era una especie protegida, y por este motivo preparamos aquel día una gran caldereta, de la que participaron todas las familias de la estación. Desde entonces no he vuelto a probar el lagarto, e incluso ahora, con el paso del tiempo, me entristece haber matado a estos animales, aunque pudiera ser algo normal cuando vivíamos en mitad del campo, en aquellas estaciones aisladas. Eran otros tiempos.

La vida en la estación no se detuvo, siguió su curso. Las estaciones representan, de alguna manera, el fluir de la vida: personas que llegan, otras que se van, algunas suben al tren, otras bajan, algunas se quedan, otras nunca vuelven. Era la vida, que discurría en un lugar del mundo, como otro cualquiera, en ese lugar del mundo en el que vivimos durante cinco felices años: Proserpina.


Después de Proserpina fui destinado a la estación de Don Álvaro, muy cerca también de Mérida. Mi amigo José, muy estudioso e inteligente, ascendió a la categoría de guarda agujas, y le destinaron a Getafe, destino al que renunció. Finalmente fue destinado a Mérida. Allí se jubiló, y Catalina y él compraron un solar en la Barriada de San Juan, donde edificaron su casa, y adonde fui a visitarles en muchas ocasiones. Fallecida Catalina, José ingresó en la Residencia de Pensionistas de Mérida, donde también le visité más de una vez hasta su fallecimiento.

Le acompañé en su entierro, en el último viaje. Es triste acompañar a un amigo cuando se va para no volver. La muerte de las personas queridas es algo que siempre vemos demasiado lejos, pero que llega para todos. Fue el adiós a mi querido compañero y amigo José María. Su grato recuerdo me acompañará hasta el final de mis días.

Proserpina fue un lugar en el que vivimos y disfrutamos del trabajo, de la Naturaleza, de la lucha diaria para sobrevivir y sacar a los hijos adelante, de la camaradería y de la amistad. Creo que, a pesar de la escasez, a pesar de las penurias, las familias que vivíamos en aquella estación aislada en mitad del campo extremeño, éramos felices.

Antonio Hidalgo Rodríguez,
julio de 2019

1 comentario:

  1. Que bonitos recuerdos, me encanta los comentarios sobre José maria naranjo mi abuelo Pepe, mi tío y de Juanito mi padre, besos

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