que era la reina de todas las
mariposas del alba
se posaba en los jardines
sobre las flores más bellas
y le susurraba historias
al clavel y la violeta


No sé si alguna vez habéis participado activamente en debates sindicales o políticos. Si lo habéis hecho, sabéis que los sindicales a veces son duros; los políticos, aún más. Y si, además, esos debates terminan derivando en rupturas o escisiones, la tensión puede alcanzar niveles difíciles de imaginar. A mí me tocó vivirlo hace ya más de cuarenta años junto a muchos otros camaradas del Partido. Cuando decimos el Partido, los camaradas siempre nos referíamos al Partido Comunista de España.
Las fechas me bailan un poco,
pero debió de ser en 1984, un par de años después de que Gerardo Iglesias
sustituyera a Santiago Carrillo al frente del PCE y la nueva dirección apostara
por la creación de Izquierda Unida, los debates internos eran auténticas
batallas políticas. No se llego a las manos, -que yo recuerde- pero si se
rompieron amistades.
Estábamos reunidos en una
conferencia congresual del PCE madrileño, celebrada en un colegio mayor de San
Fernando de Henares. Éramos alrededor de 500 delegados divididos, nunca mejor
dicho, prácticamente por la mitad. Por un lado estaban los llamados
“carrillistas”, seguidores de Santiago Carrillo; por otro, los “gerardistas”,
afines a Gerardo Iglesias. Yo, en esa ocasión, estaba entre estos últimos.
Las votaciones eran de infarto:
51% frente a 49%, o al revés. Y, como era previsible, las primeras
intervenciones ya dejaron claro que acabaríamos presentando dos candidaturas enfrentadas.
Recuerdo con absoluta claridad que Enrique Curiel, fallecido hace años, encabezaba la candidatura renovadora.
El sistema electoral era primando el voto mayoritario; tanto que quien ganaba
se llevaba todos los puestos. Creo recordar que se elegían por encima de
treinta miembros para la dirección regional.
Tras dos días —y casi dos noches—
de debates interminables, y muchas horas extras dedicadas a la “caza” de algún
delegado despistado para convencerlo de cambiar de bando, llegó el momento
decisivo. Eran alrededor de las cuatro de la tarde del segundo día y dentro del
salón de actos hacía un calor insoportable.
Según las normas congresuales,
una vez comenzaba la defensa de candidaturas las puertas se cerraban a cal y
canto hasta la votación final. Nadie podía salir ni entrar. Si salías, te
quedabas fuera y perdías el derecho a votar.
Pidieron la palabra más de
cincuenta personas y apenas había noventa minutos disponibles, así que cada
intervención duraba poco más de minuto y medio. La tensión era tal que, como
suele decirse, se podía cortar el aire con una navaja. Y el aire, además, cada
vez estaba más denso por el calor, el humo de los cigarros, las puertas
cerradas y quinientas personas encerradas durante horas. Aquello olía a
“humanidad” en el sentido más literal del término.
Hubo desmayos. Hubo lágrimas.
Personas que había que sacar en camilla, algunas que se emocionaban en la
tribuna y otras que lloraban desde sus asientos. Y aunque nadie lo decía
abiertamente, todos intuíamos que la ruptura del partido estaba ya asomando por
la puerta.
Los camaradas más veteranos y
respetados —recuerdo a Simón Sánchez Montero, Serafín Aliaga o Carlos Elvira,
todos ellos ya fallecidos hace bastantes años— hacían dramáticos llamamientos a
la unidad. Pero nadie les hacía demasiado caso.
Y entonces ocurrió algo
inesperado.
Después de más de treinta
intervenciones solemnes, todas defendiendo a muerte las bondades propias y los
errores ajenos, subió a la tribuna un compañero de nuestra candidatura: Ginés
Pitalúa.
Todos esperábamos otro discurso
político. Pero Ginés, muy serio, se arrancó a cantar:
"Ayer tarde
yo cantaba
mientras mi niña dormía...
Y siguió:
...Qué bonita que
es mi niña
qué bonita cuando duerme,
se parece a una
amapola
entre los trigales verdes”
(La canción "Que bonita es mi niña" en la voz de Manolo Escobar).
Si hubierais visto el salón de actos...
Aquello fue un estallido: carcajadas, aplausos, gente doblada de risa. Durante
minuto y medio desaparecieron las tensiones, los porcentajes, los bandos y los
futuros enfrentamientos. Fue, de largo, la intervención más aplaudida del
congreso.
Y, sobre todo, nos relajó.
De verdad, verdadera.
Después llegó la votación.
Perdimos los renovadores, cómo no, por el habitual 51% frente al 49% de las
votaciones anteriores. Los vencedores de la lista encabezada por el carrillista Adolfo
Piñedo, tuvieron el detalle de incluir a uno de los geraldistas, Pedro Díaz, alcalde
de Arganda (Madrid), entre los más de treinta miembros de la ejecutiva, para
que los derrotados pudiéramos valorar la generosidad de los ganadores.
Por cierto, quienes ganaron
aquella conferencia terminaron consumando la escisión del PCE en 1985, pues al
ser expulsados, crearon otro partido – Partido de los Trabajadores de
España-Unidad Comunista (PTE-UC)- y tras varios fracasos electorales, la
mayoría acabo en 1991 aterrizando en el PSOE. Aunque también debo reconocer
que años después bastantes de los renovadores realizaron el mismo recorrido,
Enrique Curiel incluido.
Aclaro que cuento estas anécdotas
sin acritud ni ánimo de revancha. A estas alturas ni siquiera tengo claro quién
llevaba razón entonces. Me limito a recordar lo que viví intensamente de cerca,
muy de cerca.
Pero aquella conferencia sí me
enseñó algo importante: desde entonces nunca me he tomado ningún debate
político, sindical, vecinal, o personal, tan a pecho.
Uno debe defender sus ideas con
convicción, argumenta lo mejor que puede y punto. Si sale adelante tu
propuesta, estupendo. Y si no, otra vez será.
Con los años he llegado a una
conclusión sencilla: la verdad absoluta no existe. Antes creía que sí, que “mi
verdad” siempre tenía razón. Ahora sé que la vida es bastante más compleja.
No todo es blanco o negro. Entre
medias hay muchos grises. Y, a veces, incluso algún arcoíris
Francisco Naranjo Llanos,
director de la Fundación Abogados de Atocha y sindicalista de CCOO.