Hablar de vivienda, es hablar del derecho a un proyecto de vida

28 de septiembre de 2026: Acampada en la Puerta del Sol Madrid (foto de RTVE)

Cuando escribo estas líneas, cientos de personas continúan acampadas en la Puerta del Sol de Madrid tras la multitudinaria manifestación contra el desahucio de Maricarmen. Al mismo tiempo, se están produciendo movilizaciones de protesta y apoyo en otras provincias españolas.

A mi entender, y con toda sinceridad, este puede ser el momento oportuno para que los dos grandes sindicatos, CCOO y UGT, junto al Sindicato de Inquilinas y otras muchas organizaciones de la sociedad civil, impulsen movilizaciones contundentes y sostenidas para impedir los desahucios antisociales y hacer realidad el artículo 47 de la Constitución: el derecho a disfrutar de una vivienda digna.

Se necesitan soluciones urgentes, tanto a corto como a medio plazo, frente a los desahucios, los alquileres inasumibles, los fondos de inversión, los pisos turísticos y la escasez de vivienda social. Y, sobre todo, hacen falta planes de inversión ambiciosos para construir un gran parque público de viviendas sociales en el conjunto del país.

Tampoco es descartable promover la posibilidad de viviendas sociales o con algún tipo de protección oficial, en régimen de cooperativas, que son  sociedades sin ánimo de lucro, donde los socios se agrupan para promover, construir y gestionar sus propios hogares a precio de coste, eliminando los intermediarios.

También habría que impulsar, sin demora, que los programas electorales de las candidaturas progresistas que concurran a las elecciones municipales, autonómicas y generales de 2027 incorporen propuestas concretas y viables para garantizar viviendas asequibles, pensando especialmente en los jóvenes y en quienes hoy por hoy encuentran enormes dificultades para emanciparse.

Y aquí conviene recordar algo que a veces olvidamos cuando el debate se centra exclusivamente en mirar qué hace el Gobierno de España. También es importante, pero las competencias en materia de vivienda están ampliamente descentralizadas, y las comunidades autónomas tienen un papel fundamental. Es decir, las responsabilidades son muchas y están repartidas.

  • El Gobierno central puede establecer la legislación básica, impulsar planes estatales de vivienda y aportar financiación y recursos.
  • Las comunidades autónomas gestionan sus parques públicos, las ayudas al alquiler y sus propios planes de vivienda.
  • Los ayuntamientos también tienen mucho que decir: intervienen en el urbanismo y el planeamiento, clasifican suelo, conceden licencias y pueden promover y gestionar vivienda pública municipal.

Por eso, no vale con mirar exclusivamente hacia un lado. La solución exige que todas las administraciones, cada una desde sus competencias, hagan su parte y trabajen de manera coordinada.

Y hay algo más: cuando hablamos de vivienda no podemos olvidarnos de los fondos de inversión, los llamados «fondos buitre», ni de las grandes empresas propietarias. Pero tampoco debemos olvidar, desde el punto de vista de sensibilidad social y humana, que una vivienda es, para quien vive en ella, mucho más que un activo financiero: es su casa. Es su barrio. Son sus vecinos. Son sus recuerdos. Es su vida.

En definitiva, la vivienda en la que vivimos -o aquella en la que queremos vivir cuando llega el momento de emanciparnos- es algo esencial para las personas. Garantizarla no debería ser una aspiración, sino una prioridad.

El artículo 47 de la Constitución establece un mandato claro. Ahora hace falta voluntad política, recursos y, también, movilización social para que ese derecho deje de ser una declaración constitucional y se convierta en una realidad para millones de personas.

Porque hablar de vivienda en los tiempos que vivimos, es, en definitiva, hablar de dignidad, de igualdad y del derecho a construir un proyecto de vida.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

P.D. Francisco Naranjo fue presidente de VITRA-Madrid durante 15 años. Impulsada por CCOO, la cooperativa de viviendas VITRA, construyó en sus 34 años de actividad 33.000 viviendas protegidas en España, 9.000 de ellas en Madrid, en régimen cooperativo y a precios asequibles. Para más información leer: La isla de VITRA.

El desahucio de Mari Carmen: un aldabonazo a las conciencias

 

¿Alguien puede imaginarse tener 87 años, haber pagado religiosamente el alquiler durante toda una vida y que, de repente, te echen de tu casa?

Pues ha ocurrido. El 23 de septiembre de 2026, Maricarmen, una madrileña de 87 años, con graves problemas de movilidad, fue desalojada de la vivienda en la que había vivido durante más de siete décadas, en el barrio de Retiro. Era el cuarto y definitivo intento de lanzamiento, ejecutado a favor de Urbagestión, la sociedad propietaria del inmueble. Maricarmen salió de su casa en camilla y fue trasladada en una ambulancia del Samur.

Fue su padre quien firmó aquel contrato de renta antigua. Cuando él falleció, la vivienda pasó a su madre y, posteriormente, a ella. Allí siguió viviendo durante décadas, pagando cada mes, en el último año, alrededor de 500 euros y, según ha repetido en estos días, sin dejar de abonar una sola mensualidad.

«Yo no he dejado de pagar ni un solo recibo de la renta», decía. Y quizá esa sea una de las frases que mejor resumen su drama: Maricarmen no sentía que hubiera dejado de cumplir con su parte. Había pagado durante toda su vida y, sin embargo, terminó perdiendo la casa en la que había construido toda su historia.

Desde que el inmueble fue adquirido por Urbagestión, Maricarmen mantuvo durante años un conflicto por el alquiler. La renta que se le reclamaba había llegado a situarse muy por encima de los aproximadamente 500 euros que pagaba anteriormente, una cantidad que resultaba difícilmente asumible para una pensionista con unos ingresos de alrededor de 1.300 euros. El caso llegó a los tribunales y, finalmente, el lanzamiento pudo ejecutarse.

Y así llegamos a la mañana del desahucio. En la calle se habían concentrado cientos de personas. Algunas habían pasado la noche allí intentando impedir el lanzamiento. La intervención policial terminó convirtiendo aquella mañana en una escena que iba mucho más allá de un conflicto entre propietario e inquilina: se discutía, en realidad, qué lugar ocupa una persona mayor y vulnerable frente al derecho de propiedad y frente a un mercado inmobiliario cada vez más difícil de soportar.

La policía estableció un cordón que mantuvo alejados a periodistas, fotógrafos y personas que se oponían al desalojo de Maricarmen,. Las imágenes de Maricarmen saliendo en camilla camino de la ambulancia dieron la vuelta al país. La periodista Silvia Intxaurrondo, en TVE, expresó su indignación ante las dificultades para informar desde el lugar.

Maricarmen había resistido hasta el último momento. También lo hizo el Sindicato de Inquilinas, que intentó encontrar una solución. El Ministerio de Vivienda realizó gestiones y, según informaciones publicadas, hubo distintas propuestas para evitar el desalojo, pero ninguna consiguió impedirlo.

Al preguntarle cómo se encontraba después del desalojo, su respuesta fue tan sencilla como demoledora: «Estoy hecha polvo».

¿Cómo no estarlo? Setenta años de recuerdos habían quedado dentro de aquellas paredes. A los 87 años, Maricarmen se ha visto obligada a comenzar una nueva etapa de su vida lejos de la casa en la que prácticamente había vivido siempre.

Hasta aquí, los hechos. A partir de aquí, mi opinión.

Creo sinceramente que el caso de Maricarmen debería ser un aldabonazo a las conciencias. Un aviso. Una llamada de atención. Porque lo sucedido pone delante de nuestros ojos, con una crudeza difícil de ignorar, hasta dónde puede llegar el problema de la vivienda cuando detrás de un expediente judicial hay una persona concreta, con nombre, edad, recuerdos y una vida entera dentro de cuatro paredes.

La vivienda se ha convertido en uno de los grandes problemas sociales de nuestro país. Y no hablamos únicamente de quienes pierden su casa. Hablamos también de jóvenes que no pueden emanciparse, familias que destinan una parte desproporcionada de sus ingresos al alquiler y trabajadores que tienen dificultades para vivir en las ciudades donde trabajan.

Los datos de los lanzamientos judiciales siguen mostrando que el problema está lejos de resolverse. En el primer trimestre de 2025, por ejemplo, se practicaron en España 7.334 lanzamientos, según el Consejo General del Poder Judicial.  Y mientras tanto, el debate político continúa.

Unos sostienen que hay que intervenir y aumentar la regulación del mercado. Otros defienden que la solución pasa fundamentalmente por aumentar la oferta y dejar actuar al mercado. Pero, mientras unos y otros discuten, hay muchas personas que tienen que decidir cada mes entre pagar el alquiler, la hipoteca o llenar la nevera.

Por eso creo que el problema no puede abordarse únicamente desde la confrontación política. Hace falta actuar. Y también hace falta mirar hacia atrás.

En Madrid tenemos un ejemplo que todavía forma parte del debate público: en 2013, durante la alcaldía de Ana Botella, el Ayuntamiento vendió 1.860 viviendas protegidas de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo a Fidere, filial española de Blackstone, por unos 128,5 millones de euros. Aquella operación fue objeto de una larga controversia judicial. El Tribunal de Cuentas llegó inicialmente a apreciar un perjuicio para las arcas públicas, pero posteriormente revocó aquella resolución y el Tribunal Supremo confirmó la absolución de Ana Botella y su Junta de Gobierno. Una odisea jurídica.

Los hechos judiciales son los que son. Pero el debate político sobre si fue acertado desprenderse de una parte de aquel parque público sigue abierto. Porque ahí está, a mi juicio, una de las claves del problema: si se dispone de poca vivienda pública, cualquier crisis habitacional se hace mucho más difícil de gestionar.

Según el Gobierno Central, el parque público de vivienda en España ha pasado en los últimos años del 2,5% al 3,4%, todavía muy lejos del entorno del 9% que representa la media europea. Un 3,4% es demasiado poco para un país que pretende garantizar el derecho constitucional a una vivienda digna.

Y aquí conviene recordar algo que a veces olvidamos cuando el debate se centra exclusivamente en el Gobierno de España: las comunidades autónomas tienen un papel fundamental en materia de vivienda.

Deben gestionan los parques públicos autonómicos, las ayudas al alquiler y sus propios planes de vivienda. También los ayuntamientos tienen mucho que decir: deciden sobre urbanismo y planeamiento, clasifican suelo, conceden licencias y pueden promover y gestionar vivienda pública municipal.

El Gobierno Central, por su parte, tiene capacidad para establecer la legislación básica, impulsar planes estatales de vivienda y aportar financiación y recursos. Es decir, responsabilidades hay muchas y están repartidas.

Por eso no vale con mirar exclusivamente hacia un lado. La solución exige que todas las administraciones, cada una desde sus competencias, hagan su parte.

Y hay algo más: cuando hablamos de vivienda, no podemos olvidarnos de los fondos de inversión, los llamados “fondos buitre” y de las grandes empresas propietarias. Tampoco podemos olvidar que una vivienda es, para quien vive en ella, mucho más que un activo financiero. Es su casa. Es su barrio. Son sus vecinos. Son sus recuerdos. Es su vida.

Eso es precisamente lo que el caso de Maricarmen nos obliga a mirar de frente.

Porque una sociedad puede tener leyes, jueces, policías, fondos de inversión y contratos perfectamente formalizados. Pero también debería preguntarse si, detrás de todo eso, estamos siendo capaces de proteger a las personas más vulnerables.

Y llegados a este punto, conviene volver al principio: ¿Alguien puede imaginarse tener 87 años, haber pagado religiosamente el alquiler durante toda una vida y terminar saliendo de tu casa en una camilla?

Según mi humilde opinión, sí podemos imaginarlo. Y precisamente por eso creo que lo ocurrido con Maricarmen no debería convertirse simplemente en una noticia más que desaparece en unos días de los periódicos y de los informativos. Debería ser un aldabonazo a nuestras conciencias y no un incidente mas.

Porque la vivienda no puede ser únicamente un negocio. Es también un derecho. Lo dice, claramente, el artículo 47 de nuestra Constitución:

“Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”.

El mandato constitucional es claro. Ahora hace falta voluntad política para hacerlo realidad.

Porque querer es poder. Y si de verdad queremos que casos como el de Maricarmen no vuelvan a repetirse, los poderes públicos deberán de dejar de mirar hacia otro lado y empezar a trabajar, entre todos, para que el derecho a la vivienda deje de ser una declaración constitucional y se convierta, de verdad, en un derecho efectivo.

Protesta en Mérida (Extremadura), el 24 de septiembre de 2026

Por Maricarmen y por tantos otros y otras que, quizá sin hacer ruido, están esperando que alguien les ayude a no perder su casa, espero que este tema de vivienda y habitabilidad, especialmente difícil para jóvenes y mayores, enfile un camino que acabe con este grave y esencial problema a corto y medio plazo.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

P.D. Francisco Naranjo fue presidente de VITRA-Madrid durante 15 años. Impulsada por CCOO, VITRA construyó en sus 35 años de actividad 33.000 viviendas protegidas en España, 9.000 de ellas en Madrid, en régimen cooperativo y a precios asequibles. Para mas información leer: LA ISLA DE VITRA

Adiós a Miguel Corbacho, un hombre del fútbol y de la vida

 

Miguel Corbacho en 1966

Ha fallecido un pionero del fútbol base emeritense. Y también un amigo. Miguel Corbacho Sánchez nos dejó el 27 de agosto, a los 85 años de edad.

Su trayectoria y su entrega al deporte fueron reconocidas en 2001 con la Medalla al Mérito Deportivo del Fútbol Amateur de la Federación Española de Fútbol, entre otros galardones. También colaboró con distintos medios de comunicación y ejerció durante cuatro décadas como presidente y entrenador del Rayo Emeritense. Bajo su dirección, el club llegó a contar incluso con una sección de baloncesto aficionado y un equipo femenino de Fútbol 7.

En 2010, el entonces alcalde de Mérida, Ángel Calle, le impuso el escudo de la ciudad en reconocimiento a su dedicación al fútbol base de la capital extremeña.

Ocho años después, en 2018, el Ayuntamiento de Mérida rindió homenaje a la trayectoria del Rayo Emeritense con una exposición de fotografías y trofeos conquistados por el club entre 1966 y 2006, que Miguel Corbacho había donado al Consistorio. La muestra se inauguró en el polideportivo Diocles, donde también se descubrió una placa en homenaje al club y a quien durante tantos años fue su presidente y entrenador.

En aquel acto, Miguel recordó los comienzos del club en la zona de la barriada de La Paz. Lo contaba con la sencillez que le caracterizaba: “Al ver a los chavales jugando los animé a que se vinieran al equipo, que denominé Rayo Emeritense, por el Rayo Vallecano, porque se portaron muy bien conmigo”.

Cuando intervino el alcalde de Mérida, Antonio Rodríguez Osuna, definió aquel momento como “un día importante para Mérida, porque se reconocía la historia de un club y de una persona que ha dado su vida por muchos niños y niñas de Mérida”.

Yo por mi parte, tengo muy buenos recuerdos de Miguel Corbacho. Fui uno de aquellos jugadores de los que él comentaba al recordar los primeros tiempos del Rayo Emeritense. Un recuerdo que permanece aún en mi memoria.

Dicen que, cuando uno alcanza cierta edad, quizá no recuerde qué comió ayer, pero puede recordar con una nitidez sorprendente lo ocurrido hace 50 o 60 años. Y hay algo que ayuda especialmente a mantener viva esa memoria: contemplar una fotografía de aquella época.

Una imagen es capaz de abrir de golpe el cajón de los recuerdos. Ves una cara, un campo de fútbol, una camiseta, unos compañeros y, de repente, aparece detrás toda una historia. No solo recuerdas la fotografía: recuerdas lo que sucedió alrededor de ella.

El Club Deportivo Rayo Emeritense en estadio municipal de Merida en 1966.

Eso es precisamente lo que me ocurre cuando vuelvo a contemplar esta foto, una de las que se expusieron en el polideportivo Diocles. Al verla, regreso a los años sesenta del siglo pasado, cuando comencé a dar mis primeros pasos en el fútbol, con apenas 14 años. Recuerdo aquellos partidos que disputé en el Estadio Municipal de Mérida —hoy Estadio Romano José Fouto— con el Augusta, perteneciente al grupo del Imperio de Mérida, uno de los conjuntos destacados de aquella época, cuyo presidente era Agustín Jiménez.

Por aquel entonces ya llevaba algunos años viajando entre la estación de ferrocarril de Proserpina y Mérida para estudiar en la Escuela de Maestría Industrial. Allí terminé, con 16 años, los estudios de Oficialía Industrial en la rama de Madera, con especialidad en Ebanistería.

Cuando cumplí 18 años ingresé en RENFE, en Madrid, aunque regresé a Mérida al cabo de un año. Estuve en la capital extremeña entre 1966 y 1969, realizando las prácticas ferroviarias. Como vivía con mis padres en la barriada de San Juan, jugaba en los campos de fútbol del entorno de La Paz. Y fue allí donde conocí a Miguel Corbacho.

Fue entonces cuando me fichó para aquellos comienzos del Rayo Emeritense. Jugué un par de temporadas con ellos y guardo de aquella etapa recuerdos extraordinarios. Y, entre todos ellos, ocupa un lugar especial Miguel Corbacho.

La fotografía tomada en el Estadio Municipal de Mérida, a la que antes hacía referencia, es testimonio de aquellos años y de aquella amistad nacida alrededor del fútbol.  Después, ya en Madrid, continué jugando al fútbol, aunque entonces fue principalmente fútbol sala y campeonatos de empresas en el pabellón del Centro Cultural y Deportivo de RENFE, en Madrid-Delicias.

Pero mi afición por el fútbol nunca desapareció. Al contrario, continuó en la familia. Primero fueron mis hijos y, después, mis nietos quienes siguieron vinculados al deporte. Uno de mis hijos destacó en el fútbol. El otro, ya adolescente, cambió el balón de futbol por el rugby. Y mis nietos han seguido también esa estirpe deportiva: uno juega actualmente en un equipo de regional de Getafe, otro en el juvenil del Rayo Vallecano y el mas pequeño, todavía en categoría alevín, en Las Rozas.

En la actualidad, ya jubilado he vuelto al Romano Jose Fouto a ver el Merida AD y al polideportivo Diocles a realizar gimnasia de mantenimiento. Y casualidades de la vida, en ambos lugares he coincido con amigos que jugaron conmigo hace esos 60 años que decía antes. 

En fin, estas líneas no pretenden ser más que mi particular manera de darle el último adiós a Miguel Corbacho, una persona de la que conservo un recuerdo profundamente entrañable.

No solo por su vida dedicada al deporte y, sobre todo, al fútbol. También por su manera de tratar a los chavales de aquella época. Por su cercanía, por su entusiasmo y por las enseñanzas que, muchas veces sin darnos cuenta, nos transmitió dentro y fuera del terreno de juego.

Miguel fue uno de esos hombres que hicieron mucho por el fútbol cantera de Mérida cuando apenas había medios, pero sobraban ilusión, compromiso y ganas de enseñar. Su legado no está únicamente en los trofeos, las fotografías o en la historia del Rayo Emeritense. Está, sobre todo, en las generaciones de niños y jóvenes que pasaron por sus manos y que hoy, décadas después, seguimos recordándolo.

Descansa en paz, Miguel. Te lo has ganado. Aquí, en la tierra, y especialmente en Mérida, te seguiremos recordando. Recibe un abrazo de uno de aquellos chavales -jugadores- que compartió contigo una parte de su juventud y que, muchos años después, sigue agradeciendo tus enseñanzas deportivas y, sobre todo, humanas.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

Begoña San José: feminista, sindicalista y muchas cosas más

 

Manuela Carmena, Begoña San José y Pilar Bardem, en marzo de 2011.

Conocí a Begoña San José a comienzo de los años ochenta, cuando ejercía como responsable de Comunicación del Sector Ferroviario de CCOO. Ella era la responsable de la mujer en CCOO.

Al revolver mi hemeroteca personal para preparar esta semblanza, de felicitación y homenaje en su día de su cumpleaños, me encontré con un artículo suyo publicado en junio de 1980, en el boletín “Carril” de las Comisiones Obreras Ferroviarias, titulado Ferroviarias y mujeres de ferroviarios. Al releerlo, he tenido la sensación de reencontrarme con aquella Begoña que ya entonces tenía muy claro que la incorporación de las mujeres al mundo laboral no era una cuestión secundaria, sino uno de los grandes cambios que estaba viviendo nuestra sociedad.

En aquel artículo hablaba de las mujeres en el ferrocarril, pero también de algo mucho más amplio: de la ruptura de los viejos roles que habían reservado determinados trabajos exclusivamente a los hombres. Incluso recomendaba ver La sal de la tierra, una película que refleja precisamente la lucha de hombres y sus mujeres por sus derechos dentro de una comunidad minera. Sus reflexiones, vistas hoy, conservan una sorprendente actualidad.

Volví a encontrarme personalmente con Begoña muchos años después, en marzo de 2011, con motivo del reconocimiento que la Fundación Abogados de Atocha otorgó, coincidiendo con el centenario del Día Internacional de la Mujer, a tres mujeres excepcionales: Begoña San José, Pilar Bardem y Manuela Carmena. Las tres fueron reconocidas por sus valores de justicia y libertad y por sus trayectorias en defensa de los derechos y las libertades democráticas.

Pero si algo define a Begoña no es la cantidad de cargos que ha ocupado ni los reconocimientos que ha recibido. Lo verdaderamente importante es la coherencia de una vida dedicada a luchar por aquello en lo que cree.

Begoña San José Serrán nació en La Granja, en el Real Sitio de San Ildefonso (Segovia), el 13 de agosto de 1949, en el seno de una familia numerosa. Con dieciocho años comenzó a estudiar Agronomía, pero pronto tuvo que abandonar la carrera. Se independizó, trabajó en el servicio doméstico y después entró en una fábrica. Allí comenzó a militar en Comisiones Obreras y tuvo sus primeros contactos con el feminismo. También se afilió al PCE.

Fue una de aquellas mujeres que descubrieron que la lucha por la democracia y la lucha por la igualdad era inseparable. Su acercamiento al Movimiento Democrático de Mujeres resultó decisivo. Como ella misma ha contado en numerosas ocasiones: asistir a una primera reunión la deslumbró. A partir de entonces, su compromiso feminista fue creciendo hasta convertirse en una parte esencial de su vida.

Y eran tiempos en los que ser mujer y reclamar derechos tenía un precio. Begoña participó en acciones reivindicativas relacionadas con los derechos sexuales y reproductivos, como acudir al ginecólogo para conseguir anticonceptivos cuando hacerlo no solo estaba socialmente mal visto, sino que podía tener consecuencias legales. Fue detenida en 1973 y 1974 por su militancia en CCOO, cuando sindicatos y partidos políticos todavía eran ilegales. En la segunda detención fue despedida de la fábrica. Pasó tres meses en prisión.

No es un detalle menor. Estamos hablando de una mujer joven que decidió enfrentarse a una dictadura que pretendía mantener a las mujeres sometidas a un modelo social basado en la obediencia, la familia tradicional y el nacionalcatolicismo.

1975 fue un año especialmente importante. Fue declarado Año Internacional de la Mujer y se celebró en México la I Conferencia Mundial sobre la Mujer. En España, Begoña participó activamente en las movilizaciones contra la carestía de la vida y, poco después de la muerte de Franco, en diciembre de aquel año, tomó parte en las I Jornadas Nacionales para la Liberación de la Mujer, celebradas todavía en la clandestinidad.

En 1976 asistió a la Asamblea de Barcelona de CCOO, uno de los acontecimientos fundamentales en la historia del movimiento sindical. Más de quinientos militantes se reunieron en un momento en el que todavía no existía libertad sindical y la democracia era apenas una esperanza. Begoña fue una de las escasas mujeres presentes. Aquella Asamblea marcó un antes y un después en el proceso que conduciría a la legalización de Comisiones Obreras.

Al año siguiente, 1977, coincidiendo con la legalización de los sindicatos, Begoña se convirtió en la primera Secretaria de la Mujer de CCOO, primero en Madrid y después en el ámbito confederal, responsabilidad que desempeñó hasta 1981. Desde allí contribuyó a construir la política del sindicato en materia de igualdad y a tender puentes entre el movimiento sindical y el feminismo.

Cuando dejó la Secretaría de la Mujer de CCOO, en 1981, quiso regresar a su puesto de trabajo en la fábrica, pero se lo impidieron. Aquel episodio puso fin a su militancia sindical, aunque no a su compromiso. Aprovechó aquella etapa para estudiar Derecho, preparar oposiciones y profundizar en el pensamiento y la práctica feminista.

Su trayectoria posterior es tan intensa como la primera. Trabajó en el Centro Feminista de Estudios y Documentación, participó en las luchas por la legalización del aborto y por la incorporación de las organizaciones feministas a las políticas públicas. En 1984 aprobó las oposiciones de Secretaria-Interventora de Administración Local, profesión que ejerció hasta su jubilación en 2014.

En 1986 fue cofundadora del Fórum de Política Feminista, una organización que entendía que el feminismo debía tener capacidad para influir en las instituciones y en las políticas públicas sin perder su independencia. Desde allí participó en debates y movilizaciones relacionados con la igualdad, la representación de las mujeres en los espacios de poder y las políticas públicas de género.

Begoña ha desempeñado también responsabilidades institucionales: fue subdirectora de Empleo y Cooperación de la Dirección General de la Mujer de la Comunidad de Madrid, concejala del Ayuntamiento de Madrid por IU y presidenta del Consejo de la Mujer de la Comunidad de Madrid, organismo que entonces agrupaba a decenas de asociaciones de mujeres.

Pero quizá lo que mejor define su trayectoria sea su capacidad para estar siempre allí donde se estaba produciendo una nueva batalla por los derechos de las mujeres. Participó en la Plataforma Impacto de Género Ya, en la Plataforma por el Derecho al Aborto de Madrid, en la Plataforma CEDAW Sombra España y en la Plataforma 7N, que organizó en 2015 la histórica Marcha Estatal contra las Violencias Machistas.

Su compromiso no ha sido nunca puramente teórico. Begoña ha sabido convertir las ideas feministas en acción política, sindical y social. Por eso las filósofas Celia Amorós y Ana de Miguel han destacado precisamente su capacidad para tender puentes entre la teoría feminista y la militancia política. No es casual que Celia Amorós, una de nuestras grandes maestras del pensamiento feminista, le dedicara uno de sus libros.

Y hay algo más que quiero destacar porque pertenece a mi experiencia personal y no a ningún currículo: Begoña es una persona extraordinariamente humilde, generosa, lúcida y cálida. De esas personas que, después de tantos años de lucha y de tantos reconocimientos, siguen hablando contigo con la sencillez de quien considera que lo importante no es lo que ha hecho, sino lo que todavía queda por hacer.

Desde el privilegio de haberla conocido y tratado durante tantos años, puedo decir que Begoña es una de esas mujeres que han contribuido a cambiar la historia de este país sin necesidad de ocupar siempre los grandes titulares. Su trabajo está en muchas conquistas que hoy nos parecen normales y que, sin embargo, hubo que pelear cuando defenderlas podía significar una detención, una cárcel, un despido o simplemente enfrentarse a una sociedad que no estaba preparada para aceptar que las mujeres fueran dueñas de su propia vida.

Por eso Begoña es, para mí, una de las  grandes costaleras de la democracia. Porque ha cargado durante décadas con una parte importante del peso de la igualdad, de la libertad y de los derechos de las mujeres. Lo ha hecho desde el sindicalismo, desde el feminismo, desde la política, desde las instituciones y, sobre todo, desde la coherencia de una vida entera.

Cuando pienso en las mujeres que han luchado por la igualdad de género, no puedo evitar pensar siempre en Begoña. Porque las costaleras de la democracia no siempre llevan un paso sobre sus hombros. A veces llevan algo mucho más pesado: la responsabilidad de abrir caminos para que otras puedan caminar después por ellos. Y Begoña San José lleva toda una vida abriendo caminos. Gracias por tu compromiso compañera y felicidades en tu cumpleaños.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

Adiós al abogado Antonio Montesinos, uno de nuestros maestros

Antonio Montesinos (Fotografía de Teresa Rodríguez)

Hay personas cuya vida explica mejor que cualquier libro una parte de la historia de nuestro país. Antonio Montesinos Villegas era una de ellas. Falleció el pasado 24 de julio, apenas unos días antes de cumplir cien años. Su familia le dio el último adiós en la más estricta intimidad.

Hace solo unos días hablé con Paz, su hija, para interesarme por su salud y proponerle organizar algún acto de reconocimiento con motivo de su centenario, el próximo 31 de julio. Le pareció una buena idea y acordamos hacerlo después del verano. Nunca imaginé que aquella conversación sería la última antes de recibir la noticia de su fallecimiento.

Confieso que me quedé helado. Perdíamos a un amigo, a un compañero y a uno de los grandes referentes de la abogacía laboralista. En el grupo de Wasat, de amigos de la Fundación Abogados de Atocha, una vez conocida la triste noticia,  comenzaron a llegar los mensajes de dolor. Mari Cruz Elvira resumió el sentimiento de todos: "Se nos ha ido otro de nuestros maestros, una gran persona, ejemplo de lucha y coherencia”. Difícil decir más con menos palabras.

Antonio fue pionero de los despachos laboralistas en España. Junto a José Jiménez de Parga, María Luisa Suárez y Pepe Esteban, abrió en diciembre de 1965, en la calle de la Cruz número 16 de Madrid, el primer despacho dedicado específicamente al Derecho Laboral. Más tarde compartiría bufete con otros grandes nombres de la abogacía democrática, como Juan José del Águila, Manuela Carmena o Cristina Almeida.

Aquellos despachos fueron mucho más que oficinas de abogados. Eran refugios de trabajadores perseguidos, de sindicalistas, de vecinos y de ciudadanos sin voz. Allí se defendían despidos, conflictos laborales, procesos ante el Tribunal de Orden Público, problemas de vivienda o de barrio. En definitiva, se defendía a una sociedad que vivía bajo una dictadura. Aquellos bufetes se convirtieron en auténticos espacios de libertad.

Ese compromiso tuvo un precio muy alto. Muchos abogados sufrieron persecución, detenciones e incluso fueron asesinados, como ocurrió en el despacho de Atocha 55 el 24 de enero de 1977. Antonio pertenecía a aquella generación irrepetible de juristas que entendían el ejercicio de la profesión como un compromiso con la democracia y la justicia social.

Su vocación por la abogacía nació muy pronto. En 1943, con solo dieciséis años, acompañó a su padre al consejo de guerra en el que juzgaban a un tío suyo y a otros cuatro militantes comunistas. La Fiscalía pidió dos penas de muerte; el tribunal impuso cinco. Su tío fue fusilado en las tapias del Cementerio del Este el 16 de marzo de ese mismo año. Aquel día decidió hacerse abogado para defender a los trabajadores y a quienes sufrían la represión.

Durante más de siete décadas ejerció una profesión que nunca entendió como un negocio. Defendió a salineros, pescadores, campesinos, trabajadores de Pegaso, Iberia, Telefunken y de tantas otras empresas. Solía decir que aquellos trabajadores no eran sus clientes, sino sus camaradas y sus amigos. Esa frase resume toda una forma de entender la abogacía.

Desde la creación de la Fundación Abogados de Atocha, en 2005, formó parte de su Patronato. Quienes tuvimos la fortuna de compartir reuniones con él sabemos que bastaba escucharle unos minutos para recibir una auténtica lección de historia, de compromiso y de humanidad.

Entre los años 2014 y 2016 coincidimos en numerosos cursos de formación sindical organizados por iniciativa de Javier López Martin, secretario confederal de Formación de CCOO, bajo el título Del Proceso 1001 a los Abogados de Atocha. Antonio era de los más esperados. Los jóvenes delegados sindicales escuchaban sus relatos con auténtica admiración.

Nunca olvidaré una de sus respuestas cuando le preguntaron cómo habían nacido los despachos laboralistas. Contestó con su sencillez habitual: "Los obreros se habían organizado, sobre todo en Comisiones Obreras; los abogados teníamos que organizarnos." Después añadió otra reflexión que sigue plenamente vigente: "El capital siempre pretende obreros esclavos; para defendernos hacen falta unidad y solidaridad."

Hace unos años le pregunté cómo estaba de salud. Tendría ya noventa y seis años. Me dijo que bien, aunque se había golpeado una rodilla y los médicos insistían en que utilizara bastón. Yo le comenté que el golpe había sido precisamente por no llevarlo. Sonrió y respondió: "No llevo bastón porque el bastón es de viejos." Así era Antonio. Nunca permitió que la edad derrotara a su espíritu.

En 2014 un grupo de amigos y amigas, relacionados con la Fundación Abogados de Atocha, le dimos a Antonio un sentido y sencillo homenaje en su 88 cumpleaños.

Todos los finales de julio hablaba con él para felicitarle por su cumpleaños. Este año también pensaba hacerlo. Quería desearle que siguiera cumpliendo muchos más, porque siempre tuve la impresión de que no era un hombre viejo, sino un hombre con mucha juventud acumulada. No ha podido ser.

Antonio Montesinos nos deja a pocos días de cumplir cien años, pero también nos deja una herencia inmensa: la de quienes entendieron que defender a un trabajador era defender la dignidad de todos y que ejercer la abogacía podía ser una forma de luchar por la libertad y la democracia.

Estoy convencido de que se ha marchado mucho más joven de lo que decía su documento de identidad. Condolencias a la familia y amigos y descansa en paz, compañero Antonio. ¡Salud y República, camarada!

Francisco Naranjo Llanos, patrono y director de la Fundación Abogados de Atocha (2005-2024) y sindicalista de CCOO.

Del Mundial, me quedo con Nico Williams y Lamine Yamal


Nico Williams y Lamine Yamal en el mundial de futbol de 2026

    De la histórica victoria de España en el Mundial me quedo, ante todo, con la juventud y la diversidad de este extraordinario equipo. También con una frase que Luis de la Fuente ha repetido durante todo el campeonato y que trasciende al fútbol: “Juntos somos más fuertes”. Una lección aplicable a muchos otros ámbitos de la vida. No es casual que CCOO y UGT hayan utlizado un slogan muy similar en la Huelga General del 14D (14 de diciembre de 1988): “Juntos podemos”, copiado despues por otras organizaciones. 

    Pero vayamos al futbol: por encima de todo, en el Mundial, me quedo con Nico Williams y Lamine Yamal.

    El pasado 19 de julio de 2026, en el minuto 106 de la final del Mundial, Lamine Yamal abrió el juego hacia Pedro Porro. Este envió un balón en profundidad que Nico Williams prolongó de cabeza hacia el corazón del área. Allí apareció Ferran Torres para marcar el gol más importante del fútbol español en las últimas décadas y convertir a España en campeona del mundo.

    Sin embargo, la verdadera historia de este Mundial había comenzado mucho antes. Muchísimo antes. Y las vidas de Nico y Lamine lo explican mejor que cualquier discurso.

    En 1994, Félix Williams y María Arthuer, padres de Iñaki y Nico, abandonaron Ghana sin saber adónde los conduciría el camino. Atravesaron el desierto entre el hambre, la sed y la muerte. Llegaron a Melilla, saltaron la valla, fueron detenidos y, gracias a la intervención de un abogado de Cáritas, pudieron quedarse en España.

    En 2002 nació Nico, en Pamplona. Su padre pasó casi una década trabajando como vigilante y limpiador de obras en Londres para enviar dinero a la familia. Su madre encadenó empleos precarios. Vivieron separados durante años hasta que, de algún modo, el fútbol volvió a reunirlos.

    Cuando el árbitro señaló el final de la final, Nico buscó a sus padres en la grada. Seguramente recordó todo lo que habían sufrido para ofrecerles un futuro mejor a sus hijos. Tras recibir la medalla de campeón del mundo, cruzó el campo, saltó la valla y se la colocó a su madre diciéndole una frase que lo resume todo:

    “Toma, mamá. Es para ti. Te la mereces más que yo”.

    La historia de Lamine Yamal no es menos emocionante.

    Nacido en Esplugues de Llobregat (Barcelona), en 2007, detrás de su meteórico ascenso como una de las grandes figuras del fútbol mundial hay también una historia de humildad, migración y raíces obreras.

    Su padre, Mounir, emigró desde Marruecos, y su madre, Sheila, desde Guinea Ecuatorial. Ambos llegaron muy jóvenes a Cataluña y trabajaron en oficios modestos: él como pintor de edificios y ella como camarera en el sector de la hostelería.

    Lamine creció entre Granollers y el barrio de Rocafonda, en Mataró. Allí, jugando en pistas de cemento con chicos mayores que él, forjó el carácter, la velocidad y el descaro que hoy maravillan al mundo. Por eso sigue celebrando sus goles formando con los dedos el número 304, el código postal de Rocafonda, como homenaje al barrio que lo vio crecer y al esfuerzo de sus padres.

    Existe además una hermosa historia detrás de su nombre. "Lamine Yamal" no son nombre y apellido, sino un nombre compuesto. Sus padres decidieron llamarlo así en agradecimiento a dos vecinos que, cuando atravesaban una situación de extrema pobreza, los acogieron en su casa y les ayudaron a pagar el alquiler.

    También me emocionó verlo, nada más terminar la final, correr hacia su madre —su padre no pudo asistir por enfermedad— y volver a jugar sobre el césped con su hermano pequeño, Keyne, como si aún fuera aquel niño de Rocafonda que soñaba con llegar algún día a vestir la camiseta de la selección.

    Maria y Sehila, madres de Nico y Lamil, con las medallas de oro de sus hijos 

    Hay muchos más motivos para recordar este Mundial, pero si tuviera que elegir dos imágenes me quedaría con estas: la medalla de Nico sobre el pecho de su madre y el abrazo de Lamine a la suya. Porque, más allá de los goles y de la copa, ambas escenas nos recuerdan que detrás de los grandes campeones casi siempre hay familias que un día lo arriesgaron todo para que sus hijos pudieran tener un futuro mejor.

    Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

YO FUI UN «ENANO INFILTRADO»


Portada revista Doblón, Julio 1975

Aniversario de las últimas elecciones sindicales del franquismo

Hace un año, por estas fechas, escribí una columna titulada «Ha ganao el equipo colorao», con motivo del cincuentenario de las últimas elecciones sindicales del Sindicato Vertical. En ella recordaba la histórica portada que el semanario Doblón dedicó, en julio de 1975, al triunfo de las candidaturas democráticas impulsadas por Comisiones Obreras.

Días después, José Antonio Martínez Soler, director entonces de Doblón, resalto aquel artículo en 20 Minutos y escribió unas palabras que me emocionaron profundamente:

«Francisco Naranjo, un "enano infiltrado" de CC.OO. de RENFE en el sindicato franquista, me ha recordado la portada que hicimos para celebrar la infiltración heroica de los sindicalistas clandestinos en el corazón del franquismo. Entre todos tumbamos la dictadura desde dentro. No fue una concesión desde arriba, sino una conquista desde abajo.»

Un año después quiero volver sobre aquellos hechos. No desde la nostalgia, sino porque conviene recordar cómo miles de trabajadores contribuyeron a debilitar la dictadura desde sus propias estructuras.

En junio-julio de 1975 se celebraron las últimas elecciones sindicales del franquismo. En RENFE, como en otros muchos sectores, las candidaturas unitarias democráticas obtuvieron un respaldo masivo. Aquel fue el comienzo de una transformación que ya nadie pudo detener.

Este mes se cumplen 51 años de aquellas elecciones y también de mi primera candidatura sindical. Trabajaba como Factor de Circulación en Madrid-Peñuelas cuando varios compañeros, especialmente Santiago Rueda —fallecido el pasado año—, me convencieron para presentarme. Ganamos los diez puestos de enlace sindical del centro de trabajo. Sin saberlo, iniciaba una trayectoria de más de medio siglo de compromiso con CCOO.

Fue entonces cuando me convertí en uno de aquellos «enanos infiltrados». La expresión, utilizada despectivamente por los sectores más reaccionarios del franquismo, fue convertida por Doblón en un símbolo de orgullo. Su inolvidable portada mostraba a tres enanitos de Blancanieves pintando de rojo la sede del Sindicato Vertical bajo un titular que ya forma parte de la memoria democrática: «Ha ganao el equipo colorao».

Aquella revista dedicó un amplio reportaje a los resultados de las elecciones, demostrando que el movimiento obrero había apostado claramente por la democracia cuando la dictadura daba ya sus últimos coletazos. Hoy resulta impensable que un medio de comunicación abra su portada con unas elecciones sindicales. Por eso merece un reconocimiento el valor de José Antonio Martínez Soler, que asumió los riesgos de publicar aquella información y otras de suma importancia, en plena dictadura.

No fueron decisiones sin consecuencias. En marzo de 1976 fue secuestrado y torturado por grupos fascistas vinculados al régimen. Su compromiso con la libertad merece ser recordado.

Las elecciones de 1975 enfrentaron dos modelos sindicales: el continuista, representado por el sindicalismo oficial, y el democrático, impulsado por las organizaciones clandestinas, especialmente la de CCOO. La participación fue muy elevada y el resultado confirmó que el franquismo también estaba perdiendo la batalla en los centros de trabajo.

Pocos meses después, en enero de 1976, el Gobierno de Arias Navarro militarizó RENFE y otros servicios públicos para frenar la movilización obrera. El efecto fue justamente el contrario. La respuesta de los ferroviarios fue aún más firme. El 16 de enero cerca de cinco mil trabajadores celebramos en la estación de Chamartín la histórica Gran Asamblea Democrática de Ferroviarios de Madrid, uno de los hitos más importantes del movimiento sindical en el ferrocarril.

Ese mismo año, todavía en la clandestinidad, constituimos el Pleno de Representantes Ferroviarios, órgano unitario que permitió negociar el primer convenio colectivo de RENFE.

Con la llegada de la democracia continué siendo elegido representante sindical por CCOO. Fui secretario del Comité Intercentros de RENFE y responsable de Comunicación del sindicato en el sector ferroviario, antes de incorporarme a CCOO de Madrid. Pero esa ya es otra historia.

Han pasado más de cincuenta y un años y sigo sintiéndome orgulloso de haber sido uno de aquellos «enanos infiltrados» para ayudar a Comisiones Obreras.  Porque no nos infiltrábamos para conseguir privilegios, sino democracia; no buscábamos poder, sino derechos.

Aquella lucha silenciosa de miles de trabajadores y trabajadoras (Nico Sartorius los denomina: Los Costaleros de la Democracia), ayudó a abrir el camino de las libertades y los derechos que hoy disfrutamos y que nunca deberíamos dar por garantizados.

El pasado es la linterna del futuro. Editorial Utopía libros 

Esta historia y varias más la recojo en mi libro El pasado es la linterna del futuro, obra en homenaje a las mujeres y hombres que, desde el ferrocarril, durante 60 años (1964-2024), contribuyeron decisivamente a construir un sindicalismo democrático y un país más libre. Personas que, con su compromiso, han dejado una huella imborrable en la historia del sindicalismo de clase en el ferrocarril.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

18 de julio: Noventa años del Golpe de Estado franquista

 

Los nacionales: la oligarquía financiera, los grandes propietarios agrarios y una parte de la jerarquía eclesiástica y de sectores del Ejército...

El 18 de julio de 2026 se cumplen noventa años del golpe de Estado militar contra el Gobierno legítimo de la Segunda República Española, surgido democráticamente de las elecciones de febrero de 1936.

Aquel golpe, preparado durante meses por una parte del Ejército español, con el respaldo de los sectores más reaccionarios del país, desembocó en la Guerra Civil Española y, tras la derrota de la República en 1939, dio paso a la dictadura de Francisco Franco: cuarenta años de represión, persecución y ausencia de libertades que se prolongaron hasta la muerte del dictador, el 20 de noviembre de 1975, e incluso dejaron su sombra durante los años de la Transición.

La memoria es frágil, sobre todo cuando existen poderosos intereses empeñados, aun hoy, en blanquear aquella dictadura. Basta preguntar hoy a algunos jóvenes quién fue Franco para comprobar hasta qué punto el desconocimiento de nuestra historia resulta preocupante. Más de uno respondería con ironía involuntaria: ¿En qué equipo jugaba?

Por eso conviene volver a la hemeroteca y a los libros de historia. Y, sobre todo, llamar a las cosas por su nombre. Lo ocurrido en julio de 1936 fue un golpe de Estado. No un "alzamiento nacional", como durante décadas repitió la propaganda franquista y como todavía hoy aparece en algunos textos o discursos interesados. El lenguaje nunca es inocente, y las palabras también sirven para deformar la historia.

En estos días he releído un pequeño libro de Justo Vila Izquierdo, Extremadura: La guerra civil, publicado por Universitas Editorial en 1983. Es una obra rigurosa que explica con claridad cómo se fue gestando la conspiración militar tras la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936 y cómo se desarrollaron aquellos acontecimientos en Extremadura, comarca por comarca y pueblo por pueblo.

Las elecciones de febrero de 1936, las ganó democráticamente la izquierda con 269 diputados, frente a los 205 obtenidos por las fuerzas de centro y derecha. Conviene recordarlo porque, con demasiada frecuencia, algunos intentan sembrar dudas sobre la legitimidad de aquel resultado. También conviene recordar que la Falange de José Antonio Primo de Rivera apenas obtuvo unos cinco mil votos y no consiguió representación parlamentaria.

Los preparativos del golpe no comenzaron después de las elecciones. Ya existían contactos conspirativos antes de que los españoles acudieran a las urnas. Pero la victoria del Frente Popular aceleró definitivamente los planes de quienes nunca aceptaron que el poder pudiera cambiar de manos por decisión democrática.

No voy a detenerme en todos los detalles. Historiadores de la talla de Manuel Tuñón de Lara, Paul Preston, Hugh Thomas o Ángel Viñas, han documentado exhaustivamente aquellos hechos. Frente a ese trabajo historiográfico, la tesis difundida por determinados pseudohistoriadores según la cual la sublevación militar fue una respuesta inevitable al supuesto caos existente en España carece de fundamento. Es, sencillamente, un intento de justificar lo injustificable.

Lo que sí está sobradamente demostrado es que la decisión definitiva de levantarse en armas cristalizó tras la victoria electoral del Frente Popular. Resulta llamativo que todavía hoy determinados medios de comunicación, la conocida "caverna mediática", insistan en difundir una versión edulcorada del franquismo y de sus orígenes.

Las causas reales del golpe fueron la cerrada oposición de la oligarquía financiera, de los grandes propietarios agrarios, de una parte de la jerarquía eclesiástica y de sectores del Ejército a aceptar las reformas democráticas impulsadas por la República.

Incapaces de recuperar el poder mediante las urnas, optaron por las armas recurriendo a los generales “africanistas”, por cierto, trayendo “inmigrantes”, como fuerza de choque, para desencadenar el golpe de estado. Contaron además con el decisivo apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, sin cuya intervención la historia de España probablemente habría sido muy distinta.

El libro de Justo Vila Izquierdo: Extremadura: La guerra civil

El libro de Justo Vila profundiza en todo ello con especial atención a Extremadura. Es una obra que merece la pena releer precisamente ahora, cuando algunos pretenden reescribir el pasado para acomodarlo a sus intereses presentes.

En lo personal, poco sé con certeza de aquellos años. Mi familia eran jornaleros extremeños y, como tantos otros, apenas hablaban de la guerra. Mi padre me contaba algunas historias, siempre en voz baja. Durante la dictadura se aprendió que había cosas de las que era mejor no hablar. Y cuando se hablaba, se hacía con prudencia, suavizando incluso los recuerdos para evitar problemas.

Recuerdo especialmente una de aquellas conversaciones. Mi padre había hecho el servicio militar años antes cuando fue movilizado en 1936. Comenzó la guerra en el ejército republicano y, apenas unas semanas después, terminó combatiendo en el llamado ejército nacional.

Era un joven jornalero de Esparragalejo, un pequeño pueblo de Extremadura, sin apenas estudios. Junto a otros muchachos fue reclutado por las autoridades republicanas para defender el acceso al pueblo. Les entregaron unas escopetas, algunos víveres y les ordenaron cavar una trinchera a varios kilómetros de distancia por donde, supuestamente, podían llegar las tropas sublevadas.

Durante dos semanas permanecieron allí sin que apareciera nadie. Cuando ya casi no les quedaba comida, llegó mi abuelo y les preguntó qué hacían.

-Defendiendo el pueblo.

Mi abuelo respondió con toda naturalidad:

- ¿Qué pueblo ni qué pueblo? Volved para casa. Hace días que los fascistas ya lo han ocupado.

Regresaron, fueron detenidos durante unas semanas y finalmente les ofrecieron incorporarse al ejército franquista. Todos aceptaron. Mi padre pasó el resto de la guerra destinado en las cocinas de los frentes de Talavera y Navalcarnero.

Por eso siempre decía que había estado en los dos bandos. Como tantos españoles humildes, no eligió la guerra. Lo único que intentó fue sobrevivir. Nunca ocultó que simpatizaba más con la República que con la dictadura, pero también repetía que lo primero era seguir vivo y sacar adelante a la familia.

Esa experiencia me enseñó que las guerras las deciden unos pocos, pero las sufren sobre todo quienes jamás las quisieron.

Esta es mi modesta aportación al noventa aniversario de aquel 18 de julio. Un día funesto para la democracia española. Un día en el que las grandes fortunas, los terratenientes, el poder financiero, buena parte de la jerarquía eclesiástica y un sector del Ejército decidieron acabar por las armas con un régimen democrático porque no habían logrado derrotarlo en las urnas.

Aun contando con el apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista, necesitaron tres años de guerra para imponerse a la República, dejando tras de sí cientos de miles de muertos, el exilio de toda una generación y una dictadura de casi cuarenta años. Todavía hoy miles de españoles continúan en fosas y cunetas esperando ser identificados y recibir la dignidad que les fue arrebatada.

Para terminar solo deseo que las generaciones más jóvenes conozcan lo que realmente ocurrió antes de formarse una opinión. Porque, como decía el poeta Marcos Ana, para poder "pasar página" primero hay que leerla. Y en España aún quedan muchas páginas por leer.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

¿Qué coño hacemos con los libros...?

 

Libros que se adquirían en los años 90 conjuntamente con el periódico El Sol.

Ayer volvió a ocurrirme. Al lado de un contenedor de basura encontré una caja llena de libros. Los mismos que veis en esta primera fotografía. En esta ocasión pertenecían a una colección que, allá por los años noventa, se distribuía junto al diario El Sol, por un precio asequible,

Y no es la primera vez. Hace aproximadamente un año encontré, en circunstancias idénticas, varios tomos de la colección completa del diccionario Sopena. Unos meses antes fueron novelas. En otra ocasión, enciclopedias. Y así, una y otra vez.

Cada vez que descubro una escena así me hago la misma pregunta: ¿qué coño hacemos con los libros?

Sí, ya sé que hoy casi todo puede leerse en una pantalla. Que Internet pone a nuestro alcance millones de títulos y que un lector electrónico puede almacenar una biblioteca entera. Todo eso es cierto. Pero donde estén el olor del papel, la textura de una cubierta gastada, el sonido de una página al pasar y ese extraño placer de sostener un libro entre las manos, que se quite cualquier dispositivo electrónico.

Porque un libro no es solo el texto que contiene. También es un objeto con memoria. Al abrir uno antiguo siempre imagino las manos que lo sostuvieron antes, los lugares donde fue leído, las anotaciones en los márgenes, una dedicatoria olvidada o una flor seca utilizada como marcapáginas. Cada libro tiene una pequeña biografía que también desaparece cuando acaba junto a un contenedor.

Luego está otro problema, quizá menos romántico pero muy real: los libros que sobran cuando uno cambia una casa grande por otra más pequeña o cuando una familia tiene que vaciar la vivienda de unos padres o unos abuelos que ya no están.

A mí me ocurrió hace unos años. Tenía alrededor de mil libros. Después de mucho pensarlo hice una selección y me llevé unos quinientos. Los otros quinientos intenté donarlos a alguna institución. Pensé que sería fácil. Me equivoqué. Fue prácticamente imposible. Las bibliotecas no los quieren porque ya tienen más ejemplares de los que pueden albergar; muchas asociaciones tampoco disponen de espacio y las administraciones carecen de programas eficaces para darles una segunda vida. Al final encontré personas particulares que los acogieron con entusiasmo. Al menos tuvieron un nuevo hogar.

Quizá ahí esté parte del problema. Hemos creado una sociedad en la que casi todo tiene fecha de caducidad. Compramos, usamos y tiramos. Y, aunque nos cueste reconocerlo, los libros también han terminado entrando en esa lógica del consumo rápido.

Hace unos días comenté esta tristeza con uno de mis nietos adolescentes. Escuchó mi reflexión y, con la naturalidad de quien pertenece a otra generación, me respondió que simplemente estoy chocando con una realidad tan evidente como dolorosa: hoy muchos jóvenes dedican bastante más tiempo a consumir vídeos de veinte segundos en el móvil que a leer un libro.

Seguramente tenga parte de razón. Sería injusto decir que los jóvenes no leen, porque muchos sí lo hacen, pero es evidente que los hábitos culturales han cambiado profundamente. La inmediatez ha ido ganando terreno a la paciencia que exige la lectura, y el algoritmo parece imponerse, demasiadas veces, al placer de descubrir una buena historia.

No pretendo idealizar el pasado. También entonces había quien no abría un libro en toda su vida. Pero me resisto a aceptar con indiferencia que cientos o miles de ejemplares acaben abandonados junto a un contenedor como si fueran simples restos de una mudanza.

La verdad es que cada vez que me encuentro con una escena como la de ayer siento una enorme tristeza. Porque no son solo libros: son horas de trabajo de quienes los escribieron, de quienes los editaron, de quienes los imprimieron y, sobre todo, son pequeñas porciones de conocimiento, de imaginación y de memoria colectiva que se van quedando por el camino.

En fin, ahí os dejo esta reflexión y las fotografías que dan testimonio del hallazgo de ayer. Ojalá sirvan para que, antes de abandonar unos libros junto a un contenedor, alguien piense que quizá todavía haya otra persona dispuesta a abrirlos y darles una segunda vida.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.