En recuerdo de Juan Genoves, en el sexto aniversario de su fallecimiento.

 


Juan Genoves, posando con su cuadro El Abrazo, tambien llamado Amnistia.

Tal día como hoy, 15 de mayo de 2026, se cumplen seis años del fallecimiento en Madrid, a los 89 años de edad, de Juan Genovés, artista universal y autor de la emblemática obra El Abrazo, también conocida como Amnistía.

En 2017, el Patronato de la Fundación Abogados de Atocha le concedió su premio por su compromiso con la paz, la libertad y la concordia. El galardón se entregó el 24 de enero, coincidiendo con el 40 aniversario del asesinato de los Abogados de Atocha.

Juan Genovés fue mucho más que el autor de un cuadro histórico, como El Abrazo. Fue uno de los artistas españoles con mayor proyección internacional, con miles de obras expuestas en museos y galerías de los cinco continentes, desde Nueva York a Tokio, de Ciudad del Cabo a Sídney.

Pero si una obra marcó su vida y la memoria colectiva de nuestro país fue El Abrazo, realizado en 1975 y convertido en símbolo de la Transición española. Reproducido bajo el nombre de Amnistía, se editaron cientos de miles de carteles para reclamar la libertad de los presos políticos y apoyar la lucha por las libertades democráticas.

Uno de aquellos carteles colgaba precisamente en el despacho de abogados laboralistas de Atocha 55, donde el 24 de enero de 1977 fueron asesinados cuatro abogados y un sindicalista por un comando de extrema derecha.

Paradójicamente, cuando en 1976 comenzaron a imprimirse los carteles, Juan Genovés fue detenido y permaneció incomunicado durante siete días en la Dirección General de Seguridad por el “grave delito” de ser el autor de aquella obra.

La escultura inspirada en El Abrazo, impulsada por CCOO, se encuentra desde 2003 en la plaza de Antón Martín de Madrid, como homenaje a los abogados laboralistas asesinados. Este monumento es desde el pasado año 2025 lugar de memoria democratica.

En la transición, también fue durante años símbolo de Amnistía Internacional en España, ayudando incluso a financiar los primeros pasos de la organización en nustro pais.

Tuve la oportunidad de visitar a Juan Genovés en su estudio en vísperas de la entrega del premio de 2017. A sus 86 años seguía transmitiendo vitalidad, ilusión y una enorme capacidad de trabajo: dedicaba entre diez y doce horas diarias a pintar. Nos recibió sin prisas, con cercanía y sencillez, y mantuvimos una conversación inolvidable sobre arte, memoria y compromiso.

En enero de 2017, en el estudio de Juan Genoves, posando con el farol que le regalaron los ferroviarios de CCOO en 1987.

Hablamos, cómo no, de El Abrazo y de sus continuas desapariciones de los espacios públicos. Desde que el Estado adquirió la obra en 1980, el cuadro vivió una historia casi clandestina: pasó años almacenado, oculto o retirado, hasta que diversas denuncias públicas, en especial las de CCOO, lograron devolverlo a la luz.

Finalmente, en 2016, fue trasladado al Congreso de los Diputados, cumpliéndose así uno de los deseos de Genovés, quien sostenía que aquella obra ya pertenecía al pueblo español.

Durante aquella conversación hubo una reflexión suya que me impresionó especialmente. Decía: “Estamos en una época en la que parece ponerse de moda no pensar. Estoy esperando que vuelva a ponerse de moda pensar; quizá estaríamos todos mejor”. Una frase sencilla, pero llena de verdad.

Tras aquella tarde con este gran artista y, al mismo tiempo, profundamente humilde, comprendí aún más la dimensión humana de Juan Genovés.

En fin, Juan, estés donde estés, aquí seguiremos recordándote. Porque mientras exista tu enorme legado, seguirá viva una parte imprescindible de nuestra memoria colectiva.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.


RECUERDOS DE "LO BIEN" QUE VIVIAMOS CON FRANCO

Hoy existe un amplio porcentaje de jóvenes que sostiene que con Franco se vivía mejor. Según el CIS, cerca del 20 %. Esa idea, alimentada por la desinformación en redes sociales y por el discurso reaccionario de la extrema derecha, choca frontalmente con la realidad que recuerdan los historiadores y quienes vivimos aquella época: una España sin libertades, marcada por la pobreza, el miedo y la represión.

Con estas pequeñas intrahistorias no pretendo hacer un discurso político, sino dejar constancia de algunos recuerdos de mi infancia que, por sí solos, desmontan ese espejismo nostálgico construido por quienes nunca conocieron aquellos años.

Años cincuenta siglo pasado: mi hermano Juan, mi padre Jose Maria y el que esto escribe, es decir yo.
Hace pocos dias encontré una fotografía de finales de los años cincuenta. En ella aparecemos mi padre, José María, mi hermano Juan y yo, tomada en el entorno de la pequeña estación de ferrocarril de Proserpina, lugar donde transcurrió mi infancia hasta nuestro traslado a Mérida. Proserpina —nombre de diosa y de un pantano cercano— era entonces poco más que un apeadero perdido en la línea Mérida-Cáceres. Hoy permanece silenciosa, cerrada al paso del tiempo y de los trenes.

Cuando miro aquella imagen reconozco al niño enfermizo que fui, con varios resfriados cada invierno. Hasta pasado los diez años apenas tuve unos zapatos de verdad. Crecí entre alpargatas gastadas y sandalias de goma, con los pies siempre expuestos al frío, al barro y al agua. Cuando por fin llegaron unos zapatos “buenos”, eran heredados: unos Gorilas de Segarra de mi hermano, varios números más grandes, como si el futuro tuviera demasiada prisa por alcanzarme.

Eran los años cincuenta del siglo pasado, en plena dictadura franquista; esos años que algunos evocan hoy con nostalgia sin haberlos conocido. Años en los que la principal preocupación de la inmensa mayoría de las familias era, sencillamente, poder comer al día siguiente.

Mi padre , como Mozo de Agujas de RENFE, apenas ganaba para sobrevivir y la vida exigía imaginación constante. Criábamos pollos, teníamos una cabra para la leche y cada año engordábamos dos cerdos: uno se vendía y el otro se reservaba para la matanza, de la que dependía buena parte de la alimentación familiar durante meses.

Nunca olvidaré los pucheros de garbanzos de mi madre, “la abuelaCatalina”, que daban para las veinticuatro horas del día: los garbanzos al mediodía, la sopa por la noche y, para el desayuno del día siguiente, algún trozo de tocino, morcilla o chorizo, cuando los había. Visto desde hoy podría parecer abundancia; entonces era apenas lo imprescindible para resistir.

De la cabra guardo una anécdota que todavía me hace sonreír. Mi padre se lamentaba de que cada día daba menos leche y pensaba venderla. Al final, mi hermano y yo tuvimos que confesar la verdad: por las noches íbamos al corral y bebíamos directamente de sus ubres. La pobre cabra no tenía culpa de nuestra hambre.

También recuerdo algunos días que íbamos como ojeadores en cacerías organizadas por el señorito de una finca cercana. Nosotros espantábamos conejos y perdices para que sus invitados dispararan cómodamente desde sus puestos. Ellos sí vivían bien. Volvíamos agotados, pero felices si, además, conseguíamos traer alguna pieza, “extraviadaentre los matorrales, para casa. Entonces sí había fiesta familiar.

Años después, al leer y ver la película de Los santos inocentes de Miguel Delibes, comprendí con tristeza muchas cosas de aquella España desigual y resignada.

Estación de ferrocarril de Proserpina. Fotografia de 2015.

Proserpina estaba aislada en medio del campo y las compras se hacían una vez al mes, viajando en tren a Mérida o en un asno prestado hasta Esparragalejo. Con el asno cada comienzo de año íbamos a comprar los lechones para la siguiente matanza. A la ida, mi padre y yo montábamos juntos en el burro; a la vuelta, los cerdos ocupaban un lado del serón y yo hacía de contrapeso en el otro. Más de una vez terminábamos todos en el suelo.

Nuestros mejores juguetes eran latas vacías de sardinas atadas unas a otras para improvisar un tren. Y los Reyes Magos solían traer una simple caja de lápices de marca Alpino que debía durar todo el año escolar.

Para la merienda o la cena, mi hermano y yo salíamos algunas tardes con un alambre —“el pincho”, lo llamábamos— y un tirachinas a cazar lo que se terciara: lagartos, conejos o pájaros. Muchas veces regresábamos con las manos vacías; otras, con alguna pieza que limpiábamos en un arroyo cercano. Aquellos días, cualquier pequeña captura se convertía en motivo de celebración.

Así transcurría la vida: entre estrecheces, ingenio y una lucha constante por salir adelante. Por eso me cuesta escuchar con tristeza, con mucha tristeza, que “con Franco se vivía mejor”. Quizá algunos vivieran bien; la inmensa mayoría no. Y muchos lo pasaron muchísimo peor que nosotros, porque al menos mi padre tenía un trabajo fijo en el ferrocarril.

La memoria no solo conserva lo que fuimos, sino también aquello que tuvimos que resistir. Conviene recordarlo para no transformar la miseria, el miedo y la ausencia de libertad, en una falsa nostalgia construida desde la ignorancia o el olvido.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

LA LUCHA OBRERA POR EL FERROCARRIL EN EXTREMADURA

Uno de los paneles de la exposición “Vías de dignidad. La lucha obrera por el ferrocarril”, expuesta en Plasencia 

Dicen que dijo Ernesto Sábato que “vivir consiste en construir futuros recuerdos”. En ese sentido, al ver anunciada esa interesante y oportuna exposición “Vías de dignidad. La lucha obrera por el ferrocarril”, de la Fundación Cultura y Estudios de CCOO de Extremadura, que puede visitarse durante esta semana en Plasencia y que reivindica un tren digno para la región extremeña, me han venido a la memoria muchos recuerdos de esa lucha obrera que ya dura cerca de medio siglo y que seguro continuará.

La exposición tiene como objetivo sensibilizar a la ciudadanía a través de distintos contenidos y se plantea como un ejercicio de memoria colectiva, así como una llamada a la acción. Recuerda que los avances logrados no han sido fruto del azar, sino de la presión social sostenida y de la movilización ciudadana.

Lo reitero: me parece una iniciativa muy interesante. Espero y deseo que esta exposición pueda verse en otras ciudades extremeñas.

Y pasando a los recuerdos personales, tengo que decir que, a finales de la década de los 70 del siglo pasado, desde CCOO comenzamos a sembrar la semilla del movimiento obrero ferroviario extremeño. Aquello daría lugar posteriormente a la creación de un potente sector ferroviario dentro de CCOO, que fue y sigue siendo punta de lanza de las movilizaciones para que el Gobierno central y también el autonómico (cuando se creó en 1983), tuvieran en cuenta las reivindicaciones del personal ferroviario y de la ciudadanía en su conjunto.

Como relato en mi libro “El pasado es la linterna del futuro” (60 años de CCOO en el ferrocarril), mucho antes de contar con gobiernos autonómicos ya nos habíamos movilizado para conseguir mejoras para los trabajadores, siendo conscientes de que esas mejoras también repercutirían en beneficio de la ciudadanía..

Aunque debemos reconocer que siempre hemos tropezado con la misma piedra: gobernara quien gobernara, se apostaba más por la carretera que por el ferrocarril. A pesar de ello, nunca desfallecimos.

Recuerdo cuando, por primera vez, vine a Extremadura para participar en la puesta en marcha de la primera ejecutiva del sindicato ferroviario de CCOO en la provincia de Badajoz. Era a finales de 1977, y celebramos la reunión en el antiguo edificio del sindicato vertical, en la calle San Salvador de Mérida.

Aún conservo una fotografía de aquel momento. Está fechada el 26 de diciembre de 1977. Ya ha llovido. La imagen fue tomada en la antigua casa sindical de Mérida.. En ella aparecen, junto a la sigla de CCOO, los participantes en la asamblea de personal ferroviario: Ángel Álvarez (responsable entonces de CCOO en la provincia de Badajoz), Paco Naranjo —es decir, yo mismo— y José Luis Piñeiro, ambos pertenecientes al Sindicato Ferroviario de CCOO a nivel estatal.

El objetivo de aquella reunión era constituir el sindicato ferroviario de CCOO en la provincia de Badajoz, algo que conseguimos. Con la asistencia de cerca de un centenar de trabajadores, quedó elegido el núcleo de dirección del sindicato, compuesto por los compañeros Eugenio Nieto, como secretario general y  Eugenio Coronado, Manuel Guisado y Pedro Moreno, formando el núcleo duro de la dirección.

Y aunque, según datos de CCOO de Extremadura, por aquellas fechas se superaban los 300 afiliados ferroviarios en la provincia, era la primera vez, tras la represiva dictadura franquista, que se constituía formalmente el Sindicato Ferroviario de CCOO en la zona.

Desde entonces han pasado 48 años y el destino de las personas nombradas ha sido diverso. Ángel Álvarez Morales se incorporó a la política y, diez años después (1987), llegó a ser consejero en uno de los gobiernos de Rodríguez Ibarra. A José Luis Piñeiro Novoa, tras varios años en el Comité Intercentros de RENFE, le perdí la pista. Lo último que supe es que presidía la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Galicia.

A los compañeros que asumieron responsabilidades aquel día, quiero agradecerles su disposición y compromiso en aquellos momentos. Un recuerdo especial para Eugenio Coronado, con quien más congenié. Me consta que todos ellos han fallecido. Descansen en paz y, de nuevo, gracias por vuestro compromiso con la clase trabajadora en tiempos tan difíciles.

Aquella fue la primera vez que me desplacé desde Madrid por estos menesteres, pero no sería la última. Han sido innumerables las ocasiones en las que he viajado a Extremadura: a Mérida, a Cáceres y a su provincia, organizando asambleas —a veces con apenas dos o tres personas— en estaciones, en brigadas de vías y obras, recorriendo la línea hasta Navalmoral, especialmente en 1978, durante las primeras elecciones sindicales en libertad.

Años después, y en especial con el regreso de Paco González en 1980 a su pueblo natal, Calamonte y una vez elegido secretario general, el sector ferroviario en la región se consolidó notablemente. Tanto es así, que los secretarios generales que le sucedieron — Antonio Toscano, Manolo Taguas, Miguel Fuentes y Manuel Nicolás— no solo representaron excelentemente al sector, sino que también asumieron responsabilidades de mayor alcance. Todos ellos, excelentes personas y grandes sindicalistas. (Manolo Taguas se nos quedó por el camino. Descanse en paz; siempre te recordaremos).

Todos los mencionados, junto a muchas otras personas quizá menos conocidas, han encabezado la lucha por el ferrocarril: en la calle, en la vía, subidos a un bidón… Sí, sé que hoy hay muchos más, que alzan la voz —especialmente en redes sociales— por un ferrocarril digno. Recordar que esto de las redes es algo relativamente reciente, pues estas herramientas no se generalizaron hasta finales de la primera década del actual siglo. Quizás lo más novedoso es que en la actualidad se haya subido al carro el sector empresarial, que en aquella época de los cierres de línea permaneció mudo. Bienvenidos a la lucha por un ferrocarril digno.

Recordar que lo más grave ocurrió, sobre todo, en la primera mitad de los años 80, y culminó el 1 de enero de 1985. La Nochevieja de 1984 fue la última en la que cerca de 2.000 kilómetros de vía vieron pasar trenes (914 km de supresión total y 894 km cerrados para viajeros). Se cumplía así el acuerdo del Consejo de Ministros del 30 de septiembre de 1984, que eximía a RENFE de mantener el servicio en aquellas líneas cuyos ingresos no cubrieran el 23 % de los gastos, facilitando su cierre.

Con ese criterio, el recorte habría sido aún mayor. La previsión inicial, basada en datos de 1982, contemplaba la supresión de servicios en 3.500 kilómetros de los más de 13.000 existentes. Las presiones sociales, políticas e incluso internas lograron reducir parcialmente aquel impacto..

Algunos gobiernos autonómicos —Extremadura, Andalucía, Murcia, Valencia y Cataluña— alcanzaron acuerdos con el Gobierno central para asumir déficits y evitar cierres. Resulta llamativo que Castilla y León, gravemente afectada por el cierre del tramo Palazuelo-Astorga de la Ruta de la Plata, no suscribiera ningún acuerdo. También es significativo que algunos pactos, como los de Andalucía, se firmaran la misma noche del 31 de diciembre, o que el tramo Zafra-Llerena cerrara esa noche y reabriera seis meses después.

Desde CCOO impulsamos la creación de coordinadoras locales en defensa del ferrocarril, así como la Coordinadora Estatal, presidida por Agustín García Calvo, siendo yo su portavoz. Se organizaron numerosas movilizaciones antes y después de los cierres, como refleja la hemeroteca: “El Gobierno central margina a Extremadura” (Hoy), “El transporte ferroviario margina a las regiones más deprimidas” (La Crónica), “Tristes vías sin trenes” (Diario de León), entre otros titulares.

1986: En una rueda de prensa de la coordinadora estatal, en el fondo: Paco Naranjo, Portavoz y Agustín García Calvo, Presidente de la Coordinadora.

No quiero terminar sin recordar otros momentos clave, como la movilización del 28 de mayo de 1997. Según Antonio Toscano, fue a partir de entonces cuando las instituciones comenzaron a reaccionar. Hay que tener en cuenta, como señaló Miguel Fuentes, que la situación del ferrocarril en Extremadura partía de un retraso histórico considerable, dando datos que avalan sus palabras.

En definitiva, poco más que añadir. Quien quiera profundizar que vaya a ver la exposición. También puede adquirir mi libro “El pasado es la linterna del futuro”. Y en cuanto al presente, creo sinceramente que el movimiento obrero ferroviario está en buenas manos: las nuevas generaciones mantienen vivo el compromiso.

Porque, además, no se pide nada extraordinario. Las reivindicaciones son las mismas de hace años: simplemente que Extremadura disponga de un ferrocarril digno, equiparable al del resto de regiones de España. Ni más ni menos.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

EL 1º DE MAYO DE 2026 Y LOS “MÁRTIRES DE CHICAGO”


El Primero de Mayo, cualquier Primero de Mayo, es la fecha internacional que conmemora las luchas y reivindicaciones de la clase trabajadora.

En este año 2026 se cumple el 140 aniversario de aquel 1 de mayo de 1886, cuando la clase trabajadora de Chicago sufrió una brutal represión durante una huelga y en las manifestaciones en las que reclamaban la jornada laboral de ocho horas, base imprescindible de unas condiciones de trabajo dignas. Aquellas protestas, en las que murieron decenas de obreros y resultaron heridas cientos de personas, culminaron en los sucesos de Haymarket Square.

Por ello, estas fechas son propicias para recordar y rendir homenaje, como cada año, a figuras como Albert Parsons, August Spies y Adolf Fischer; al carpintero Louis Lingg; y al tipógrafo George Engel, condenados a muerte y ejecutados por encabezar aquellas movilizaciones. Junto a ellos, Samuel Fielden, Oscar Neebe y Michael Schwab fueron condenados a largas penas de prisión. Estos ocho trabajadores pasarían a la historia como los “Mártires de Chicago”.

También es un buen momento para reflexionar sobre aquellas reivindicaciones de hace casi siglo y medio, que aspiraban a una vida digna y a un trabajo decente. Su recorrido ha estado jalonado tanto de avances como de persecución, cárcel, dolor, tortura y muerte, muchas veces bajo acusaciones similares a las de entonces, promovidas por quienes han detentado el poder económico y político.

A pesar del tiempo transcurrido, las formas de explotación de la clase trabajadora siguen siendo, en esencia, las mismas, aunque más sofisticadas y, en ocasiones, presentadas como inevitables o incluso necesarias. Y, sin embargo, la clase trabajadora continúa existiendo porque la explotación no ha desaparecido; antes bien, en muchos casos se muestra hoy con mayor crudeza.

Si nos referimos al Primero de Mayo en España, debemos remontarnos a 1890, cuando se celebró por primera vez. El balance de aquella jornada fue ambivalente: por un lado, supuso un éxito indudable al tratarse de la primera movilización obrera general; por otro, los logros concretos fueron limitados. No obstante, sirvió para que patronal y Gobierno tomaran conciencia de la creciente fuerza del movimiento obrero.

Desde entonces, el Primero de Mayo se ha celebrado con continuidad, aunque con altibajos en participación, reivindicaciones y resultados. En el primer cuarto del siglo XX, su celebración osciló entre la autorización y la prohibición. El de 1931 fue especialmente significativo: celebrado pocas semanas después de la proclamación de la Segunda República, fue además el primero reconocido oficialmente como fiesta laboral por el Gobierno, a propuesta de su ministro de Trabajo, Largo Caballero.

Igualmente destacable fue el Primero de Mayo de 1936, marcado por la unidad obrera y el impulso del Frente Popular tras su victoria electoral. En Madrid, medio millón de personas salieron a la calle en una jornada que pronto quedaría ensombrecida por el golpe de Estado franquista y la posterior guerra civil.

Aquel año fue la última vez que el movimiento obrero español celebró el Primero de Mayo en libertad hasta 1978. Durante la guerra (1936-1939) y la dictadura franquista, las movilizaciones fueron prohibidas. Una orden de 1940 ratificó esa prohibición, que no empezó a suavizarse hasta 1956, cuando el régimen incorporó el 1 de mayo como festividad de San José Obrero, en línea con la doctrina de la Santa Sede. A partir de entonces, la jornada fue utilizada por el franquismo como acto propagandístico, con celebraciones oficiales, misas y exhibiciones sindicales.

Sin embargo, desde la década de 1960, con el resurgir del movimiento obrero —especialmente a través de Comisiones Obreras—, el Primero de Mayo recuperó progresivamente su carácter reivindicativo. Las jornadas de lucha del 30 de abril, las huelgas y movilizaciones clandestinas marcaron una etapa de creciente conflictividad laboral.

En 1977, tras la legalización de los sindicatos, el Gobierno prohibió aún las manifestaciones del Primero de Mayo. A pesar de ello, miles de personas salieron a la calle en lo que se conoció como “el día de los botes de humo”, expresión acuñada por Marcelino Camacho. La jornada se saldó con numerosos heridos y detenidos en todo el país.

No sería hasta 1978 cuando el Primero de Mayo pudo celebrarse plenamente en libertad democratica, con una participación masiva y en un ambiente de entusiasmo ciudadano.

Desde entonces, esta fecha no ha dejado de ser un referente de movilización y también de celebración. Año tras año, trabajadores y trabajadoras recorren las calles de España reafirmando la vigencia de sus reivindicaciones.

Resulta ilustrativa una anécdota que contaba Emilio Gabaglio, histórico dirigente sindical europeo: dos trabajadores se dirigían a una manifestación del Primero de Mayo cuando uno preguntó cuántos serían necesarios para lograr sus objetivos. La respuesta fue clara: “Todos, compañero, todos”. Porque las conquistas sociales requieren constancia: unas veces para avanzar, otras para no retroceder.

Este 2026 será, sin duda, un nuevo Primero de Mayo de movilización en toda España. Se reclamarán cuestiones centrales como el pleno empleo, la reducción de la jornada laboral y la mejora de los salarios y también que se busquen soluciones al gran problema de la vivienda. Junto a ello, la defensa de la democracia y la exigencia de paz en el mundo, desde conflictos visibles como la guerra en Irán. o la situación en Palestina, hasta otros menos conocidos.

En Madrid, la manifestación principal, convocada por CCOO y UGT, recorrerá el centro de la ciudad a partir de las 12:00, desde la Gran Vía (esquina con Alcalá) hasta la Plaza de España.

Termino con una reflexión personal: en los 49 años transcurridos entre 1977 y 2026, solo he faltado en una ocasión a esta cita —además del obligado paréntesis de la pandemia—. Este año volveré a estar presente, recordando aquellas palabras de Gabaglio: todos los Primeros de Mayo son necesarios, para avanzar o, al menos, para no retroceder en los derechos conquistados.

Si eres trabajador o trabajadora, en las manifestaciones del 1º de mayo, te esperamos.

Francisco Naranjo Llanos
Director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO

MANOLO GERENA, UN GRANDE DEL CANTE FLAMENCO, LLEGA A CÁCERES

 


El próximo 28 de abril a las 19:00 horas, el CEI presidenta Charo Cordero, acogerá una cita imprescindible con la historia, la música y la memoria democrática. ¿Quién estará sobre el escenario? Nada menos que el gran cantautor flamenco Manuel Gerena.

Gerena no es solo flamenco: es voz, es lucha, es memoria viva. Desde sus inicios en los años 60, este cantaor de La Puebla de Cazalla convirtió el cante en una poderosa herramienta de denuncia social. Supo acercar el flamenco a nuevas generaciones y se consolidó como un símbolo de la oposición al franquismo.

He tenido la suerte de verlo, oírlo y, sobre todo, escucharlo en innumerables ocasiones, además de conocerlo personalmente. Más de medio siglo dedicado al cante avala su trayectoria, recorriendo cada rincón de nuestro país. Escucharlo sigue siendo, hoy como ayer, un auténtico placer. Por eso, no podéis perdéroslo.

Manolo canta flamenco, sí, pero también “canta las cuarenta” a quien haga falta. Su compromiso con los más débiles y necesitados está presente en cada una de sus letras. Su cante llega al corazón y a las entrañas como pocos. Su voz, antes y ahora, conserva una fuerza y una emoción difíciles de describir.

El poeta Blas de Otero lo expresó de forma magistral:
“Manuel Gerena canta de los pies a la cabeza, del cuerpo y del alma; y el cante queda vapuleado, y vapuleado queda quien lo escucha. Y sus letras —letrillas, como él dice—, sencillas pero profundas, son auténtico viento del pueblo”.

Además de un gran cantaor, Manuel Gerena es un amigo generoso. No olvido —ni quiero dejar de agradecer— aquel “pequeño gran detalle” de recorrer cientos de kilómetros para acompañarme en la presentación de mi libro Los carriles de la vida en Albacete. Gracias, Manuel, querido amigo: en esos gestos también se mide la grandeza de una persona.

Será un placer volver a verlo en Cáceres, interpretando, entre otras muchas piezas, la poesía de Miguel Hernández. Hablaba con él ayer y me adelantaba que, además de estos poemas, incluirá parte de su repertorio habitual: martinetes, seguiriyas y mucho más.

Yo, personalmente, me doy por satisfecho si puedo volver a escuchar “Las nanas de la cebolla”, ese poema que Miguel Hernández escribió desde la cárcel de Alicante para su hijo. En la voz de Gerena adquiere una dimensión aún más desgarradora, cercana y profundamente humana. Confieso que siempre consigue emocionarme.

En fin, el 28 de abril nos espera, en Cáceres, un concierto de los que dejan huella, de los que se recuerdan. De esos en los que duelen las manos de tanto aplaudir a un maestro del cante y de la canción. Nos vemos allí.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013–2024) y sindicalista de CCOO

Cristina Almeida: No me he perdido ni un día de mi vida

Cristina Almeida, intervino el pasado 22 de Abril, el centro cultural Alcazaba en Mérida (Badajoz).

Cristina Almeida, amiga y compañera durante casi dos décadas en la Fundación Abogados de Atocha, ha estado en estos días en Mérida participando en una conferencia sobre las mujeres durante la dictadura franquista. Allí hemos estado escuchándola. Ella como siempre, brillante. Y, además, la he visto llena de energía y vitalidad, recuperada de la delicada operación a la que fue sometida en el hospital público Ramón y Cajal. “Estoy disfrutando de una segunda vida”, ha dicho, agradecida a la sanidad pública.

Su paso por Mérida me ha llevado a recordar una vieja aventura electoral en Extremadura, en las elecciones europeas de 1987. Yo militaba entonces, desde el sector ferroviario, en CCOO y en el PCE, y fui candidato de IU al Parlamento Europeo en un puesto simbólico: el número 13 de la lista. Sabíamos que salir eurodiputado era imposible, pero me lo tomé muy en serio, hasta el punto de pedir dos semanas de vacaciones laborales, de mis treinta días, para hacer campaña.

En esos días recorrí varias regiones de nuestro querido país, pero guardo especial recuerdo de Extremadura. Salimos de Madrid hacia Mérida, en un día caluroso del mes de junio, en un Renault 6 sin aire acondicionado, atravesando el entonces interminable puerto de Miravete, de la provincia de Cáceres. Tardamos casi cinco horas en llegar a Mérida, con grupo de periodistas esperando desde hacía rato.

Aquel día fue una maratón: rueda de prensa, encuentro en Montijo, mitin en Badajoz, regreso a Mérida para otro acto y cena con los camaradas en el hotel Las Lomas, en Mérida. Yo hacía de telonero de Cristina. Pensaba que dormiríamos allí, pero surgió la sorpresa: había que volver a Madrid esa misma noche por compromisos laborales suyos.

Así que conduje de vuelta mientras ella descansaba. Llegamos de madrugada. La dejé en su casa y me fui a la mía, en Alcorcón. Me acosté cerca de las siete, tras casi 24 horas de militancia activa… y con una reunión a mediodía. Tenía entonces menos de 40 años y una convicción intacta, así que físicamente también aguante.

La compañera y camarada de aquel viaje sigue siendo hoy una gran amiga: Cristina Almeida. Incluso prologó recientemente mi libro Los carriles de la vida. Y cada vez que la escucho decir que no ha perdido ni un día de su vida de hacer cosas, me reafirmo en esa forma de estar en el mundo.

Han pasado muchos años, casi cuarenta, desde aquellas fechas que relato hoy, y aunque a veces haya motivos para el desencanto, sigo creyendo que hay que votar siempre, aunque sea con la mano en la nariz. Costó demasiada sangre obrera y trabajadora, el conquistar ese derecho como para renunciar a él.

Desde la clase trabajadora, desde los progresistas, debemos seguir llenando las urnas con votos conscientes y decentes, recordando quién ha defendido lo público, la sanidad, la educación etc y quienes se dedican a privatizar, una y otra vez.

Y tú, Cristina, sigue así, dando lecciones de igualdad y de la historia real de esta España mía, de esta España nuestra, que diría la cantante Cecilia y continua con lo que significa esa frase, tan tuya, de “vivir sin perder un solo día” pues es, sin duda, una gran filosofía que ya quisiéramos algunos poder seguir tus pasos por la vida. Un gran abrazo amiga y seguro que nos seguiremos viendo por los caminos.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.


A propósito de las elecciones andaluzas: recuerdos de una campaña electoral

De izquierda a derecha: Jesus Montero, Marcelino Camacho, Manolo Fdez Aller, Paco Naranjo y Pablo Martin Urbano, en un mitin de IU en la estación de Principe Pio (Junio de 1987).

Dentro de un mes Andalucía volverá a citarse con las urnas. Será el 17 de mayo de 2026. Y ahora que la campaña empieza a latir —todavía tímida, pero ya inevitable—, la memoria se me llena de otras campañas, de otros carteles, de otras plazas. Campañas vividas —y a veces sufridas— a lo largo de casi medio siglo de democracia por quienes ya peinamos canas y guardamos más recuerdos que certezas.

Hay una, sin embargo, que regresa a mi memoria con especial nitidez: La de 1987. La viví desde dentro, con la intensidad de quien cree que todo está por hacer. Han pasado 39 años, pero a veces el tiempo no es más que una capa fina de polvo sobre lo vivido.

Un año antes, en 1986, había nacido Izquierda Unida, al calor de aquellas movilizaciones que llenaron calles y conciencias con un “NO” rotundo a la OTAN. La Plataforma Cívica por la Salida de España de la Alianza Atlántica, presidida por Antonio Gala, logró reunir a buena parte de la izquierda de este país. No a toda: el PSOE defendía el “SÍ”, y Alianza Popular (hoy PP), en una de esas piruetas políticas tan suyas, optó por la abstención.

De aquel impulso colectivo surgió la idea de una confluencia política más estable, una casa común para quienes se situaban a la izquierda del PSOE. Ocho organizaciones dieron el paso inicial. El PCE de Gerardo Iglesias era su columna vertebral. Tras debates, encuentros y no pocas dudas, nació Izquierda Unida.

Para muchos de nosotros fue algo más que una sigla: fue una esperanza. Veníamos de tiempos convulsos dentro del PCE, y aquello abría una puerta. En las elecciones generales de junio de 1986, IU logró cerca de un millón de votos y siete diputados. No era una victoria, pero sí un comienzo.

Por entonces, yo formaba parte del Comité Intercentros de RENFE por CCOO y militaba en la Agrupación Ferroviaria del PCE. Mi experiencia electoral había sido, hasta ese momento, casi simbólica: figurante en listas de “relleno” necesario para completar candidaturas. Pegaba carteles, repartía octavillas, escuchaba discursos. Poco más.

Pero en 1987 di un pequeño salto, de esos que no cambian la historia, pero sí la vivencia personal: pasé de “relleno” a “florero”. Seguía sin opciones reales de salir elegido, pero el lugar en la lista era más visible y la implicación, mucho mayor. Y, qué duda cabe, para mí aquello era un honor.

Los responsables de IU consideraban que yo tenía cierta notoriedad —hoy diríamos presencia mediática— por mi labor en el ferrocarril. Así que me propusieron ir en las listas al Parlamento Europeo. Ocupé el puesto número 13. Las previsiones más optimistas hablaban de tres escaños. Y no se equivocaron.

Lista electoral de IU para el Parlamento Europeo (Elecciones de Junio de 1987).

Acepté sin dudarlo y entregué a la campaña electoral la mitad de mis vacaciones. Durante quince días recorrí distintos territorios, aunque fue Andalucía la que dejó una huella más profunda en mi memoria. De aquellos días conservo una colección de escenas, de pequeñas historias que aún hoy llevo en esa “mochila de IU” que nunca se pierde del todo.

Recuerdo especialmente una tarde en un pueblo blanco situado en la cúspide de la sierra de Málaga. Serían las cinco, y el calor caía con esa densidad propia de junio en el sur. Tras preguntar en un bar, nos dirigimos a casa del alcalde. Y allí, como si el guion lo hubiera escrito alguien con sentido de la épica popular, nos encontramos con una banda de música apostada en la puerta: medio centenar de personas, de todas las edades, esperando.

Después de los saludos, iniciamos el recorrido por el pueblo. Abría la marcha una furgoneta con altavoces; detrás, candidatos y militantes; y cerrando, la banda. Las calles empinadas nos obligaban a avanzar despacio, entre fachadas encaladas y miradas curiosas. Aquello no parecía un acto político. Era, más bien, una procesión laica, una celebración cívica, algo que recordaba —salvando las distancias— a ciertas escenas corales de Novecento.

De vez en cuando nos deteníamos. La banda tocaba, y los vecinos ofrecían agua, refrescos, alguna copa improvisada. El tiempo se estiraba sin prisa. Tras más de dos horas de recorrido, llegamos al local del PCE. Y allí aguardaba otra sorpresa: un salón amplio, lleno hasta los bordes, con una barra animada y un escenario presidido por dos figuras que imponían respeto: José Díaz y Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”, observándolo todo desde sus retratos.

Con un vaso de moriles en la mano y aquel público entregado, el mitin fluyó casi sin esfuerzo. Bastaba con mirar hacia atrás, nombrar a aquellos referentes, y dejarse llevar por la emoción compartida.

Días después, en otro pueblo malagueño, el escenario fue distinto, pero igual de revelador. Un parque, la noche cayendo despacio, quinientas sillas ocupadas y seis oradores sobre el escenario. Propuse intervenciones breves, diez minutos cada uno. Se aceptó. En poco más de una hora habíamos terminado.

Y entonces ocurrió algo inesperado: el público pidió más. No había prisa, el aire era agradable, y la política —por una vez— no pesaba. Así que volvimos a hablar, cinco minutos más cada uno. Nunca me había pasado algo parecido. Ni antes ni después.

Aquel año, en el pueblo de la sierra IU revalidó la mayoría absoluta. En el otro, los resultados apenas variaron. Tal vez, como suele decirse, el pescado ya estaba vendido. Pero eso importa menos con el paso del tiempo. Lo que queda es la experiencia, la conciencia de haber estado allí, de haber formado parte de algo colectivo, aunque uno supiera de antemano que no ocuparía ningún cargo.

Hoy el paisaje político es otro. Las siglas cambian, los liderazgos se renuevan, pero algunas aspiraciones permanecen. En Andalucía, mi confianza está en la coalición Por Andalucía, donde confluyen distintas fuerzas de izquierda, con Antonio Maíllo como candidato.

Maíllo con su equipo para ganar las elecciones del 17M en Andalucia 

Su reto principal no es menor: recuperar la sanidad y la educación públicas, erosionadas tras años de políticas que las han debilitado. Devolverlas a lo que siempre debieron ser: patrimonio común, derechos de todos.

Dentro de unas semanas sabremos qué decide la ciudadanía. Yo sigo pensando —quizá con la misma mezcla de razón y deseo que en 1987— que la izquierda puede ganar.

Eso sí, hay que ir a votar. Algo que no ha cambiado en todos estos casi 50 años: para que las cosas ocurran, hay que estar. Hay que participar. Aunque solo sea introduciendo una papeleta en la urna. Porque ni desde la barra de un bar ni desde la placidez del salón se construye lo común. Y lo común —conviene no olvidarlo— siempre merece la pena.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

Cuatro abogadas laboralistas, entre la justicia y el compromiso

 

Las actrices que encarnan a Cristina, Manuela, Paca y Lola, en la serie Las Abogadas 

He vuelto recientemente a ver Las abogadas. Esta vez sin prisas, dejándome llevar por su ritmo, recorriéndola de principio a fin con la serenidad que solo concede el paso del tiempo. También con una cierta distancia respecto a mis propias vivencias en aquellos años sombríos de la dictadura franquista, en la década de 1970. Y debo decirlo: esta segunda mirada ha sido más reveladora. La serie me ha gustado más que cuando la vi en su estreno, hace ya casi un par de años. Quizá porque ahora no solo la veo, sino que la escucho con otra conciencia.

Las abogadas es una miniserie de seis episodios producida por RTVE que reconstruye, desde la ficción, la trayectoria de cuatro mujeres que hicieron de la abogacía algo más que una profesión: la convirtieron en una forma de intervenir en la realidad, de empujar la historia. Unidas desde su etapa universitaria, entendieron el compromiso no como una consigna, sino como una manera de estar en el mundo.

La historia arranca en el Madrid de 1969 y acompaña el camino de estas jóvenes letradas que, desde despachos laboralistas, defendían a trabajadores y opositores políticos frente al régimen franquista, enfrentándose al Tribunal de Orden Público. El relato avanza hasta desembocar en uno de los episodios más trágicos de nuestra historia reciente: los asesinatos de Atocha, en enero de 1977, cuando un grupo ultraderechista segó la vida de cuatro abogados y un sindicalista en el despacho de Atocha 55, dejando además a otros cuatro heridos de gravedad. Un golpe brutal contra quienes defendían, precisamente, la palabra frente a la violencia.

A través de las figuras de Manuela Carmena, Cristina Almeida, Paca Sauquillo y Lola González Ruiz, la serie traza el retrato de un país en tensión permanente: huelgas, represión, cárceles, torturas, barrios olvidados y procesos judiciales que marcaron a toda una generación. Todo ello atravesado por una mirada que sitúa en el centro la defensa de los derechos humanos, civiles y laborales.

De izquierda a derecha: Cristina, Manuela, Paca y Lola.
No estamos ante un documental ni ante una crónica jurídica minuciosa. Las abogadas son más bien como un ejercicio de memoria: una evocación de aquellos despachos laboralistas y vecinales que, en condiciones adversas, sostuvieron la defensa de los trabajadores cuando hacerlo implicaba un riesgo real.

Con inevitables licencias narrativas, la serie no pretende una reconstrucción exacta de los hechos, sino rescatar una memoria que sigue siendo necesaria. Y ahí reside buena parte de su valor: en traer al presente un tiempo de represión, de impunidad y de lucha por las libertades. Un tiempo cuya interpretación sigue hoy en disputa, con discursos que intentan blanquearlo. Nombres como Enrique Ruano, Pedro Patiño o las víctimas de Atocha 55 no aparecen solo como referencias históricas, sino como heridas abiertas que aún laten en la memoria colectiva.

Es cierto que no siempre alcanza la profundidad histórica o el rigor documental que quizá desearíamos quienes vivimos aquellos años. Pero su compromiso con el pasado es indiscutible. Su mayor acierto es, probablemente, narrar esa historia dando voz a esas cuatro mujeres que encarnaron el idealismo y la valentía en tiempos difíciles.

En una sociedad que a menudo esquiva su propia memoria, resulta especialmente significativo que una televisión pública recupere estas historias y las sitúe en primer plano. Porque Las abogadas no habla solo de lo que fuimos, sino también de lo que aún está en juego. Algunas luchas, por desgracia, no han terminado.

Por todo ello, ver esta serie no es solo recomendable: es, en cierto modo, un interesante ejercicio de memoria y de conciencia. Especialmente para quienes aún puedan pensar —a menudo por desconocimiento— que durante la dictadura franquista se vivía mejor. Para quienes deseen acercarse a esta historia, la serie sigue disponible en RTVE Play y Netflix.

Aprovecho estas líneas para recordar —aunque no aparezca en la serie— que estas cuatro grandes abogadas formaron parte del primer patronato de la Fundación Abogados de Atocha y han sido reconocidas en múltiples ocasiones. La Fundación patrocinó en 2017 un libro sobre Cristina, Manuela y Paca, titulado con sus propios nombres y el subtítulo Tres vidas cruzadas, entre la justicia y el compromiso, obra que aún puede encontrarse en librerías.

Lola González Ruiz, fallecida en 2015, ya no está entre nosotros. Sus cenizas descansan en el mar Cantábrico. En su recuerdo y memoria hace un par de años escribí esta semblanza sobre ella: Enero, el mes que desbarataron los sueños a Lola”.

Por otro lado, en su reconocimiento, el premio “Compromiso y Memoria”, otorgado anualmente por la Asociación Arte y Memoria en el marco del Festival Internacional de Cine por la Memoria Democrática, lleva el nombre de Lola González Ruiz.

Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.

61 ANIVERSARIO ENTRE VÍAS, TRENES Y CONVIVENCIA

Estación militar de Cuatro Vientos (Madrid), en los años 60 del siglo pasado 
Por circunstancias de la vida, siempre —o casi siempre— he estado ligado al ferrocarril. Incluso, según me contaban mis padres, nací debajo de una traviesa negra de madera, de esas que sostienen los carriles de la vía, en una pequeña estación de Extremadura. Se llamaba Proserpina, aunque hace ya muchos años que cerró sus puertas.

Años después supe que aquello del nacimiento bajo una traviesa no era cierto. Como todos los nacidos en los años cincuenta del siglo pasado, yo había venido de París, colgado del pico de una cigüeña.

Mucho más tarde, con 18 años recién cumplidos, ingresé en la compañía ferroviaria RENFE como militar en prácticas de ferrocarriles. Hoy se cumplen exactamente 61 años. Ha llovido mucho desde entonces, pero aquí seguimos: contemplando cómo cae la lluvia, viendo salir el sol y, a veces, incluso el arco iris.

Era jueves, 1 de abril de 1965. La primavera comenzaba a despuntar cuando algo más de tres centenares de jóvenes, que acabábamos de alcanzar la mayoría de edad, ingresábamos como militares en prácticas en el cuartel de ingenieros de Cuatro Vientos, en Madrid, dispuestos a comernos el mundo.

Hoy, superados ya los tres cuartos de siglo de vida —el que menos tiene 80 años—, comer, lo que se dice comer, comemos menos; pero la memoria permanece intacta, y con ella fluyen los recuerdos y las historias de aquellos años. Algunos compañeros alcanzaron lo que entonces consideraban sus sueños: ascensos, familia, desarrollo personal, compromiso político o sindical… Otros se quedaron en el camino, pero todos permanecen en nuestra memoria. Para ellos, nuestro recuerdo emocionado, nuestro respeto y nuestro deseo que descansen en paz.

Lo cierto es que la mayoría, con más o menos fortuna, nunca dejamos de luchar por abrirnos paso en una sociedad que nunca ha sido fácil, ni lo será. Basta con mirar algunas fotografías de entonces para que los recuerdos broten a borbotones. Recuerdos que empujan la pluma para que escriba sin esfuerzo.

Granada 1968, lugar donde realice el cursillo de Circulación
¡Cuántas historias podríamos contar del tren, de las máquinas, de las estaciones y de las vías! Cada uno de nosotros guarda muchos años de vivencias entre raíles, locomotoras, andenes y también convivencias, dentro y fuera del ámbito ferroviario.

Escribo hoy, 1 de abril de 2026, en este 61º aniversario, recordando muchos años celebrando encuentros en distintas ciudades de España: Las ultimas en Segovia, La Coruña, Sevilla, Mérida, Aranjuez, Alcalá de Henares… Lugares que hemos visitado con espíritu turístico, sí, pero también para reencontrarnos, compartir, reír, abrazarnos y recordar aquel camino que decidimos emprender juntos en aquel lejano abril de 1965.

“La alegría es una forma de resistencia”, decía el poeta Luis García Montero. Nosotros hemos hecho de estos aniversarios una celebración de la alegría: resistiendo al paso del tiempo y caminando con la frente alta. Somos, al fin y al cabo, una pequeña línea dentro del trazado de este país llamado España —“mi querida España”, que decía la cantante Cecilia—, un país en el que nos ha tocado vivir, trabajar y aportar nuestro esfuerzo con la esperanza de dejar un futuro mejor a quienes vienen detrás.

Revisando mi hemeroteca personal, encontré unos párrafos escritos a mano de mi intervención en el 25 aniversario, celebrado en Ávila en 1990. Decía entonces: “Dentro de 25 años, unos más gordos, otros más calvos, todos estaremos dispuestos a conmemorar el 50 aniversario, con nuestros achaques, pero allí estaremos”.

Y así fue… y más aún: hemos superado el 50 aniversario y hoy debíamos estar celebrando el 61. Aquí seguimos: unos más felices, otros más nostálgicos, todos quizá algo más pesados, pero con la misma ilusión de vivir y disfrutar. Rozando los 80 años y recordando aquel primer encuentro de hace 61 años en un lugar de Madrid cuyo nombre, por supuesto, sí quiero recordar: Cuatro Vientos.

No quiero terminar esta breve crónica —escrita desde el corazón y también desde el corazón de Extremadura, (Mérida)— sin recordar unas palabras de Joan Manuel Serrat: “Esto es una despedida, pero, sobre todo, es una fiesta”. Y añadía: “Dejemos aparte las melancolías y nostalgias, porque solo nos queda el futuro”.

Parafraseándolo, me atrevo a decir que este aniversario de 2026 —aunque por diversas circunstancias no hayamos podido celebrarlo juntos— debe ser, ante todo, una fiesta. Aparquemos la nostalgia y vivamos lo mejor posible, porque nosotros, los de la 25 promoción, sabemos bien que pasado tenemos… y mucho, así que, sencillamente, nos queda el futuro. Así que sin más:

¡Viva la 25 promoción de ffcc! Y que sean muchos años más.

Y termino con una recomendación: escuchad el poema Compuerta” de Luis Chamizo, uno de los grandes poetas de mi tierra extremeña. Apenas cinco minutos de poesía castúa, en nuestra habla extremeña, donde también aparece ese tren convertido en “bicho negro” que tanto formo y forma parte de nuestras vidas.


Francisco Naranjo Llanos, director de la Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO. 

Miguel Hernández, la voz que perdura 84 años después

 

Hoy hace 84 años que murió el poeta del pueblo en la cárcel de Alicante. Cada 28 de marzo, con motivo del aniversario de la muerte de Miguel Hernández, la memoria nos invita a regresar a aquella voz  que ha dado sentido, profundidad y dignidad a la palabra, pues para mi y otros muchos, Miguel, destaca con especial fuerza, ya que es figura esencial de la literatura española del siglo XX.

Teniendo en cuenta las fechas en que estamos y sonando de nuevo tambores de guerra en el mundo, quiero comenzar esta breve crónica sobre Miguel con una de sus poesías, “Tristes Guerras”, quizás menos conocidas que otras, pero necesaria siempre:

Tristes guerras

si no es amor la empresa.

Tristes. Tristes. 

Tristes armas

si no son las palabras.

Tristes. Tristes.

Tristes hombres

si no mueren de amores. 

Tristes. Tristes.

Miguel Hernández Gilabert, nació en Orihuela en 1910 y falleció en Alicante en 1942, a los 31 años, su trayectoria vital quedó trágicamente marcada por la Guerra Civil, la represión franquista y la enfermedad. Sin embargo, la brevedad de su vida contrasta con la intensidad y la permanencia de su obra, que ha sabido atravesar el tiempo hasta instalarse con firmeza en la conciencia colectiva.

Hoy, sus versos forman parte del patrimonio cultural compartido. Poemas como Nanas de la cebollaEl niño yuntero o Para la libertad han alcanzado una amplia difusión, en gran medida gracias a la música y a la recuperación de su figura en democracia. No obstante, conviene recordar que durante años su obra permaneció silenciada, relegada a ediciones extranjeras y a una circulación casi clandestina en el interior de España.

Fue precisamente a través de esas lecturas discretas como muchos descubrimos a Miguel Hernández. En mi caso, el encuentro se produjo en 1967, con Vientos del pueblo, un libro que no solo revelaba a un poeta de extraordinaria fuerza expresiva, sino también una mirada distinta sobre la realidad del país. Aquella lectura supuso una toma de conciencia: la intuición de que existía otra España, más profunda y sobre todo más silenciada.

Retrato de Miguel Hernández de Pepe Molleda, que el artista pinto y me regalo sabiendo mi devoción por Miguel. 

Miguel Hernández no fue únicamente un escritor de talento excepcional; fue, ante todo, una voz comprometida con su tiempo, con el sufrimiento y con la dignidad de los más humildes. Esa condición explica, en gran medida, la vigencia de su obra. Su poesía no pertenece únicamente al pasado, sino que continúa interpelando al presente y proyectándose hacia el futuro.

Con el paso de los años, su figura no ha dejado de crecer. Cabe pensar que, cuando el tiempo haya borrado tantos nombres, el suyo seguirá ocupando un lugar central. Él mismo lo expresó con palabras que hoy conservan toda su fuerza: “Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros”.

En esas palabras perdura el sentido último de su obra. Y en ese viento, que aún nos alcanza, sigue viva la voz de Miguel Hernández.

Francisco Naranjo Llanos, director Fundación Abogados de Atocha (2013-2024) y sindicalista de CCOO.